De todos los muertos – por Hugo Pezzini

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Como no tengo nada mejor que hacer, estoy sentado en el banco de la esquina de la plaza, justo enfrente a la tienda La Flor del Día, mirando directo, digamos, para San Martín, pero casi en la esquina de Santa María de Oro. Si giro la cabeza para la derecha tengo al lado de la tienda del ‘Turco’ Mizrahi, la oficina de Agua y Energía. Adentro y cuando está abierto, hay solamente un par de tipos y dos minas atrás del mostrador de madera oscura que separa a los giles de los empleados, y más atrás todavía, el escritorio privado, donde impera el gerente, que es el viejo Húber.

Esta rebuena, la hija del gerente, la Monica Húber. Mamá dice que la vieja de la Mónica Húber, que es cordobesa y habla con cantito, le tiñe el pelo con té de manzanilla bien fuerte para que la nena sea rubia. A la hija de la cordobesa y del gerente, le queda rebién la melenita rubia, Además, aunque es una pendeja nomás, ya se pinta los labios de rojo furioso y usa corpiño con unas tazas bien armadas y puntudas. Cada vez que la vemos, los pibes nos volvemos totalmente locos. Las polleras ajustadas y medio cortonas que usa siempre tienen un tajo atrás que —cuando pasa caminando por la plaza rumbo a Agua y Energía (seguro que a pedirle guita al gerente Húber)— le dejan medio al descubierto la parte posterior del comienzo de los muslos.  ¡Bueh…!

Pero, como te iba contando: estoy al repedo porque hoy es el feriado del Día de los Muertos. Pasan autos con doñas que tienen ramos de flores en las manos o en el parapeto de la luneta trasera. Rumbean pal Camposanto, seguro. Ya es casi mediodía; voy a quedarme acá todavía otra media hora, y después encararé para Anchorena. Me iré a morfar a El buen raviol.

Estoy en la plaza, solo y al pedo casi al mediodía porque mis viejos se fueron temprano al cementerio de San Pedro para visitar la tumba de mármol negro de los Veiga. Ya ayer mi vieja compró lirios en la Florería Amancay de la otra cuadra. En vez de oír la misa del cuervo Géner, hoy mamá la oye en su pueblo natal, en la voz canora del Padre Celeste (que es más bien coloradón, él. Nada celeste, a no ser los ojos).

En la bóveda de los Veiga, descansan para siempre dentro de sus sendos féretros los restos mortales de mi bisabuelo, don Rosendo Rouco, el viejo de mi abuela, a quien le faltaba un dedo que perdió mientras hacía no sé qué carajo en su chacra de Santa Lucía, y los de su mujer —mi bisabuela, a quien no conocí. Ella reposa en el estante de abajo del de mi bisabuelo, dentro de la misma bóveda, por supuesto.

También está guardada ahí mi tía Elvira Veiga, la mamá de mis primos Tato, Goli y Antoñito Veiga. La tía Elvira—una señora bajita de anteojos de marco color beige translúcido, pelo negro azabache cortito siempre bien peinado, era toda una autoridad, dentro de las esferas privadas y públicas: Los tenía cagando aceite a los hijos si se salían de la línea, y también a los alumnos del Colegio Normal de San Pedro, del cual era regente. Tía Elvira se murió de un cáncer fulminante, si mal no recuerdo, cuando Goli, Tato y Antoñito todavía eran bastante chicos.

De lo que sí me acuerdo muy bien es de que unas semanas después del sepelio salimos a pasear por San Pedro todos los primos, apilados como sorete en pala dentro del Valiant gris con tapizado rojo de mi papá —quien durante nuestros infaltables domingos en San Pedro me lo deja como si fuera mío; él pasa el día ocupado charlando con mis tíos en la casa de mis abuelos, en Pellegrini 450. Ese día del paseo con los primos, cuando yo hacía el rebaje metiendo una segunda a toda velocidad para cortar  la curva, meta punta y taco, para encarar la bajada de las barrancas que da al balneario —que es justo la parte más pistera de este circuito urbano que hay en San Pedro (por eso con los chicos lo llamamos “el Montecarlo argentino” )—, Julio Sosa empieza a cantar por la radio del auto ese tango que dice, No estás / te busco y ya no estás/ que largas, son las horas/ ahora, que no estás. Ahí nomás, mi prima Goli —todavía hecha mierda por la pérdida de su mamá, pobrecita— se larga a llorar a puro moco y sollozo y mi primo Tato me pide que apague la radio o cambie de estación, pero la tarde ya quedó medio como que arruinada, a partir de ahí. ¿Me entendés?

Entonces —volviendo a la plaza Mitre y a hoy, mi día al pedo y solo porque conmemoramos a nuestros fallecidos queridos— meto la mano en el bolsillo de mi camisa Grafa (se ha puesto de moda usar una camisa de trabajo caqui con los pantalones vaqueros Lee), y saco el atado de Particulares fuertes de quince sin filtro. Agarro un pucho con las puntas del pulgar y el índice y me pongo a macizarlo, golpeándolo cancheramente sobre el costado del taco de mi mocasín Esse derecho. Ya te diste cuenta de que tengo las piernas cruzadas bien a lo macho, con la derecha reposando en la horizontal sobre el muslo de la izquierda, casi formando un número cuatro: “4” ¿ves?, eso es una norma. Así es como uno debe sentarse en un banco de la plaza. En el café no hace falta, porque las gambas están debajo de la mesa. Dicho sea de paso: Para macizar un Particulares sin filtro, el costado lustrado del taco de los mocasines Esse color miel que me compra mi vieja en la Calle Florida entre Corrientes y Sarmiento cuando vamos a Buenos Aires (decir “Capital”, ¡puajjj!,  es de carpincho, ¡ojo!) es ideal, tan perfecto como la tapa de cualquier mesa de madera sin mantel y con cenicero Martini o Cinzano de loza o de aluminio del café La Suiza, ¿no te parece?

Para macizarlo, al pucho sin filtro Particulares lo golpeás contra el taco del mocasín hasta que el tabaco se va apilando dentro del cilindro de papel del cigarro y baja casi medio centímetro, o más, dependiendo de si el atado de puchos está recién abierto o si ya te quedan pocos. Cuantos menos cigarros te quedan en el atado, más blandos se han puesto, porque el tabaco se ha ido espaciando dentro del cigarrillo, entonces hay que macizarlos más tiempo y el tabaco baja más.  A veces baja tanto —más de un centímetro— que si se te antoja podes enrollar el papel de la punta vacía, “sellando” de esta forma completamente el pucho.

Si no sos de esa época ni del pueblo, ni de Argentina, dirás, “¿y para qué mierda hacés eso? ¿Para qué carajo sirve enrollar la puntita de papel de un pucho apilado?”  La respuesta es, “Para nada”, o entonces, “Porque sí”. Es una de las tantas cosas que uno hace porque quiere hacerlas. Y uno las hace porque existe un tiempo natural, un tiempo que uno ni siquiera sabe que es un privilegio tenerlo, o ni necesita descubrir que lo tiene. Es ese tiempo suficiente para disfrutar de cosas de la vida que son casi invisibles, y parecen inservibles, pero que se convierten en algo imprescindible; es tan importante hacerlas que ni parecieran ser opcionales. Creo que a ese disfrute de lo microscópico lo llaman hedonismo.

Un pucho se puede fumar de cualquier manera, en cualquier estado; ya he visto crotos juntar puchos de la vereda, encender ese centímetro de papel y tabaco sucio y pisoteado y sentarse apoyados contra una pared para disfrutar las dos o tres únicas pitadas que el puchito permite. El sacar un Particulares fuerte de quince sin filtro del atado y pasar un par de minutos macizándolo antes de encenderlo es el polo opuesto, las antípodas, de las dos o tres pitaditas desesperadas del pucho del pobre croto. Pero para él, esos serán sus dos segundos de intenso placer, ¿no?; más o menos como los quince minutos de fama que postulara Andy Warhol.

Estos gestos, estas “opciones”, son cosas que uno hace sin pensar —por eso no se puede llamarlas ‘opciones’—, pero que uno realiza de un modo tan elaborado que es casi ritualístico. Digamos que esos gestos son los que te hacen saber quién sos, ¿entendés? Ergo,

Con cada golpecito del pucho contra el taco de mi mocasín Esse, más se va afirmando mi identidad, flaco. No. ¡Qué vas a entender vos de cómo es la cosa cuando entrás en la adolescencia en esta época, en Argentina, y en nuestro pueblo! Vos, ni idea, ¿No es verdad, beninún?  

La receta consiste de lo siguiente: primero que nada, tenés que haber nacido y vivido en este lugar y en esta época para poder sentir un feriado como el de hoy. Entenderlo. Tenés que saber cómo es el pueblo cuando su ritmo cotidiano se detiene, igual que en un domingo, pero de forma extra y distinta. Un feriado acá tiene un espíritu diferente. ¿Cómo hago para explicarte que en la vida del pueblo en estos días tan especiales hay toda una mecánica de disfrute de las pequeñas cosas?

Mirá a tu alrededor y verás que hay muy poca gente por la calle; a medida que se acerca el mediodía el pueblo se va vaciando, y los negocios están todos cerrados, claro. Excepto los ‘servicios’: el morfi, el chupi, la nafta, la cana, el hospital, y las funerarias, por supuesto. Justo hoy. Bueno, esas cosas.

¡Ah!, un detalle importante: la gente anda vestida de feriado. Te imaginarás que no fue un ángel descendido de los cielos quien me puso en el cuello y anudó a lo gaucho, el pañuelito estampado color bordó que llevo ahora, ¿no? Ni tampoco es por milagro que tengo el pelo peinado con una lambida de vaca furiosa, fijada a pura gomina azul y gelatinosa marca Lord Cheseline, comprada en la peluquería del Rafa Crescenzi, ¿eh?

Es una pena que la gente se muera, pero es gracias a ese fenómeno ineluctable que la calle Rodríguez hoy empiece desde el fin de la misa a embotellarse ya casi desde la Calle Ancha en Adelante. Los coches avanzan como caracoles, centímetro a centímetros. A veces porque el tráfico no se mueve, el tuyo queda detenido entre otros coches, paragolpe contra paragolpe, algunos minutos, no lejos de la muro/baranda de hormigón del zanjón.

Al final de la Rodríguez, después de las dos últimas curvas, la playa de estacionamiento del cementerio está abarrotada de coches y los puntos van despacito por las calles de tierra circundantes, buscando un lugar para dejar los autos.

El olor a flores ya empieza a sentirse desde que uno se baja del auto, haya estacionado donde haya estacionado, y después se hace más intenso aún, ya que para ingresar al mesenterio hay que pasar por los varios quioscos de flores que han armado de forma excepcional y provisoria a ambos costados de la doble verja abierta de la entrada a la Quinta del Ñato. Adentro, llanto, silencio o conversación.

Todos los cementerios del ispa están llenos de gente que todavía está, porque han venido a visitar a gente que ya fue porque ya se fue, esos cuyo recuerdo se llora en este feriado. Uno los rememora entristecido al principio y con ternura más tarde.

Entre los machos que aprovechan el feriado para papar moscas en los cafés, es tradición comentar y pensar de forma cariñosa y humorosa en sus iguales que se han ido. En consecuencia, en este feriado particular uno acaba contando de modo obsesivo y repetitivo ciertas historias que van cambiando tanto cada vez que se las relata que al final devienen leyendas.

En este banco de la plaza, yo mismo recuerdo un par de cuentos de finados que se se oyen y seguirán oyendo en las mesas de los boliches del pueblo de aquí a la eternidad. Estas a las que me refiero en particular, como ejemplo y para dejar de andar dando vueltas, ¡qué tanto!, son los casos a continuación: Uno es el de un tipito que fue armando por partes un coche dentro de su galpón; lo hizo con laboriosidad, pieza por pieza, sin percibir que en ese galpón no había otras aberturas más que una puerta de dos hojas, y  una ventanita alta y con rejas, casi ya en el techo de chapas de zinc. La cosa es que cuando el vehículo estuvo al fin completo y listo para marchar, al hoy fallecido y recordado no le quedó otra alternativa que tirar la pared abajo para poder sacar el bólido a la strada.

O entonces, la otra que se cuenta es la versión inversa de la anterior, protagonizada por otro amortajado de mentas. Esta es la tan conocida artimaña de este otro personaje local ya fenecido, quien —trabajando directamente en la calle, en el punto exacto donde el cliente había estacionado y dejado el coche para que se lo arreglaran— fue desarmando ese auto día a día y pieza por pieza. Con extrema meticulosidad y paciencia este artero personaje desarmó el automóvil del cliente —con toda determinación y eficiencia fue desmontando y colocando sobre la vereda y el asfalto de la calle cada uno de los repuestos y partes desmontables que componían el auto del cliente—, como te digo, ahí nomás donde el propietario del coche se lo había dejado para reparar al dueño del taller.

Lo que se cuenta en el pueblo es que cuando el mecánico terminó de desarmar el automotor por completo, fue y le dijo al jefe, “Escuche, patrón; me tiene que pagar todo lo atrasado que me debe”. El dueño del taller —este tipo que tenía el taller del que te hablo, ese donde laburaba el protagonista fallecido de esta historia— le contestó al mecánico que todo junto no se lo podría ni iba a pagar jamás, ya que la guita acumulada era una suma imposible. Como respuesta, el mecánico lo mandó al jefe a la concha de su puta madre y ahí nomás abandonó el empleo. Largó las pinzas, los destornilladores, y allá se fue, caminando de mameluco por la Avenida San Martín hacia el horizonte y la libertad. No preciso explicarte que por supuesto sobre la vereda y el asfalto frente al taller quedaron esparcidos en buen orden los miles de repuestos y partes desmontables del coche. Fierros y fierros y fierros y chapas y chapas y chapas, como un rompecabezas metálico Meccano fuera de la caja. Todo bien ordenadito y a la intemperie, descansaban ahora los restos mortales de lo que una vez fue tan sólo un automóvil descompuesto, enfermo.

Estos son los héroes que se celebran sin llanto en las mesas de los cafés locales durante feriados como este. Estas son las historias de finados que se cuentan en La Suiza. De repente las oís sentado a una mesa con siete u ocho tipos que están tan al pedo como vos —fumando negros sin filtro, atesorando un vaso de tinto o una ginebra, por ahí un vermut o al menos tomándose un café sabroso y bien tirado en la Pavoni de Miguel Fernández.

Puede que los tipos que cuentan u oyen las leyendas de muertos locales, sean ellos mismos también mecánicos. Sus risotadas prueban que mientras escuchan esos relatos están viviendo la catarsis purificadora de la que hablaba Aristóteles ya en el siglo tres antes de Cristo, che. O entonces están haciendo real la transferencia teórica que Freud elaborara durante la primera década del siglo veinte. Los machos del café ríen porque se proyectan o en el chanta armador, o entonces en el astuto desarmador, vaya uno a saber. Pero el aspecto fundamental de todo esto es que estos mecánicos ociosos en el café durante el feriado, escuchan con reverencia estas historias porque tienen tan impregnado en sus corazones ese universo que las leyendas evocan como tienen ennegrecidas para siempre las gruesas uñas por tanta grasa automotriz.

Estas historias son a un mismo tiempo una elegía mítica post mortem a esos fallecidos y un homenaje personal pre-mortem a los narradores y a la audiencia que rodea la mesa del café. El mito les habla y homenajea también a estos narradores y a estos oyentes. La propia piel de esos hombres que fuman, beben y dicen u oyen estas aventuras en el Día de los muertos constituye una extensión de las epidermis y las emociones del armador y del desarmador de fierros que han quedado plasmadas para siempre en la narrativa creada a partir de la memoria colectiva local.

Los dos héroes míticos que esa micro-multitud evoca en La Suiza, habitan en la memoria universal. Por esa inter-mediación mítico-heroica, los tipos en el café inscriben su historia personal en ese archivo eterno e inmortal de la aventura humana. Por extensión y de esa forma, las historias locales le confieren al pueblo un carácter espacio-temporal universal y eterno. Los feriados conmemorativos son una forma de mantener esa mecánica en funcionamiento continuo.

Deus ex machina.

Desperezándome mientras decido si ya debo rumbear hacia El buen raviol, doy una mirada rápida y postrera hacia la esquina, justito hacia la intersección de Oro y San Martín. Sobre la vereda del Hotel de las Naciones, Paul Newman Panzera y Genovese están sacando a la calle las mesas de afuera, para la tarde que llegará puntual y precisa. Las extraen por el zaguán del hotel y alinean en la vereda.

En la esquina diagonal a la del hotel, veo que La Flor del Día tiene baja la cortina metálica de la ochava, pero tanto la vidriera que da a San Martín como la que da a Oro están ambas abiertas y llenas de rollos de tela semi desenrollados, exhibiendo los colores y estampados, a los que el Turco espera que las doñas no puedan resistirse cuando reabra las puertas de la sedería.

En la vereda de enfrente Carlitos Degese fuma un pucho, igual que yo. Su guardapolvos blanco almidonado brilla bajo el sol de octubre. Su cuerpo se apoya sobre el elegante marco de madera de la doble puerta de entrada a la Farmacia Italiana, tan elegantes esas puertas como lo es el edificio neoclásico que la alberga. Pareciera que durante los feriados la belleza formal de esas construcciones nobles del pueblo alcanzase un grado de excelencia quasi sublime.

Tenés que entenderme, larguirucho, ¡por el amor de Dios! No es que cambie nada en lo real; todo se debe a la tregua que el feriado ofrece. Es durante esa tregua que la cotidianeidad inexorable que rige el paso del tiempo entra en un estado de suspensión transitoria. Es un momento de reflexión evocativa, cuando tu espíritu se expande y gana acceso a una forma de comprensión integral del diminuto mundo que habitás. Así te es dado entender la inefable exactitud del momento y el espacio que las fuerzas del universo te han ofrecido —estas últimas siempre conectadas de forma integral e intrínseca al pueblo. Es por eso que el imprint de tu origen es tan intenso e inextinguible. El ombligo del universo no es en ningún otro lugar. Es en tu pueblo.

Esa entidad que decidió colocarte en este entonces y en este lugar es la única deidad que existe, date cuenta. Y ese fue su gesto de gracia hacia vos. Estar aquí ahora es tu Estado de gracia.  

Eso es lo que ves y sentís cuando pensás en “los últimos significados”, sentado al pedo en un banco de la plaza porque es feriado: el nacimiento (aquí, ahora), no es otra cosa que el comienzo del camino hacia la Rodríguez derecho. Tan sólo esa razón ya es suficiente para transformar la celebración del Día de “agarrar por la Rodríguez derecho”, en un gesto de agradecimiento. Sublime, absoluto.

Feliz Día de los muertos, flaco (pero, ¿qué carajo estoy diciendo?, ¿»feliz» ‘Día de los muertos'»?. . .   Bueh, sí, feliz día, pibe).

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New York City – Día de los muertos, 2018

Ilustración: Foto de Mónica Carretti

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