«Acá se termina todo»: cómo fue la renuncia de De la Rúa, minuto a minuto

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El titular del Senado, Ramón Puerta, recibió la llamada del presidente Fernando de la Rúa en su departamento de Libertador y Salguero cuando se preparaba para tomar el avión Cessna Citation Excel que le prestaba su amigo, el empresario —y diputado peronista desde 2005— Francisco de Narváez, en el aeropuerto de San Fernando.

Eran las cinco menos veinte de la tarde del jueves 20 de diciembre de 2001 y De la Rúa había dado lo que sería su último mensaje al país por radio y televisión. Quería saber qué le había parecido su ofrecimiento de «un gobierno de unidad nacional» al justicialismo, «que triunfó en las elecciones del 14 de octubre y tiene mayoría en ambas cámaras» del Congreso.

—Lo escuché, Presidente. No se le ocurra hacer lo que estoy temiendo, no me diga que está por renunciar.
—…
—No vaya a hacer eso porque ya le dijimos que le vamos a votar el Presupuesto y las leyes que necesita a libro cerrado, salvo los artículos sobre el financiamiento a las provincias; ahí vamos a debatir.
—Ah, bueno, bueno… Puerta, ¿usted va a ir a Merlo, a San Luis?
—Sí, ya estoy saliendo para allá.
—¿Y ahí quiénes van a estar?
—Vamos a estar todos los dirigentes del peronismo. (Adolfo) Rodríguez Saá invitó a todos los gobernadores y a muchos senadores y diputados. Vea que viene muy bien este encuentro porque yo voy a comentar lo que estamos hablando ahora usted y yo.
—¿Pero, a qué hora va a ser esa reunión?
—Bueno, de acá me voy a San Fernando, hay un avioncito que me va a llevar. Yo estaré llegando a las siete de la tarde y calculo que vamos a inaugurar el aeropuerto de Merlo a las ocho.
—Lo que yo quiero es que me llame después de que termine la reunión entre ustedes.
—Creo que lo voy a poder llamar a las nueve o nueve y media.
—Ah no, pero ya va a ser de noche.
—Presidente, eso es lo único seguro a esta altura: a las nueve y media va a ser de noche.

Apenas cortaron, Puerta se quedó pensando por qué De la Rúa lucía tan preocupado por el horario de su llamada desde San Luis. «Creo —explica— que estaba deprimido. Para mucha gente que está deprimida la noche es un momento muy duro. Los conflictos que tuvo que afrontar aquellos días no fueron fáciles.»

Puerta bajó a la cochera y se subió al auto. Mientras el chofer lo conducía a San Fernando, recibió otro llamado: era Domingo Cavallo, de quien, cuando se desempeñaba como gobernador de Misiones, era considerado el mejor alumno, junto con el santacruceño Néstor Kirchner. Cavallo le aseguró que no había renunciado y que seguía siendo el ministro de Economía. Mientras el Cessna Citation se preparaba para despegar, Puerta vio por la ventanilla que el cielo se había puesto oscuro. Pensó que la tormenta venía con más fuerza de lo que había sido pronosticado y se preguntó qué estaba haciendo allí, tan lejos de su chacra de Apóstoles. Cuando el avión levantaba vuelo, descubrió que era el humo de los neumáticos que los manifestantes estaban quemando en el conurbano.

En la Casa Rosada, De la Rúa no quedó satisfecho con las respuestas de Puerta: era evidente que el peronismo no estaba dispuesto a compartir con él la responsabilidad de gobernar la Argentina en el medio de una crisis tan profunda, que ya había provocado numerosos muertos y heridos. Fuera de la sede del gobierno, entre la Plaza de Mayo y la avenida 9 de Julio la policía descargaba una violenta represión contra grupos de manifestantes: vecinos y oficinistas sueltos, pero también militantes de derecha y de izquierda, desde simpatizantes de los militares «carapintadas» hasta «piqueteros» y miembros del Partido de la Liberación, Quebracho, Izquierda Unida y el Partido Obrero. Hubo cinco muertos: cuatro de ellos en apenas una cuadra y en un lapso de menos de media hora.

En su último mensaje, el Presidente señaló: «Estoy convencido de que solo la unidad nacional puede levantar al país», y prometió que iba a realizar «los cambios que sean necesarios» para sumar al peronismo, incluida la salida de la Convertibilidad y el cambio de régimen económico.

Informó que había hecho modificaciones en su gabinete: Cavallo ya no era ministro y Economía había sido dividido en dos; las secretarías de Hacienda, Finanzas e Impuestos pasaban a depender del jefe de Gabinete, Chrystian Colombo, y el resto, junto con Infraestructura y Servicios, formaban un nuevo ministerio, a cargo de su amigo Nicolás Gallo. Sin embargo, alertó que era necesario «una pronta respuesta del justicialismo» a su oferta de un gobierno de coalición porque —argumentó— «no puede seguir el cuadro de violencia en la calle que arriesga a situaciones más peligrosas».

Fue un mensaje corto en el que dejó en claro que si el peronismo no se sumaba al gobierno iba a renunciar. Incluso mencionó que estaba «despojado de cualquier interés personal por el cargo que tengo el honor de ocupar» y que «no estoy acá porque me aferre a un cargo».

De la Rúa había comenzado su último día como Presidente a las ocho de la mañana, cuando recibió a su jefe de Gabinete en la residencia de Olivos. Colombo le informó sobre las novedades en la reunión con los peronistas, la noche anterior en el hotel Elevage; todo lo que no le había podido contar a la madrugada porque dormía, según le dijeron en la guardia. Los peronistas no tenían una posición única sobre la formación de un gobierno de coalición; un oficialismo lúcido y osado podía maniobrar sobre esas divisiones y tal vez incorporar a algunos dirigentes opositores. Eso sí: todos exigían el alejamiento de Cavallo.

El Presidente coincidió en que la renuncia de Cavallo era, a esa altura, inevitable; eso lo conducía a la división del ministerio de Economía para desarmar el castillo de atribuciones que el polémico funcionario había acumulado. También charlaron sobre cuándo y cómo el gobierno anunciaría la salida de Cavallo y los cambios en el gabinete. Colombo, además, habló por teléfono con algunos economistas y gobernadores de confianza para tener una primera impresión sobre el impacto de esas decisiones.

Al mediodía, ya en su despacho en la Casa Rosada, Colombo recibió los llamados de algunos empresarios, que, como todos, seguían el minuto a minuto de una crisis que, en el plano económico, incluía un tema de fondo: ¿continuaría la paridad 1 a 1 entre el peso y el dólar o habría una devaluación?

Las imágenes de la televisión mostraban un gobierno desbordado, con la Policía Federal protagonizando una represión tan desmesurada como ineficaz justo frente a la Casa de Gobierno.

(Télam)

(Télam)

Los peronistas se alejaban cada vez más del gobierno. El más expresivo fue el senador Eduardo Duhalde: «O el Presidente cambia o habrá que cambiar al Presidente».

En el radicalismo, Raúl Alfonsín consideraba que la suerte del gobierno ya estaba echada. Eso es lo que le dijo a las nueve de la mañana al jefe del bloque de senadores del oficialismo, Carlos Maestro. «Yo no voy más a la Casa Rosada; para mí, esto está agotado», afirmó el ex Presidente.

Maestro recuerda que él evaluaba que la situación era dramática, pero que algo todavía se podía hacer. Por eso, partió a la Casa Rosada junto al titular del bloque de diputados del radicalismo, el catamarqueño Horacio Pernasetti. Un nuevo viaje al despacho de De la Rúa, esta vez los dos solos.
Alfonsín estaba molesto porque sus sugerencias habían sido olímpicamente ignoradas por De la Rúa, su rival de siempre en el radicalismo. Eso ocurrió el día anterior —el miércoles 19 de diciembre al atardecer— cuando una delegación formal de siete diputados y senadores de la Unión Cívica Radical se presentó en la Casa Rosada.

«Pensábamos —cuenta Maestro— que el Gobierno tenía que hacer algo; se nos ocurrió pedirle a De la Rúa la renuncia de Cavallo y una modificación sustancial del gabinete para distender la situación».

Primero, fueron a ver a Colombo y le plantearon «la conveniencia de que renuncien todos los ministros para que el Presidente pueda retomar la iniciativa con un gabinete nuevo».

—Hay que ir a un gobierno más amplio. Pero, por supuesto que no queremos que te vayas vos, Chrystian —le dijo Alfonsín.
—…
—Nosotros le queremos comunicar esta propuesta al Presidente —agregó el líder de la UCR.
—Ya le aviso.

Colombo se levantó, dejó a los correligionarios frente a su escritorio, pasó al lado de los dos granaderos y se metió en el despacho presidencial. De la Rúa estaba reunido con Cavallo.
—Presidente, en mi despacho están Alfonsín, Maestro, Pernasetti y otros diputados y senadores del partido que vienen a verlo para proponerle un cambio total de gabinete. Yo pienso…
—Dejá que yo hablo con Alfonsín y lo convenzo —lo interrumpió Cavallo.
—Mingo, de economía podes saber más que yo, pero de política no entendés nada.
—Vamos a atender a los amigos que nos esperan —dispuso el Presidente.

Maestro recuerda que la presencia de Cavallo en el principal despacho de la Casa Rosada los sorprendió porque habían ido a pedir, en primer lugar, la cabeza del ministro de Economía.

«Nos sentamos —describe— en una mesa ovalada: el Presidente, en una de las puntas; a su izquierda, Cavallo; a su derecha, la senadora Amanda Isidori, de Río Negro; y al lado de ella, yo. Frente a mí, estaba Alfonsín».
—¿Qué andan haciendo por acá? —preguntó De la Rúa.
—Mirá Fernando, estamos muy preocupados. La situación es gravísima, pensamos que hay que hacer algo —abrió el fuego Maestro.
—Estamos haciendo todo lo que podemos; hasta ahora no hemos tenido suerte, pero tenemos que insistir en arreglar el tema del déficit, que es lo que exige el Fondo para efectuar los desembolsos prometidos.
Maestro le hizo una seña a Alfonsín para que siguiera él, pero la senadora Isidori aceleró los tiempos.
—Hay que decirle de una vez a qué vinimos —lo apuró por lo bajo a Maestro.
—Decíselo vos.
—Se lo digo yo… ¿Le puedo decir algo, Presidente?
—Sí, querida, por supuesto.
—Le voy a decir por qué vinimos hoy a verlo…

De la Rúa estaba reclinado sobre la mesa; Maestro observó que por detrás de la cabeza del Presidente, Cavallo miraba fijo a los ojos de la senadora, como si fuera un hipnotizador: «Amanda le devolvió la mirada y quedó un momento en trance, como enceguecida, y perdió el hilo de lo que venía diciendo».

—El gobierno tiene que hacer un gesto para calmar a la gente. Hay mucha gente pasando hambre.
—Lo sé, querida, pero no hay plata. Y para que el Fondo nos mande lo que nos prometió, tenemos que solucionar el tema del déficit.
Era el turno de Alfonsín.
—Mirá, Fernando, con Carlos estamos muy preocupados. Nos parece que sería buena una reestructuración del gabinete. Desde luego, Fernando, en el momento que vos lo creas más adecuado.

El encuentro se diluyó en frases de circunstancia. Alfonsín y los legisladores se retiraron molestos, convencidos de que la gestión no había servido para nada. El Presidente ya no escuchaba a su partido, preso de sus temores y debilidades, aislado de la realidad, encapsulado por su entorno, ganado por el discurso maniqueo de Cavallo.

Maestro y Pernasetti volvieron a la Casa Rosada el jueves 20 de diciembre al mediodía y fueron directamente al despacho de Colombo. Esperaron en la antesala hasta que el jefe de Gabinete terminó de devolver unos llamados telefónicos. Recién se habían sentado frente a Colombo y hablaban del alejamiento de Cavallo cuando entró el Presidente.
—Carlos, Horacio, ¿qué andan haciendo?
—Venimos a verte —dijo Maestro.
—Tenés que buscar ya un ministro de Economía para calmar los ánimos de la gente —le propuso Pernasetti.
—No es tan fácil; nadie quiere agarrar Economía.
—¿Y en el plano político? —preguntó Maestro.
—Estamos convocando a una reunión urgente con todos los gobernadores pero ninguno viene, ni siquiera los radicales. Nadie quiere venir.
—¿Para qué es la reunión de gobernadores? —quiso saber Pernasetti.
—Cuando hay problemas de este tipo, corresponde convocar al Consejo de Seguridad Interior, que está integrado por los gobernadores. Pero, no importa: podemos hacer la reunión igual, con los ministros de Interior de las provincias.
—¿Por qué no intentas un acuerdo con el peronismo? Incorporarlos al gobierno de alguna manera —sugirió Maestro.
—Lo hemos intentado. Yo no creo que se puedan hacer cosas muy distintas. Pero, si ustedes quieren, hablen con los peronistas.
—Yo puedo hablar con Puerta y Horacio, con Camaño (el titular de la Cámara de Diputados).
—Está bien. Yo estoy haciendo todo lo que puedo, pero que digan los peronistas qué es lo que quieren.

Maestro se llevaba muy bien con Puerta; por eso, le sorprendió que no lo invitara a sentarse cuando lo fue a ver a su despacho de presidente provisional del Senado.
—Mirá Ramón, vengo porque el Presidente quiere hacer algo en conjunto con ustedes, con el peronismo.
—Yo me estoy yendo a una reunión de gobernadores del peronismo en San Luis; el Adolfo los invitó a la inauguración del aeropuerto de Merlo; también vamos algunos senadores y diputados. Pero, te adelanto que no queremos involucrarnos en esta crisis.
—Pero, el Presidente les ofrece participar del gobierno en las condiciones que ustedes quieran.
—Eso seguro que no. Ya le dijimos que lo apoyamos en todo lo que necesite, pero que tenemos que preservarnos como oposición porque si no, dejamos a la Argentina sin alternativa… Pero, igual le comento a los muchachos y te aviso.
—Bueno, Ramón… Acá se termina todo.

Maestro dio media vuelta, abrió la puerta y se fue. Puerta asegura que «no entendí bien lo que quiso decir porque era una frase dura, pero la conversación había sido muy amistosa, como siempre. Luego, entendí que se refería al gobierno».

Cuando Maestro volvió a su despacho, encontró que Alfonsín lo estaba esperando: quería saber cómo le había ido con el Presidente. No tuvieron tiempo de charlar porque la secretaria de Maestro los interrumpió.

—Si ustedes se quedan acá, después no van a poder salir; me dicen que afuera se está juntando mucha gente —les avisó Noemí.
—Carlos, mejor nos vamos a mi oficina; ahí vamos a estar más cómodos.

Tuvieron suerte: pudieron abandonar el Senado sin que los manifestantes se dieran cuenta de que iban en el asiento trasero del automóvil guiado por el chofer del ex Presidente, junto con el jefe de su custodia, el comisario Daniel Tardivo. Una proeza teniendo en cuenta los abucheos que recibían por aquellos días todos los legisladores, incluidos los de la oposición.

Llevaban casi una hora recluidos en la oficina de Alfonsín, un quinto piso de la avenida Santa Fe al 1.600, cuando, a las cuatro de la tarde, Maestro recibió el llamado de De la Rúa.
—¿Qué pasó con los peronistas?
—Puerta se estaba yendo a una reunión de los gobernadores peronistas en San Luis. Pero no aceptan: dice que es un problema del gobierno, que es un problema nuestro. Que no se quieren involucrar… Me prometió que igual iba a comentar la propuesta con los gobernadores. Y Horacio dice que no puede encontrar a Camaño.
—Voy a hablar por radio y televisión.
—¿Cuándo?
—Ahora, dentro de unos minutos.
De la Rúa cortó y Maestro le contó a Alfonsín.
—¿Qué irá a decir? —preguntó el ex Presidente.
—Pongamos la televisión.
Hicieron varios intentos, pero no lograron encender el aparato.
—Vení Margarita, que no podemos conectar la televisión —gritó Alfonsín en dirección a la sala donde estaba su secretaria privada.
—Ustedes, los hombres, no saben hacer nada —regañó Margarita Ronco mientras la imagen del Presidente aparecía en la pantalla.

Hasta el discurso de De la Rúa, las versiones de los distintos protagonistas coinciden en lo que fue sucediendo durante aquel día decisivo. Pero, a partir de este momento hay diferencias, algunas de ellas sustanciales.

Por un lado, Maestro asegura que quince minutos después del mensaje, recibió un segundo llamado del Presidente.
—¿Qué te pareció el discurso?
—Mirá… Me pareció más atinado, mejor, que el de anoche. Esperemos a ver cómo reacciona el peronismo.

En realidad, Maestro no había visto ni escuchado el discurso de la noche anterior, aunque había leído párrafos en los diarios. Fue la mejor respuesta que encontró frente a una pregunta inesperada. También afirma que el siguiente llamado fue el de Noemí, su secretaria.

—Ya puede venir a su despacho; parece que afuera está todo más tranquilo.
En aquel momento, Alfonsín saludaba a algunos radicales de confianza que habían llegado para analizar la crisis del gobierno: José «Chiche» Canata; Juan José «Manolo» Canals y el economista Mario Brodersohn, entre otros.

Todos ellos eran fieles seguidores de Alfonsín y, como su jefe, pensaban que la caída de De la Rúa era cuestión de tiempo, de muy poco tiempo.
—Raúl, yo vuelvo al Senado; me avisó mi secretaria que está todo más calmado.
—Bueno Carlos, después nos vemos.

Sin embargo, otras fuentes sostienen que Maestro permaneció en la oficina de Alfonsín, desde donde —junto con el ex Presidente— conspiró para forzar —o, al menos, acelerar— la renuncia de De la Rúa. Tanto es así que varios correligionarios lo siguen considerando «un gran traidor».

En ese sentido, De la Rúa asegura: «Yo decido renunciar cuando ya desde el departamento de Alfonsín me llama el presidente del bloque de senadores del radicalismo para decirme que, a juicio de ellos, no había nada que hacer, que consideraban conveniente mi renuncia. Lo que se produce después de que hablaron con Duhalde».

De la Rúa recuerda ese diálogo de esta manera.
—Presidente, recién hablé con Duhalde, que me dijo que ya no hay nada que hacer —le informó Maestro.
—¿Y vos qué pensás?
—No hay otra salida que la renuncia.
—Bueno, tomo nota.

Incluso, el ex concejal porteño Humberto Bonanata asegura que Maestro —por sugerencia de Alfonsín— informó a algunos periodistas que el Presidente había renunciado cuando todavía no lo había decidido. «Eso precipitó la renuncia de Fernando, fue el golpe de gracia», agrega Bonanata, que era partidario de De la Rúa.

Maestro niega esos dos testimonios. Ratifica que volvió a su despacho en el Senado, donde —afirma— atendió a un comandante de Gendarmería que le traía un mensaje del jefe de esa fuerza, el comandante general Hugo Miranda.

Siempre según Maestro, Miranda le avisaba que los saqueos se iban a multiplicar en el conurbano cuando «venga la noche porque ya no hay relevos en la Policía Bonaerense debido a que sus efectivos han estado trabajando durante cuarenta y ocho horas seguidas, sin descanso. Lo mismo pasa en la Policía Federal».

«Además —agrega Maestro— la televisión ya informaba de muertos en el centro de la ciudad y también en otros lugares, como Rosario, Córdoba, en la provincia de Buenos Aires… Ya se hablaba de más de veinte muertos en todo el país, había imágenes de coches quemados en la 9 de Julio. Así que lo llamé a De la Rúa».

(EDUARDO LONGONI/ FOTOTECA ARGRA)

(EDUARDO LONGONI/ FOTOTECA ARGRA)

—Fernando, están habiendo muertos en Plaza de Mayo —le avisó, según su versión.
—No, a mí nadie me informó eso, ni mis funcionarios de Interior ni el jefe de la Policía Federal.
—La televisión está diciendo que hay muertos.
—La televisión dice muchas cosas que no son ciertas.
—Me parece que esta vez es cierto porque están mostrando imágenes de personas caídas.

A las cuatro y media, luego del discurso y camino a su despacho, De la Rúa le había preguntado a su secretario de Seguridad, Enrique Mathov, si era cierta la versión sobre muertos en el centro de la Capital.
—No lo sé, ya lo llamó al comisario Santos —le respondió Mathov.
«El jefe de la Policía Federal —dice Mathov— me informó que no, y yo se lo transmití de inmediato al Presidente. Luego, me fui a la Secretaría. A las seis de la tarde me llamó el ministro del Interior, Mestre, y me comunicó que había dos muertos en el Hospital Argerich».

«La Policía —agrega— no lo supo antes porque ambulancias del SAME habían levantado los cuerpos y los habían llevado al hospital».
Maestro asegura que —apenas cortó con el Presidente— un empleado le alcanzó un comunicado de prensa conjunto de los bloques de senadores y diputados del peronismo, donde la principal fuerza de oposición reclamaba a De la Rúa «un gesto de grandeza que permita superar esta crisis». Según Maestro, también «convocaban urgentemente a una Asamblea Parlamentaria».

Maestro cuenta que volvió a llamar al Presidente.
—Mirá Fernando, el peronismo ha resuelto retirar su apoyo parlamentario al Gobierno. La situación está muy difícil y yo no le veo salida.
—Yo hice todo lo que pude; convoqué al peronismo a un gobierno de unidad nacional, pero no fui escuchado.
—Presidente, le doy un consejo: ponga su renuncia a disposición del Congreso para que el Congreso, a través de una Asamblea Parlamentaria, decida qué hacer frente a esta situación.

Maestro se refería a una sesión especial de todos los legisladores: los senadores y los diputados. La instancia prevista por la Constitución para analizar la eventual renuncia de un Presidente y designar su sucesor.
De la Rúa se quedó unos segundos en silencio.
—Si no queda otra solución, lo voy a hacer.

Maestro cuenta que, aliviado, salió al pasillo a informar que era inminente la renuncia del Presidente a una patrulla de periodistas que deambulaba por el Senado en busca de información. Eran las seis y cinco de la tarde.
«El gobierno —explica Maestro— ya no tenía credibilidad ni podía dar ninguna respuesta. La verdad es que a los veinte minutos de que la renuncia fue informada no quedó nadie en la calle; todos se volvieron a sus casas. La renuncia era lo que se necesitaba. Fue como un bálsamo; la situación era terminal».

Pero, algunos colegas de Maestro no lo entendieron así. Un ex legislador afirma que —luego de la renuncia del Presidente— un grupo de senadores radicales fue al despacho de Maestro.
—Carlos, están diciendo que vos le dijiste al Presidente que no quedaba otra salida que presentar la renuncia —lanzó desde la puerta el misionero Mario Losada, que encabezaba la fila.
—Sí Mario, es cierto.
—Pero, ¿con quién lo consultaste?
—Con nadie Mario, si acá no había nadie. ¿Vos, por ejemplo, dónde estabas?
Alfonsín era uno de los que escuchaba la conversación del otro lado de la puerta, pero Maestro no podía verlo.
—Está bien lo que hizo Carlos. Esto era un desastre, esto iba a ser una carnicería. Había que sugerirle algo así al Presidente —dijo Alfonsín, y clausuró la discusión.

De la Rúa firmó su renuncia minutos después de las seis y media de la tarde. La redactó a mano, luego de convocar a su despacho a algunos funcionarios de confianza, entre ellos Colombo; el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini; Gallo, el secretario general de la Presidencia; el ministro de Defensa, Horacio Jaunarena; su hermano Jorge de la Rúa, titular de Justicia, y Hernán Lombardi, secretario de Turismo.

—He tomado la decisión de renunciar. El justicialismo rechazó mi oferta de un gobierno de coalición, no con esas palabras pero sí con hechos: los gobernadores están reunidos en San Luis a la espera de mi renuncia, y el jefe del bloque de diputados, (Humberto) Roggero, pidió mi juicio político. En nuestro partido, el jefe del bloque de senadores, Maestro, me acaba de decir que no hay otra salida que mi renuncia. Mi actitud es este renunciamiento que quiero hacer para pacificar el país y asegurar la continuidad institucional.

Todos escucharon en silencio. De la Rúa salió del despacho privado, atravesó la oficina de los edecanes y entró a la Sala Verde, un lugar más pequeño pintado de ese color, decorado con un imponente retrato del general José de San Martín. Y allí se sentó a escribir su renuncia. «Creí que debía ser hecha en forma manuscrita», recuerda. Sus funcionarios lo siguieron y se quedaron mirando cómo la redactaba. Algunos estaban a punto de llorar.

—Me parece bien que la hayas hecho a mano —lo alentó cuando terminó, su amigo Rodríguez Giavarini.
De la Rúa llamó por teléfono a Virgilio Loiácono, que era el secretario de Legal y Técnica de la Presidencia:
—Por favor, lleva la renuncia al Congreso.

El texto fue dirigido al ingeniero Puerta:

«Me dirijo a Ud. para presentar mi renuncia como Presidente de la Nación.
Mi mensaje de hoy para asegurar la gobernabilidad y constituir un gobierno de unidad fue rechazado por líderes parlamentarios. Confío que mi decisión contribuirá a la paz social y a la continuidad institucional de la República. Pido por eso al H. Congreso que tenga a bien aceptarla.
Lo saludo con mi más alta consideración y estima, y pido a Dios por la ventura de mi Patria».

Roggero, cordobés de Río Cuarto, niega que él, como jefe del bloque de diputados del peronismo, haya mentado la posibilidad de un juicio político a De la Rúa: «Hicimos una conferencia de prensa, pero para rechazar la propuesta de un gobierno de coalición». Eso fue menos de cincuenta minutos después del discurso del Presidente. ¿Por qué tan rápido? Porque temían que sus compañeros de las provincias más chicas, que habían convocado al encuentro en San Luis, aceptaran la oferta de De la Rúa. «Pensábamos que con ese rechazo, el encuentro en San Luis se volvía abstracto», sostiene.

(Foto: NA)

(Foto: NA)

De la Rúa renunció cuando tenía 64 años y llevaba setecientos cuarenta días —dos años y diez días— en la Presidencia.

El ex senador jujeño Alberto Tell afirma que, luego de la renuncia, De la Rúa llamó por teléfono al ex presidente Carlos Menem: «Yo había ido a ver a Carlos junto con Daniel Scioli y otros dos compañeros, en el auto de Scioli. Fuimos al departamento de su esposa, Cecilia Bolocco. Recuerdo que Carlos estaba durmiendo, así que lo esperamos un rato. Estábamos charlando cuando lo llamó De la Rúa y Carlos puso el teléfono en manos libres».
—Carlos, ya he redactado mi renuncia por esta crisis institucional que se ha creado.
—¿No hay manera de volver atrás?
—No, creo que mi renuncia contribuirá a la solución de esta crisis. Quería agradecerte tu permanente colaboración con mi gestión; fuiste uno de los pocos que nunca puso un palo en la rueda; por el contrario, siempre estuviste dispuesto a colaborar.
—Fernando, somos hombres de la democracia.

Uno de los funcionarios que lo acompañaron en aquel gesto del final, recuerda que, una vez que estampó su firma en el texto de renuncia, De la Rúa pareció recuperar la energía, como si se hubiera sacado un peso de encima

—Bueno, ya no tenemos nada que hacer hoy acá. Nos vamos —les indicó a sus acongojados colaboradores.
Y salió del despacho para tomar el ascensor privado, pero lo frenó el jefe de la Casa Militar, el vicealmirante Carlos Carbone, que llevaba menos de dos días en su cargo.
—Señor Presidente, no puede salir por allí. La seguridad depende de mí y hay muchísima gente en la Plaza.
—Me voy directamente, como lo hago siempre.
—No, señor Presidente, ya está listo el helicóptero. No se puede salir por tierra.

De la Rúa fue llevado rápidamente a la azotea, donde ya lo esperaba un helicóptero Sikorsky S76B apenas posado —sin descargar todo su peso— para proteger de posibles fisuras al techo y a las paredes del histórico edificio. A las corridas y en apenas un minuto, abordó la máquina, junto con su edecán, el teniente coronel Gustavo Giacosa —también en su segundo día en el cargo— y el subjefe de la custodia presidencial, el subcomisario Marcelo Lioni, el calvo al que muchos tomaron por Cavallo al verlo por televisión.

Eran las siete y cincuenta y dos de la tarde y el helicóptero blanco se elevaba en medio de aplausos, gritos e insultos de la gente que protestaba en la Plaza de Mayo. La imagen evocaba la partida de la presidenta Isabel Perón poco después de la medianoche del 24 de marzo de 1976, minutos antes de que fuera desalojada del gobierno por los militares. De la Rúa llevaba su ejemplar de la Constitución apretado entre las manos y apenas atinó a mirar por la ventanilla en los cuatro minutos y medio que duró el viaje hasta la residencia de Olivos.

El ex concejal Bonanata recuerda que esa noche llamó a su amigo. Sonaba tan lloroso que De la Rúa le contó un chiste sobre Osama Bin Laden en clave radical: «Dicen que a Bin Laden lo llevan preso a la Corte de La Haya y le preguntan.
—¿Es cierto que tuvo responsabilidad en el atentado contra las Torres Gemelas?
—Sí, es cierto.
—¿Y en el atentado al Pentágono?
—Sí, también.
—¿Tuvo que ver con las bombas a la Embajada de Israel y la AMIA?
—Sí, lo acepto.
—Una última pregunta antes de pasar al veredicto, ¿Conoce a… (y nombra a un dirigente radical involucrado en una denuncia por empleados «ñoquis» (que cobraban pero no trabajaban) en el antiguo Concejo Deliberante porteño).
—Ah no, en quilombos yo no me meto…»
Bonanata estaba muy sorprendido.
—Pero Fernando… ¿cómo tiene fuerza para levantarme el ánimo el peor día de su vida contándome un chiste?
—Porque hay que seguir viviendo, querido Humberto —le contestó De la Rúa con una voz tan segura y nítida como su interlocutor no le había escuchado nunca durante su tortuosa presidencia.

infobae.com

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