600 pies, 200 metros, tres obeliscos: la terrible sensación de caída de los pasajeros del vuelo 1303

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Fueron tres sacudones que convirtieron a la nave en una batidora. La gente rebotaba contra el techo y volaba el café. Hubo 15 heridos. Los detalles técnicos.

Recién habían terminado de almorzar y la tripulación de cabina servía el café. Cuatro horas pasaban desde que el vuelo 1303 de Aerolíneas Argentinas había salido desde Miami rumbo a Ezeiza. Hasta ese instante en que los carritos con comida circulaban por los pasillos del avión, nada hacía suponer que en el momento en que los pasajeros revolvían sus tazas con las cucharitas, todo se transformaría en pánico.

El primer sacudón llegó minutos antes de las 14 horas (las 18 de Argentina). No había signos de alerta en los tableros, la luz del cinturón estaba apagada, tampoco la voz del piloto avisó lo que se venía. El avión, sin previo aviso, se batió. Fue una llamada de atención que no duró ni quince segundos, porque al ratito ocurrió la segunda turbulencia.

Así quedó el avión después de las turbulencias.

Así quedó el avión después de las turbulencias.

Cuentan quienes estaban allí que esa fue mucho más fuerte, que duró más tiempo y que ocasionó los primeros pasajeros heridos. Algunos de aquellos que no se habían colocado el cinturón salieron despedidos de sus asientos. Las bandejas volaron por los aires, el café caliente se volcaba en las piernas de las personas. Pero lo peor, dicen, estaba a punto de llegar.

Así quedó el avión después de las turbulencias.

Así quedó el avión después de las turbulencias.

Así quedó el avión después de las turbulencias.

Así quedó el avión después de las turbulencias.

Hubo una calma que también fue de poco tiempo. Entonces ocurrió la tercera turbulencia, la más fuerte de todas. Ahí sí muchos empezaron a golpearse las cabezas contra el techo de la aeronave, unos gritaban de miedo, otros se abrazaban, otros rezaban: “Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre”.

Todo, desde la primer sacudón hasta el último, duró tres minutos. Menos de lo que se tarda en hervir el agua para preparar un té, de sobra para vivir una situación que no será fácil de olvidar. “Nadie estaba preparado para algo así. Los aeromozos servían el catering, ya habíamos almorzado entonces era el turno del café”, cuenta Jorge Corbalán, de 57 años.

Los testimonios dicen que hubo un descenso de 600 pies. Esto equivale a 200 metros, es decir, poco más de tres obeliscos. Todo en segundos. Jorge Polanco, piloto desde hace 40 años, cuenta que en el aire existen corrientes ascendentes o descendentes (no son pozos de aire) y que la percepción de los pasajeros puede ser muy diferente de lo que ocurre: “Puede que el avión esté bajando pero una persona lo sienta como que sube”, dice y agrega: “La meteorología no es ciencia exacta, muchas cosas no se pueden prever”.

Los pasajeros cuentan que la luz de alerta para que todos se coloquen el cinturón estaba apagada, que el piloto no anunció nada y las azafatashacían su trabajo de manera normal: “Yo creo que al estar la gente sentada porque pasaba el catering sirvió y fue bueno para que la cosa terminara nada más que con 15 heridos. Si hubiese pasado en otro momento, con chicos jugando en los pasillos por ejemplo y más personas paradas, la historia tal vez era otra”, dice Corbalan.

Para dilucidar qué sucedió se espera que a más tardar el lunes, Aerolíneas entregue la caja negra del Airbus 330. La información más fidedigna está ahí. Ahí se podrá obtener el registro de diálogos de los pilotos y toda la ruta del avión. Esto es clave porque permitirá determinar si los navegantes advirtieron algún tipo de evento climático o si no pudieron preveerlo.

Las tres hipótesis son: falla mecánica (que está prácticamente descartada, ya que según informaron desde la Junta de Aviación el avión estaría en perfecto estado), falla humana o evento imprevisible.

Según los expertos, hay dos clases de turbulencias. Una es la llamada de “aire claro”, que no se puede ver ni los radares la pueden prevenir. Se llama así porque nada a simple vista llama la atención. Según explica Polanco, es un cambio violento de la actitud del avión.

La otra se puede ver, pero no evitar: el Cumulonimbus, que es algo así como una choque fuerte de masas de nubes. Son de diferentes temperaturas y es clara a la vista, como las tormentas de nubes negras que cualquiera puede identificar. Polanco dice que estas son necesarias evitarlas si o si, ya que ingresar allí pone en riesgo el vuelo. El problema es que al intentar esquivarla, puede existir una fuerte turbulencia. Claro, menor que si se la atraviesa por el medio.

Corbalan, ahora ya en su departamento de Buenos Aires -con más de 300 vuelos realizados por trabajo en su vida- dice que nunca vivió algo así. Tanto que ayer a la noche, cuando llegó a su casa, tuvo que tomarse una pastilla para poder conciliar el sueño: “Se vivieron escenas de película. Muchos gritos, gente golpeada, comida tirada por todos lados. A mi me cayó de repente el pasaporte de un chico que estaba cinco filas más atrás. Cuando todo terminó la gente se paraba y preguntaba ‘¿De quién es esto? ¿De quién es esto?’. Todo estaba revuelto”.

Otra pasajera contó cómo vivió el momento: “Voló la comida y volamos unos cuantos. La tripulación cayó con los carritos. Estaban reponiendo las bebidas y volaron. Había botellas rotas, algunas personas cortadas. La mayoría con heridas en la cabeza”, decía la mujer al canal de noticias TN, en el aeropuerto.

Lo mismo sumaba otra mujer: “Nunca había vivido algo así, fue horrible, horrible. No supimos nada de lo que pasaba en ningún momento y creo que fue más desesperante que cualquier otra cosa. Nos sorprendió a todos. Se sintió que el avión bajó de repente como sin fuerza, como que cayó y de repente subió de nuevo, pero sin fuerza, era como si estábamos flotando”.

Una vez que el vuelo se estabilizó, el piloto habló y pidió disculpas: “Nos dijo que no estaba previsto que ocurriera algo así”, dice Corbalán. Ahí nomás preguntó si había médicos en el vuelo y dos personas se pararon y se ofrecieron para ayudar a aquellos que estaban lastimados. “Había gente cortada y se veían sábanas con sangre por personas que se limpiaban o se cubrían las heridas”.

La tripulación -enfatiza Jorge- siempre se mostró predispuesta para ayudar y contener a los pasajeros que siguieron con miedo luego de lo ocurrido: “Muy atentos todos, nos trataron muy bien y nos preguntaban a cada rato si necesitábamos algo”.

Desde el instante en que el avión se movió como una batidora, el piloto dio alerta a la base para que se active el procedimiento de seguridad para cuando ocurren estos casos. Es por eso que cuando el vuelo aterrizó en Ezeiza, ambulancias y médicos esperaban a los pasajeros para atenderlos. Allí fue que se contabilizó que hubieron 15 heridos, de los cuales 8 fueron derivados a un hospital privado. Ninguno quedó internado y según cuentan fuentes de la compañía, las heridas eran de cortes, quemaduras por café, contusiones.

Clarín

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