Cien años de radio: El camaleón inmortal.

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Por Lucas Lischetti

Hoy la radio cumple cien años y, aunque la diferencia si cumpliera 101 o 99 es una unidad, en occidente nos gustan los números redondos porque nos permiten frenar algunos segundos para reflexionar en este circo que siempre tiene una nueva atracción.
Ayer por la noche me percaté que hoy, 27 de agosto de 2020 transcurrieron cien años desde que cuatro mal llamados locos de la azotea, aficionados por las nuevas tecnologías, realizaron la primera transmisión de radio en el mundo. La radio nació en argentina, aquí se hizo la primera emisión desde un transmisor a algunos pocos dispositivos receptores.

De memoria, recuerdo que apenas menos de cien personas en los barrios de Monserrat y Balvanera, principalmente, fueron las privilegiadas de escuchar semejante hito histórico.
“Señoras y señores, la Sociedad Radio Argentina les presenta hoy el Festival Sacro de Ricardo Wagner, 'Parsifal', con la actuación del tenor Maestri, el barítono Aldo Rossi Morelli y la soprano argentina Sara César, todos con la orquesta del teatro Costanzi de Roma, dirigida por el maestro Félix von Weingarten”, dijo Enrique Susini frente a un micrófono en aquella primera transmisión. Lo acompañaban César Guerrico, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica y los
cuatro estaban en la azotea del Teatro Coliseo, a escasos 30 metros de la hoy Avenida 9 de Julio en Capital Federal.

Sin darme cuenta, la radio se metió en mi vida y yo me metí en la de ella. Con apenas 17 años, después de terminar la secundaria, entré al primer estudio de radio. Iba a estudiar periodismo y quería empezar a hacer alguna cosita antes de comenzar en la escuela TEA. Fue una rara
sensación la que sentí ese día que pisé por primera vez una radio. Conocía muchas voces, pero pocas caras, pocas personalidades y ninguna sonrisa. Fue en Baradero, en la FM Diferente 95.7 (al escribir esto, en mi cabeza resuena la voz del locutor que promocionaba la radio en cada
tanda publicitaria. Y es que eso tiene también la radio, te marca a fuego y te deja en tu cabeza sonidos y slogans que son difíciles de quitar) El diálogo con la asesora comercial y asistente en casi todo, Marcela, fue más o menos el siguiente:

-Hola, vengo por el mail que mandé para trabajar acá.
-Ah, sí, Lucas, ¿no? Cómo estás. Estamos buscando a una persona que tenga principalmente ganas de aprender y ayudar.
Genial, pensé yo. Es todo lo que quiero y el nerviosismo inmenso que tenía desapareció casi al instante.
-Bueno, perfecto. Yo arranco a estudiar en la facultad dentro de cuatro meses y hasta ese momento me gustaría meterme en este mundo del periodismo y la radio.
-Vamos a hablar con Gustavo así te conoce.
Salimos de la pequeña oficina, ubicada cerca de la puerta de entrada, y nos metimos hacia el fondo de la radio. A la izquierda del pasillo que había que atravesar para llegar a los controles, había un gran ventanal y adentro, Gustavo. Estaba cerrando el bloque y anunciando la tanda.
Después de saludar al operador técnico, Walter, un señor de físico muy grande, tenía como 4 veces el tamaño del mío, y estaba frente a una consola de aproximadamente un metro y medio de ancho y que tenía no menos de 60 botoncitos, pasamos a la cocina a esperar a Gustavo.

Apenas lo conocía de nombre y sabía que era el dueño de la radio y el conductor de la primera mañana. Al fin, llegó. Creí que me iba a dar toda la importancia del mundo, pues llegaba un nuevo integrante, pero no fue así. Apenas un saludo y me dijo -Bueno, ¿qué te gustaría hacer?
-Voy a estudiar periodismo deportivo, le contesté. Así que algo referido a eso, pero estoy dispuesto a aprender lo que haga falta –dije-
-Bueno, dale. Está bien. Pedile a Pablo que te preste la computadora, búscate una noticia deportiva y en 20 minutos hacemos la columna de deportes.
Tenía ganas de irme corriendo y no volver nunca más a la radio. ¡Apenas llegaba a ver qué podía hacer y ya iba a salir al aire en uno de los programas más escuchados de la ciudad! Pero como no pude, como ese señor me había puesto a prueba con tanta templanza y sabiduría, lo
tuve que hacer. Otra de las enseñanzas que aprendí con el tiempo de hacer radio fue que no hay demasiados momentos para formalidades y privilegios: en un informativo, hay que dar noticias. Y las noticias no pueden esperar.

Antes de cruzar palabra con Pablo, él se presentó ante mí. Pablo hacía la columna de espectáculos y se encargaba de las tareas del locutor (leer anuncios, decir la hora y el clima, entre algunas otras cosas) Le dije que necesitaba su computadora para la columna de deportes
-¿Ya vas a hacer una columna? Pero qué bien, qué rápido ascienden a la gente acá –me dijo en tono risueño- Mi computadora está por acá, vení.
Me llevó hacia el estudio y abrió la puerta con una destreza digna de admirar. Era una puerta pesada, sólida, para que el sonido quedara condensado en el estudio y no se filtrara el ruido exterior y él, en su silla de ruedas, la abrió y pasó sin dificultades.
Una virgen en un rincón junto a un aromatizador. Cinco micrófonos que estaban flotando sobre una mesa, un pequeño televisor de tubo colgado arriba, en una esquina, con el canal de noticias TN y paredes de goma espuma, fue lo que pude ver en esa primera impresión.

Dije una noticia deportiva de lo más corriente, una de Boca o River, esas que poca importancia tienen a fines de diciembre.
-Bien –me dijo Gustavo luego de que la luz de aire se apagó- ¿nunca habías hecho radio?
-Gracias –respondí- En realidad, sí. Fui dos veces a un programa que teníamos con compañeros de la secundaria, pero casi no hablaba.
Y como si el hecho de estar por primera vez frente a un micrófono, un día que había comenzado como cualquier otro, fuera poco, tuvimos más tarde una conversación con Alejandro, quien se encargaba de cubrir el deporte local:
Gustavo: Acá estamos, con quien te quiere sacar el puesto.
¡Lo quería re putear! No entendía yo los códigos ni las entonaciones, mucho menos las caras que me hacía de jodón. Cómo le voy a querer sacar yo el puesto a alguien cuando todavía no llevaba ahí ni cinco horas, cómo me puede creer tan insolente.
Alejandro: ¿Ah, sí? ¿Quién es?

Lucas: Hola, Ale –le dije-
A: ¡Epa! Buena voz. ¿De qué cuadro sos?
Mi corazón se tranquilizó. Empezaba a entender lo que era la radio. El tono descontracturado y el jugar un poco con todo lo que pasaba.
L: De independiente –respondo-
G: Aaah, bueno. La que me faltaba. De independiente
¡Por favor! Me sentía en una montaña rusa. No estaba listo todavía para empezar cargadas al aire, en la radio, sobre fútbol.
L: ¿Ustedes?
Gustavo, era de Racing. Alejandro, de River y la conversación siguió sin más pruebas de fuego –al menos que recuerde- para mí.
Me fui con emociones encontradas ese día de ahí, pero con la promesa de volver al siguiente.
Al mes, integraría dos programas de radio, un magazine de cinco horas y otro de rock de tres horas. Ambos los sábados, por lo que entraba a la radio a eso de las 12 del mediodía y me iba a las 21. Me encantaba. Haría también la operación técnica de algunos otros.

Gustavo me dejó ese día dos grandes enseñanzas. Porque aparte de director y conductor de la radio, era un maestro. Lo había sido cuando encendió los motores del festival y la TV local al regreso de la democracia en 1983 y lo seguía siendo en ese momento.

La primera enseñanza, que la tomo para todo en la vida es que, para saber hacer, hay que hacer. Animarse y equivocarse, pero siempre aprender. La otra es que las cosas que parecen serias y rígidas, son más hermosas cuando se juega un poco.
Hacer y jugar. Dos verbos de los más hermosos que me permito escribir hoy, que se cumplen cien años de radio. Un invento que, a mi entender, la palabra que mejor lo define es camaleónico. Cuando se fundó, se encargó de democratizar –debido a su bajo costo con el
transcurso de los años- la información. Con la llegada de la TV, se permitió ser el encuentro para análisis más profundos y seguir cumpliendo su función de dar primicias y acompañar. Con la llegada de internet, poco a poco, se fue mudando a esta plataforma, pero siempre con un
dial disponible para girar la ruedita y sintonizar. Con la llegada de los celulares, estuvo ahí, adentro de la mayoría de los aparatos. Y hoy, con el auge del streaming, también está el camaleón, con el contenido listo para ser escuchado en plataformas como tunein, radio cut o
páginas webs de las emisoras.
Y aunque su muerte se anunció más veces que el retiro de Mirta, siempre estuvo y seguirá estando ahí, en el lugar que más le guste al oyente.

 

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