Cíborg – por Hugo Pezzini

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    Agarro la botella y, porque temo que se me caiga, inmediatamente la cambio de mano. La operación quirúrgica y el implante son todavía recientes y no consigo aprehender la mayoría de los objetos con la firmeza necesaria para mantenerlos en mi poder. A diario, los dejo caer y los rompo.

    Tengo que fortificar los músculos y aprender a usar esta misma cosa de siempre, pero en su nuevo estado: llevo insertados para siempre dos largos pernos que re-unen el pulgar al resto de la diestra. He perdido la movilidad en la primera falange (o la última, según cómo se las considere) que conecta ese dedo al resto de esa mano derecha —por fortuna soy zurdo. Sin embargo y aún así, con esa extremidad puedo realizar (podré realizar, de modo gradual y paulatino) todos los movimientos que requieren el efecto y servicio de pinza. Y todos los demás.

    El servicio o efecto de pinza es posible gracias a una modificación de los miembros superiores, que —por medio de una demorada y penosa evolución anatómica de la raza humana— resultó en el pulgar opuesto. Esa nueva forma de articular la mano que hace que pueda funcionar con la eficacia y fuerza de una pinza es una de las principales características exclusivas de esta especie animal. A partir de ahí, el ser humano posee una herramienta biológica o corporal.

    El pulgar opuesto y su utilidad —sumada otra crucial modificación, el desarrollo de los pies— le posibilita a este animal transformarse en un bípedo, un ex-cuadrumano pasible de desplazarse a una velocidad considerable en posición erecta y apoderarse de objetos naturales. Con esa mano eficiente puede manipularlos y modificarlos de acuerdo a su necesidad, lo que podría entenderse como el embrión de una ‘proto-industria’.  Además, esa postura erecta —es decir, con el cuerpo erguido a noventa grados con respecto al suelo— le permite alzarse sobre la maleza y ver a una distancia considerable el espacio circundante, objetos y otros seres vivos, sean predadores o presas de caza y subsistencia.

    Son esas extremidades superiores prensiles y precisas, e inferiores poderosas y rápidas para el desplazamiento erecto, las que —sumado el desarrollo del cerebro en tamaño y complejidad— distancian al ser humano del resto del reino animal.

    Con el desarrollo paulatino pero bastante veloz y extraordinario del raciocinio, la incipiente industria humana también evoluciona. Unidos todos los acontecimientos que acabo de mencionar, esta especie todavía escasa en número (¡y seremos billones!) torna su socialización interna un evento también cada vez más complejo e intricado y acaba así construyendo una civilización exclusiva de esta raza (si bien no lo son, estoy usando raza y especie como sinónimos).

    Estas invenciones físicas y sociales evidencian la presencia en el planeta Tierra del primer ser vivo inteligente.

    Volviendo al génesis: si no se hubiera logrado el primer rasgo evolucionario notable de la adaptación darwiniana, el pulgar en posición oposicional a los otros dígitos, quizás el ser humano jamás habría podido encender y a continuación dominar y preservar el fuego, este elemento crucial que a su vez origina las artes o ciencias más antiguas: la cocina y la metalúrgica.

    Si te interesa este momento y aspecto específicos de la evolución humana, no podés dejar de buscar, conseguir y ver el film de mil novecientos ochenta y dos del franco-canadiense Jean-Jacques Annaud “Le guerre du feu” (La guerra del fuego o En busca del fuego, según lo hayan titulado en cada país de habla castellana; no sé cómo se tituló ni si se estrenó en Argentina en esa época o más tarde).

    Anthony Burgess, el autor de la novela ‘distópica’ La naranja mecánica —y del lenguaje que en ella se habla—, también creó el lenguaje prehistórico que hablan los cavernícolas que protagonizan ese film sobre el origen de la especie humana, Le guerre du feu. Es imperdible.

    Cada especie animal crea un arma de ataque y un escudo de defensa como mecanismo de sobrevivencia y dominio de su medioambiente; cuernos, colmillos, venenos, garras; escamas, corazas, conchas, caparazones. El humano prescinde de todos ellos porque ha escogido a su cerebro como herramienta, instrumento y arma letal integral: ataque, defensa, sobrevivencia, construcción y dominio. Ya verás por qué uso estas letras itálicas/ cursivas para escribir “construcción”. 

    Vuelvo al origen de la especie: Esa mano modificada confiere al animal humano destreza (sustantivo que se refiere directamente al uso preciso de la ‘diestra’) para alterar los objetos naturales y para además construir y utilizar herramientas que ya no son parte del cuerpo (como la mano) sino artefactos dotados de teleología específica. Este sustantivo, teleología, viene de la palabra griega telos, cuyo significado podría ser: fin /intención/ propósito/ servicio/ objetivo/ destino). Por su propia decisión e ingenio, previo proyecto de proto diseño e ingeniería —o de modo empírico por medio de prueba, error y solución o mejora— el humano industrializa su existencia.

    He escrito este prólogo primero que nada para informarte de que una intervención mecánica de la ciencia médico-quirúrgica ha alterado la parte primordial de mi cuerpo “hábil”, su primera herramienta (la mano de pulgar opuesto) y así permanecerá por el resto de mi existencia. En criollo; de ahora en adelante mi pulgar está y será medio jodido.  Permanecerá así para siempre, de la misma forma como una vértebra lumbar que me incomoda desde un accidente de paracaidismo, y como la vértebra cervical, que de vez en cuando me duele debido a un accidente de ciclismo anterior, allá por los noventa. Digo “anterior” porque el pulgar modificado con pernos es el fruto de otro accidente ciclístico; éste, muy reciente, como te estoy contando. ¿Ves?, también he escrito este prólogo para, a continuación, hablarte de mi relación con una cierta máquina.

    A pesar del corto tiempo que ha pasado desde esta última operación —que consistió en limar ambos extremos de las falanges de la coyuntura anterior de mi pulgar y a continuación unirlas por medio de esos dos largos pernos (asustadores, cuando los veo en las placas de rayos x posoperatorias)— ya he podido volver a pedalear en mi flamante bicicleta largas distancias (60/ 80 km) una decena de veces o más.

    He comenzado con una historia “original” porque el hecho de tener metal en mi cuerpo me ha traído a la memoria el profético “Manifiesto para cíborgs” de la politóloga feminista Donna Haraway. Lo escribió y lanzó en mil novecientos ochenta y cuatro, pero lo leí recién en el noventa.

    ¿Por qué lo recuerdo?

    Porque tanto vos como yo, ambos somos cíborgs —una mixtura o amalgama de humanidad y construcción mecánica. ¿Llevás un reloj pulsera? Listo, sos un cíborg: tenés una máquina necesaria e indispensable acoplada a tu cuerpo, que de un modo bastante literal constituye una extensión del mismo (yo, hasta duermo con el reloj en mi pulso).

    Donna Haraway toma la figura del cíborg de la ciencia ficción, pero a partir de ahí lo postula como un ser ya existente en el mundo real;  vos y yo somos esos cíborgs, y armonizamos de modo más perfecto con la figura del cíborg cuando llevamos mecánica incorporada a nuestro cuerpo: “máquinas” insertadas o injertadas a nuestra humanidad física. Dientes y muelas artificiales, prótesis que reemplazan miembros (y una vez fueran la pata de palo o el garfio); placas que reemplazan secciones de cráneos fracturados, pernos, tornillos, remaches y otras piezas de metal, como estos pernos que ahora llevo en mi mano e inspiran o prologan este texto. Y por supuesto ‘stents’ en las arterias coronarias y marcapasos en el cuore.

    Vos y yo podemos y debemos considerarnos esa combinación de humano y mecánica (biología e inorganicidad) llamada cíborg desde que empezamos a depender de máquinas que para completar tareas hemos incorporado a nuestra vida de modo continuo. O mejor, somos cíborgs porque creamos máquinas y las incorporamos a nuestro cuerpo —otro ingenio de la adaptación evolucionaria. Sos un ser biológico con elementos mecánicos que completan tu cuerpo;  a veces, de modo literal: un cíborg.

    Cervantes en el Quijote (y creo que Shakespeare hace lo mismo), le llama ‘maquina’ a cualquier “ingenio” artificial humano. Si bien un “ingenio” es “una invención”, por extensión las máquinas también se llaman así: ingenios —Un “motor”, sin ir más lejos, en inglés es un “engine”, y un maquinista de ferrocarril (¿ves? máquina) es un “engineer”, un ingeniero. Pensá en todo esto: el ingeniero es el que maneja la “máquina” del tren, e “ingeniero” es el tipo que se las ingenia para diseñarla y que funcione. Claro, ¿no?

    Me repito una última vez, así queda claro y sin duda alguna:  vos, yo y todos nosotros, seres humanos civilizados, somos cíborgs a partir del momento en que, o cuando, para complementarnos incorporamos a nuestra existencia biológica cualquier instrumento dotado de telos, por elemental o sofisticado que sea. Por más simples o  sofisticadas que sean tengo que incluir aquí a todas las invenciones mecánicas (ingenios) de las que dependemos para completar el funcionamiento eficiente de nuestra estructura física—nuestros cuerpos: antejos y bastones; más adelante, relojes, brújulas, termómetros. Hoy, celulares, tablets, laptops, GPSs. De acuerdo a nuestras más recientes expectativas, sin éstos, ni vos ni yo funcionamos de modo satisfactorio o perfecto, ni tampoco estamos completos. Son extensiones de nuestro cuerpo y de nuestra mente.

     El humano comienza a distanciarse del animal y, cuanto más esa distancia crece, más se acerca el primero a la máquina. Además, la adaptación del hombre a la  máquina incorpora ese artefacto que altera para siempre la naturalidad cinemática del ser humano. Ahora me refiero a la máquina-vehículo, en toda su gama y variedad, desde la motocicleta, el automóvil, el barco, el submarino, el avión y la nave espacial. Esa maquinaria comienza con la invención de la rueda y los simplísimos carros u otros rodados de tracción a sangre. Ahora, si pensás en máquinas de tracción a sangre humana, lo que te viene a la mente sólo puede ser el rickshaw asiático y/o la bicicleta, ¿no es verdad?

    A eso iba. A dónde llegamos y qué hacemos, creyéndolo algo natural. Hablemos de mi bicicleta.

     A mi flamante máquina de tracción a sangre humana me la di de regalo de Navidad a mí mismo, y para poder montarla y pedalearla he tenido que esperar todo este tiempo en recuperación (casi todo el invierno del hemisferio norte) desde que la retiré de Ride of Pleasantville.

    Ride of Pleasantville es la bicicletería de Stephan, un ciclista competitivo profesional que ya fue campeón norteamericano de cross-country biking y tiene este negocio por puro amor al deporte. . . y porque esta zona de bosques y colinas es perfecta para su especialidad deportiva.

    Stephan tomó mis medidas y analizó en detalle la que hasta esta última Navidad había sido mi bicicleta actual (ahora, anterior), Rocinante II —una GMC Denali, la máquina de ruta que diseñó la General Motors Company (GMC). Ésta, ahora duerme casi todo el tiempo en el subsuelo/garaje del edificio que contiene bajo su tejado de pizarra la buhardilla en la cual habito, y que creo ya conocés.

    A mi primera Rocinante, la original —una Peugeot— me la robaron en Harlem hace ya unos cinco (esta es la tercera bicicleta de la lista que te estoy presentando). Antes de eso, ya había perdido una magnífica bicicleta de alta velocidad rodado 26’ italiana SimonciniFrame (cuadro) Columbus SLX  (la cuarta bicicleta, en modo retroactivo), que me había dejado de regalo el —famoso en Asia— fotógrafo de viajes y retratista portugués Manuel Bruges, cuando se mudó de modo definitivo de New York a Tokio para establecer su estudio de forma definitiva en Japón. A esta bicicleta, que era una verdadera pluma —y una flecha— me la robaron frente a las puertas del Sony multiplex de Broadway y Calle 66, en cuya vereda la había dejado encadenada cuando fui a ver el estreno del film Grand Canyon. Cuando salí, alrededor del poste estaba tan sólo la cadena y mi candado cortado a sierra. My fault; ese cerrojo era demasiado frágil.

    Como parte del proceso de venta y adquisición de este nuevo artefacto del que te estoy contando —que ahora poseo y motiva este texto de hoy para mi columna de BTI—, Stephan, el ciclista campeón, mantuvo además una charla conmigo en el taller de su negocio sobre mi forma de utilizar mis bicicletas, las rutas locales que constituyen mis varios itinerarios, las distancias, velocidad, etc.

     Después de todo esto, volvimos a caminar por el frente de su local —el salón de exhibición. Allí, excepto los dos pasillos de circulación, las bicicletas especializadas se distribuyen sobre todo el piso de esa área frontal y cuelgan también desde el cielorraso.  

    Stephan ofrece bicicletas que van desde las primeras —de niño, con rueditas o hasta sin pedales, sólo de empujar con los pies, tipo monopatín, pero bi-ciclos con asientito— además de bicicletas de montaña, cross-country, ruta, toda la gama completa (incluidas las —para mí, odiosas— eléctricas), hasta llegar a las de altísima velocidad y performance. Digamos que un 50/ 60 % del stock abarca éstas de competición y velocidad.

    Stephan se detuvo cerca de la vidriera de la calle y bajó de los ganchos y rieles del cielorraso una bicicleta denominada “Giant High-Speed Specialized Carbon TCR Advanced Pro. Disc” —dotada, como su muy descriptivo nombre lo indica, de un frame (cuadro) de carbono. La llevó a una especie de pedestal y allí la colocó sobre dos soportes que posibilitan el pedaleo estacionario. Me pidió que me sentara sobre la misma para ver mi cuerpo en relación a la máquina, manteniéndome primero erecto sobre el asiento, y después inclinado con mis manos en las cinco posiciones posibles de agarrar y manejar el manubrio. Stephan me observó en estado de inmovilidad y también mientras pedaleaba.

    Después de tomar algunas medidas y pedirme que me bajara, fue a mi bicicleta corriente hasta ese momento, la GMC Denali, y midió la altura del asiento hasta el suelo, y la distancia entre el asiento y los pedales y desde la punta del asiento hasta el eje central del manubrio, y hasta cada una de ambas manoplas. Entonces Stephan volvió a la Giant que acababa de descolgar de los ganchos de los rieles del cielorraso —y que ahora estaba sobre ese soporte de pruebas— y le ajustó las distancias y alturas relativas de acuerdo a los resultados de su medición. Me dijo que volviera a sentarme en ella y me sentí tal como cada vez que me sentaba en mi —ahora, viejaGMC Denali.

    El experto acababa de adaptar la bicicleta a las características de mi cuerpo y modo de moverme para que pueda desplazarme de la forma más efectiva y veloz de la que soy capaz, cuando acoplado a esa máquina. A partir de ese momento, la Giant y yo éramos una única cosa: un cíborg de alta velocidad.

    Por supuesto que adquirí la Giant en ese mismo instante. Sin embargo la dejé allí, en manos de Stephan y me fui en mi —ahora vieja— bicicleta GMC. Volvería a retirar la Giant en un par de días: después de que Stephan se hubiera ocupado del service y lubricado inicial. De esa bicicletería saldría pedaleando un cíborg de alta velocidad en condiciones óptimas.

    Hoy es sábado y está nublado pero no llueve; la temperatura es de 16 grados. Está ideal para pedalear, así que cuando termine de contarte esta ínfima historia de movimiento y placer, partiré hacia la ruta en persecución de unos setenta u ochenta kilómetros más. Estas distancias se van acumulando y la App Mapmybike del iPhone me entrega sus análisis semanales. Me lleva un par de minutos menos de cuatro horas hacer setenta kilómetros de promedio, en cada ocasión que salgo a pedalear.

    La previa a esos kilómetros de ‘movimiento antinatural’, (dixit  mi excuñado brasileño Nelson Medina, Dios y la Virgen lo tengan en su santa misericordia), comienza con una buena ducha, y entonces me equipo (expresión que guardo de mi tiempo de paracaidista): es decir; visto mis rodilleras, canilleras y tobilleras protectoras; una remera elástica de nylon de secado rápido y un rompevientos de tela del mismo propósito. Visto leggings-shorts con asentaderas y entrepierna acolchadas, zoquetes cortos que cubren las tobilleras, zapatillas de suela de buena adherencia (mis pedales tienen estribos, pero igualmente se precisa de este agarre para evitar deslices y consecuente pérdida de esfuerzo, empuje y/o velocidad), un cinturón con bolsilleras, gorra con visera rígida (Nike hace las más delgadas), headphones (pedaleo oyendo rock clásico, metal, pop, new wave, etc.), un casco aerodinámico liviano y firme, y finalmente guantes (el izquierdo, de dedos cortados para durante la marcha poder manipular sin detenerme el iPhone que va fijo en el soporte del manubrio. Éste es a un tiempo fuente de sonido, mi GPS, velocímetro, cronógrafo y contador de distanias y de calorías.

    Bajo al sótano del edificio, retiro la bicicleta del espacio propio para estas maquinitas (hay tan sólo seis o siete bicis incluyendo las dos mías), y con el caño superior del cuadro  de carbono sobre mi hombro y el inferior bajo el brazo, subo el lance de escaleras hasta la puerta de entrada; salgo, cruzo el jardín y la estaciono en el cordón. Entonces sí coloco mi iPhone en su soporte del manubrio.

    Subo a la Carbon Giant, y comienzo mi itinerario y la lucha contra el cronógrafo, el camino, sus desafíos y peligros. Sobre todo, peligros: Pedaleo a alta velocidad (en realidad, SIEMPRE me desplazo a la velocidad más rápida que mi energía y mi coraje lo permiten, considerando que soy un ciclista de largas distancias; de endurance.

    En general salgo de mi casa y tomo la ruta que pasa por el frente de mi edificio, Manville Road, y subo hacia la intersección con la ruta 117, también llamada Bedford Road, giro hacia el sur por ésta y comienzo mi larga pedaleada real.

    Digo real porque la media milla inicial hasta esta intersección ni cuenta. Siempre me lleva unos minutos adaptarme al nuevo medio. En Río de Janeiro, Brasil, yo era corredor pedestre, ciclista y nadador—hoy decimos triatleta. En esa ciudad, el ex cuñado que te acabo de mencionar, Nelson Medina, un genio matemático del Instituto de pesas y medidas, me decía cosas tales como “el hombre no fue diseñado para correr, entonces se rompe”. Nelson era sedentario, semi-alcohólico y un científico. Con respecto al ciclismo, decía: “El animal humano no está acostumbrado a velocidades de 30 o 40 km/hr, por lo tanto cuando se halla de súbito en una situación cinemática antinatural, precisa de tiempo para reenfocar su mente a ese estado y medioambiente antinaturales y adaptarse a esa modificación de los límites de las posibilidades corporales humanas —estoy parafraseando, por supuesto: él era mucho más claro y preciso.

    En ese momento, yo creía que esas advertencias y observaciones me entraban por el oído izquierdo y salían por el derecho sin dejar rastro (¿así funciona la audición de los zurdos? Debería preguntárselo a Nelson Medina, que sabía tanto de todo). No obstante, así como la voz de mamá está siempre interfiriendo en mi pensamiento, ende, en mi discurso y escritura, la voz de mi ex cuñado resuena en mi mente cuando corro, nado, pedaleo o hago largos y laberínticos hikes en los bosques y colinas de esta zona.

    Nelson en realidad me ha hecho tomar conciencia de cómo funcionan estos procesos y cuáles son las consecuencias posibles y cuáles las otras inevitables. Recuerdo su discurso sobre todo cada vez que me lesiono o sufro un accidente.

    Pero volviendo a lo que te contaba —que viene muy al caso: esos primeros minutos en Manville Road y varios de los subsiguientes ya sobre Bedford/117 Road, voy sintiendo la bicicleta, como también sintiendo todo mi cuerpo, pensándolos; concentrándome, preparando mi estado psicológico para lo que vendrá durante las próximas cuatro horas.

    A medida que pedaleo voy acomodando primero mis pies y luego todo el resto de mi cuerpo; manos, brazos, hombros, cuello, cabeza; todo sección por sección y parte por parte: con respecto a los pedales, manubrio, asiento, cintura. Aun cuando estoy provisto de un asiento acolchado y shorts con asentaderas y entrepierna de espuma de goma, estoy resignado a la realidad inevitable de que dentro de dos o tres horas mi entrepierna o algún músculo de los glúteos empezará a dolerme.

     Acomodo también mi espalda en relación al peso relativo de la mochila  —y a trato de ignorarlo: aprendo a olvidarlo. Llevo en esta mochila una campera impermeable (en esta región llegan tormentas inesperadas y siempre puede comenzar a llover), un chaleco reflexivo amarillo Day-Glo y con áreas en plateado fosforescente (para destacar mi presencia al tráfico circundante ante cualquier obscuridad intempestiva si los cielos se cerraran de improviso). La mochila tiene además bolsillos y compartimientos externos en los que van dos barras de proteínas, un paquete de frutas secas y nueces, y dos botellas térmicas con una mezcla de Gatorade Fruit Punch, Red Bull, y cubos de hielo.

    En este sac-à-dos, por último, van también mi billetera y las llaves de casa. Al mayor peso en mi mochila lo generan una barra y cable de acero Kryptonite que siempre viajan conmigo. Son para conservar segura la bicicleta (ya me robaron la Rocinante original y la italiana de Manuel Bruges —como te acordarás que te dije,) si algún desperfecto o accidente me obligara a inmovilizarla y dejarla aprisionada contra algún poste a mucha distancia de casa. Dado que mis circuitos escogidos son ovales, elípticos o circulares en su mayoría, a veces me hallo a distancias de más de treinta, digamos cuarenta kilómetros de mi hogar.

    Mis itinerarios en un 95%, son en ruta abierta y debés recordar que vivo en EE.UU., país al cual aquí de modo humorístico pero certero, a veces llaman Car Country (el país del automóvil). El tráfico es siempre considerable, a veces muy intenso, en la mayoría de los sectores de mi trayecto. Voy y estoy siempre ‘en peligro’.

    Esto me trae a otro punto filosófico. Hegel escribió un trabajo fundamental, del cual parte la teoría en la que se basa lo que describiré a continuación.

    El título del texto de ese filósofo alemán al que me refiero puede traducirse al castellano tanto como Teoría de la mente o como Teoría del espíritu. Bien, olvídate por un momento del animal civilizado que fuimos o del cíborg en que vos y yo nos hemos transformado en la posmodernidad. En vez de en esos,  pensá en la generalidad del reino animal del cual acabamos diferenciándonos y distanciándonos tanto.

    De acuerdo a diversas interpretaciones y derivaciones o lecturas que emanan de la teoría hegeliana de la mente o el espíritu humano,  un animal no doméstico —una fiera— es una “fuerza salvaje de la naturaleza” (a wild force of nature): teóricamente no tiene conciencia alguna; por lo tanto tampoco sabe de su identidad, ni siquiera de su propia existencia. No es un sujeto; carece de subjetividad. Es tan sólo una fuerza e instinto vivos. Come, duerme, mata y se reproduce. El animal salvaje arriesga todo porque no tiene nada que perder. No sabe ni siquiera que hay algo que pudiera perderse. No sabe que está ahí.

    En su Teoria de la mente o del espíritu, Hegel explica, en cambio, por qué y cómo vos y yo llegamos a concientizarnos de nuestra propia existencia, de nuestra identidad y de nuestra propia mortalidad. Esta conciencia es otro privilegio exclusivo del animal racional humano —y también su carga y su cruz. Uno de los factores que influyen en mayor medida en cualquier emprendimiento personal humano es la conciencia de la propia mortalidad. El sentido trágico de la vida

    Cuando me deslizo veloz en mi bicicleta, por más que use toda mi voluntad para colocar la totalidad de mi coraje al servicio de este emprendimiento, siempre está presente en mi mente la posibilidad de mi falla o error, de la falla o error de un tercero, de la falla o error de alguna parte de la compleja y múltiple infraestructura que constituye mi condición de cíborg. Puede que falle mi atención, mi concentración, mi destreza en el manejo de mi propio cuerpo, o de su extensión; mi máquina de tracción a sangre humana. Puede que me traicione el medio ambiente, el entorno, la ruta: En medio de estos bosques en particular —por más que lo mejoren y conserven a menudo— los súbitos cambios de temperatura de estos inviernos helados y los veranos ardientes típicos de estos suburbios de la Nueva Inglaterra resquebrajan y bachean el asfalto de ciertas secciones del camino.

    Creo que  —en los tipos que viven y conciben la vida de la forma como yo lo hago— debe existir un gene autodestructivo o anti-intuitivo, que hace que tomen ese peligro y esa conciencia de la propia mortalidad como un desafío e incentivo: A una distancia de veintiséis kilómetros de mi hogar, comienza un trecho de exactamente una milla (mil seiscientos metros) —que siempre incluyo en todos mis varios recorridos. Este trecho consiste en una bajada arbolada de esa extensión mencionada, toda hecha de curvas cerradas continuas, seguidas de largas rectas de descenso abrupto. Esta es una de las secciones que los hielos del invierno y los calcinantes veranos de Nueva Inglaterra han bacheado y resquebrajado. El camino allí está siempre muy malo.

    Pues bien; te confieso que esta es precisamente la sección de mi itinerario que más temo y más espero. Cada vez que salgo a la ruta para practicar este deporte que he elegido como el principal y exclusivo para esta edad bastante avanzada de mi vida, es en esa milla mortal a una velocidad enloquecedora y enloquecida en medio de contínuas curvas donde alcanzo el climax de mi jornada. Pedaleo siempre al máximo de mis fuerzas, ¿te acordás?, pero además, —debido al descenso pronunciado, largo y continuo— este es el trecho de mi trayecto en el que mi máquina alcanza su máxima velocidad y, por lo tanto, demanda el máximo de mi pericia. Extremo.

    Vi un film documental sobre el Proyecto argentino Torino en Nürburgring. Tres Torinos argentinos correrían «Las 84 horas».  Sabrás que Nürburgring es la pista que cuenta con el mayor número de curvas de todo el circuito mundial de la Formula uno. En esta película documental, el famoso preparador nativo de Rafaela, Oreste Berta, cuenta de cuando Juan Manuel Fangio lo instruía como piloto alternativo del equipo argentino.  Oreste iba al volante en el circuito de Nürburgring mientras el quíntuple campeón mundial de Fórmula uno lo instaba a mantener el fierro a la tabla del Torino y a no pisar el freno bajo ningún concepto (claro que este último, Fangio, iba a su lado y hubiera modificado esa regla tan pronto como alguna situación inesperada lo requiriese, estoy seguro de esto).

    Oreste cuenta que la mayor dificultad para obedecer estas instrucciones del Chueco Fangio era vencer su intuición (¿otra forma de decir ‘instinto’?) que le indicaba disminuir la marcha y pisar el freno.

    Yo acallo de mi mente la voz cautelosa de Nelson Medina concentrándome en vez en la audaz del Chueco Fangio y sigo fielmente sus instrucciones de no tocar el freno en ninguno de mis descensos de esa ‘milla de la muerte’. Pedaleo tan duro como puedo, siempre con la oscura sospecha de que esta podría ser mi última vez…

    Sé por larga y continua experiencia personal que el sujeto de esas aventuras extrae una satisfacción desmesurada; un placer tal, que —aquí en los EE UU y en el medio de los extreme sports— se califica de modo jocoso como better tan sex. No obstante, desconsiderando los aspectos meramente hedonistas de toda aventura, es importante que entender que estas situaciones enfrentan o confrontan al ser humano moderno (o posmoderno) con su propia conciencia del peligro y mortalidad.

    Esas actividades de alto riesgo ponen a prueba el instinto de muerte, y demandan que por medio de un “raciocinio irracional”, se desafíen y desoigan las voces internas auto preservativas, que se acalle momentáneamente el instinto de sobrevivencia. Así se pone a prueba la propia habilidad para dominar una  máquina, una situación; se ejercita y controla y mejora la habilidad (skill) personal específica, se aguza el propio coraje, se aprende a dominar el miedo, y por último, se pone en pleno ejercicio otro privilegio exclusivo del único animal inteligente del planeta tierra: el libre albedrío: en estos desafíos el ser humano pone en práctica su libertad de elegir in extremis. Opta por el riesgo máximo,sí, pero de este modo alcanza ciertos límites que escapan de la realidad corriente:  —Por medio de estas prácticas antinaturales, se invaden regiones existenciales prohibidas, intangibles, secretas, ocultas; se arriba a un espacio experiencial al que sólo se le puede adscribir un único adjetivo apropiado: sagrado.

    El animal salvaje arriesga porque no sabe; el cíborg, porque sabe demasiado: En estas aventuras del ser humano integrado a su parte máquina no es imposible decir, con Donna Haraway, que —con respecto al animal salvaje— el cíborg se coloca en el punto más alejado de la escala: se halla ahora sobre y/o afuera del ciclo original que le había asignado la madre naturaleza al concebirlo: “ha ido más allá”: él o ella has pushed the envelope. Tom Wolfe en su libro The Right Stuff escribe que esta es la expresión idiomática que acuñaran los primeros pilotos del proyecto espacial de la NASA. He has pushed the envelope: así se referían a alguno de ellos cuando éste se desmayaba en la carlinga de su jet supersónico al superar con creces el Mach 1,  la velocidad del sonido. Cíborgs.

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    Pleasantville, New York, sábado 25 de mayo de 2019

    La Peugeot  –  Rocinante I

     

    SimonciniFrame Columbus SLX

     

    GMC DENALI  –  Rocinante II

    Giant High-Speed Specialized Carbon TCR Advanced Pro. Disc  –  Rocinante III

     

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