De las raíces que dieron los frutos de hoy

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Naviha «Navarro» y «Jorge» Bitar, cuando llegaron de El Líbano natal a nuestra tierra, comenzaron perdiendo: el nombre de pila originario del señor Bitar, olvidado entre las nubes del tiempo, trocóse en Jorge porque quizás sonaba parecido al propio nativo. Su esposa Naviha, logró preservar el suyo tan típico pero su apellido, Navak originalmente, se castellanizó forzadamente en el Navarro que le fue adjudicado.
Como tantos otros compatriotas, los Bitar eligieron radicarse en nuestra querida Santiago del Estero que por geografía y clima, les recordaba su suelo natal y en Villa Unión, un pequeño poblado vecino a la Ruta Pcial. Nº 34, se establecieron con un almacén de ramos generales ya que, fieles a la tradición que su pueblo practica desde tiempos inmemoriales, se dedicaron al comercio.
Tuvieron varios hijos, entre ellos Julio Argentino que así bautizaron por haber nacido un 9 de Julio, hecho que pone de relieve el amor por la tierra adoptiva de ambos inmigrantes árabes, que no eran musulmanes como la mayoría de ellos, sino de religión católica, una particularidad que se dio en El Líbano.
Jorge Bitar era analfabeto, hecho común por esos años cuando la educación era un privilegio de pocos, especialmente de los que pertenecían a las clases más acomodadas entre los que no se contaban quienes debían emigrar en busca de un porvenir que se les negaba en tierra propia. Venciendo todo tipo de dificultades los Bitar lograron la prosperidad suficiente como para enviar a sus hijos primero a la escuela secundaria en la capital santiagueña, ya que en la zona en que vivían solamente había primaria. Culminados los estudios secundarios viajó para continuar estudios universitarios a Rosario, Nadra, el mayor de los hermanos, a quien luego siguió Julio Argentino, más conocido por su seudónimo: «Chango». Los comienzos fueron duros, Chango vivió, al principio de sus estudios, en un vagón de ferrocarril en desuso junto a otros compañeros estudiantes ya que no podía pagar el costo del alquiler de un departamento formal. Pasados los años, ambos hermanos fueron doctores: Nadra en ciencias económicas y Julio Argentino en medicina; el primero se radicó de manera definitiva en Rosario y «Chango» recaló en nuestra ciudad en una historia conocida por muchos vecinos de Baradero.
A manera de breve síntesis, enlazamos este pasado duro con un presente feliz ya que, hace pocos días, otro Jorge Bitar, hijo de Chango y Josefina «Fifí» Allende, fue nombrado en la dirección del Hospital de Emergencias «Clemente Álvarez» de la Municipalidad de Rosario.
Los dos abuelos del hoy director del hospital rosarino debieron luchar contra la adversidad. Bitar contra un medio distinto al suyo, debió empezar de cero y José Ignacio Allende, el doctor «Pepe» para todos, quedó huerfano de padre y madre a muy temprana edad, fue educado por sacerdotes en un colegio religioso y merced a su tenacidad y esfuerzo logró superar todas las adversidades que se le fueron presentando para culminar, a los 20 años de edad su carrera de médico. Habiendo sido un destacado cirujano que pudo haber desarrollado una carrera brillante en una gran urbe, decidió, cosas de la vida, radicarse en Baradero porque «le gustó» el lugar.
Esta breve historia, que seguramente tiene alguna falta de precisión, no estriba en la exactitud del relato sino que intenta poner en evidencia la gran movilidad social que existió en nuestro querido país y que hay que luchar para que no se pierda.
Dos inmigrantes libaneses llegados a nuestro país a intentar forjarse un porvenir, tuvieron hijos que pudieron ser profesionales y ahora, un nieto de aquéllos libaneses resultó designado en un puesto de enorme importancia ya que el «Clemente Álvarez» no es un hospital más, sino que se ubica entre los más destacados de nuestro país.
No están ni los abuelos ni los padres de Jorge Bitar para verlo, pero sí los demás que lo conocemos y valoramos y que también comprobamos como se dijo, que todavía tenemos la obligación ciudadana de preservar una Argentina en la que historias como esta, puedan y necesariamente deban repetirse.

El diario de Baradero

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