Cuentos, historias y leyendas de Baradero: Mirko y los sombreros

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Sin lugar a dudas, fuera de nuestro ámbito natural la relación más estrecha que, desde temprana edad, tenemos los baraderenses es con los pobladores de San Pedro, vecina localidad norteña con la que compartimos afinidades aunque también diferencias. Por ejemplo, la inmigración mallorquí a San Pedro se estableció en parcelas pequeñas, como en su tierra natal, mientras que en Baradero los establecimientos fueron de cultivos extensivos. También, vaya a saberse por qué, existen otras diferencias en el modo de vida de cada comunidad y una descripción muy acertada es la que se relata a continuación.
En las primeras décadas del siglo pasado, se estableció una puja entre ambas ciudades para ver en cuál de ellas se establecía la primera escuela secundaria. Finalmente, prevaleció San Pedro, lo cual abrió heridas entre los pobladores de ambas localidades en un enfrentamiento que el tiempo ha ido borrando, predominando hoy la sensatez. En esa escuela, “la Normal”, estudiaron muchos hijos de Baradero que diariamente viajaban por medio del tren, esa maravillosa vía de comunicación que lamentablemente hoy hemos perdido y que deberemos recuperar. Entre muchos otros, culminó sus estudios de maestro normal Mirko Veckiardo, intendente de Baradero entre los años 1973 y 1976; él mismo solía contar que cada vez que llegaba el fin de semana eran unos cuantos los de Baradero que iban a San Pedro; es que la asistencia a la escuela generaba amistades que estaban allí, y se viajaba en gran parte para encontrarse con los amigos e ir todos juntos al baile. El encuentro se producía en la tradicional esquina del Bar Butti, donde los compañeros, antes de concurrir al baile, se sentaban a tomar un café que invariablemente pagaban los de Baradero, ya que los sampedrinos alegaban escasez de fondos. Se adivina entonces que, si no había dinero para el café, tampoco lo habría para pagar la entrada al baile, razón por la que los de Baradero también tenían que afrontar el costo de la entrada. Pero había una especial particularidad: cuando se armaba el baile, los sombreros, infaltable atavío de esos años, eran dejados sobre la mesa, y los de los sampedrinos eran todos de “Gath & Chaves” (*).
Gabriel Moretti
(*) La tienda Gath & Chaves, ubicada en la calle Florida de Bs. As., era considerada por esos años una especie de «summun» de la elegancia y el buen vestir.

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