A 18 años de la muerte de Martín Karadagian.

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Martín Karadagian comenzó sus espectáculos de lucha en 1962. El Programa era emitido por Canal 9 y de inmediato atrajo gran cantidad de público, tanto grandes como chicos. La primera marca en auspiciar a Titanes en el Ring  fue Arlistán® (Café Arlistán) -si entran al sector “Expedientes” contemplaran una imagen.

Su estilo perduró años en pantalla y en el imaginario de toda una generación.

Tal fue el caso de “patada voladora”, “el cortito”, “los dedos magnéticos” del indio Comanche, “la quebradora” del “Ancho” Rubén Peucelle y las rígidas tomas de la momia, quien solo podía ser derrotada por el propio Karadagian, que le conocía su talón de Aquiles: “La espalda”.

La puesta en escena se completaba con personajes amados como Karadagian o el Caballero Rojo, otros odiados, como el árbitro William Boo, otros cómicos, como el árbitro Giardina.

Los relatos estaban a cargo de Rodolfo Di Sarli y los aplausos del público, que podía ir a ver las peleas.

La demanda y el éxito alcanzaron tal dimensión, que “Titanes en el Ring®” también comenzó a presentarse en clubes y estadios.

El año de su debut, 1962 -el 3 de marzo se cumplieron 47 años- Titanes en el Ring no era el único programa que ofrecía catch por televisión. Esa temporada otra dos emisiones competían por el favor del público: Demonios del Ring y Lucha libre profesional. Ese mismo año, una encuesta de la revista Tía Vicenta, construida con el voto de los lectores, ubicaba a Titanes… en el sexto lugar de preferencia, en una grilla que encabezaban Dr. Cándido Pérez, una tele comedia protagonizada por Juan Carlos Thorry, y Viendo a Biondi, humorístico del genial Pepe. El ciclo se mantuvo en el aire con intermitencias hasta 1988, muchas veces éxito absoluto de rating, con pico notables en noviembre de 1972 con la famosa pelea en el Luna Park entre Martín y la Momia.

Varios personajes míticos salieron de esa verdadera cantera circense, alguna vez compuesta por 75 individualidades: el indio Comanche, poseedor de los implacables “dedos magnéticos”; el estilizado y correcto Caballero Rojo (Humberto Reynoso; jamás encarnado por el ex diputado Norberto Imbelloni); el ancho Rubén Peucelle; la misteriosa y casi imbatible Momia (nunca actuada por ese tal de OD, planchador de trajes y secretario personal de Martín); William Boo, el árbitro más malo del mundo; Pepino, el payaso; y otros muchos nombres más (el enigmático Hombre de la barra de hielo; la Viudita misteriosa, por ejemplo) pasaron a formar parte de las preferencias del público, en su gran mayoría infantil, aunque, como no pocas veces confesó Karadagian, no eran pocos los adultos, algunos con rango gubernamental, que lo llamaban para que les consiga alguna ubicación.

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