Cuesta Abajo. El radicalismo local: un caso especial

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El radicalismo desde hace unos años experimenta, como en el tango «Cuesta abajo», el dolor de ya no ser. Sin rumbo definido tras la muerte de Raúl Alfonsín sus seguidores siguen nucleados en torno al escudo y colores de la UCR por tradición familiar, por ideales perimidos y, esencialmente, por un sentimiento que los identifica desde hace más de 70 años: el antiperonismo. Solamente así se explican varias cosas, una de las más notorias es su justificado repudio a las políticas liberales del gobierno de Carlos Menem y el actual acompañamiento al gobierno de Mauricio Macri que aplica iguales y hasta peores medidas que las que implementara el riojano.

Nada mejor que la historia para entender cuestiones políticas. Tras la Unión Cívica de Leandro Alem, surgida a la vida política en el recordado 90, el gran caudillo popular Hipólito Yrigoyen, supo interpretar los deseos de la sociedad de sus tiempos y se constituyó en un admirable líder político, entre los mejores de nuestra historia y que, como tal, fue combatido con las armas más desdeñables precisamente por representar los intereses populares. No era de mucho hablar don Hipólito, pero cuando lo hacía, en un lenguaje a veces un poco críptico, lo hacía respaldando sus deseos: «La democracia debe servir para que todos vivamos un poco mejor y si no sirve para eso, entonces no sirve para nada».

Bregó años para que el congreso, en el que no tenía mayoría, aprobara su ley del petróleo y, en oportunidad que alguien le reprochara que hablaba mucho del subsuelo pero poco del suelo, contestó: «Es que del suelo al subsuelo hay un tanto así» haciendo un gesto con sus dedos índice y pulgar que dejaba un pequeño espacio entre ellos.

Este hombre íntegro, patriota, honesto administrador de los bienes públicos, fue vituperado, insultado y debió soportar todo tipo de agravios y mentiras, algunas de las cuales llegaron hasta nuestros días como la que asegura que le hacían un diario para él, hecho que nunca fue real.

El diario conservador «La Fronda», consiguió una copia del acta de matrimonio de los padres del presidente. El documento revelaba que ambos eran analfabetos, característica común por esos años entre la gente del pueblo, la publicación, en su portada escribió lo que sigue: «Analfabeto de padre y madre, ¿qué otra cosa podría ser?»

En los años posteriores al derrocamiento, ocaso y muerte del caudillo, nunca volvió el radicalismo a retomar la línea de don Hipólito y llegado el fenómeno del peronismo, en las elecciones que llevaron al coronel Perón a la primera magistratura, estuvo acompañado en la fórmula por Juan Hortensio Quijano, radical perteneciente a la llamada Junta Renovadora del radicalismo, pero la UCR oficial integró la Unión Democrática que comandaba el embajador de los EE. UU. Spruille Braden y, así como una golondrina no hace verano, puede decirse que el gobierno de Yrigoyen marcó una excepción en la línea política que la UCR ha mantenido a lo largo de su historia.

Sin dejar de reconocer la importancia de los años que falta detallar, hacemos un salto hasta nuestros días. El PRO de Macri era fuerte en la Ciudad de Buenos Aires, tradicional bastión de las fuerzas más conservadoras de nuestro país, de entre sus habitantes salieron los Saturnino Rodríguez Peña, quien ayudó a huir al General Beresford, que estaba prisionero de las autoridades tras las invasiones inglesas, sus habitantes, en el año 1951, le dieron el triunfo a Perón, pero cuando se hizo el escrutinio, quedó en claro que el general había perdido la votación en el padrón masculino y el sufragio de las mujeres, que votaban por vez primera en nuestra historia, fue el que posibilitó el triunfo de un gobierno que, estando en su mejor momento, careció de respaldo esperado en la Capital.

Macri necesitaba una estructura partidaria que le posibilitara hacer pie en todos los distritos del país y, tras la controvertida convención de Gualeguaychú, la UCR le dio el apoyo buscado y necesario para llegar al lugar que hoy ocupa.

Pobre ha sido la cosecha del radicalismo, son escasos los radicales que integran el gobierno de Cambiemos en puestos de relevancia y el diputado Ricardo Alfonsín, todo un símbolo partidario, dejará su banca en diciembre para irse a su casa ya que no tuvo lugar en las listas de los últimos comicios; tal vez le pasaron la factura por sus posiciones críticas, tanto al gobierno como a su partido.

En Baradero se da una situación política un tanto atípica ya que en nuestro distrito son del radicalismo los principales funcionarios y hasta la intendente proviene de allí, si bien hace poco decidió afiliarse al PRO dando un salto que puede entenderse desde lo político pero poco desde lo ideológico: de la UCR al hoy moribundo GEN de Stolbizer pareció un paso adelante, pero se tornó en retroceso tras su afiliación a las filas del partido hoy representativo de la oligarquía.

Veamos, el secretario de Gobierno Martín Genoud, su mano derecha, Walter Ocampo, el administrador del hospital, Marcelo Daubián y el director del establecimiento, Mariano Davio; el asesor legal y próximamente concejal Gabriel Descalzo, entre otros, pertenecen todos a la UCR mientras que la cara más visible del PRO la constituye Claudio Maroli, aunque no es el único, pero todos los demás integran lo que podría llamarse, sin ánino peyorativo, una segunda línea.

Los meses van pasando y las acciones políticas del PRO tienden a barrer con la alianza Cambiemos que, pareciera, fue utilizada como una herramienta para llegar al poder, pero que una vez conseguido el objetivo, los que no se acomoden al nuevo orden quedarán de lado. Precisamente Fernanda Antonijevic parece haberlo advertido así y emprendió el camino que quizás sigan algunos otros dirigentes del radicalismo, con lo cual el centenario partido se encontrará en una encrucijada cuya resolución es motivo de gran curiosidad política.

Gabriel Moretti

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