Crónica de una noche de museo

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El catorce del corriente se desarrolló en Capital “la Noche de los Museos”, una serie de eventos culturales que, simultáneamente, tuvieron su génesis en distintos lugares de la urbe en los que hubo actividades de pintura libre, muestras itinerantes, danza teatro, proyecciones varias y exposiciones entre otras.

Particularmente y en este contexto, fui a la exposición que brindó la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, en la calle Anchorena 1660 del barrio de Palermo.

Éste es un lugar muy singular, romántico digo yo para aquilatar precisión, puesto que se halla justamente en la casa contigua a la vivienda de estilo netamente colonial en la que vivió Borges de 1938 a 1943.

La casa del escritor es una edificación antigua que se materializa en un zaguán ancho de madera robusta que lo custodian a ambos lados cual pretorianos, dos columnas espiraladas. Paredes blancas con matices marrones en los relieves y planta alta con celosías y un balcón protegido por rejas de color negro.

La exposición estuvo representada por unas cuantas vitrinas añejas alojadas en tres ambientes bastante reducidos y otro principal que oficiaba de estar de entrada. Las vitrinas exhibían elementos personales del escritor, que para nada eran cuantiosos. Podían verse dos de sus míticos bastones, un pisapapeles de vidrio esférico y hueco que contenía mercurio, una miniatura muy elaborada que consistía en una jaula con un infinitesimal pajarillo en su interior que provenía del oriente medio, condecoraciones habidas en diversos países, facones envainados, en apariencia construidos en plata al mejor estilo del compadrito de la época, y otros elementos diversos de características muy peculiares. 

Lo que prácticamente inundaba las estanterías eran las diversas ediciones, a lo largo de los años, de la obra de Borges en Argentina y en el exterior. Había también varias hojas manuscritas del escritor. Lo sorprendente en este sentido, para mí, fue leer en su original los primeros párrafos del Aleph en una cuartilla que verificaba la impronta oxidada de un broche de papel que había sentado allí sus reales durante mucho tiempo. La letra de Borges es pequeña y redondeada, bien encimada sobre la línea, observa signos de puntuación y es perfectamente legible; pero en verdad me impresionó como la letra de un niño en edad escolar, algo tal vez extraño, no como la del autor argentino universal.

Promediando la noche, el recinto principal recibió la visita de María Kodama, la discípula in aeternum y, paralelamente, viuda del escritor.

Me acerqué a ella y la saludé imprimiéndole un beso ligero en su mejilla derecha a la par que la felicitaba por el alcance de la exposición, a lo que ella agradeció con amabilidad.

Pero hete aquí que había en mí una duda. Una hora atrás, en una vitrina de forma rectangular, de dimensiones pequeñas y recostada sobre su lomo, se encontraban cuatro suerte de blasones, medallas metálicas, que representaban al Aleph y otras tres más que no logré memorizar sus nombres. Debajo de  la medalla del Aleph, había un escrito. Estaba desarrollado, por lo que me pareció a primera vista, en alemán. Pero al recorrer el texto encontré también terminología inglesa, y hasta francesa. Con mi hermano sospechamos que se trataría de escandinavo, o algo similar.

Entonces volví a Kodama, y le pregunté. Me respondió que el idioma era flamenco, una lengua muy utilizada en Bélgica y que decía que el aleph, una esfera de cuatro centímetros de diámetro, fue encontrado en una vieja casona de la calle Garay, en Buenos Aires.

En verdad, el texto aludía al cuento de Borges.

Debe aquí recordarse que el aleph es la primera letra del alfabeto hebreo y que representa el universo, el todo. En el aleph, en esa esfera, puede contemplarse todo lo que existe desde cualquier posición y vista del observador, por ejemplo, cada grano de arena que pertenezca a la playa que puede imaginarse.

Borges vio el aleph, invitado expresamente por Carlos Argentino Daneri, y

según su narración, en el sótano de la casa de la calle Garay.

Cuando el escritor desciende por la escalera y se detiene al llegar al piso, ve la esfera a mitad de los escalones, y, observándola, cuenta minuciosamente todo lo apreciado.

Kodama aseveró que esa vitrina tuvo una significación especial para Borges, y dado que el aleph que contiene es de semejante densidad, él la hizo construir de gran peso, de manera que no menos de cuatro hombres pudiesen levantarla.

Así, entre la luna en cuatro creciente, que representa la primera “O” en el logotipo de la Noche de los Museos, y cuasi liturgia, transcurrió la provechosa velada.

 

 

José Luis Gaetano

Buenos Aires, noviembre 15, 2009

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2 COMENTARIOS

  1. Felicitaciones a José!!! Lo felicito por su capacidad y por su sapiencia, además de ser una persona honesta y excelente persona que es lo que más me interesa a mí como compañero. Un abrazo desde la ciudad del encuentro.

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