Brochero, el cura gaucho que se convirtió en el primer santo argentino

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Este sábado se cumplen 105 años de la muerte de José Gabriel del Rosario Brochero, conocido popularmente como “el cura gaucho”, quien fue canonizado por el papa Francisco el 16 de octubre de 2016 y se convirtió en el primer santo argentino de pura cepa.

Prototipo del cura humilde y sencillo, Brochero fue un religioso hiperactivo, alegre y porfiado que realizó una titánica labor apostólica, fundando escuelas, asilos e iglesias, con una mentalidad progresista que nunca dejó de estudiar las obras necesarias para desarrollar la región serrana de la provincia de Córdoba que lo vio nacer.

Fumador empedernido y con un léxico donde abundaban las palabrotas, tenía una voluntad de coloso, en un cuerpo pequeño y tomado por la lepra. La misma estampa que ahora cabalga a lomo de mula, del que es el primer santo “auténticamente” argentino. Esto es así porque Héctor Valdivielso Sáez, también conocido como San Benito de Jesús (1910-1934) y quien fue considerado por muchos el “primer santo argentino” nació por cuestiones circunstanciales en el país, pero desde los cuatro años vivió en España, donde finalmente murió con apenas 24 años, ejecutado durante la Revolución de Asturias, previa a la Guerra Civil Española. Fue beatificado el 29 de abril de 1990 por Juan Pablo II y canonizado el 21 de noviembre de 1999 por el mismo Papa polaco.

El sacerdote cordobés realizó una vasta obra social en la región de Traslasierra y se le adjudican dos milagros. El primero que se le reconoció y que permitió su beatificación fue su intercesión en la curación de Nicolás Flores, un chico que tenía tan sólo 11 meses cuando un accidente de tránsito el jueves 28 de septiembre de 2000, en Falda del Cañete, provincia de Córdoba, lo dejó en estado vegetativo. El niño estuvo al borde de la muerte, luego de sufrir tres paros cardiorrespiratorios con pérdida de masa ósea del cráneo y masa encefálica. Tras el accidente, su padre Osvaldo, quien salió ileso, vio a su hijo bañado en sangre y le rezó al cura Brochero para que le salvara la vida.

Debido a la gravedad de las lesiones sufridas, todos los pronósticos indicaban que, si se recuperaba, Nicolás no iba a poder ver, escuchar, hablar ni caminar. Pese a ello, el chico se curó y tuvo una recuperación milagrosa. Llegó a recuperar la masa ósea en seis meses, sin intervención quirúrgica de por medio. En 2012, una junta médica avaló esta teoría al declarar que la recuperación carecía de explicación científica. Durante todo este proceso, hubo varias oraciones al cura Brochero.

El segundo caso que se le atribuyó es el de Camila Brusotti, una niña que a los ocho años padeció una brutal paliza a manos de su madre y su padrastro, lo que la dejó inconsciente y permaneció más de dos meses en terapia intensiva.

Como en el caso de Nico Flores, Camila estuvo al borde de la muerte, hasta que, por un hecho sin explicación científica, inició “una recuperación meteórica a principios de enero de 2014”, apenas tres meses después del ataque. Entonces comenzó a caminar sola, hablar con fluidez e interactuar con su familia. Los familiares de Camila eran muy creyentes, y durante todo el tiempo que la niña permaneció internada rezaron mucho y rogaron que interviniera el cura Brochero. Camila se sigue recuperando de algunas dificultades motrices pero desarrolla una vida normal. Una junta de siete médicos determinó que “no hay explicación científica” en el caso de Camila y una junta de obispos y cardenales avaló el segundo milagro atribuido al religioso argentino.

El cura Brochero fue declarado “venerable” por el papa Juan Pablo II en 2004 y luego beatificado por el papa Benedicto XVI a fines de 2012, pese a que el inicio de su causa había sido autorizado ya en 1967. En septiembre de 2013, ya bajo el pontificado de Francisco, el primer papa latinoamericano, tuvo lugar la beatificación, que fue seguida con euforia desde Córdoba.

Fe, trabajo, progreso

El sacerdote cuya vida fue llevada al cine en la película El cura gaucho, dirigida en 1941 por Lucas Demare y con Enrique Muiño en el papel principal, nació el lunes 16 de marzo de 1840, en el paraje Carreta Quemada, cerca de Santa Rosa de Río Primero, en el norte de Córdoba. José Gabriel del Rosario Brochero era el cuarto de diez hermanos, que vivían de las tareas rurales de su padre.

Ingresó al Colegio Seminario Nuestra Señora de Loreto el miércoles 5 de marzo de 1856, y fue ordenado sacerdote el domingo 4 de noviembre de 1866. Como ayudante de las tareas pastorales de la Catedral de Córdoba, desempeñó su ministerio sacerdotal durante la epidemia de cólera que devastó la ciudad. “Se lo veía correr de enfermo en enfermo, ofreciendo al moribundo el consuelo religioso, recogiendo su última palabra y cubriendo las miserias de sus deudos. Ese fue uno de los períodos más ejemplares, más peligrosos, más fatigantes y heroicos de su vida”, señaló su amigo Ramón J. Cárcano.

El viernes 19 de noviembre de 1869 fue elegido vicario del departamento San Alberto, con unos 10 mil habitantes de toda Traslasierra. Eran 4.336 kilómetros cuadrados con gente que vivía en la miseria, en lugares distantes sin caminos ni escuelas, incomunicados por sierras de más de 2.000 metros de altura y azotados por grupos de bandoleros. La historia dice que Brochero contempló a sus pies el rosario de pueblos donde habría de desempeñarse y aceptó la tarea con alegría.

Su obra testimonia la verdad de aquel propósito que cumplió con creces, armado de fe, coraje, amor sin límites que alcanzó hasta a los más remisos y una célebre picardía criolla, perpetuada en cientos de anécdotas que se incorporaron a la historia del valle por el que tanto luchó. La casa de ejercicios espirituales que convocó a miles de feligreses fue uno de sus logros más importantes, pero lo que impresiona en su vida es la coherencia y la bravura aplicadas a cada una de las obras que emprendió y, sobre todo, la convicción de llevar la fe allí donde fuera más difícil, norma que lo hizo encontrarse con el célebre bandido rural Santos Guayama. Brochero y la fe triunfaron en el corazón de Guayama, pero perdieron en el terreno legal, que ignorando el acuerdo fusiló al arrepentido.

“Se dice que era un hombre muy malo, pero para mí era un manso cordero y un buen amigo”, dijo Brochero, al enterarse de su muerte, en 1879, que lo llenó de tristeza. Al año siguiente de llegar a Traslasierra, Brochero comenzó a llevar a hombres y mujeres a Córdoba, para los ejercicios espirituales. Recorrer los 200 kilómetros requería tres días a lomo de mula, en caravanas que superaban las 500 personas. Más de una vez fueron sorprendidos por fuertes tormentas de nieve. Al regresar, tras nueve días de silencio, oración y penitencia sus feligreses cambiaban de vida, siguiendo el Evangelio y buscando el desarrollo económico de la zona.

El apóstol que murió leproso

Así, “arremangándose” junto con sus feligreses, el cura construyó más de 200 kilómetros de caminos, acequias de riego y varias iglesias, fundó pueblos y se preocupó por la educación de todos. Trabajó en la promoción social de la inmensa zona, solicitó ante las autoridades y obtuvo mensajerías, bancos, oficinas de correo y estafetas telegráficas. Proyectó el ramal ferroviario que atravesaría el valle de Traslasierra uniendo Villa Dolores y Soto para sacar a sus queridos serranos de la pobreza, “abandonados de todos pero no por Dios”, como solía decir.

Predicó el Evangelio asumiendo el lenguaje de sus fieles para hacerlo comprensible a sus oyentes. Llevaba lo necesario para la misa en las alforjas de su mula y ningún enfermo quedaba sin su atención espiritual, para lo cual ni la lluvia ni el frío lo detenían. “Ya el diablo me va a robar un alma”, se juraba. También se hizo tiempo para desarrollar una labor periodística a través de artículos en los principales diarios cordobeses de la región. El libro La faceta periodística del cura Brochero, de Liliana de Denaro, repasa esas columnas del cura gaucho en la prensa cordobesa.

Siempre “pegado” al que sufre, el cura gaucho se contagió lepra atendiendo y tomando mate con dos lugareños enfermos del Mal de Hansen. Debido a su enfermedad, renunció al curato, viviendo unos años con sus hermanas en su pueblo natal. Pero respondiendo a la solicitud de sus antiguos feligreses, regresó a su casa de Villa del Tránsito –hoy Villa Cura Brochero–, muriendo pobre, leproso y ciego el lunes 26 de enero de 1914.

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