Antropología médica.

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LA VIDA Y LA MUERTE

 

 Un poco de historia

El Dr. Francisco Maglio, eminente infectólogo argentino y sagaz observador de la realidad desde su posición de antropólogo, nos propone pensar en la muerte como un momento privilegiado de la vida, cargado de significado. Tanto desde el punto de vista del profesional encargado de cuidar la salud como del paciente que sufre y sus familiares, los conceptos vertidos en esta columna serán una gran oportunidad de replantearnos el sentido de la existencia:

En el paleolítico, aproximadamente unos 35.000 años antes de nuestra era, se desarrolla el Homo sapiens sapiens, primera aparición del humano anatómicamente moderno, y presenta una característica antropológica que será una conquista constitutiva de la especie humana: entierra a sus muertos. De allí que los primeros signos inequívocamente humanos sobre la tierra son las tumbas.

Podríamos decir que la humanidad comienza con la conciencia de su propia muerte; a partir de allí no será más un hecho individual, será un hecho social, tantos sucesos como relaciones humanas tuvo el muerto en su vida, relaciones tanto personales como no personales. Esto se aprecia claramente en el contexto social que acompaña a la muerte de un ídolo popular.

Yo transtanático

No sólo el hecho de enterrar a los muertos constituía un hecho de humanidad. Existe en los antiguos otra característica antropológica más: entierran a sus muertos en posición fetal, claro rito de pasaje en espera de una segunda vida que le da sentido a la muerte: la trascendencia.

Aparece en la historia de la humanidad «el yo escatológico», «el yo transtanático»; la trascendencia como sentido de la muerte dará un lugar a la esperanza, y se convertirá en el principio organizador de la existencia.

Posteriormente, en el neolítico (entre 4000 y 9000 años A.C.) ocurre otro hecho fundamental para la temática que nos ocupa: el paso del hombre cazador/recolector al agricultor. Al haber enterrado, matado una semilla, observa azoradamente el nacimiento de una planta que servirá para su alimentación y su subsistencia.

Es así que entiende la muerte como la necesidad existencial para el proceso de la vida y no como un fin de la misma; como si estuviera escuchando por anticipado los versos de Bernárdez: «Porque después de todo he comprendido que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado».

Esta trascendencia, como sentido del entorno circular vida-muerte (que siglos después lo retomarán filosóficamente los estoicos) aparece en todas las religiones teológicamente y en todas las culturas secularmente. Así, por ejemplo, el Libro de los Muertos, en la cultura egipcia lleva por único subtítulo «hacia la luz».

Trascendencia

Decía el poeta italiano Horacio «nunca nos morimos del todo», y acotaba Cicerón: «la vida de los muertos está en la memoria de los vivos». La trascendencia, como principio organizador de la existencia la encontramos también en Borges, «me moriré realmente cuando se muera el último que me recuerde», y especialmente en la cita de Benjamín Franklin, «para trascender más allá de la vida, hay que escribir cosas dignas de ser leídas o hacer cosas dignas de ser escritas».

La trascendencia y la esperanza (el «yo escatológico») nos permiten pasar de una angustia tanática frente a la muerte a una angustia mayéutica, al parir, al vislumbrar el sentido que otorga coherencia a nuestro existir.

En el Noroeste argentino la cultura popular, heredera del Hupamarca incaico, es muy rica en rituales de trascendencia: el entierro del angelito, la Difunta Correa, las novenas, locrear el muerto, etc.

Pero el progreso de la civilización occidental a mediados del siglo pasado y en adelante, con el ultrapositivismo en lo científico y el ultrapragmatismo materialista en lo filosófico matan a la muerte, no le encuentran sentido. Y al sacarle el sentido a la muerte vampirizan a la vida de su sentido pues, como decía Heidegger: «la finitud de la temporalidad (la muerte) es el fundamento oculto (el sentido) de la historicidad del hombre«.

Sin sentido

La sociedad contemporánea, sociedad econométrica que lleva a un canibalismo mercantil, nos ha vaciado de sentido; es la gran neurosis colectiva de nuestro tiempo «el vacío existencial», que las fuerzas de un salvaje fundamentalismo del mercado intentan llenar con una suerte de cornucopia consumista que no hace más que vampirizarnos el sentido.

El sentido es una categoría social, intrínseco a la pluralidad de seres humanos; no puede entenderse como yoísmo, sino que debe contextualizarse en la otredad. Un individualismo hipertrofiado, en consecuencia, terminará no encontrando sentido a la vida («la vida es una herida absurda» trovaba Discépolo ante la angustia de la soledad), y si se vive sin sentido, también se muere sin sentido.

La desigualdad de oportunidades en la vida tiene su correlato en la desigualdad frente a la muerte. La expectativa de vida, que se ha incrementado notoriamente en los últimos años, no lo ha hecho en forma equitativa, como lo demuestra la mortalidad infantil evitable, tanto en todo el mundo con un niño muerto cada diez segundos como en países como Argentina, con uno cada 50 minutos. A éstos la sociedad les ofrece una «mistanacia», la muerte por abandono.

Esta desigualdad ante la muerte también se refleja al analizar las expectativas de vida según posibilidades de educación y desarrollo: a los 35 años un profesional tiene el 73% de llegar a los 70 años y un obrero común (no calificado) solamente el 50%

Distanacia

Razón tenía Camus cuando en «La Peste» afirmaba que la mejor manera de conocer a una sociedad es observar cómo en ella se ama y cómo en ella se muere. ¿Qué ofrecemos desde la medicina (y qué podemos ofrecer) ante este ocultamiento social de la muerte?

La educación médica triunfalista que ve la muerte como un fracaso de la profesión, encuentra en el desarrollo tecnológico una buena excusa de ocultamiento en el llamado encarnizamiento terapéutico o distanacia. Esto es, en palabras de una Ministra de Salud de Dinamarca: «algo debe andar mal cuando gastamos el 50% del presupuesto de salud en los últimos noventa días de la vida humana para postergar durante unas semanas una muerte inevitable».

No estamos en contra de la tecnología, que por cierto ha salvado y salvará con éxito muchas vidas, sino en contra de su endiosamiento al ocupar el lugar del acercamiento humano, de ese encuentro singular e irrepetible con el paciente muriente. Estamos en contra de la aparatología que nos aleja de él en el momento más trascendentalmente reflexivo de la vida que es justamente la misma muerte.

Esta experiencia reflexiva permitirá mensurar lo vivido y descifrar su significación escatológica o, lo que es lo mismo, desentrañar su destino. La tecnología tanatocrática, al oponerse a esta situación, medicaliza la muerte, se la roba al moribundo. Por eso decía Rilke: «yo quiero morir de mi propia muerte, no de la muerte de los médicos

Tecnología

La tecnología racionalmente empleada es la que posibilita la continuidad de la vida en cantidad y calidad. Su empleo irracional la convierte en tanatocracia, imposibilitando una muerte digna, entendiendo como tal aquella sin dolor, con lucidez para esa experiencia reflexiva y fundamentalmente con capacidad para recibir y transmitir afectos.

Cuando así ocurre, ese momento final, la decatexis de los griegos, «no es terrorífico ni doloroso; la muerte tiene lugar en la calma, probable paso hacia un mundo y un modo de existencia que el muriente ya ha entrevisto» (Kübler-Ross). Cuando posibilitamos una muerte digna estamos honrando la vida, pues como decía Petrarca: «morte digna vita onora».

Ya no hay nada que hacer. Típica frase con que nos dirigimos a los familiares de un enfermo cuya muerte es ineluctable. Deberíamos decir ya no hay nada que tratar, porque en realidad hay mucho todavía por hacer, más aún, es cuando más podemos hacer. Tenemos recursos invalorables: el efecto sanador de nuestras palabras, de nuestras manos y de nuestra presencia.

Herederos del dualismo cartesiano mente y cuerpo, nos constituimos en plomeros de cuerpo antes que médicos de la persona. Ésta necesita algo más que remedios y aparatos, nos necesita a nosotros como persona-médico y en esta relación la palabra es fundamental.

Presencia sanadora

¿Qué decirle a un paciente en esas circunstancias? Siempre, con un mensaje de esperanza, las palabras serán un bálsamo.

Pero a veces las palabras no alcanzan, entonces están nuestras manos, esas manos «vencedoras del silencio», como las definía Evaristo Carriego.

En una oportunidad una anciana en una sala de terapia intensiva me pidió: «Doctor, tómeme el pulso», llevado por una deformación profesional no lo hice y mirando el monitor cardíaco le dije: «Está bien, abuela, tiene 80». Ante su insistencia en que le tomara el pulso le pregunté por qué si el aparato era confiable, y me respondió: «es que aquí nadie me toca». Razón tenía quien dijo que en terapia intensiva los enfermos a veces se mueren con «hambre de piel»; en nosotros está saciarlos.

Por último, el efecto sanador de nuestra propia presencia, que el paciente sienta que estamos a su lado, que vibramos en ese encuentro irrepetible de persona-persona, que estamos en su misma sintonía corporal. Entonces, ayudando así a bien morir nos estamos ayudando a bien vivir.

 

 

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9 COMENTARIOS

  1. El hombre es el único ser vivo que conoce su finitud, y la afronta, hasta el punto de arriesgar la vida sin una RAZON BIOLOGICA VERDADERA.
    El hombre es un ser plenamente insatisfecho, y cargado de NEGATIVIDAD.
    Así se hace la historia. con el sujeto autoconciente que niega a todo lo que se le presenta

  2. Tenes razón antrax querido, pero vivimos como si la vida fuera infinita….Entiendo lo que decís con respecto a la negatividad del hombre.
    Creo que, lo importante es, vivir bien y morir respetuosa y confortablemente ni tecnificados, ni «asistidos», sino abrazados, aunque a decir verdad..NACEMOS SOLOS, MORIMOS SOLOS.

  3. Lenita , gusto en leerte.
    Vivir nuestra existencia en libertad, es lo que importa, (aunque a veces los compromisos pareciera nos asfixian), pero con la CONCIENCIA necesaria como para afrontar LA FINITUD de nuestra existencia de la mejor manera posible.
    En eso coincidimos .
    Saludos cordiales amiga forista…

  4. Alejandra, .. entiendo lo que copiaste, una forma de explicarlo seria que «el hombre esta arrojado sobre el mundo», nuestra conciencia esta arroada… «tirada» … sobre este mundo, por lo tanto no podemos esperar otra cosa.
    Cuando habla de «sin sentido», la probable respuesta sería que para nosotros los hombres es demasiado fuerte convivir conociendo que somos mortales (somos los unicos que conocemos este karma). …… Eso es una pena en nuestro corazón que nunca sanará… por ello «la vida es una herida absurda»… tenemos que bancar lo que sea, pues es lo que nos toca en esta vida.-
    Saludos Alejandra, y espero tu opinion…..

  5. eS DIFÍCIL ACEPTAR LA FINITUD, POR ESO TANTAS VECES UNO LA NIEGA.
    UN BESO!!!

  6. Lo que copié es una literal obra maestra para quienes hacemos medicina y hemos estado al lado de la muerte quedandonos sin respuestas, de eso no voy a opinar, es personal y no es el lugar apropiado, y digo «obra maestra» porque frente a la muerte los médicos, solemos en lugar de acompañar en ese paso tan vital-aunque suene contradictorio-al negarla, no aceptarla, buscamos tecnificar, encarnizarnos esperando lograr 5minutos más donde una persona termina en un lugar desconocido, rodeado de desconocidos y de frías máquinas que lo sostienen.Y aquí nace el paradigma en la formación del médico: estamos formados para el éxito..la muerte es un fracaso??? hasta donde llega la soberbia? respetamos las elecciones de las personas muerientes? Hasta donde llegaN nuestros derechos? Hay dignidad en las terapias intensivas frente a lo inexorable?
    No pienso que, «tenemos que bancarnos lo que sea» por estar condenados a la finitud, de hecho, pienso todo lo contrario: como somos finitos bienvenida sea esta vida, bienvenidas las posibilidades de elejir , con la dignidad y respeto que merecemos, con un fuerte compromiso y la responsabilidad sobre aquéllo que es lo más valioso y justamente, le otorga sentido: EL OTRO.
    No se si he respondido a tu pregunta porque en realidad pienso muchas cosas, a mi leer esto me dispara otras cuestiones muy relacionadas a mi profesión.
    Un saludo

  7. En mi anterior comentario resalto la importancia de la libertad que debe tener el hombre para optar los caminos mas potables en la vida.
    La muerte es un camino que debemos afrontar como seres racionales que somos, así como tambien el karma de saber que somos finitos (somos el unico ser sobre la tierra que sabe de su finitud Y LA AFRONTA); a eso me referia con la frase de «tener que bancarnos todo».

    Por lo demas te cuento que no conocia tu profesión, allí entiendo tu comentario y la optica.

    no creo que la muerte sea un fracaso, pienso el hombre esta abierto a MILES de posibilidades. Pero EN UNA de ellas siempre esta la posibilidad de la muerte.-

    Coincido en tu impícita respuesta de tu última pregunta…..

    Nos leemos Alejandra . . . . . . .

  8. Alejandra, (acabo de leer tu ultima parte del comentario), pienso que no creo sea apropiado circnscribír este tema solo a tu profesión. ( si bien vos planteas algunas cuestiones interesantes para reflexinoar)

    Cierto es que el pensamiento del hombre es un PENSAMIENTO SITUADO, esto significa que es dificil abstraerlo del tiempo y lugar donde estamos.
    Pero tambien es cierto que no podemos tener una vision parcializada y (en algunos casos) limitada del tema de la muerte. Ello pues, este tema no toca solo a los medicos, sino a todas las personas del planeta, y el pensamiento acerca de ella excede el marco de la fragmentacón que podemos hacer.

    Entiendo tus preguntas, son buenas, y algunas son tambien inquietudes mias, pero en general…. (y esto que te digo es un pensamiento de Heiddeger), la ciencia no se piensa a si misma, esto significa que el cientifico no TOTALIZA su praxis, y allí esta la diferencia con la filosofia
    La filosofia no es «el saber», es el querer saber, porque cada momento ES y YA NO ES al mismo tiempo, todo fluye.

    El cientifico lo sabe todo, y el filosofo lo piensa todo y al pensar nos preguntamos por nuestra realidad, y por la finitud de nuestra vida. por eso el filosofo piensa que no solo es inexorable la muerte, sino lo mas tragico es la conciencia de la muerte que mantenemos las personas hacia nosotros y hacia otros seres. Eso es tragico, aunque natural

  9. Si antrax, tengo 45 años, de los cuales el 45% de mi vida la he transcurrido en el hospital o soñando con las guardias,demasiado SITUADO, diría por demás de encarnado!!! cariños

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