Cuento «Los Muchachos de la Rivadavia» Primer Capitulo

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No se porque será, pero solo se tienen amigos una sola vez en la vida y para siempre.

 

  

-Nene, vamos que están llegando!!

 

  

Me grito Sorete y automáticamente me desperté de mi obligada siesta, calce mis botines y salí corriendo al club.

 

 

 

En la esquina de La Rivadavia, estaban Zarate; Poca Vida, y Sorete.

Todos estábamos ansiosos y entusiasmados. Hoy enterraban a Don Figueroa Salas y la ceremonia prometía ser importante. Don Figueroa Salas tenía relaciones con gente de la Capital y su hija había recibido una propuesta de matrimonio del hijo del Gobernador, Don Julio Anchorena.

 

  

-Zarate, porque trajiste la gorra?-Pregunto Poca Vida.

 

-Es para simular y que nos dejen entrar. Contesto Zarate.

 

-Pero porque no lo dijiste antes? Ahora no tenemos tiempo nosotros, retruco Poca Vida que para estas situaciones siempre necesitaba un poco mas de tiempo que el resto.

 

 

 

-Miren!!! Ahí vienen!!! –Grito Sorete.

 

 

 

Y de repente, paso el carruaje con ocho caballos. Era realmente impresionante, todo negro, desde la cruz en el techo hasta las herraduras de los caballos!

 

Quedamos totalmente mudos. Ni siquiera vislumbramos que adentro del mismo, iba el muerto, Don Figueroa Salas.

 

 

 

Vamos, corran, les dije! Subamos por atrás!. Y sin que el chofer se percatara, los cuatro nos trepamos a la parte trasera del carruaje, acompañando al muerto, en nuestro más profundo silencio.

 

De repente alguien se da cuenta de nuestra presencia. Que hacen ahí mocosos insolentes! Nos llama la atención un señor de gruesos bigotes y de recto traje negro. Se trataba de Drago, el Sepulturero, como lo llamaba mi padre.

 

-Somos parientes!! Sentencio Zarate. Estamos acompañando a nuestro ser querido, continuo con su argumento.

 

Y sin pedir otras explicaciones hizo como si no nos hubiera visto, pero sabiendo ha ciencia cierta que cada uno no llegamos ni hacer ni siquiera conocidos de los que servían a Don Figueroa Salas.

 

 

 

El pueblo estaba de duelo. Todos los comercios cerraron sus puertas.

Hasta el café de Viale que abría sus puertas en el día del pueblo, no tuvo atención al público, pero si dejaba entrar a su local si tocaban la puerta.

 

Todos estaban vestidos de luto, y no era para menos, Don Figueroa había hecho su última voluntad y el testamento se leería después del entierro.

 

 

 

-Vamos!!!! Vamos!!!!! Bajen que ya estamos llegando al cementerio!!

Advertí al resto.

 

-Pero Nene, faltan dos cuadras!!! Contesto Poca Vida, que como siempre, le costaba arrancar.

 

-Bajemos antes de llegar!, volví a repetir, pero esta vez con mas énfasis. Y automáticamente, los cuatro nos lanzamos contra la calle.

Sorete, callo mal y rodó por el piso hasta que freno contra el colchón de hojas que se acumularon contra el cordón.

 

-Estas bien Sorete?-Pregunto Zarate.

 

-Si, la puta que los parió, quien carajo me empujo?, contesto Sorete.

 

-Yo no fui, dijo Zarate y junto a Poca Vida, me señalaron a mí.

 

-Perdóname, Sorete, no quise hacerlo pero se nos acaba el recorrido, conteste.

 

-Esta bien, Nene!! Discúlpame por el insulto.

 

-Y ahora Nene, que hacemos?. Pregunto Zarate.

 

– La cosa es así, y comencé a planear la entrada al entierro. Vos Sorete que tenes la gorra encara primero, nosotros vamos detrás, y cuando veas a los que lloran sin parar encara para ese lado, que seguro son parientes.

 

– Pero Nene, si son muchos que hacemos? Pregunto Zarate.

 

– Sencillo, los que se encuentren más cerca del Cura y del cajón, son los más importantes, te acercas a ellos y le damos el pésame.

 

– Entendido, dijo Sorete, se puso la gorra y dio su primer paso.

Luego continúo Zarate, luego yo y por último, como siempre, Poca Vida.

 

 

 

-Mis mas sincero pésame! Dijo Sorete, ha una vieja paquetuda que estaba ubicada a la derecha del cura. Dios lo tenga en la gloria!!

Continuo Sorete, como esperando una respuesta. Sin embargo, no se percato que la señora desprecio su presencia. Continuando hacia la derecha Sorete, se sorprendió al ver semejante belleza. Estaba frente a la hija de Don Figueroa Salas, y de repente tomo su mano y sin importarle que fuera la “prometida” de Don Julio Anchorena, hijo del Gobernador, y la fulmino con su mirada de galán de la Rivadavia,

diciéndole: Su padre fue un gran hombre!!, y sin ningún tipo de respeto, beso su mano provocando un gran revuelo entre la chusma que los rodeaba.

 

En cuanto a nosotros que veníamos por detrás, solo atinamos a bajar nuestra cabeza ante la mirada inquisidora de quienes nos rodeaban.

 

 

 

-No importa, dijo Poca Vida. La misión fue cumplida, agrego, al apartarse de la multitud.

 

-Nos vamos Nene? Pregunto Zarate.

 

– A donde? Respondí.

 

– Vamos a lo de siempre, dijo Sorete, que traía el premio del día.

 

– Vamos dijo Poca Vida, pero nosotros ya habíamos arrancado como siempre antes de que se anime a dar el primer paso.

 

 

 

Así después de caminar treinta y ocho cuadras, llegamos a lo de Ruffa.

 

 

 

-Que quieren muchachos?, dijo Ruffa.

 

– Lo de siempre, dije. Y Ruffa, en menos de doce minutos, trajo cuatro sanguches de mortadela y queso, y una jarrada de limonada.

 

-Mañana que hacemos? Pregunto Zarate.

 

– Y mañana pasa el tren que vienen desde la Capital. Quieren ir a recibirlo?

 

– Dale!, contesto Poca Vida con un entusiasmo que no lo caracterizaba.

 

– Muy bien. Mañana, nos encontramos en La Rivadavia a las seis.

 

– Y vos Sorete, que te Pasa? Dijo Zarate.

 

– Nada, me enamore, agrego.

 

– Te enamoraste?, pero déjate de joder, agrego Zarate. Todavía somos amigos, nos vamos a perder esto.

 

– Me parece que tenes razón, dijo después de una breve pausa.

 

– Por la amistad! Levante mi copa y propuse un brindis.

 

– Por la amistad!! Dijimos todos. Y nos volvió la sonrisa a todos porque sin Sorete, nada iba a ser igual.

 

 

 

Y así, concluyo otro día de verano en este pequeño pueblo, donde no importa el origen ni tú apellido, solo importa que seas buen amigo.

 

 

                                                                             Los muchachos de la Rivadavia.

Nota: Este cuento lo recibimos en nuestro contacto, desconocemos su autor, nos pareció interesante y estamos ansiosos esperando la próxima entrega.

 

 

 

 

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