Cosas que (me) pasan

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Cruzo sin mirar cada calle que me separa de mi objetivo, la boca de subte más cercana, la Estación Scalabrini Ortiz. Un puesto de flores, en la angosta vereda, ubicada entre las calles Charcas y Güemes hace que en mi rápido caminar, me choque con las yerberas expuestas, de variados colores y con aroma poco identificable. Continuo con prisa. Cruzo la última calle e ingreso en la vereda, que en su extremo opuesto tiene mi meta. Llego. Bajo rápidamente. Una mujer, de unos cincuenta años, me mira asombrada. No registro esto hasta llegar al descanso de la escalera donde me doy vuelta y descubro que la mujer aún me está mirando. Continúo cada vez más rápido, pues escucho el arribo de un nuevo subte. Llego a la boletería  y la misma mujer de siempre, con rulos y pelo castaño me entrega el boleto. Del apuro me voy sin mi cambio. Cuando estoy por poner la tarjeta en el molinete, me gritan “¡¡hey el vuelto!!”, “Gracias y disculpe” le digo y cruzo. Subo, justo antes de que las puertas se cierren. Son las tres y cuarto de la tarde así lo muestra la marca hecha en el boleto por la maquinita. Había tardado solo tres minutos en llegar a la estación, después de caminar cinco cuadras. Por suerte encuentro un lugar libre y ninguna otra persona que lo pretenda. Me siento y allí me tranquilizo en parte. Digo en parte porque si bien no puedo apurar el subte, continuamente miro el celular para saber qué hora es. Al lado mío una señora teje, Me sorprende que teja en esta época, pero teje. Teje un sweater que supongo será para su hijo o su nieto. Teje tranquila, mientras el subte no se detiene. Punto por punto ella va conectando y así poco a poco, con mucha paciencia va formando la prenda. A diferencia de otras personas que tejen rapidísimo, como mi amiga Cecilia, ella parece no tener prisa, parece utilizar el tejido como una forma de relax, de conexión con dimensiones pertenecientes vaya uno a saber a qué campo. Por un momento me olvido del apuro que impera afuera y que me había asaltado y me tiene cautivo, parece que las lanas y las agujas en su encuentro son el pasaporte hacia dicho campo. Observo a la señora, ella me mira y me regala una sonrisa. El subte fiel a su estilo, sigue su recorrido habitual a una velocidad que a mí me sorprende, aún como el primer día que lo utilicé. La lana que usa es colorida, tiene como particularidad, que todos los colores están en la misma hebra. Naranja, rojo, verde amarillo, azul. Punto a punto las hebras se transforman mágicamente en tramos de un sweater muy parecido a uno que tienen mi hermano y que a mí me encanta usar en los días de invierno, claro. Una mujer grande, de unos sesenta años que se encuentra sentada enfrente nuestro, con pelo blanco y rulos también la observa con atención, sobre todo al tejido, quizás quiere aprender el punto que estás utilizando para el sweater. Tiene anteojos y una mirada profunda que llega a asustarme. Un joven que viaja parado a la derecha nuestra y que acaba de subir, con los cabellos todos desordenados, mira las agujas como embobado, las trata de seguir como quien sigue la pelotita en un partido de tenis, parece ser un estudiante pues lleva un bolso de esos cruzados y libros en la mano. El subte hace un ruido raro, y parece acelerar su marcha mientras toma una curva. Mas allá una mujer intenta mantener quieto a su nene que está empecinado en mirar a través de la ventana, parándose en el asiento pues es chiquito, tendrá dos años, a él también parece sorprenderlo la velocidad del subte. Un señor gordo, con traje se dirige hacia la puerta para bajar en la siguiente estación, parece que a él también le llama la atención mi compañera de asiento, la tejedora. La mira, mira el tejido y luego mira la bolsa donde tienen las madejas. Las puertas se abren y el señor tarda en bajar. La chicharra que anuncia la partida es como que lo despierta del trance y lo devuelve al tiempo real y así logra bajar antes de que el subte nuevamente reanude su marcha. El joven que viajaba parado ahora ocupa el lugar que dejó libre el señor. Suben los últimos pasajeros y entre ellos lo hace un pequeño de unos ocho o nueve años, que viste un traje de Piñón Fijo, que está muy descuidado, todo desteñido, en partes roto, gastado y sucio. Lo lleva puesto sobre una remera y un pantalón tipo jogging que asoma, debajo del mameluco. Un bolsito cruza su pecho.  A primera vista creí que era uno de esos chicos que reparten una fotocopia, que explica su situación y que les ahorra el trabajo, y quizás la vergüenza, de decirlo delante de todos. La señora grande pone cara de desagrado al verlo subir, baja y sube la mirada como inspeccionándolo, mirando bien cada detalle de la indumentaria del niño y mueve su cabeza de derecha a izquierda como negando algo. La señora que teje percibe que alguien se para delante de ella y deja por un momento su tejido y le presta atención a la presentación que se oye:  “Buenas tardes damas y caballeros, mi nombre es Álvaro y voy a ofrecerles mi show”. El niño toma de la bolsa tres pelotitas que comienza a lanzar al aire, formando con ellas distintas figuras. La habilidad de ese pequeño se apoderó de mí, sobre todo porque siempre quise hacer eso que él estaba haciendo. El joven sentado junto a la señora mira con la misma atención con la que observaba el tejido, primero y luego al sentarse, su celular, el también parece sorprendido. El niño que seguía con ganas de mirar hacia afuera ahora tiene una nueva distracción esas pelotitas que vuelan por lo aires y que intenta agarrar tratando de librarse de los brazos de su madre que lo sostienen. La única que parece disgustada en todo el vagón es la señora de pelo blanco, quien lanza un comentario que interrumpe la atención del joven sentado a su lado. Una pelotita al aire, dos esperan en las pequeñas manos del niño, una pasa por debajo de sus piernas mientras otra está en el aire, rebota en su rodilla y se vuelve a incorporar a las otras dos. Álvaro se agacha, como lo hacen los orientales al saludar y una de las pelotitas queda “dormida” en su nuca por unos segundos, hasta que decide “despertarla” y la hace regresar junto a sus compañeras al bolsito. Comienza con el aplauso, para confirmar el final de su show e invitarnos a todos a brindarle ese mimo, que es para los artistas, el intermitente golpe de palmas. Empieza con su recorrido, extendiendo su mano para que cada uno coloque allí alguna moneda. Como pasa siempre con estos espectáculos sorpresa hay quien pone y quien no, pero parece ser un día de suerte para Álvaro. La mamá que viaja con su hijo le da la moneda primero al bebé para que sea éste quien se la de al “artista”, todos parecen complacidos con el show, excepto la señora que está frente a mi, la canosa y de rulos, ella esquiva la mirada cuando el niño se le acerca a pedirle la moneda. Yo entre tanto mientras trato de salir de esa especie de trance que me produjo su destreza, busco rápidamente alguna moneda para darle. Allí es que las primeras que encuentro son las del vuelto del boleto, esas que casi me olvido. Se las entrego en agradecimiento, me hizo más placentero ese viaje, y logró mantenerme en esa dimensión a la cual había ingresado gracias a las agujas y el tejido, pero no duro mucho allí, la chicharra que anuncia la llegada a la próxima estación me devuelve a la realidad, es una de esas estaciones con andén central, Álvaro se apura a bajar para poder tomar el tren de enfrente. Yo me quedo pensando acerca del valor que adquirían esas pocas monedas ahora en las manos de aquel niño con traje de Piñón Fijo y así poco a poco voy abandonando nuevamente la realidad para sumergirme en aquella dimensión que hoy conocí. El subte sigue su recorrido y como si todo comenzara a andar justo en ese instante, la señora al lado mío retoma el tejido y me acompaña en este éxodo de la realidad, el joven de los pelos desordenado toma un libro de su bolso y comienza a leerlo, mientras de reojo, por sobre las páginas de aquel sigue mirando con atención el tejido, la mamá sigue luchando con el niño que después de este intervalo que fue la presentación de Álvaro comienza nuevamente la lucha por llegar a la ventana. La mujer sigue moviendo sus rulos canosos, sin encontrar quien comparta su particular modo de ver las cosas y que expresó en el comentario. Yo entre tanto sigo pensando en el pequeño malabarista, en las monedas, en el sweater que se está tejiendo a mi lado, en la señora con rulos, lo que dijo, en la joven que acaba de subir con unos diminutos auriculares, y el joven de los pelos desorganizados que no para de mirarla, mientras la madre toma el bolso y a su niño para bajar en la siguiente estación. Pienso y pienso, tejo historias y sin darme cuenta olvido. Olvido ese tiempo que tanto perseguía y que ahora parece estar detenido. Pero nuevamente suena esa chicharra que me anuncia la llegada a una nueva estación de esta realidad que me apura al interponerme un reloj luminoso que hace que recuerde mi prisa por llegar. Y así continuo mi viaje, pendiente del tiempo que marca mi celular, miro y busco casi lo imposible, volver a ingresar a través de las agujas y las hebras, o algún que otro portal, a esa dimensión en la cual el tiempo era otro y se lo vivía de otro modo.

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