“Baradero es a menudo mi Macondo” – Una conversación con Hugo Pezzini

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Mónica Carretti realizó esta entrevista —via Internet— el 1ro. de junio de 2016, mientras el escritor viajaba hacia Argentina para presentar Belleza terrible en el Centro Cultural Arturo Illia.

Mónica Carretti: ¿Mucho de lo que acontece en Belleza terrible ha sido impregnado por la realidad de lo que a vos mismo te ha ido sucediendo? 

Hugo Pezzini: Si el texto que estoy escribiendo corresponde al género “memoria”, como lo es la sección que le da título al libro, estará impregnado de hechos de mi propia vida. No obstante, la mayoría de las veces yo defino el género particular de esa sección como “memoria literaria”. O sea, la materia prima es la realidad, pero el producto final se halla moldeado por preocupaciones estéticas que a veces modifican la realidad de forma tal que la narrativa está, por razones artísticas, distanciada de la realidad literal. Por otra parte, otras veces mi proceso creativo, dentro ya de la ficción misma, funciona de  forma tal que si preciso rostros, personalidades, hechos y lugares para situar esa narrativa de ficción,  los tomo de forma indiscriminada de mi universo real. Creo personajes y espacios a partir personas y sitios de Baradero, por ejemplo.

Utilizo hechos que han sucedido en mi propia vida, lugares que por alguna razón están muy presentes en mi memoria, y los reproduzco a menudo de forma bastante fiel, algo que por cierto no es una práctica inusual, sino bastante común en la literatura. Es tanta mi aproximación imaginativa a esas personas, hechos y lugares reales mientras escribo que uso sus nombres verdaderos. Después de modo gradual todo se va alterando: crece (o no) la distancia con respecto a las personas, situaciones y lugares originales, y al final, cuando el artefacto narrativo está completo, decido qué nuevo nombre le voy a dar a cada personaje o lugar –si es que el lugar original ya no corresponde por sus características a la nueva situación que la inspiración del momento ha generado. A veces hay un proyecto previo al respecto de cómo voy a alterar la experiencia original –o la situación entonces se va alterado por sí misma a medida que me asaltan las ideas mientras voy decidiendo las formas de la trama. Es un camino tortuoso, misterioso —es eso que el cliché denomina “el proceso o ‘el acto’ de la creación”. Al final de todo el proceso, por medio de la utilidad de la herramienta de escritura ‘Microsoft Word’ que brinda las opciones de “buscar” y “reemplazar”, cambio los antiguos nombres (reales), por los ficticios que he elegido (nunca al azar, sino que siempre después de una deliberación cuidadosa) para dárselos a los personajes o lugares del relato que me ocupa en ese momento. Este no es “mi método” de trabajo, pero sí una característica más o menos recurrente de mi escritura.

Estoy respondiendo tus preguntas desde Guayaquil, en una escala desde New York y ya camino a Buenos Aires, y te cuento que hice una  lectura minuciosa de todo el material de Belleza terrible  —el libro entero desde New York hasta Guayaquil— y mientras lo hacía una vez más tomaba conciencia de cómo y cuánto mucho de lo que escribo no es más que una ficcionalización de algunas de mis experiencias pasadas. Belleza terrible es un libro saturado de mi propia existencia y la de la gente con la que me he deparado en los lugares donde he vivido o por donde he pasado, inclusive personas que han formado parte absoluta de mi vida más íntima en algún momento de mi pasado remoto o reciente.  

Mónica Carretti: ¿Cómo combatís tus propias limitaciones y tus propios obstáculos al escribir?

Hugo Pezzini: Recuerdo que hace algunas horas nomás me encontraba sentado en el avión revisando Belleza terrible para descubrir qué “problemas” subsisten o aparecieron en esta tercera edición –comas necesarias omitidas, paréntesis que abrí pero olvidé de cerrar, notas al pie aclaratorias de algunas ‘erudiciones’ que merecían alguna explicación pero  que no agregué,  fechas alteradas por error de digitación (le atribuyo a una cita de Borges el año 1795 en vez de 1975). Te comento esto para resaltar el hecho de  que soy un tipo obsesivo con respecto a los textos que escribo. Ya desde mucho antes de entrar a New York University para obtener un master de literatura comparada, cuando todavía estaba en la City University of New York haciendo mi licenciatura en literatura británica y norteamericana, había notado que soy el objeto de una especie obsesión compulsiva perfecccionista que se mantiene con la misma intensidad desde siempre. Porque estaba en ese momento escribiendo en un “nuevo idioma” (inglés), y el internet todavía no existía, vivía con varios diccionarios a mi lado y era mi hábito casi neurótico (tal vez sin el “casi”) ir a buscar la definición exacta de muchas palabras que iba a utilizar o estaba utilizando, para tener certeza de que expresarían con exactitud el concepto que yo quería significar. Nada es más natural que esta preocupación con las palabras después se extendiera a las oraciones, a los párrafos, y en última instancia a mi escritura en su totalidad. Soy muy autoexigente; establezco altos parámetros para juzgar mi trabajo, y demando que mi producto final exprese con la mayor exactitud posible los contenidos mentales que cualquier texto mío intente representar. 

Además, para poder escribir de forma satisfactoria, leía y hasta hoy leo y releo mucho a autores diversos de estilos distintos; pero te aclaro que cuando digo autores uso el ‘neutro’ —no me refiero solo a escritores del género masculino; entiéndase que leo a escritores y escritoras igualmente sublimes, Clarice Lispector, Alice Munro, Virginia Woolf, E. Annie Proulx, entre varias otras. Siempre he escogido y escojo a aquellos autores que más me gustaban y gustan por sus muchas virtudes.  Tarde o temprano mi escritura sería afectada por los rasgos de los mismos. Eso que llaman “influencia”, ¿no?

Quiere decir que trato de superar mis limitaciones y dificultades por medio del esfuerzo que invierto,  tanto al leer como al escribir. Leo como escritor; es decir, prestando atención a todos los aspectos de la construcción —esto por supuesto incluye también el contenido, caso contrario perdería el placer de la lectura. Y de forma inversa, escribo como lector: mi escritura “recuerda” mis lecturas de la misma forma como Borges afirma que la poesía siempre recuerda que una vez fue canto. Leo mucho; leo absolutamente todos los días; siempre hay un libro (o más de uno, la mayoría de las veces) en mi mochila, mi bolsa o mi cartera; no salgo jamás de casa sin material de lectura y leo varios libros de diferentes géneros al mismo tiempo. Y escribo mis textos  releyendo, corrigiendo, reescribiendo, modificándolos de modo continuo, puliéndolos de forma incansable, literalmente incansable. –  Además, la literatura forma una parte tan integral de mi vida que pienso en ella mientras corro mis kilómetros diarios, mientras manejo, mientras estoy en el subterráneo, en el tren, mientras pedaleo en mi bicicleta.

Siempre les comento a mis alumnos el detalle de que hasta cuando estoy dormido, al mismo tiempo estoy pensando en mi escritura. Más de una vez, en medio de la noche “me despierta” una palabra; abro los ojos porque me ha llegado un cierto vocablo que expresa mejor algo que yo había escrito de otra forma durante el día anterior. Me levanto de la cama, voy a la computadora, busco esa palabra y la reemplazo con la que vino a importunarme el sueño, y vuelvo a seguir durmiendo. Ese proceso de pulir y  pulir y pulir, ese trabajo de ebanista es el único camino, para mí, para superar mis dificultades y limitaciones de escritor.

Mónica Carretti: Entiendo que a Belleza terrible lo terminaste  hace tres años,  pero últimamente te has dedicado a escribir de forma sistemática sobre Baradero; ¿Que fue lo que inspiró esa ‘especialización’?

Hugo Pezzini: Me he dedicado a escribir sobre Baradero sin proponérmelo; en realidad he estado escribiendo sobre Baradero desde hace décadas; la diferencia es que ahora Baradero ha salido a la superficie, aparece de modo específico. Ya he escrito y escribo sobre Baradero —o he escenificado relatos en Baradero— sin hacer explícito el nombre de la ciudad, o entonces he alterado su nombre usando ese mecanismo que menciono al responder otra pregunta tuya (en Belleza Terrible hay una “novella titulada Violentango, donde Baradero aparece ‘disfrazado” bajo el nombre de “Atracadero”, por ejemplo).

Siempre digo que Baradero, aunque no sea la ciudad real que  puebla mis cuentos; a menudo es mi “Macondo”. Es ese lugar ideal y mítico en el que mis personajes viven sus dramas, triunfos y tragedias. Eso es inevitable: si pienso en un pueblo, en qué otro voy a pensar, ¿no?

Siempre recuerdo que durante el último año de mi colegio secundario (mis viejos estaban decidiendo el rumbo de mi futura vida universitaria), me enviaron a someterme a un largo análisis de vocación y personalidad en el Instituto caracterológico del Dr. Dalfonso, en Buenos Aires. Duraba tres días y, como parte de la batería de tests que yo debía realizar, uno incluía armar una especie de rompecabezas con figuras de madera; el psicólogo que dirigía esa sección me trajo la caja y me dijo: hacé un pueblo. Yo tomé todas las casitas iguales, las agrupé alrededor de la plaza, puse árboles y caminitos; la iglesia, la escuela. Armé algunas otras manzanas en el perímetro externo, todo de acuerdo al plano “damero” de nuestros pueblos hasta acabar todas las piezas de madera del cajón. Construí un pueblo uniforme, inalterable, monótono. Cuando el cronógrafo del psicólogo marcó el final del ejercicio, este vino y me dijo “Ahora elije en qué casa vivirías.” Por supuesto que elegí (había que tomar la casa elegida y retirarla de la maqueta) una casa que coincidía con mi casa de la infancia. Estaba ubicada  con respecto a la plaza, a la escuela y a la iglesia, en  Santa María de Oro 486, en Baradero. Donde era la Joyería Pezzini. La casa donde yo crecí. Te imaginarás que esa parte del examen de aptitud vocacional debe haber determinado que “Urbanismo y arquitectura” no apareciera entre las carreras o ciencias recomendadas para mi futuro profesional. Je je je je!

Mónica Carretti: ¿Por qué salió a la superficie Baradero ahora?

Hugo Pezzini: Creo que porque empecé a publicar en medios baraderenses. Yo siempre escribo para un lector imaginario, y escribiendo para esos lectores que sitúo en Baradero, por supuesto que los visualizo allí y hablo con ellos en ese lugar y sobre el tema que nos une y enternece. Baradero se fue tornando así el “tema de nuestra conversación”. Mis lectores y yo estamos juntos observando nuestro pueblo. Esa mirada detenida y penetrante (‘the gaze’) tan popular en la teoría literaria reciente, me ha activado y aguzado el mecanismo recordatorio personal, por llamarlo de una forma bastante tosca pero igualmente inteligible. A partir del funcionamiento regular de dicho mecanismo he empezado a escribir de forma frecuente sobre nuestro pueblo. Con ese material específico que se va acumulando sobre Baradero, está naciendo un nuevo libro.

Mónica Carretti: Te imaginabas esta etapa de tu vida con esta energía con esta vitalidad tan creativa?

Lo que no me imaginaba es alcanzar tan rápido esta etapa de mi vida (risas). En realidad, mi vida ha sido tan variada y tan intensa que he ido pasando todas esas etapas como si fuesen un presente continuo; las transiciones han sido tan brutales y frecuentes que se volvieron una especie de ‘normalidad’. Repito algo que dije recientemente: esos momentos fundamentales de transición en mi vida, las mudanzas de un país a otro —los exilios, voluntarios o no—  los cambios de amistades (algo inevitable cuando uno se distancia geográficamente miles de kilómetros del hogar anterior), mis casamientos y divorcios, la adultez de los hijos —su independencia—, todo esto causó modificaciones en mi estructura afectivo-emocional. Y de la misma forma como me modificaron esos cambios, también lo hicieron los cambios en mi actividad artística o profesional. No es preciso que te diga además cuánto se modificó mi estructura intelectual debido al intenso estudio que decidí emprender (y que nunca cesa) para adquirir las herramientas de las que carecía y aún carezco. Sin embargo tengo que confesar que hago todo esto hasta hoy tal vez no para responder,  sino al menos para conseguir formular las preguntas que me debo hacer o que he estado tratando de articular durante toda mi vida, que no es corta (más risas).

Estos cambios han representado no sólo algunas muertes, sino también algo mejor que una resurrección: un renacimiento. O sea, he re-nacido después de cada modificación brutal del rumbo de mi vida. Es una paradoja existencial, pero ese dolor necesario es rejuvenecedor, revitalizante. Pongamos a modo de ejemplo cada cambio de país. Eso representa un ingreso a un nuevo universo, el encuentro o colisión contra una nueva cultura —distinta e incomprensible al comienzo; un nuevo idioma, distinto e incomprensible al comienzo. Es como aterrizar en un planeta donde las imágenes y los sonidos no significan nada hasta que uno consigue descifrarlos. La necesidad de aprendizaje y reconocimiento incluye lo simple y también lo complicado, como los límites corporales, sin ir más lejos –¿Puede uno sentarse en el subte haciendo contacto físico con el cuerpo vecino? ¿Se debe besar a quien te presentan o hay que solo darle la mano? ¿Es permitidoe darle la mano al médico? En EE.UU, uno de mis médicos (una mujer, iraniana), después de que yo tomara su mano en un afectuoso apretón como saludo, ella sacó un frasquito de gel desinfectante Purrell y bombeó varios chorritos en  mi mano y en la suya, debido a las bacterias potencialmente transmisibles en cualquier contacto físico, más que nada en cualquier consultorio médico, me explicó. Son conceptos de higiene distintos, ¿no?

Todas estas preguntas con respecto al medioambiente cultural, que uno debe hacerse “al aterrizar”, tienen respuestas diferentes en Argentina, en Brasil, en EE UU, en Francia, en Holanda, en Irlanda, o donde sea que uno acabe sentando plaza. La necesidad del descubrimiento se aplica hasta a lo más simple, que tampoco es nada simple.  ¿Cómo reconozco cuáles son los envases de la leche, para poder hallarlos en esos estantes monumentales? ¿Son cartones, botellas, sachets, latas? ¿Cómo son los cortes de carne (¿Dónde diablos habrá bifes, o al menos un pedazo, de cuadril? En Ámsterdam compré un hermoso jamón crudo que en realidad era bacon, para freír. ¿Qué partes del animal se comen y cuáles son ‘tabú”? ¿Es inútil buscar morcilla o riñoncitos (y ni hablar de chinchulines) en este país? ¿Cuál es la diferencia visual entre los envases de detergente para vajilla y el de los de desinfectante para pisos? ¿Se hace cola con mucho respeto para entrar al cine? (como en EE UU), ¿o hay que apretar, empujar y filtrarse entre los cuerpos de la forma que sea posible (como en Brasil y en ciertos cines de Les Halles, en Paris?) ¿Se paga arriba del ómnibus o se compra el pasaje antes de subir, como uno lo hace antes, en una maquinita de la vereda? (EE UU) . ¿Por acaso puede comprarse el boleto en un kiosco de revistas? (Holanda). ¿Hay que hacerle señas al ómnibus (como en Brasil, donde a veces ni aun así te paran) o para en todas las paradas, siempre que haya alguien en ellas? como en EE UU?  Al cruzar la calle, ¿quién es más importante y tiene la preferencia, el vehículo o el peatón? ¿Arriesgo mi vida cada vez que trato de cruzar la calle? ¿Cómo se comporta uno en la vía pública para evitar sufrir algún tipo violencia física?

Todos esos códigos son diferentes en cada lugar,  y a veces hasta inestables. Es por eso que el cambio de geografía implica siempre el período de la sorpresa, llamémosle. Es tan confuso que el pasado casi se esfuma en medio de la bruma que te envuelve en los primeros tiempos de cada nueva situación. Uno es como un bebé que debe comenzar todo de cero. Es apabullante pero también energizante a un gradoinimaginable hasta que toca vivirlo.

Mónica Carretti: ¿Qué lee Hugo Pezzini?

Me gusta mucho ese lugar común que muchos escritores utilizan: “Leo todo lo que me cae en las manos”, pero no es así. Leo una revista desde enero del 88: The New Yorker. He sido suscriptor continuo desde ese año hasta hoy (aparece una vez por semana). No tengo dudas de que es la mejor publicación que existe en ese formato. Eso va con respecto a mi lectura más regular de las media, o sea, de los  medios periodísticoss. Leo mucho sobre arte e historia del arte; últimamente estoy leyendo también mucha historia (soy muy mal instruido en esta disciplina: mis períodos históricos están llenos de agujeros y blancos). Leo mucha filosofía; leo libros de análisis cultural, leo teoría literaria, leo algo sobre música (no mucho, sólo biografías de músicos que me interesan); y leo claro, buena literatura. Pero además leo géneros populares que me fascinan; novelas noires de crimen – policiales, como los de Raymond Chandler. Y también los británicos de ese género; autores como Jake Arnott, por ejemplo, porque me fascina el argot del bajofondo inglés –el Cockney de Layer Cake y Sexy Beast.

Leo poesía, no mucha, pero lo suficiente como para no olvidar los placeres de su ritmo y música. En estos tiempos muy recientes he estado leyendo mucho en francés. No leo mucho de la nueva literatura latinoamericana, debo confesar, pero debo hallar en algún momento el tiempo y el interés indispensable para subsanar esa laguna. Para compensar he releído todas las novelas del Boom y del posboom latinoamericano exhaustivamente, repetidamente, trabajando con este período, estudiándolo, investigándolo, escribiendo sobre el mismo.

Hay casos de autores controversiales que a una gran mayoría de los lectores le desagradan, o que hoy se han transformado en “malditos”, como  sucede con el Henry Miller de ayer, o Bret Easton Ellis de estos días, por ejemplo, pero que a mí me gustan mucho, de verdad. De Francia, me fascina el gran Michel Houellebecq, a quien “me lo he leído todo”. Y además leo y releo siempre la poesía maldita de Rimbaud y de Baudelaire. Al mimo tiempo descarto por “disgusto” a aquellos que me desagradan de verdad; Chuck Palahniuk, por ejemplo, muy en vogue en los Estados Unidos, pero que a mí me disgusta.  Pero si tu pregunta se refiriese al puro placer de leer, me vería en dificultades para elegir y nombrar. Me encanta el japonés Haruki Murakami, algunos escritores contemporáneos norteamericanos (no necesariamente vivos) como Richard Russo,  Raymond Carver, Richard Ford,  Philip Roth. De los argentinos leo siempre con enorme placer a Ricardo Piglia, al extrañísimo César Aira; me gustan algunas cosas de Juan José Saer. Siempre vuelvo a Borges, a Cortázar, a Puig y por supuesto que encuentro una emoción muy intensa en la lectura de las novelas de Fede Jeanmaire. No pierdo la oportunidad de recomendar a diestra y siniestra sus novelas Papá, La patria y Vida Interior, que son las que más me han conmovido –además de su “novela de viaje”, Mitre– que narra una situación inverosímil a bordo de ese vehículo que tanto marcó mi vida; el tren del Ferrocarril Central Bartolomé Mitre. Esa fue la nave sideral que me lanzó al universo.

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