Cucaracha pendenciera – por Hugo Pezzini

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Siempre todo empieza con los personajes sentados en un banco de la plaza, pero esta vez nos sentamos en los escalones de granito gris de El mástil. Sabés bien a qué me refiero, ¿no? Es nuestro monumento local a la bandera, ese que abre la duplicación de la avenida San Martín —cuando ésta se transforma brevemente en El boulevard. Simetrías patrióticas: el boulevard tiene tan sólo una cuadra de extensión, pero abre con El mástil y cierra con el Monumento a Brown.
Ya una vez en un texto lo bauticé el boulevard de los clubes porque en esa cuadra se yerguen las sedes del Club Atlético Baradero y del Club Sportivo Baradero, los dos rivales paradigmáticos del fútbol de mi infancia. Allí, en la vereda norte, se provocan mutuamente: contiguos casi pared a pared (sólo una casona de por medio) —tal como ahora en cada barrio y ciudad de los Estados Unidos de Norteamérica veo los McDonald’s y los Burger King: siempre inseparables, entregando lo mismo (hamburguesas y fritas en EE.UU. o fútbol y básquet en Baradero), lado a lado siempre sacándose chispas y disputándose clientes, hinchas y favorecedores.

Además de llamarlo el boulevard de los clubes, en otra oportunidad identifiqué esa cuadra de doble mano —cada una separada por el largo cantero central con sus hitos patrióticos extremos— como el boulevard de los proyectiles de Brown, por razones cuya explicación huelga para nosotros, los baraderenses. Baste la mención ya hecha tan sólo unos renglones arriba.

Pero ésta en particular es una tarde de verano durante los comienzos de aquella gloriosa década del setenta, cuando cabalgábamos el puente entre la adolescencia y nuestra salvaje veintena añera. Todos de pelo largo, algunos también de barbas, uno en el límite de la audacia (yo) con una argolla perforando y atravesando el lóbulo izquierdo: neo-hippies, libres y desafiantes. Mole Grasso de mocasines top-siders totalmente destruidos y chancleteantes, el Masca Bonini de sombrero tipo cowboy pero de paja, Gustavea Lenguitti y Cali Díaz de bermudones hasta las rodillas y alpargatas bigotudas, Pinceleta Pontalti enjoyado de pulseras, anillos y collares, además de enfundado en unos jeans Lee desteñidos tan ajustados que a través del denim sus genitales se manifiestan tan prominentes como los de Romeo Montesco en el  trágico film de Franco Zefirelli. El Mono Pezzini va de pantalones Oxford color turquesa, acampanados hasta la exageración ridícula por medio de una inserción cosida a cada botamanga de un par de triángulos extensores, cortados del cotín de un colchón color naranja. Y habría tal vez un par de tipos más cuyos rostros, aspectos, vestimenta y nombres ha borrado el paso del tiempo y el deterioro que en mi memoria debe estar causando este mismo agente del devenir.

Las calles están absolutamente quietas, sometidas bajo el yugo de la calcinante canícula dominguera. No obstante, negros nubarrones comienzan a alzarse en el horizonte noroeste.

Algunos de nosotros balanceamos las piernas sobre las gruesas y pesadas barandas pétreas de El mástil mientras otros hierven sus asentaderas en los candentes escalones de ascenso al monumento; fumamos y hablamos de bueyes perdidos. Todavía nos anima —y al mismo tiempo reduce nuestros movimientos y habla a un paso de cámara lenta— el hangover del despertar, ese que causaran los recalcitrantes vapores que restaron de la bebedera de la noche precedente.  

Después de todo el vino tinto de la larga cena sabatina en el Social —el tercer club de la zona, éste desplazado a media cuadra desde el boulevard, tal vez para enfatizar su diferencia en estatus social y económico: el club de los chacareros y los comerciantes “bien sucedidos”, según lo describe la expresión idiomática brasilera… pero decía: Después de todo el vino tinto de la larga cena en el Social, continúa una seguidilla de Criadores con tres cubitos de hielo; primero en Kadín y más tarde, ya bien pasada la medianoche, en el ajetreo danzante de Dinka.

No sé por qué hoy y a esta hora no nos encontramos, como es casi un hábito, apagando el etílico incendio interior dentro de la pileta del Regatas, o al menos sentados bajo los sauces de la costa del río, meta matear en uno de los bancos de piedra contiguos a “el muelle” del club, mientras amarradas a sus argollas nos placen con su suave vaivén las grises canoas A y F que flotan en las aguas del Baradero. Si fuese invierno, es muy probable que nuestros asientos se localizasen alrededor de alguna mesa del Sportman: por alguna razón inexplicable, en invierno, el café pos almuerzo lo tomamos en La Suiza o en el Hotel de las Naciones, pero los domingos ese café se acompaña de más Criadores y sucede si o sí en el Sportman, de preferencia en una de las mesas que desde la ventana miran hacia la plaza Mitre. ¡Más Criadores! —contraveneno efectivo para el hangover, o sea “el pelo del perro que te mordió”, si preferís llamarlo de la forma como lo describe la expresión norteamericana: the hair of the dog that bit you.

Pero hoy no: de este domingo en particular sólo tengo conciencia de que los cigarrillos, la charla y las bromas en El mástil no satisfacen ni colman ese hiato experiencial que va desde el vermut —a la salida de misa— con un trébol pal picoteo en El hotel de las Naciones, hasta el arribo de la nocturnidad que nos habilita el regreso a los “rituales costumbristas” en el interior de Kadin y Dinka. Hoy sentimos que desde la siesta hasta la noche estaremos amenazados por los designios implacables de la monotonía pueblerina: vacíos, despojados, aprisionados en un tiempo signado por la infructuosidad más elemental. Yermos.

 

Entonces recordamos «La cucaracha» en la vecina San Pedro.

Estas ciudades hermanas mantienen de modo ancestral una rivalidad tan encarnizada como los dichos clubes Atlético y Sportivo (el aclético y el esportivo, según la jerga popular más elemental) o como los hamburger joints McDonald’s y Burger King. En esta época que te describo prevalecen aún microscópicos resabios sensitivos de los tiempos en los que todavía la visita mutua o recíproca a la ciudad vecina era una aventura que implicaba inminente riesgo físico: un baraderense (un alverjero de mierda) en San Pedro se sometía a tamaño peligro como el que enfrentaba un sampedrino (un sorete camotero) en Baradero. Más de una vez presencié con horror en algún baile del pueblo cómo un macho sampedrino ‘cobraba’ una buenas piñas y patadas por haberse permitido el atrevimiento de bailar apretadito y franeleando con una mina del pueblo. ¡Quién carajo se habría pensado que era! Y no voy a entrar en detalle sobre esporádicas visitas de los lejanos zarateños: Anatema. Esos eran extraterrestres.

Sin ir más lejos. Ahí nomás, en la esquina de casa, frente al café La Suiza, una noche después de un baile de la primavera se armó una batalla campal en la vereda de Sagapó, entre zarateños y baraderenses. Resulta que los dueños de Sagapó—quienes habían abierto ese, el primer boliche bailable del pueblo, Tony y no recuerdo el nombre del otro— eran ambos zarateños y por lo tanto de vez en cuando caían algunos de ayá a visitarlos y chupar en Sagapó. Hubo aspectos cómicos, por ejemplo, después que los zarateños se habían rajado en el Kaiser Carabela y el Studebaker en los que habían llegado, el Mili Genoud (todavía estábamos todos en la vereda, iluminados por el farol de la esquina) apuntó hacia un muchacho no muy alto y dijo, “Mirá mirá, todavía queda un zarateño! ¡A darle a ese también. Acá no se salva ninguno!” Y el chico, pálido como una tiza, empezó a gritar desesperado: “¡NO, NO, MILI! ¡Soy Patún Ferrara! ¡Soy de Baradero, soy el Patún Ferrara, soy de acá!” Y dirigiéndose a todos: “¡Diganlé a Mili que soy de acá! ¡Che: ustedes me conocen!”. Por supuesto que fue un cagadero de risa general, aun en medio de todo ese despelote subsiguiente a la pelea generalizada que acababa de finalizar con la fuga de los bólidos zarateños.

Pero la secuela sangrienta se manifestó una hora más tarde:  Huguito El Enano Ortiz, fue apaleado hasta ponerlo al borde del estado de coma. Todo por obra de la gang zarateña que, buscando una salida del pueblo en los dos coches, se lo cruzó en las oscuridades de Araoz entre Bulnes y Rodríguez. Hugo Ortiz (que después acabaría siendo oficial de mi propia fuerza militar, la Armada Argentina, ¡quién diría!) vivía en Rodríguez, justo frente a la Fábrica de soldaditos y a la casa de Jorge Bernatzki. Hacia allá se dirigía el pobre pibe en su regreso de Sagapó o del café La Suiza, no estoy seguro. La cosa es que cuando los zarateños lo avistaron desembarcaron del Carabela y del Studebaker y la emprendieron contra Huguito y así lo hicieron recontramierda, che. Pero recontramierda de verdad, te juro. No sé por cuanto tiempo no apareció por el Colegio Ferrari.

Mejor ni pensar: vuelvo a hoy. Sentados en el embole de El mástil, de repente recordamos —como te digo, flaco— que La cucaracha de San Pedro (hablo del boliche bailable. Sí, ese.) los domingos abre desde el horario matiné. Entonces bajamos de El mástil para apilarnos en el impecable Chevy SS celeste metálico de mi viejo y en el Falcon sedán gris del padre del Mole Grasso y salir hacia La cucaracha —no sin antes pasar por mi casa para sustraer una botella de Caballito blanco del bargueño de mi vieja. Metemos combustible para el viaje en ambos coches. No recuerdo qué suben al auto del Mole, pero al menos tiene que haber sido una botella de El elegido de los Criadores. Nada de menor calidad. Eso jamás. Los Grasso y Salaberry venden soda así que imagínate que saben y tienen con qué mezclarla, ¿no?

Ahora estamos en viaje y, de modo ominoso, el cielo ha cerrado por completo. Las nubes que se asomaron por el norte han encapotado el cielo: chau sol. Un poco antes de llegar al primero de los puentes angostos de La 9 ya está lloviendo. Igual y por supuesto —aunque ahora diluvia, los limpiaparabrisas no dan abasto y el tráfico de frente se hace casi invisible— viajamos a más de cien: más despacio es de marica. Hacemos bromas y hablamos de autos (es raro que pisteando se hable de otra cosa) mientras en movimiento pendular la botella pasa del asiento delantero al trasero y vuelve hacia adelante. Meta trago, pibe.

Así y en ese ritmo llegamos al puente del cruce de la ruta 9 con la ruta 191; bajamos hacia la derecha por el descenso que hay antes de la garita de La caminera y medio en ondas debido al asfalto blando y disforme de este trechito— seguimos por el corto camino de conexión hasta la intersección de la ruta 191, la cual hacia San Pedro es también El acceso. Por ahí le metemos pata a lo largo de ese resto de kilómetros hasta el pueblo vecino. Como la Dama de la guadaña, en algunos miles de metros nos aguarda la fatídica e infame Curva de la muerte. No existe posibilidad de tomar este camino sin recordar que su trayecto incluye esa curva peligrosísima. No hay vez que cualquier uno de nosotros (o todos juntos) tomemos ese camino que de inmediato no nos invada la inquietud ante la inminencia de la Curva de la muerte. Debo aclarar que ni los pasajeros ni los pilotos de ambos coches, el de Mole y el mío propio, tenemos la menor consciencia de este sentimiento, de esta vulnerabilidad y de los esfuerzos inconscientes que hacemos para negar esta sensación. Hay un pacto tácito que establece la manutención de un silencio absoluto con respecto a cualquier emoción que pueda ser identificada como miedo. Esto no se hace explícito, no se menciona, ni se demuestran. No es nada difícil, ya que todos estamos in denial. Para facilitar esta negación maníaca nuestra obligación impulsiva es por medio de un acto de contrafobia: la Curva de la muerte siempre debe negociarse a la máxima velocidad que nuestro coraje y las características de nuestras máquinas respectivas lo permiten. Siempre: el piloto lo sabe y los pasajeros lo saben, pero esto tampoco se menciona. Arriesgamos nuestras vidas de modo colectivo en el mutismo de la naturalidad. Como si nada. Pero cada pasaje por la Curva de la muerte es como un Cruce del Ecuador a bordo de un transatlántico: es lo que es; es un rito de pasaje, un tatuaje más que atestiguará nuestro coraje y nuestra sobrevivencia. Cosas de pendejos.

Recuerdo que cierta madrugada, después de una noche como de costumbre (es decir, de tragos interminables, música, baile y charla), en lugar de irnos a terminar la noche a Pelecho con Toscano y Luis Di Toro, y alguien más encaramos para el circuito. Los Di Toro en el Falcon blanco de su familia. Ese alguien más que no consigo identificar ahora y yo, creo que los seguíamos en un Fiat 600 también blanco que yo tenía en aquel entonces. Nuestra disparidad absurda de tamaño y cilindrada diría que no existía posibilidad alguna de competir de modo honorable (mucho menos, de vencer), yo en un bichito motor de licuadora y Tosca y Luis en un Ford seis cilindros rabioso. La diversión de esta madrugada, en lo que a mí atenía y con respecto a cualquier presunción competitiva parecería estar pre-determinada: destinada al fracaso. Pero el circuito de esa época era diseñado con cortas rectas y curvas cerradas. Entonces, al volante del compacto y picante Fitito, dentro de cada curva lograba acercarme hasta pegármele a la cola al Falcon rugiente de los Di Toro. Lograba inquietarlo curva tras curva con la amenaza de un sorpasso inminente. Toscano jamás lo permitiría. 

Fue así que además de distanciarse de mí Fiat 600 en las rectas, Tosca decidió que no permitiría que me acercase más, tampoco en las curvas. Ni en los mixtos. Fue así que al fin, en una de esas curvas (ambos, él y yo saturados de Criadores, por supuesto) Toscanito volcó el Falcon. Hasta hoy recuerdo que entre todos lo levantamos, lo enderezamos y lo ensuciamos bien con barro para cubrirle los abollones y rayas del vuelco; que había dibujado y esculpido toda la lateral derecha de la máquina: como corríamos en el sentido contra reloj, el Falcon había acabado acostado sobre su lado derecho a la salida de la primera curva norte del circuito. Cuando Toti Di Toro vio el auto… te imaginarás la furia. Toscanito…  Basta de recuerdos.

Vamos por el acceso hacia Padilla y la barrera y ya hemos sobrepasado y sobrevivido La curva de la muerte una vez más. Gracias a la providencia la lluvia ha amainado. Estacionamos frente a La cucaracha y apenas necesitamos de un trotecito para cruzar la calle hasta la puerta del boliche. La lluvia estará finita dentro de unos pocos minutos.

Sólo algunos pocos machos y minas beben en la barra. Nadie baila y las mesas, salvo dos que se desocupan unos minutos después, están vacías. Pedimos Criadores para todos y seguimos la charla sobre aquellos bueyes eternamente extraviados que comenzara en El mástil. Ojalá pudiese decirte el nombre del barman, mi interlocutor de ese día. Sólo te puedo decir que es también el propietario del boliche. Y quién diera, flaco, que pudiera decirte también de qué carajo estamos hablando este pibe y yo una vez que me nos enroscamos en nuestra charla interminable. Recuerdo sí que llegado cierto momento (él bebe con nosotros y a nuestro paso) rellena nuestras copas directo del pico de la botella, sin utilizar la medida, sin registrar los tragos; sin cuenta de su costo o expectativas de cobranza. Chupamos por cuenta de la casa.  Es así que de a poco el boliche se va vaciando y por fin el último grupito de locales encara para la puerta de salida.  Tan enfrascado estoy en mi conversación con el barman y dueño—llamémoslo Diego—, él y yo separados por la barra pero conectados por el tema de nuestro diálogo que no me doy cuenta que mi barrita sale atrás de los sampedrinos que se acaban de ir. ¿Hace falta que te diga que todos, absolutamente todos nosotros, locales sampedrinos y visitantes baraderenses, además de Diego, por supuesto a esta altura estamos mamados como chivos? (¿?) Sin que Diego y yo nos demos cuenta, afuera se genera un descomunal quilombo de gritos y puteadas (y tal vez piñas y patadas, pero no tengo evidencia de esto porque al menos cuando salgo a la calle no veo un sólo vestigio de sangre). Pero el quilombo es tal que acaba con el arribo de la Estanciera IKA de la cana local.

Como la música del boliche se ha mantenido al volumen que es de praxis en cualquier boliche (probablemente los Bee Gees a toda furia), ni yo ni Diego nos enteramos de la batalla exterior. Sólo cuando dos policías de uniforme entran a interrogarnos caemos en la cuenta de que estamos solos y mis amigos baraderenses se hallan peleando sampedrinos en la calle. Cuando el oficial de policía se da cuenta de que yo también soy baraderense, me da la voz de prisión (otra expresión brasilera) atribuyéndome ebriedad pública. Por fortuna, Diego le asegura  (y es su opinión sincera) de que estoy y soy sobrio (los bafómetros de control alcoholémico aún no se han inventado) y no hay razón para detenerme. Diego le da su palabra formal a la policía de que me hallo en posesión de todas mis facultades intelectuales. O sea, le dice que no estoy ni un poco en pedo, para nada. En un par de minutos me doy cuenta de que el dueño de La cucaracha, Diego, mantiene excelentes relaciones con la fuerza pública local, lo que no me sorprende: en esta séptima década del siglo XX no es raro que los bolicheros ‘arreglen’ a la policía para compensar los escándalos en su vereda, los gritos de los borrachos y el volumen absurdo de los aparatos de reproducción de música. La policía nos acompaña hasta la calle, desde donde nos dirigiremos a la comisaría. Uno de los policías toma los mandos del Falcon de Mole, otro, la Estanciera policial, y un tercero viene a mi lado en el Chevy SS de mi viejo. Dada mi sobriedad, yo manejo mi propio automóvil.  El pibe de La cucaracha, Diego, viene de acompañante y testigo. No entiendo por qué y cómo es que no hay nadie además de nosotros en La cucaracha, y cuán fácil es para Diego cerrar el boliche por nuestra causa y beneficio y venirse a la comisaria junto con nosotros y los canas.

Llegamos a la sede de la taquera y presencio con horror que Cali, obviamente re-mamado, baja de la estanciera todavía puteando a los gritos a los policías. Está como enajenado. De los demás presentes no recuerdo nada, ni sus actitudes, ni sus comportamientos ni siquiera sus presencias. Pero sé que estamos todos los que salimos de Baradero, y que a todos con excepción de mi propia persona los encierran en un enorme calabozo al fondo de la comisaría. Es allí donde de costumbre duermen su mamurria los detenidos por estado de ebriedad —en EE. UU. a esa celda colectiva se le llama “The Drunk Tank”: el tanque de los borrachos.

Mirá flaco; como esto se ha hecho muy largo, baste decirte que yo soy uno de esos excepcionales “borrachos elocuentes” que andan sueltos por ahí: tengo un vocabulario rico, una imaginación creadora y el alcohol me provoca una especie de euforia verborrágica. Ese mismo estado discursivo es lo que me había involucrado en la conversación salvadora con el dueño de La cucaracha. Digo salvadora porque caso contrario hubiera salido con mis secuaces a cagarme a gritos y/o a trompadas y patadas en la vereda del boliche. En la comisaría, esa misma elocuencia me permite desempeñar (actuar) el papel de “el adulto responsable del grupo” —y es verdad que yo soy un par de años mayor que los chicos de mi barrita. Utilizo esa misma verborragia personal para convencer a los canas de que estoy sobrio, de que no debo permanecer en el Drunk Tank y que debe permitírseme salir de la comisaría, manejar el Chevy SS de mi viejo de regreso a Baradero. De ese modo, les digo, podré calmar el pánico de los padres de mis amigos ante su no retorno al hogar al fin de la noche del domingo:  todos nuestros padres viven con sus corazones en la boca debido a nuestras personalidades alcohólico-automovilísticas y la siempre-presente posibilidad de un accidente fatal.

Así es que suena el timbre liberador en la puerta cancel de la comisaría, el guardia de ametralladora abre la puerta para que yo salga (junto a Diego) y manejo de retorno a La cucaracha para —inmensamente agradecido— devolver al testigo-garantía a su lugar de trabajo y propiedad. A continuación, emprendo el regreso a Baradero.

Una llovizna fina me permite usar los limpiaparabrisas en modo interruptus: las escobillas dan una sola pasada de ida y vuelta por el parabrisas, se detienen por unos segundos, y recomienzan un próximo barrido. La ruta está empapada y hay charcos en las banquinas, pero yo me siento y me creo sobrio y voy sin preocupación alguna. Manejo bien relajado, mientras escucho música por Radio Mitre. Llego otra vez al puente donde la Ruta ciento noventa y uno intersecta con la Ruta 9.

Sabrás que para encarar para Baradero hay que seguir por ruta 191 hasta pasar por abajo del puente de la 9 como si uno fuese hacia Pergamino, Arrecifes, o al menos Santa Lucía. Pasado ese puente uno gira a la derecha en la primera salida e inicia un ascenso circular continuo que modificará la dirección hacia el punto cardinal Este por la Ruta 191 y al fin del ascenso depositará el vehículo sobre la Ruta 9 en la dirección Sur, o sea rumbo a Baradero y Buenos Aires.

Desafortunadamente, las cosas no suceden de esta manera. No debí haber manejado sin preocupación alguna, sino con toda mi atención, porque no estoy sobrio: podré tener una extraordinaria elocuencia eufórica o una euforia elocuente cuando estoy en pedo, pero es obvio que mamau manejo pa’ la mierda, che:

 A mitad del ascenso, el Chevy SS de mi viejo hace un derrape descontrolado brutal que se traduce en tres trompos sucesivos y descendientes por la barranca que bordea el camino de ascenso al puente. Allá en la cuneta final queda atascado el SS.

Pese a la lluvia que ha recrudecido una vez más, llego a Baradero después de haber manejado la distancia maratónica desde El puente de San Pedro con todos los vidrios abiertos para despejarme y mantenerme despierto. Antes, he debido caminar desde el ‘local del accidente’ —donde el coche se halla semienterrado y empantanado hasta los ejes, como te informé— hasta el taller de La Serena, que por suerte dispone de un camión auxilio con guinche. Este rescata el Chevy SS de mi viejo, que compruebo se encuentra milagrosamente intacto, si bien que lleno de barro, pasto y paja verdinosa que el coche arrancara durante sus locos trompos.

Cumplo mi ronda informativa para beneficio y tranquilidad de los progenitores de mi barrita de amigos, después caigo en la cama y desmayo totalmente vestido. A primera hora de la mañana siguiente, emprendo el regreso hacia San Pedro para rescatar a mis compinches de la prisión.

 Otra vez zafé: Colorín colorado.

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Pleasantville, New York. Sábado 4 de enero del 2020. Llueve a cántaros.

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