Cuentos, Historias y leyendas baraderenses: Amílcar Bracco, el andarín

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Por Gabriel Moretti

Amílcar Bracco, fotógrafo de Baradero, fue famoso por varias cuestiones, por ejemplo su figura: era un hombre muy alto y delgado que, además, ejercía su oficio mientras caminaba por la ciudad, a tal punto que lo habían bautizado “Fotos El Andarín». En sus caminatas cotidianas era llamado por los vecinos que deseaban sacarse una foto, y así Bracco se ganaba la vida con lo que le gustaba hacer. No llegó nunca a ser un artista, pero sí a cosechar una fama tal vez sin igual por sus costumbres y por su falta de conocimientos técnicos, que suplía sin problemas con una férrea voluntad y una vocación apasionada.
Los festejos de distinto tipo lo tenían como especial invitado: años atrás, no había casamiento, bautismo ni cumpleaños sin un fotógrafo que registrara las escenas para luego plasmarlas en un papel y guardarlas por siempre en el cajón de los recuerdos familiares. En esas épocas, sacar fotos no era tan fácil como hoy. Se requería de una cámara más o menos pasable, aunque también las había económicas como las Kodak, empresa que basaba su negocio no en la venta de cámaras sino del rollo, el posterior revelado y las copias.
Cierto día, a Bracco lo llamaron para que tomara fotos en una fiesta de bautismo que tendría lugar en Ireneo Portela, localidad de Baradero que supo tener una población estable y más numerosa que la de hoy en día. Un antiguo habitante de esa población, don Francisco Massotta, se había establecido allí con una sastrería que llegó a confeccionar un traje por día, lo que nos da una idea de qué país tuvimos alguna vez, cuán importante era el aporte a la economía local de Ireneo Portela y también cuánto hemos perdido.
Amílcar Bracco llegó a Ireneo Portela con todo su equipo para hacer el trabajo encomendado. Entre sus cosas llevaba un adminículo sobre el que resulta necesario explayarse brevemente. Para realizar tomas nocturnas los fotógrafos de entonces acudían a un artefacto que les proporcionaba la luz necesaria para que su tarea resultara eficaz: el flash, una especie de mango sobre el que se montaba un soporte y que contenía una dosis específica de magnesio, material que, incitado por una chispa, producía un fogonazo enceguecedor y al mismo tiempo una densa humareda.
Llegado el momento de la toma trascendente, Bracco acudió al auxilio de un largo banco de madera, muy común en el campo, que le permitió ubicar a la familia de forma tal que entraran en la foto. Una vez en cuadro, le pidió a la familia que miraran a la cámara y se quedaran quietos. De inmediato una tremenda luz salió del aparato. Con el humo ya disipado, Bracco notó que en el banco sólo había quedado el abuelo con el nieto recién bautizado en brazos. El resto había salido despavorido por el susto.

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