¿Hay ciencia en el fútbol?

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«El deportista científico»
Un fragmento del apasionante libro de Martín De Ambrosio. «De pelotas, pelotitas, balones y algunas otras esfericidades: pasión de multitudes

De Ambrosio, Martín

De pelotas, pelotitas, balones y algunas otras esfericidades: pasión de multitudes

El fútbol se funda en una paradoja: es un juego simple, estúpidamente sencillo y con pocas reglas fáciles de aprender; pero, no obstante, la extraña aptitud que exige desarrollar para su práctica es ardua, antinatural y forzada: golpear una indócil pelota con los pies. Ese hecho es el que recoge su propio nombre.


Juan Sasturain, Wing de metegol

El ser humano, durante un ratito (digamos, algunos millones de años), fue apenas un homínido más, con poco de especial para declarar: ni muy listo, ni muy rápido, ni con la capacidad de camuflarse ante depredadores. Hacía lo que podía, ahí, al ardiente rayo de sol de la sabana africana. Pero –y en esto parecen coincidir los antropólogos– comenzó a desarrollar un órgano hasta el momento algo subestimado, al que luego él mismo bautizaría “cerebro”. Y –vuelven a coincidir los mismos antropólogos– lo hizo en paralelo al desarrollo de la cualidad manual. El cuadrúpedo que era se hizo bípedo para liberar manos y cerebro.

Todo lo anterior sirve para señalar que lo específico de esta especie –a la que el autor también pertenece, según todos los indicios– es la habilidad manual. Por lo tanto, resulta notable que la mayor dificultad de un deporte como el fútbol sea prohibir justamente la utilización de la principal facultad humana (bueno, o una de ellas).

Algunos, rápidos para la objeción, dirán: “Eh, pero está el arquero”.4 Sobre él ya hablaremos a la hora de citar un trabajo científico que lo absuelve de algunos crímenes, pero mientras tanto digamos que el arquero no juega al fútbol sino que hace “otra cosa”, como dice con cierta sorna en sus ensayos el escritor Juan Sasturain.5 Entonces, una vez aceptado el razonamiento anterior, la pelota queda “de pechito” para que los enemigos del fútbol digan que se trata de un juego bestial. Y, si bien es cierto que muchas veces lo físico, lo corporal, es preponderante, hay desde luego lugar para la belleza, la estrategia y el pensamiento.

Y para la mano de Dios, tan pero tan humana.

El universo es una manta corta

El universo es una pelota de fútbol. La sentencia, desmedida, hiperbólica, metafórica, parece salida de la boca de un relator en vísperas de la final de un campeonato mundial. Pero fue dicha –en serio– por Jean Pierre Luminet, investigador del Observatorio de París. Por supuesto, no se refiere a que el fútbol es lo más importante de la creación, sino a que los datos obtenidos por el satélite de la NASA WMAP (siglas en inglés de Wilkinson Microwave Anisotropy Probe) parecen indicar que la geometría del universo es un dodecaedro, es decir, una esfera de 12 pentágonos… más o menos como una pelota de fútbol (que puede tener hasta 36 gajos, a veces hexagonales).

El trabajo, publicado en Nature el 9 de octubre de 2003, es realmente complejo, ya que fue realizado tomando datos de la llamada radiación de fondo (¡lo que aún hoy se puede percibir del Big Bang!) que hablan de una hipersuperficie tridimensional de 120 dodecaedros. Si el asunto es como sostienen Luminet y compañía, el universo no sería infinito en extensión sino que estaría cerrado sobre sí mismo, lo que quiere decir que un Fernando de Magallanes, con paciencia, podría arrancar su viaje en un punto y regresar unos añitos después al mismo lugar sin haber modificado nunca su dirección.6 Algo de lo que alguna vez habló Albert Einstein desde el campo de las hipótesis: de un universo ilimitado pero no infinito. Sin embargo, las conclusiones obtenidas a través de la evidencia del WMAP están sujetas a una durísima controversia científica, de la que tal vez se salga con más datos, ya que algunos científicos siguen convencidos de la infinitud del universo.

Desde ya, la siguiente especulación no tiene que ver estrictamente con el deporte, pero, si llevamos la analogía elegida por los físicos franceses al extremo y pensamos como lo haría un escritor de ciencia ficción, ¿es acaso imposible que este inmenso universo que habitamos, con miles de millones de galaxias, cada una a su vez con miles de millones de estrellas, tan ancho y aun así tan vacío, sea en efecto usado por megafutbolistas en otro universo de dimensiones desconocidas y mayores? ¿Lo que llamamos Big Bang habrá sido tal vez el silbato de un hiperreferí de otro mundo? ¿“Hágase la luz” habrá significado “Juegue”? Dejemos la inquietud y el (flojo) argumento para un cuentito, seguramente ya escrito, y pasemos al deporte en sí. Por favor.

Yo, el mejor de todos

El fútbol es el mejor deporte del mundo. Lo saben quienes lo juegan y quienes lo miran. Ahora, además, ¡eso ha quedado demostrado!

Eli Ben-Naim, Sydney Redner y Federico Vázquez, de la División Teórica y el Centro de Estudios No Lineales del Laboratorio Nacional de Los Álamos (Nuevo México), partieron de un supuesto tal vez arriesgado: a mayor frecuencia de resultados impredecibles, más excitante es una competición. Y crearon un modelo matemático más o menos complejo para determinar con cuánta frecuencia un equipo flojo, con peor estadística previa, derrota a uno aparentemente superior y lleno de estrellas (esto último es un agregado, pero no viene mal: cuando un hincha neutral mira un partido, siempre hace fuerza por el más modesto; lo heroico es un valor tanto en Hollywood como en el deporte).

Ben-Naim declaró a la revista New Scientist: “Si no hay resultados inesperados, cada juego es predecible y, por lo tanto, aburrido”.

No llegaron a esa conclusión apresurados. Analizaron más de 300.000 resultados de partidos del último siglo (desde 1946 para el caso de la NBA). Usaron datos de las ligas de hockey, fútbol americano, béisbol y basquetbol de los Estados Unidos y de la de fútbol inglés. Según la “tabla de excitación”, el fútbol estaba primero; el béisbol, segundo; el basquetbol, en tercer lugar; el hockey, en cuarto, y, por último, el fútbol americano. Los no favoritos ganaron el 45% de las veces en fútbol, el 44% en béisbol, el 41,5% en hockey, el 37% en basquetbol y el 36% en fútbol americano.

Un dato quizás interesante es que, al mirar los números de los últimos diez años, los investigadores advirtieron que el béisbol norteamericano le quitaba el puesto a la liga inglesa de fútbol, lo que tal vez indique que el fútbol se esté tornando un poco más predecible. En los partidos de 1940, los triunfos de los débiles en la liga inglesa de fútbol llegaban al 48%. Y ocurría a la inversa en el fútbol americano: el 31% en las décadas de 1940 y 1950. (¿Sería hilar muy fino decir que la acumulación de figuras futbolísticas en equipos poderosos tiene que ver con esta tendencia?

Otra posibilidad, acaso, es que los buenos jugadores hayan causado éxitos deportivos; los éxitos, ganancias, y las ganancias, más figuras.

El trabajo fue publicado en enero de 2006. Como suelen decir algunos, con más malicia que razón, nuevamente la ciencia ha confirmado algo que todo el mundo sabía: el fútbol es lo mejor que hay.

Se deben haber sorprendido mucho en los Estados Unidos, donde la opinión más frecuente de un público en general inmune a los mundiales de fútbol y a la local Major League Soccer quedó inmortalizada en un capítulo de Los Simpson, en el que los espectadores se duermen ante el toque intrascendente de mediocampistas a defensores, y viceversa, y sufren partidos con pocas anotaciones o ninguna. Inconcebible, para ellos.

De Ambrosio, Martín
«El deportista científico»
1ª ed. – Bs. As.Siglo Veintiuno Editores, 2009.

Referencias:

4 En otros lugares la frase será: “Eh, pero está el portero”. Y en otras latitudes: “Hey, man, so what about the goalkeeper?”.
5 Valga aclarar que también de Sasturain el autor extrajo la idea de que la prohibición de la mano, algo natural en la vida cotidiana de todo ser humano, es fundante del fútbol y su peculiaridad.
6 Si viaja, por decir algo, a unos 300.000 kilómetros por segundo, al regresar tendría 70.000 millones de años más que al partir. No diremos cuántos años habrán pasado en la Tierra, porque ése es ya un problema relativista.

Martín De Ambrosio: estudió Ciencias de la Comunicación. Actualmente es redactor de ciencia del diario Perfil. Se desempeñó como coordinador del área de Ciencias del Centro Cultural Rojas de la UBA. Se desempeña como docente, periodista y comunicador en diversos medios masivos y en actividades de divulgación científica.

Otros libros:
El mejor amigo de la ciencia. Historias con perros y científicos
EL café de los científicos II. De Einstein a la clonación

 

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