Año Nuevo en Ámsterdam – por Hugo Pezzini

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Unos dos minutos antes de la medianoche estamos sentados a una mesa en casa de Kees. Bebemos champagne, vino cabernet-sauvignon y cerveza Grolsch. Nuestra cena de año nuevo consiste en carne argentina a la parrilla (creo que es entraña), papas asadas al horno, una ensalada de varios tonos de verde (rúcula, achicoria, lechuga), naranja (zanahorias) y rojo (lechuga morada, remolachas, tomates), con un condimento cremoso de sabor intenso (detecto ajo molido, mostaza, aceite de oliva, aceto balsámico, sal y pimienta negra). Nos lo servimos de forma individual: cada uno en su plato, retirándolo de un bol de porcelana blanca con un diminuto cucharón de plata. Abunda el sabroso pan holandés recién salido del horno. Los chefs han sido Hennie y Ben.

La cena de Año nuevo en casa de Kees y Hennie (Kees de pie en la imagen)

Llegué a la ciudad el 24 de diciembre por la mañana temprano, después de haber despegado de New York y hecho una escala en Detroit. En la pista de aterrizaje del aeropuerto de esa capital mundial del automóvil, pasamos aproximadamente tres horas a la espera de que amainase la nieve y de que a continuación las topadoras la retirasen de la pista y así quedara despejada para las decenas de aviones que esperaban turno para volar (multitudes dejaban ciudades de residencia para pasar la navidad con sus respectivas familias), y los otros que llegaban después de esperas en otros aeropuertos. Delta Airlines tiene su cuartel general en esa ciudad, entonces es en Detroit donde posan los enormes pájaros metálicos que —ya encaminados hacia su destino— deben hacer una escala intermedia en sus vuelos nacionales o internacionales. Detroit es el hub de intersección de esa compañía aérea. Dentro de mi aeronave destinada a Holanda, cuanto más larga se extendía la espera, era más evidente que solo después de la medianoche iríamos a cruzar una buena parte los Estados Unidos hacia el este en busca del Atlántico —que a continuación también cruzaríamos en su totalidad.

Me arrellané en mi asiento y abrí la novela de Thibault de Montagu Les anges bruilent (Los ángeles susurran) y comencé a fingir para mí mismo que me encontraba en el living de mi casa (o al menos en sala de lectura del octavo piso de la Biblioteca Bobst de New York University). Esa es mi forma de ignorar la demora. Es mi estratagema psicológica cuando viajo, si estas situaciones inesperadas se producen, lo que sucede mucho más a menudo de lo que se imagina.

Pero volvamos a la mesa de Kees: como la medianoche es inminente, nos ensordece el estruendo de los miles y miles de fuegos artificiales que los vecinos lanzan y/o hacen estallar aquí desde hace siglos. Es parte de una tradición local multicentenaria. No existe durante la transición de un año hacia el otro una quema oficial de fuegos, como la del famoso Reveillon en la playa de Copacabana de Rio de Janeiro, que congrega a más un millón de personas sobre sus arenas y boulevard —una enorme parte de ellas vestidas totalmente de blanco, ya que ese día se celebra la fiesta de Yemanjá, la ‘Reina del mar”, una deidad de la religión sincrética afro-católica Umbanda. Ni se arrojan botellas de vidrio por las escalinatas, como sucede en la Piazza Spagna, de Roma.

La quema de fuegos artificiales en Ámsterdam es una fiesta anárquica callejera, sin ningún tipo de organización oficial previa. En cada esquina hay un mortero o varios más, o entonces cajones de lanzamiento desde los cuales los vecinos disparan su Santa Bárbara explosiva y luminosa y así transforman en explosiones, colores, humo, ceniza y cartón despedazado varios millones de euros en una noche. En nuestra ochava, hacia donde dan las ventanas del cenáculo de Kees, un hombre dispara un cajón de fuegos tras otro. Bennie calcula en unos cinco mil euros el valor de lo que este vecino arde y destruye.

Esta celebración tradicional-espontánea amsterdamesa tiene su origen y cobra significado a partir de lo que representan las tres equis —X X X— del escudo de armas rojinegro de Ámsterdam.

Aunque la investigación histórica no lo ha comprobado, se le atribuye a cada equis uno de los hechos más trágicos acontecidos en este lugar estoico y exuberante. X: la inundación, X: la peste negra, X: el incendio. Los fuegos que estallan en cielo y tierra ya desde mucho antes de que den las doce de la noche del 31 de diciembre continúan una tradición cuyo objetivo inicial era ahuyentar a los malos espíritus, a quienes la interpretación medieval —su doxa, o sea, la ‘sabiduría popular’ de esa edad histórica— culpaba por los males que se dice que esas tres equis representan.

Vengo a Ámsterdam a menudo, y desde el comienzo de la década del noventa paso períodos de duración variada. Primero como el fascinado mochilero que recorría Europa, más tarde como miembro de The Cultural Analysis Summer Academy of the Universiteit van Ámsterdam, la Academia de análisis cultural de la Universidad de Ámsterdam, donde he presentado trabajos míos, exhibido y discutido films de terceros (La ciénaga de Lucrecia Martel y Bolivia de Israel Caetano); contribuido en seminarios y dado conferencias. Hoy me hallo una vez más en este lugar que tanto amo y que constituye uno más de mis varios hogares alternativos a lo largo de tiempo, tanto así que en mi hombro izquierdo llevo el ancla de Sailor Jerry bajo la palabra ÁMSTERDAM, que tatuó el mítico Hanky Panky, cuyo salón existe hace décadas al borde del canal Oudezijds Voorburgwal, del Red Light District de Ámsterdam.

Me hospedo en un cuarto muy cálido que he alquilado al borde del canal Transvaalkade y a cinco cuadras de Oosterpark (el Parque del Oeste), sobre una oficina de inmuebles que vende casas flotantes o sea, casas-barco. Todo muy Ámsterdam, ¿no es así?

La temperatura se ha mantenido en el cero centígrado o en los grados negativos y llueve de forma constante, o al menos intermitente. Han caído algunos copos de nieve aguachenta, pero predomina la lluvia. El invierno holandés nos otorga un día cuya claridad grisácea no dura más de siete u ocho horas y las diecisiete restantes son noche cerrada.

Existe una disparidad radical entre las primaveras y veranos con respecto a los inviernos de Holanda, y de Ámsterdam, claro. Los primeros son plenos de luz multicolorida y los últimos restrictos a una gama de grises. Es en este país de contrastes donde Vincent van Gogh “aprendió a ver los colores”  y plasma en su pintura. Algunas de las ‘celebridades’ de Ámsterdam son la niña diarista Ana Frank, que muriera como uno de los judíos prisioneros del campo de concentración de Bergen-Belsen, el filósofo Baruch Spinoza y los pintores Rembrandt van Rijn y el mencionado Van Gogh.

«Vista del mar en Scheveningen», 1882, de Van Gogh. Scheveningen es uno de los distritos de La Haya

Ese marcado contraste entre las estaciones del año en este norte de Europa me hizo comprender el significado de los ‘ritos de la primavera’ que describe el arte clásico dramático y musical, como Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, la Consagración de la Primavera de Igor Stravisnky, tal vez toda la Sexta Sinfonía (“la Pastoral”) de Ludwig van Beethoven, otro ícono humano universal y eterno, original de los Países Bajos (eso es lo que significa The Netherlands —Nether, bajas / bajos; lands: tierras / países). El abuelo de Beethoven nació en Mechelen, del Ducado de Brabant, un pueblo de Flandes que hoy es parte de Bélgica, que junto con Dinamarca y Holanda completa el trío de los Países Bajos.

Estas son obras que de modo cíclico se interpretan en el Royal Concertgebouw de Ámsterdam (el Teatro Colón de aquí, digamos), donde tiene su residencia la virtuosa orquesta de ese nombre, Royal Concertgebouw Orquestra. Son piezas clásicas (y modernas —la de Stravinksy provocó uno de los mayores escándalos de esa forma de arte —casi una ‘sublevación’ [a riot] de la audiencia— cuando se presentó por primera vez el 29 de mayo de 1913 en el Théâtre des Champs Élysées de París), que ensalzan y celebran la alegría que invade las poblaciones al fin de esa oscuridad invernal, por el retorno de la luz y el renacimiento del mundo animal y vegetal que casi desaparece e inverna durante el largo frío imperante del resto del año ‘no primaveral’ en estas regiones del norte europeo. Al marinero y escritor Joseph Conrad, la observación desde la cubierta de su barco de la Ámsterdam invernal lo lleva a escribir en The Mirror of the Sea (El espejo del mar), uno de sus libros de viaje, “a flat foreground of (artic) waste land”: una (ártica) tierra plana de desolación.

El Royal Concertgebouw de Ámsterdam

Ámsterdam concentra tanta historia, tanta cultura y tanto misterio que trato de comenzar esta narración de hoy pero no puedo hacerlo ya que el material es tan abundante que me obliga a enumerar una lista que se desborda en la página y en mi memoria, y solo consigo citar “datos” sin poder realmente “contarles mi cuento”. Entonces me resigno y me entrego:

“Ámsterdam” es una reducción o apócope del nombre original completo de la ciudad, Amstelredamme, que significa “dique” (dam) del Amstel”, por uno de sus tantos diques. Este afecta al rio que cruza la ciudad, el Amstel —que da nombre a la famosa cerveza y al imponente espacio frente al Palacio Real: Plaza Dam.

Aunque el asiento del gobierno nacional se encuentra en La Haya, Ámsterdam es la Capital política, económica y cultural de Holanda y una de las principales ciudades de Europa; ya fue la ciudad-puerto más importante del occidente durante el “Siglo de oro holandés”, [el XVII, es decir, los mil seiscientos] cuando su poderío naval dominaba las aguas del mundo. Visitando su museo principal, el Rijksmuseum, me deparo con una pintura de 1662 —o sea, de ese Siglo de oro holandés—,  “Una Vista de Olinda”, en la que el artista Frans Jansz Post reproduce en imagen la presencia holandesa en la lejana selva tropical brasileña. Es bueno recordar que en el norte de Sudamérica existe una “Guayana holandesa”, Surinam, que linda al sur con el Brasil.

  “Una Vista de Olinda”, de Frans Jansz Post, 1662

Opnamedatum: 2012-06-28

Ámsterdam es una ciudad medieval, más joven que Rotterdam y Utrecht (estuve en esta última hace tres días). Le fue concedido el estatus de ciudad en 1300 o 1306, pero fue una contribuyente primordial en la modernización del planeta. Por ejemplo, inventó el mercado de acciones: fue la primera ciudad a establecer una Bolsa de Comercio, y su sistema bancario también es uno de los primeros del mundo. El Banco de Ámsterdam data de 1609. Además, Ámsterdam fue y es el centro mundial del mercado de diamantes.

No obstante, esta metrópolis fue también el asiento de un poder colonial. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales y la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales adquirieron y/o establecieron colonias en la Costa de oro africana, en el Golfo de Guinea, en Sudáfrica, en el Caribe antillano, en las mencionadas Guayanas y por supuesto en Norteamérica: Manhattan, también llamada New York City, tuvo como su primer nombre New Amsterdam, porque fueron los holandeses los primeros a colonizar esta tierra.

Comunidades perseguidas por motivos religiosos, judíos huyendo de los eternos pogroms y del antisemitismo hicieron su hogar en Ámsterdam, que tiene asignado de modo extraoficial el título de ciudad más tolerante de la tierra. Es consecuencia de esta tolerancia el establecimiento de la zona de prostitución, The Red-Light District (el distrito de la luz roja). A una distancia que se cubre en bicicleta en pocos minutos desde la habitación donde escribo esta nota, existen callejuelas de vidrieras contiguas, a la usanza de los comercios de nuestra calle Anchorena, o de la Florida porteña, donde se exhiben (muchas, hermosísimas) mujeres casi desnudas que te sonríen, envían besos y hacen insinuaciones explícitas para que entres a ‘visitarlas’. En las noches de calor salen a la puerta en esos ropajes que no cubren nada o en lencería tan sexy como la de las vidrieras de Victoria’s Secret. Alguna vez me he detenido para sostener conversaciones interesantísimas con ellas. Son de todas las nacionalidades imaginables, inclusive de nuestras tierras.

Las vidrieras del Red-Light District

Esta misma tolerancia permite los famosos Coffee-Shops, donde uno puede entrar y tomarse un cafecito y además adquirir en la barra hierba de marihuana, resinas de hashish, e inclusive tortas, bizcochos, caramelos y bebidas hechas de estos productos, que son legales para el consumo en esos recintos y en los hogares —dentro de los cuales también se permite el cultivo para uso personal.

Uno de los muchoss coffee-shops de la ciudad

Es fascinante para nosotros, extranjeros con hábitos más prohibitivos, presenciar la naturalidad con que se viven estos fenómenos de la ciudad. Declaré hace pocos días en una entrevista radial que me hiciera mi amigo Aníbal Parissi que Ámsterdam es para mí la ciudad más relajada, libre, tolerante y cool que conozco. Creo que también le informé a Aníbal que, de acuerdo al website Tripadvisor, he puesto ya mis pies en doscientas cincuenta y dos ciudades de veinte países. Por lo tanto le otorgo a Ámsterdam esa supremacía sobre un número no despreciable de lugares que he recorrido: la comparo después de haber hecho una encuesta considerable, pero debo reconocer que en la lista de Tripadvisor se cuentan todos los pueblos que conozco, incluyendo a Baradero, Alsina y Portela, por ejemplo.

Según Wikipedia, Ámsterdam es una de las ciudades más multiculturales que existen. Sus habitantes son de 177 nacionalidades distintas. La cuenta más reciente (2017) totaliza un millón ciento ocho mil personas en el área urbana y un millón seiscientos mil habitantes en la Gran Ámsterdam (como lo que llamamos “El Gran Buenos Aires”). La concentración poblacional para el año pasado indica casi cinco mil habitantes por kilómetro cuadrado. No son muchas personas, si se compara con otras ciudades, pero no hay que olvidar que estas tierras les fueron robadas a las aguas gracias a la terquedad y dureza estoica de sus habitantes en su lucha constante contra el líquido elemento.

Los cien kilómetros de canales que la recorren de modo semicircular han hecho que sea conocida como La Venecia Holandesa. Los he recorrido innúmeras veces a bordo del pequeño barco de mi yerno Bennie, y muchas otras en alguno de los varios kayaks de Kees. Navegar por los canales (algunos son de dos manos y otros más estrechos de mano única) y por el río Amstel los sábados y domingos de primavera y verano es una costumbre local que practican familias enteras y grupos de amigos. Es equivalente a nuestra “vuelta del perro” y nuestros “paseos domingueros por el centro, el puerto y la ruta”. En esos fines de semana templados se dan fiestas a bordo, de cumpleaños, de casamiento, etc., en las cuales los invitados beben, comen y jaranean mientras navegan por esos canales en los barcos que muchísima gente posee.

Un detalle que nos enorgullece a todos nosotros: los holandeses son muy carnívoros,  intensos admiradores y amantes de la carne argentina, que consideran la mejor del mundo, y de nuestros cortes y el menú argentino en general. En consecuencia Ámsterdam está plagada de restaurantes argentinos —anunciados como tales: Amsterdam Argentijns restaurant— que sirven parrillada, empanadas, bifes de cuadril, de chorizo o de lomo, y que ofrecen de postre flanes con dulce de leche y crema; panqueques de dulce de leche o nuestro Don Pedro. Si quisiera durante estos veinte días aquí podría almorzar y cenar en restaurantes argentinos de la ciudad, sin repetir ni uno solo.

Debido a su intricada y estrecha arquitectura, es la ciudad con mayor cantidad de ciclistas por cabeza del mundo (la otra es Beijing, o Pekín, claro). Como telas de araña las callejuelas se intersectan de múltiples maneras por toda Ámsterdam y es un verdadero placer ver las multitudes que se desplazan a gran velocidad por las mismas en city bikes —esas clásicas bicicletas de paseo con volantes altos para la posición erecta, no muy livianas porque deben ser fuertes para enfrentar este lugar pavimentado de adoquines.

Un estacionamiento de bicicletas lateral a la Amsterdam Centraal Station (ferroviaria)

Esto me recuerda la mía propia, y entonces ahora escribo con premura porque quiero escapar a estas calles heladas para disfrutar de los magníficos hombres, mujeres y maravillas de Ámsterdam: la construcción deslumbrante, las callejuelas serpenteantes, los canales líquidos o congelados, los pequeños o grandes puentes levadizos; los museos, plazas y parques plácidos o ajetreados. Este es un paraíso sobre el que fácil y rápido podría escribir un libro entero, porque hay tanto más para decir de este lugar.

No obstante, si miro hacia la derecha por mi ventana puedo divisar abajo, al borde del canal, mi vehículo bicíclico encadenado a su poste con un gran candado. En consecuencia cierro por aquí este relato con la esperanza de que algún día nos crucemos vos y yo en bicicleta por alguno de estos puentecitos levadizos a contrapeso que también (o “tan bien”) caracterizan esta metrópolis de ensueños.

Waarwel!

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Ámsterdam, The Netherlands, 2 de enero de 2018

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