Cuartito azul – por Hugo Pezzini

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Afuera es baradero e invierno y silencio

afuera es helado y mojado

afuera sopla un acuoso viento nocturno

y todo eso es siempre allá afuera

bien lejos del escueto límite del Cuartito azul

 

Lenta y morosa ilumina la candela el cubículo kitsch 

sobre las pieles húmedas de los dos

un calefactor de cuarzo alimenta el ardor

y a quemarropa mantiene la temperatura constante

del espacio hirviente del Cuartito azul

 

Siempre hay abierta alguna botella de el zaragozano

don valentín o aun blancos san felipe súter

o cualquiera de esos tragos suaves que ellos dos no aprecian

pero no vienen mal si claman por vino

las bocas sedientas del Cuartito azul

 

Mantienen del criadores helado su ámbar malta

dentro de unos vasos panzones de cristal espeso 

los cubos de hielo ya viejos

que con agua rancia fabricó un refrigerador sin puerta

—el único ser vivo en la casa ya muerta

que alberga el recinto del Cuartito azul

 

Los acolchados por el suelo se esparcen 

y por el suelo como ceniceros también se esparcen 

los platos de rústica y lejana cerámica 

—de barro cocido en las faldas del Etna—

los manchan y queman los parisiennes negros que él pita 

una picadura que se vuelve brasa ese mismo fuego además abrasa

los rubios marlboros de infinitos atados que fuma la fámula

y saturan de humo el sombrío éter del Cuartito azul

 

A un lado de las mantas en un viejo tocadiscos 

gira gabriella ferri u ornella o mina o lucho dalla o batisti  

cada uno a su turno monótono y dulce cuenta las pasiones trágicas

que generan los gemidos y todos los suspiros que se hacen eternos 

en el eco de la arquitectura exacta del Cuartito azul

 

Con esas yacientes y esparcidas mantas colchonetas y almohadas

a la hora más absurda del amanecer ellos arman pacientes

su lecho amoroso antes de que apolo por las persianas se filtre

y el día brillante por entre las hendijas

encandile los muros del Cuartito azul

 

Sin fin son las horas de sofocante encierro

en su sueño no dormido lucha ella contra tanto insomnio

que siempre le alucina todo por-venir

la vigilia incesante jamás la abandona

como sí lo hizo antes el cruel rey morfeo

quien no la visita —nunca en absoluto—

en el espacio sagrado del Cuartito azul

 

Pero en el ámbito índigo de temblorosas sombras

bebe él —intenso y salvaje— el sabor felino

de Opium tabaco alcohol mosto y almizcle del maná de la afrodita 

liba ella —su garganta ávida de transpiración— la sal y amargura

del elixir que exudan en espasmos las entrañas del fauno

en la instancia suprema y volcánica del Cuartito azul

 

De las siluetas trémulas de empapados cabellos

sus columnas óseas vibran cimbran tiemblan 

y a la postre en una ofrenda excelsa 

ellos siembran para siempre su simiente

en el suelo infértil del Cuartito Azul

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West Side Studios – Broadway & 94th Street, New York City, 3 de marzo de 1988

Ilustra el poema una  fotografía de Olivier Valsecchi

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