Carta de un profesor de New York University a sus alumnos de la Unidad Penal 11 de Baradero – por Hugo Pezzini

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  En ocasión de mi última visita a Argentina, a comienzos de junio de 2016, di un mini-seminario de poesía en la Unidad Penal 11 de Baradero por gentileza e invitación de Monica Carretti. Dos meses después les envié la siguiente correspondencia a los alumnos que participaron de dicho seminario, como propuesta y motivación para darle continuidad al trabajo que habíamos realizado juntos en junio.

 

 

A mis alumnos de la Unidad Penal 11.

                                                                                 Crueles estrellas y propicias estrellas
                                                                                 presidieron la noche de mi génesis;
                                                                                 debo a las últimas la cárcel
                                                                                 en que soñé el Quijote.

                                                         “Miguel de Cervantes”, poema de Jorge Luis Borges

Queridos alumnos:

Recién llegado a New York después de una estadía de dos meses en París, es con gran placer que por fin me siento a escribirles este agradecimiento que les debo hace ya tantos meses. “Más vale tarde que nunca”, dice la sabiduría popular; siempre recuerden esta gran verdad.

La gratitud que me inspira el momento hermoso que pasamos juntos en vuestro “hogar temporario”, se debe a lo inspiradora que fue para mí la conversación que compartimos sobre poesía (y sobre “la vida”, que es de lo que siempre acabamos hablando cuando la conversación se hace profunda, como nos sucedió a nosotros).

La alegría de nuestro interés mutuo en esos asuntos tan trascendentales en los que nos concentramos durante esa tarde, perduró durante todos estos días (si no estoy equivocado nos encontramos un quince o dieciséis de junio de este año). Hasta este mismo instante, cada vez que evoco las imágenes que quedaron grabadas en mi mente de cada uno de ustedes, y de la sala donde nos reunimos, siento las emociones de ese momento. Esto es la pura verdad, se los aseguro.

Quiero recordarles un par de puntos centrales de nuestra conversación, ya que si mantenemos nuestra conciencia despierta con respecto a estas realidades, mantendremos del mismo modo abierta la puerta hacia un universo posible donde nuestra existencia adquiera significado. Después de todo, una de las preguntas fundamentales de la filosofía puede sintetizarse en lo siguiente “¿Por qué y para qué existimos?”.

Albert Camus fue un gran escritor francés de una línea filosófica muy trágica, ya que surgió del horror y la devastación —la destrucción y muerte— causada por la Segunda Guerra Mundial (o sea, durante la primera mitad de la década de 1940). Esta línea filosófica se llama existencialismo (estamos hablando de la justificación de la “existencia”, ¿no?).

Uno de los libros de Camus, El mito de Sísifo , es un largo ensayo que trata de responder la pregunta “¿Vale la pena estar vivo?” Si ustedes lo desean y les interesa, como tarea accesoria pueden investigar quién es ‘Sísifo” y cuál es el mito que lleva su nombre. Pero, continuando con la intención de Albert Camus al disponerse a pensar y escribir este libro: Lo que él se propone aquí es hallar una respuesta posible y satisfactoria a esa preguna: si la existencia (el estar vivo) se justifica. Por supuesto que la respuesta sólo puede hallarse por medio de esa justificación: ¿Es justo (válido) estar vivo? Si la solución de esa incógnita es afirmativa, el filósofo tiene la obligación de articular, hacer explícito para el lector, qué es eso que hace que la vida valga la pena ser vivida. Eso que la justifica.

Como el libro se escribe en ese momento trágico, cuando la cuenta de los cuerpos muertos se cifra en millones, la alternativa que Camus presenta es muy radical. Este pensador francés toma como punto de partida el ángulo opuesto: si la vida no se justifica es mejor estar muerto, cometer suicidio.

Por supuesto que la enorme arquitectura intelectual que Camus erige como argumennto de El mito de Sísifo—como buen escritor y literato que es— lo lleva a la conclusión de que la vida ‘sí’ vale la pena ser vivida, y debe ser vivida para poder abocarse a la pasión personal que la justificará. En el caso de Albert Camus, lo que justifica su existencia es el arte, el arte de la literatura. El leer, el pensar y el escribir —la creación de ese artefacto, la pieza, artículo, libro donde se condensa su creatividad literaria— es para este hombre lo que hace la vida digna y válida de ser vivida.

Como acabo de regresar de Francia vienen a mi mente pensadores franceses, por supuesto. Entonces recuerdo algo que escribió el francés Robert Filliou: L’art est ce qui rend la vie plus intéressante que l’art, o sea “El arte es eso que hace que la vida sea más interesante que el arte”,

Si realmente ustedes continúan reuniéndose de vez en cuando para discutir ideas válidas, ideas que se justifique escribirlas, transformarlas en páginas escritas, literatura, sea en forma de poema o de prosa, como coincidimos en la idea de hacerlo durante nuestra tarde juntos, ustedes pueden utilizar todo lo que escribiré a continuación como tema y motivación para su  próximo encuentro; de hecho puede que les sirva para más de algún futuro encuentro. Puede que lo usen como material para su taller artístico-filosófico.

Pueden ustedes, por ejemplo, antes que nada si les parece, “descifrar” el significado de la oración de Filliou que acabo de mencionar. Una vez hecho esto,  pensar en lo que Camús se pregunta y responde, y  tratar entonces de relacionar y ver de qué forma lo que dice Fillou coincide o difiere con lo que propone el primer filósofo (Camús) en su El mito de Sísifo.

¿Por qué les propongo reunirse para esta tarea? Porque creo que esto presenta la oportunidad de que cada uno de ustedes, y ustedes como un todo, como grupo, usen su mirada interior para “interrogarse”; es decir, formular y hacerse preguntas. Que transformen esta tarea en un ejercicio de búsqueda en lo más recóndito, lo más privado de cada uno de ustedes —esa cosa que les mencioné aquella tarde: ese “qué” (hasta ahora indefinido, tal vez, para ustedes) lleno de intensidad que los despierte o despertará en medio de la noche, o los haga o hará salir la cama sin pena ni pereza al abrir los ojos cada mañana.

Vamos a hablar entonces de (y a esto me refiero) la pasión personal, esa que justifica nuestra existencia y le confiere significado al universo. Existimos porque hay algo que debemos realizar, algo que queremos hacer por sobre todas las cosas. 

Veamos de forma central ese poema de Jorge Luis Borges que abre mi carta a ustedes : Borges, el gran padre literario de los escritores argentinos saben ya que este poema de tan sólo una estrofa se titula simplemente “Miguel de Cervantes” —el nombre simplificado de quien, a su vez, es el supremo escritor español: Miguel de Cervantes Saavedra .

Crueles estrellas y propicias estrellas
presidieron la noche de mi génesis;
debo a las últimas la cárcel
en que soñé el Quijote.

En este texto tan cortito, Jorge Luis Borges usa un mecanismo poético casi idéntico al que yo usé en el poema de mi autoría que compartimos; ¿recuerdan “Vía Crucis”?

En esa poesía yo imaginé qué es lo que Jesús podría haber dicho si existiese un “monólogo interior” en la noche antes de su arresto en el Monte de los olivos. Un monólogo interior es un “artificio” (o sea, una cosa creada, una “herramienta artificial”), para hacer que el lector de un texto escrito o la audiencia de una obra de teatro pueda saber qué es lo que el protagonista, el personaje central de esa obra o texto, está pensando: es poner un pensamiento en palabras escritas o habladas.

Aquí está mi poema; repásenlo brevemente:

Sabe mi Padre en los cielos 
que me despojarán del día los treinta dineros;
llegaré al Gólgota, mi Calvario final, 
quebrando mi hombro el pesado madero.

Caminando en mis plantas sangrantes,
cuando azuza mi sien el espino,
sordo al alarido cargado de ofensas punzantes,
paso a paso voy hacia mi destino.

Inmóvil por clavos a un árbol en forma de cruz,
bebo el Cáliz de hiel que es mi trago asignado;
ciego estoy ya al atardecer de mi última luz,
cuando llega la cruel lanza a hurgar mi costado.

Mientras, fútil, la primera tormenta cristiana
se derrama postrera sobre mi mortal carne humana, 
brilla, inútil, el esplendor de la Gloria Romana,
tejiendo el futuro en su histórico drama

Así como “mi” Cristo habla en “Vía Crucis”, también es la voz de un ficticio Miguel de Cervantes, la que habla en el poema de ese nombre, por obra, arte y pluma de Jorge Luis Borges —lo repito: para mí, nuestro mayor escritor argentino. No obstante, ambos Borges y yo usamos ese mismo mecanismo tradicional, ese mismo artificio literario, de “hacer hablar a nuestros personajes elegidos”.

Esta estrategia literaria, llamémosla así, no es nada rara ni poco común: hay famosos pasajes de personajes que expresan sus pensamientos en palabras dichas en voz alta (de otro modo ningún lector ni ninguna audiencia podría jamás conocer esos pensamientos de los protagonistas).

En teatro ese “monólogo interior” tiene un nombre. Se llama “soliloquio”, que significaría algo así como “la elocución (el habla) de alguien que está solo”: soli-loquio. Es muy famoso un soliloquio del príncipe dinamarqués Hamlet, protagonista de una de las más famosas obras de teatro ‘trágicas’ (una “tragedia”) del escritor inglés Shakespeare, que casualmente lleva como título el nombre de su protagonista: Hamlet.

En ese soliloquio, el príncipe Hamlet, entre muchas otras palabras, pronuncia la que será probablemente una de las ideas más famosas de la literatura y el teatro de todos los tiempos: To be or not to be; that is the question : “Ser o no ser; esa es la cuestión” —o “esa es la pregunta”; esta palabra, “question” en inglés es ambigua, significa ambas cosas: ‘cuestión/asunto/tema’ y también ‘pregunta’.

No preciso ni decirles, porque sé de la inteligencia que ustedes poseen, que esta frase encapsula nuevamente la pregunta sobre si se justifica la existencia, y qué hacer para que la respuesta sea positiva: “¿Existir o no existir?” “¿Haremos lo que tenemos que hacer para que estemos realmente vivos?” y eso que haremos, “¿justificará o no el estar vivos?” (y yo agregaría “¿y cuándo y dónde lo haremos?” – las respuestas posibles las indagaremos más abajo).

Jorge Luis Borges,  el padre literario de los argentinos; William Shakespeare, el padre literario de los ingleses; Miguel de Cervantes, el padre literario de los españoles. Agrupo todos estos autores, se los aseguro y juro, no de modo intencional, sino porque de un modo u otro todos ellos coinciden en expresar lo que siento que tengo que decirles, lo que siento que complementa y continúa nuestra conversación de la tarde de junio en esa acogedora sala de clase de la  Unidad Penal 11.

Veamos por qué comencé esta carta que les escribo no con mis palabras sino con las de Jorge Luis Borges, pero palabras por medio de las cuales —como si él fuese un “ventrílocuo”— Borges hace hablar a Miguel de Cervantes:

Miguel de Cervantes escribió la novela fundamental de la lengua Castellana, Don Quijote de la Mancha. En menor o mayor grado, todos los que hablamos nuestra lengua tenemos alguna idea de quién es Don Quijote, ya que el protagonista (o sea, “el personaje principal”) de lo que se considera “la primera novela moderna” o más simplemente “la primera novela de la historia”, —el caballero andante Don Quijote de La Mancha— es hoy más famoso que su mismísimo autor, o al menos igualmente conocido.

Todos los que hablamos la lengua castellana sabemos que Don Quijote confundió unos molinos de viento de la región de España llamada La Mancha (tengo un buen amigo allá) y los atacó a punta de lanza, galopando en un caballo muy flaco y decrépito llamado Rocinante. Por supuesto que al golpear con la punta de su arma desde el lomo del caballo las enormes aspas –que giraban impulsadas por el viento— éstas lo derribaron y Don Quijote acabó maltrecho en el suelo manchego.

Lo que menos personas saben es que su autor, Miguel de Cervantes, fue de verdad un guerrero, durante los combates de cristianos contra árabes. O mejor, entre las fuerzas imperiales españolas y las fuerzas imperiales otomanas. Durante una batalla naval, la de “Lepanto”, Cervantes se hallaba alistado como marino de guerra de la Armada de España –ser ‘soldado’ era una profesión, y la palabra “sueldo”, para referirse al pago por un trabajo hecho viene del dinero que los soldados (sueldo) recibían por sus servicios.

En ese combate naval, el 7de octubre de 1571 Cervantes recibió tres balazos de arcabuz mientras luchaba a bordo de una galera (llamada Marquesa) de la flota de guerra española. Ese día él estaba con fiebre muy alta, tal vez por una gripe, dicho sea de paso; pero a pesar de su enfermedad en lugar de permanecer en el camarote de los marinos, en condición de ‘enfermo’, insistió en ser incorporado al combate,

Durante el combate, dos tiros acertaron en su pecho. Éstos no fueron mortales: se repuso después de una internación de seis meses en un hospital de Messina, en el sur de Italia. No obstante, de un tercer balazo que había recibido en ese momento, su mano izquierda quedó inutilizada para siempre, y por eso a Cervantes se lo conocía también como El manco de Lepanto.

En 1575, mientras navegaba en la galera “Sol”, de Nápoles (Italia) hacia Barcelona (España), el navío fue atacado por una flota pirata otomana. Cervantes fue aprisionado y trasportado a una cárcel de Argelia, un dominio árabe en el norte de África. Allí permaneció en prisión —haciendo trabajo esclavo— hasta 1580. Pasó casi cinco años en una celda.

De este momento es que Borges hace hablar a Miguel de Cervantes en el poema que lleva su nombre, con el que yo encabezo estas páginas. Sería interesante si ustedes pudiesen interrumpir la lectura en este punto e ir todos a analizar el poema de Borges, desentrañar su significado, interpretarlo, antes de continuar leyendo esto que estoy escribiéndoles Y solamente después de haberlo hecho, continuar la lectura de mis palabras porque yo, a continuación,  voy a arruinarles la posibilidad de interpretación “explicando” rápida y sintéticamente el significado de este poema.

Si quieren, entonces, hagan pues un alto aquí; vayan al poema, léanlo, discútanlo, y y sólo después regresen y lean la página siguiente, a continuación, abajo.

Hasta luego!

____________________

Continuando, entonces: Es muy simple desentrañar qué es lo que está diciendo Cervantes en su monólogo interior, lo que Miguel de Cervantes está “pensando en palabras”:

Esas palabras son inspiradas en un hecho real, ya que es sabido, porque fue el mismo Cervantes quien declaró que fue justo durante su prisión en esa cárcel cuando y donde “soñó, pensó y creó” a Don Quijote. Fue allí donde fue tomando notas, imaginando, y pre-escribiendo esa obra que justificó su existencia.

Borges en el poema “Miguel de Cervantes” utiliza la creencia en la “predestinación astrológica”: es decir, que la posición de los astros en el cielo en el momento del nacimiento de una persona, determina las acciones, el futuro y la fortuna; la suerte o la desgracia en las vidas de este ser humano, o sea, su destino. A esta ciencia —algunos prefieren considerarla “un arte”— se la conoce como ‘astrología’, como ustedes saben.

Borges le hace decir a Cervantes que en el cielo en el momento de su nacimiento (su ‘genesis’ —su origen o principio) brillaban “estrellas crueles” (las responsables por su enfermedad, sus heridas en combate), pero también “estrellas propicias”. O sea, estrellas que propiciarían hechos positivos, ventura, algo maravilloso:

Dice Borges, haciendo hablar a Cervantes:

“Debo a estas últimas” —las estrellas propicias— “la cárcel en que soñé el Quijote”.

Esto me parece maravilloso: La prisión de Cervantes no fue causada por las estrellas crueles, sino por las estrellas propicias: Fue aprisionado, encarcelado por obra de “la buena fortuna” (el efecto de esas estrellas propicias).

 En la prisión, en la cárcel, le fue dado al gran escritor el espacio o lugar, y la inspiración y el tiempo necesarios e indispensables para pensar, para soñar, para identificar esa pasión y el objeto de la pasión.

Digamos, que allí, en la mazmorra árabe, se le hizo claro “el oscuro objeto de su deseo”. Y allí lo construyó.  Fue en esa cárcel donde Miguel de Cervantes encontró la justificación de su existencia: crear ese arte-facto extraordinario y eterno, la novela Don Quijote de la Mancha.

Cervantes y su obra se transformaron en algo tan fundamental para el idioma castellano que el mundo se refiere a menudo al mismo como “La lengua de Cervantes”. Y por supuesto que además la cárcel le brindó a Miguel de Cervantes una cierta forma de inmortalidad. Inmortalidad histórica y literaria.

Reflexionen sobre todo lo dicho desde que nos encontramos por primera vez hasta ahora. Recuerden que yo les hice notar que, de la misma manera en que mis alumnos de New York están recluidos en la Universidad de New York para pensar y descubrir su pasión (y Cervantes pensó y halló su pasión en la prisión de Argelia, agrego ahora) a ustedes algunas propicias estrellas los han recluido en Baradero para que puedan hallar su pasión y así justificar su existencia, hacer de sus vidas algo válido y descubrir ese algo interior que los despierte en medio de las noches baraderenses y en las futuras, allá donde vuestras vidas continúen, como seguro despertaría a Cervantes en el medio de las noches argelinas su sueño y pasión por Don Quijote.


Afectuosos y cálidos abrazos para todos ustedes, queridos alumnos.

Hugo Pezzini, New York, 1 de septiembre de 2016

Ilustraciones 1 y 2: El seminario de poesía en la Unidad Penal 11, Baradero

Ilustración abajo: Ya en mi salón de clase en New York University, Manhattan

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