Del «lado de allá» – por Hugo Pezzini

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El relato que continúa bajo estas palabras tiene un año de antiguedad. Es lo último que escribí desde París en ese entonces y esta semana regresé a New York una vez más de esa ciudad. El sábado pasado antes de partir escribí también mi último texto desde ese lugar de Europa. Al releer esa narración de agosto de dos mil dieciocho, descubro que vuelve al tema, extiende, complementa y completa la del domingo pasado, o viceversa. Entonces, por si se te hubiera escapado o te interesara recordarla, acá la tenés una vez más:

Me imagino que en esta columna de BTI tengo ‘lectores regulares’. Sé de uno al menos, porque de modo infaltable e indefectible me hace un comentario al respecto vía email y también, muy a menudo, sugerencias. Este es mi amigo de la infancia Eddy Witte, quien lo continúa siendo hasta hoy.

Eddy me escribe con frecuencia diferentes versiones de lo siguiente: “Ya hablaste un montón de Baradero y de vos en Baradero en diferentes momentos de tu vida. ¿Por qué ahora no hablás de tu vida ahí” — en este momento, es en París, claro: aquí me hallo. “De tu vida ahí o en New York?”, continúa. “¿Por qué no les contás a tus lectores tu día a día en París, en New York, o donde quiera que sea que te encuentres? Hacé esto que te sugiero en tu artículo del domingo que viene, ¿eh?”

Eso quiere decir que Eddy me pide que relate mi vida ‘afuera’. “Hablá de eso, para variar”, me escribe.  Eddy is a true challenge —un verdadero desafío: me llama al orden cada vez que mi comportamiento no está a la altura de sus expectativas, me instiga con sugerencias o me interpela con preguntas que siempre demandan una respuesta.

 Sus palabras me mantuvieron reflexionando esta semana mientras andaba por estas tan familiares calles medievales del barrio Le Marais; tan familiares para mí como si fuesen las de mi querido e inolvidable pueblo natal.

Hablar de allá afuera, me aconseja Eddy.

De qué hablo? Qué cuento? ¿Qué historia mía de allá afuera es significativa para mi lector, al menos lo suficiente para justificar su narración, mi narración?,  pienso mientras pedaleo por uno de los senderos casi cubiertos de hojarasca —aún en verano— del Bois de Boulogne, los bosques de las afueras de París (y de esta forma ya estoy hablando de aquí, lo veo). 

Esta tarde en particular caigo en la cuenta de que es posible extender o derivar ese principio tan conocido de los talleres de escritura creativa de los círculos literarios de New York: «Write about what you know” —lo que es posible traducir como “Escribí de eso que conocés, sobre lo que sabés”. Mientras ando en bicicleta por los bosques, la extensión o derivación que pienso a partir de esa idea es: “Escribí de lo que te (con)mueve a vos, de lo  que es significativo para vos”. O sea, si me (con)mueve y consigo proyectar de modo efectivo esa emoción por algo que es tan mío que me emociona, pero ajeno al lector ideal (que para mí es siempre un baraderense), tal vez por fortuna mi emoción alcance al lector y sea la del lector; aun cuando mi narrador no esté dentro del café La Suiza, ni en la Plaza Mitre, ni en La Estación —estos lugares que constituyen para mí espacios de Baradero tan míticos y conmovedores que los llevo conmigo adonde vaya, como si fueran tatuajes sobre mi piel, o tallas a pura daga en mi corazón.

Tanta así es mi necesidad de asegurarme que consideraré esta idea la próxima vez que me siente a escribir, asegurarme de que no la olvidaré, que ni bien se me ocurre detengo allí mismo mi bicicleta, me siento en el pasto y tomo un par de notas en la primera página (en blanco) del libro sobre Robespierre que estoy leyendo.

Permanezco con el libro abierto, mirando las motos que pasan por una de las rutas centrales en dirección a la porte de Clignancourt  por la cual uno entra a París. Espero el “click” que encienda el tema. Hurgo en mi mente a la búsqueda de un momento en el que haya tenido —fuera de Baradero y fuera de mi historia argentina personal— un insight emocional conmovedor o un hallazgo psicológico, una iluminación, una epifanía, como la llama James Joyce, relacionada con ese ‘yo afuera’. Entonces —como siempre me sucede— invaden mi mente palabras de mamá, en particular dos oraciones contundentes en dos momentos diferentes de mi vida.

Aprovecharé el sistema que ese otro escritor argentino de afuera (porque vivió la mayor parte de su vida aquí, en París), Julio Cortázar, utiliza para separar la primera parte (parisina) de la segunda parte (porteña) de su novela Rayuela. Allá voy:

A la primera declaración de mamá la oí de su boca de modo repetido durante los años de mi infancia y el comienzo de mi adolescencia argentinas —o sea, con respecto a esos momentos de su voz— “del lado de acá”. La contemplo desde mi punto de vista de aquella época de mi vida. A la segunda oración de mamá la leí de su mano y pluma, ya adulto y en el extranjero, en el “del lado de allá”, con respecto a Baradero.

Las palabras dichas de mamá le dieron carácter o cualidad a —y es probable que hayan motivado— esa decisión de estar afuera, magnificaron el afuera.  Las palabras escritas de mamá me dieron conciencia del significado e hicieron clara la realidad de ese, mi estar afuera. Entonces, ¿por qué en vez de hablar de mi vida ‘afuera’, no interrogarme al respecto, y de acuerdo a lo que comprenda articular en cambio esos dos momentos de iluminación que me llevaron, primero, a valorar el estar afuera y, segundo, levantar una hipótesis sobre los motivos, razones y/o sentimientos motivadores que le confirieron significado y sentido a ese estar afuera? A partir de ahí, entonces se hará el relato, te contaré lo que sea que me parezca que podría interesarte.

 Las palabras de mamá siempre eran transparentes en su simplicidad o elaboradas, elegantes y estilísticas de modo deliberado. Mamá era una filósofa y oradora en frases cortas y terminantes, tan naturales como excepcionales —una especialista en «one liners» (declaraciones de menos de un renglón de largo; una sola oración; a veces, tan sólo una frase, una cláusula). El Alzheimer y La Parca callaron su voz hace años, pero no puedo dejar de oírla por un segundo, y sus argumentos y razones se infiltran en mi pensamiento y en mi escritura. Siempre. Para siempre.

Sé que ya he escrito para BTI sobre lo que Eddy me sugiere, más de una vez. En varias oportunidades —lo he hecho en artículos y también en secciones de mi libro Belleza Terrible— he hablado de mi vida en New York y sobre New York. O, para ser preciso: he escrito, porque, para una audiencia de Baradero de modo específico, sólo he hablado una única vez, en el Centro Cultural Arturo Illia, en junio de dos mil dieciséis. No obstante, espero hacerlo una vez más, no muy lejos en el futuro. Estoy trabajando en un libro sobre mi pueblo (que ahora ya está prácticamente listo, digo en el último día de agosto de 2019)

En esta columna dominguera escribí algunas historias sobre mis treinta años en esa isla de Manhattan —por ejemplo, “Asesinato”, que trata de cuando por accidente maté a mi gato, Krishna. Recuerdo que también aquí en BTI apareció mi novella Mujer Beatles —que se desarrolla en la época (fin de los ochenta, comienzos de los noventa) cuando yo era modelo en el department store Bloomingdale’s. Ésta sucede de modo integral en Manhattan, New York.

Además, ya escribí sobre mi vida aquí en París, y sobre la ciudad de París. Hace un año apareció en BTI un aguafuerte con imágenes fotográficas que tomé yo mismo; y otro texto el año anterior, que escribí después del atentado terrorista del catorce de julio de dos mil dieciséis en la Explanada de los ingleses, en Niza. Hace un par de semanas te conté desde aquí sobre la visita de mi amigo Jeff, quien había llegado sorpresivamente desde la isla de Córcega para un velorio (y he escrito un poquito desde París también este año de 2019, también agrego ahora). He escrito sobre mi vida pasada en Río de Janeiro, sobre mis años en Buenos Aires. He escrito sobre y desde Ámsterdam.

Pero, de todos modos, ¿por qué justo hoy decido pensar seriamente en la sugerencia de Eddy Witte? ¿Por qué ha sido ésta el motor que impulsa mi texto de esta semana? ¿Por qué decidí esta vez oír y seguir su consejo, y no antes? ¿Por qué toda esta disquisición justo en este domingo en particular? ¿Por qué recordar hoy las palabras de mamá?

Este es mi último artículo desde París y desde Francia hasta que a aquí regrese el año próximo. No puede ser por otro motivo sino éste lo que hace que hoy me sienta tan tan tan ‘del lado de allá’, con respecto a Baradero —porque hoy comienzo la última semana de mi período parisino de este año. Es por eso que hoy voy a escribir sobre mi allá afuera.

Vivo esa sensación agridulce de todos los años cuando se acerca el momento de poner la llave en la cerradura de mi hogar francés, ya con la pesada mochila (allí llevo mis libros) en la espalda y una valija a mi lado, de bajar en el ascensor, de salir a mi Rue Saint Maur, de doblar la esquina y rumbear por las cinco cuadras de la Rue Jean-Pierre Timbaud hacia la entrada de la estación del métro Couronnes, para allí tomar el subte y descender en la estación La Chapelle y caminar por sus laberintos, esos que la conectan con la Gare du Nord, para en esa estación ferroviaria tomar entonces el tren RER hasta el aeropuerto Charles De Gaulle.

Unas tres horas más tarde, embarcaré en el avión rumbo a Detroit, donde haré escala para transbordar hacia una aeronave de menor tamaño que me depositará al fin en New York, mi otro hogar. He estado haciendo esto hace años, y antes hacía lo mismo dentro de las Américas, cuando en lugar de en París pasaba los veranos en Río de Janeiro —y al acercarse el final de esos veranos vivía emociones nostálgicas similares.

Tengo certeza de que mi sensibilidad, mi forma de vivir estos cierres, se debe a mi haber tenido por madre a una mujer fatalista, fatídica y por cierto, dramática; mi mami.

Del lado de acá:

Al final de nuestras vacaciones anuales, salíamos de Mar del Plata rumbo a Baradero siempre el veintiocho de febrero, después de también veintiocho días en esa ciudad. Me repito con exactitud: de la misma manera que partíamos de Baradero hacia la Perla del Atlántico a las cuatro horas de la mañana en punto del primero de febrero, salíamos de esta última ciudad, de regreso hacia mi pueblo natal a esa misma hora exacta. Hijo de joyero-relojero.

Teníamos un departamento en la esquina de la Avenida Colón y calle Sarmiento, frente al monstruoso (en el peor sentido arquitectónico) edificio Cosmos, a dos cuadras de la playa La Pilarica. Ese mes en Mar del Plata constituía mi momento paradisíaco de cada año. No estoy seguro si mi sentir vivió o vive los veranos en Río de Janeiro, Ámsterdam o París con la misma intensidad de aquellos de mi infancia y adolescencia. No obstante, sé con seguridad —ya que lo siento en mi piel, en mi corazón y en mi cerebro— que ese mes marplatense es lo que desarrolló los aspectos hedonistas de mi personalidad. Y el deseo de “otro lugar”.

Mi estadía en Mar del Plata todos los veranos era mágica: la gente era diferente; sus vestimentas, sus coches, su manera de hablar era diferente; los edificios, todo. Era mágico caminar por Mar del Plata; sus calles, sus arenas, arrojarme al mar desde la punta misma de las escolleras para nadar en sus aguas —allí aprendí a nadar en mar abierto hasta el momento cuando el silbato de los guardavidas me llamaba de regreso a la zona permitida. Con la misma pereza aparente de un lagarto, me dormía después bajo el sol sobre la dura piedra de estos piers (muelles) que interrumpían brutalmente la continuidad de la playa —pero sólo me daría cuenta de estas interrupciones, que tajeaban el mar en la playa, mucho más tarde, caminando las arenas interminables lamidas por el agua continua y sin interrupciones de Copacabana, Ipanema y Leblón, de São Conrado y la Barra da Tijuca, del Recreio de los Bandeirantes. De la Prainha. De Grumarí. Eso era años después en Río de Janeiro cuando era ya un inveterado corredor de rua y avezado nadador en mar abierto. Un hippie tropical seducido por la Tropicalia —ojos acuosos de fumar maconha Manga Rosa da Bahía. Pero eso sucedió en el futuro de mi pasado, mientras que Mar del Plata en cambio fue un lugar genealógico, porque construyó para mí lo que sería el período sobrenatural de cada año.

Amaba a Baradero. Baradero era mi lugar natural, todo lo que me sucedía en mi pueblo era natural. Yo era natural de Baradero, como se dice en portugués de uno con respecto a su origen. Ahora, durante esos meses de febrero en Mar del Plata, todo era diferente. Y sucedía, claro, no en Baradero, mi universo natural, sino en otro lugar, en otro lado.  No fue difícil ni absurdo para mí asumir que lo sobre-natural siempre sucedía y sucedería en algún otro lugar, en algún otro lado.

Era extra-ordinario: durante los viajes de mi infancia, mientras el Chevrolet ‘51 devoraba a barquinazos los kilómetros de una Ruta Panamericana todavía de tierra, yo imaginaba que Baradero seguía existiendo como siempre, sólo que sin mí, un Baradero sin Huguito Pezzini, pero completamente funcional y activo. Por el contrario, yo imaginaba con la misma seguridad que Mar del Plata a mi regreso de la misma, al final del verano, ‘cerraba’ hasta el año siguiente. Tal como cerraba y permanecería cerrada la joyería de papá, y nuestro hogar, mientras nosotros estuviéramos en Mar del Plata.

Esa nostalgia y esos sentimientos de abandono a la hora del regreso los siento ahora mismo mientras escribo —el recordarlos los reenciende— y esos sentimientos me retrotraen al comienzo de esta sección de mi texto:

Salíamos a las cuatro de la mañana del departamento de Colón y Sarmiento, tomábamos la avenida que bordea la rambla (es Boulevard Marítimo, ¿no es así?) en dirección a Camet y a la Avenida Constitución con sus boliches, ¡su ruido y su noche! ‘Áfrika’, ‘Ye-Ye Discotheque’, ‘Enterprise’. Esta última avenida nos encaminaba hacia la Ruta 8 y a Buenos Aires. Después, Baradero. A lo largo de Boulevard Marítimo las enredaderas de ‘uñas de gato’ que a mamá tanto le gustaban relucían bajo las primeras claridades del alba. No había una vez que mamá no nos llamase la atención: Ella las iba contemplando y de vez en cuando decía, “¡Cómo están de bien esas uñas de gato!”, como si se refiriese al estado de salud o la apariencia física de una persona.

Mientras tanto, yo elevaba mis ojos más allá, en dirección a la arena y el mar. Veía con tristeza las sombrillas cerradas y clavadas en la arena como zombies; las carpas en color naranja y azul celeste algo desteñidos, repetitivas y equidistantes, vacías y vacantes. Desde el asiento de atrás del Chevrolet ’51 (una valija de por medio formando un muro para que no nos peleáramos), mi hermana Pupi y yo, tristes y en silencio mirábamos la ciudad, igualmente silenciosa. Mar del Plata ya había cerrado.

Entonces oíamos la indefectible, inevitable y sentenciosa voz de mamá, que —refiriéndose a Mar del Plata— nos decía con gran énfasis a mi hermana Pupi y a mí, una vez más, como en cada partida de cada verano de cada año: “¡Mirenlá bien, chicos!”. Y completaba:

 “¡Mirenlá bien!, ¿eh? ¡Mirenlá bien! . . . porque . . .  ¡quién sabe si la volveremos a ver otra vez!”

Imagino que es éste, su fatalismo, es lo que ha contaminado para siempre cada y toda partida. Cada y toda salida, cada y todo cierre, cada y todo abandono. Cada y toda vez que dejo alguna de mis ciudades habituales, sea París, Ámsterdam, Río de Janeiro, New York, Buenos Aires, o aun Baradero —cuando lo visito cada tantos años—, me acongoja una nostalgia anticipada, me oprime el pecho una angustia esperada y conocida, que no es más que la continuación de aquella que las palabras de mamá me despertaban, convocaban y provocaban al dejar la Mar del Plata de la infancia y la adolescencia —‘nos’ despertaban, debí decir, ya que imagino que Pupi las sufriría del mismo modo y con la misma intensidad, pero no puedo hablar por ella. Me gustaría saber si ella vive así las partidas hasta hoy. Vos preguntáselo a ella, si querés. Cuando nos veamos, me contás, ¿sí?

¿Te das cuenta? Trato de obedecer la demanda o sugerencia de Eddy Witte, pero termino, como siempre también ‘memorializando mis orígenes’. No me queda otra, ya que yo mismo también debo estar determinado por mi educación y cultura, por ese hábito atávico algo monotemático de los escritores autobiografistas que he leído y leo, desde Marcel Proust, pasando  por Julio Cortázar, Henry Miller, Philip Roth, Richard Ford, Richard Russo, Haruki Murakami hasta llegar a Michel Houellebecq, mi hallazgo literario francés más reciente (hoy mismo estoy leyendo su novela más reciente, Serotonine, agrego ahora, en septiembre de 2019).

Las palabras, imágenes, giros idiomáticos que los retrotraen al pasado a esos escritores —que les detienen y demoran el presente— me enseñaron (habituaron) a pensar de modo retrospectivo y a escribir en consecuencia, tanto como el fatalismo de mamá me inculcó ese sentimiento nostálgico ante la incerteza del futuro, de la posibilidad de su existencia contingente. Ya desde nuestra infancia, y tal vez de modo inconsciente para ella, mamá nos compelía a contemplar nuestra propia mortalidad. Al fin del placer, todos los años mamá preanunciaba la factibilidad o inminencia de nuestra muerte —o cuanto menos, nos recalcaba nuestra condición humana, su fragilidad miserable.

Entonces, aquí me encuentro; sentado a mi mesa del living del barrio parisino de Parmentier-Oberkampft, levantando mis ojos a cada pocos minutos hacia la ventana para cerciorarme de que las cúpulas de la Basílica de Sacré Coeur continúan en la cima del Mont Martre (Montmartre: Monte del mártir), y así ‘confirmar’ (sentir) que sigo aún en París. Que aún no he cerrado la puerta de este hogar. Al amanecer he regado las plantas que atestan el balcón que se asoma desde el séptimo piso sobre la Rue Saint Maur, mirando en cada nueva regadera (me lleva unas diez completar ‘el jardín’) la silueta de la torre Eiffel sobre los techos de pizarra coronados por sus innúmeras chimeneas de terracota. Sí, Sí. Todavía estoy en París, confirmo.

Decido darme una ducha y salir una vez más a pedalear por la ciudad. Lo hago a diario. Desde que mis rodillas amenazaron decir ‘basta’ hace más o menos un año, esta actividad física ha reemplazado los kilómetros diarios que corría antes. Mi médico me aconsejó nadar. “Es el ejercicio ideal, ya que elimina el impacto destructor de las articulaciones. Natación: cero impacto», me dice.

Sin embargo, mis años de nadador en mar abierto, allá en el trópico, me han enseñado que nadar es una experiencia ‘amniótica’. Cuando nado, paso una o dos horas continuas de antiparras, inspirando a cuarenta y cinco grados y expirando bajo el agua. Mientras lo hago me siento tan inmerso en ese medio líquido y tan inmerso también en las profundidades de mi propio yo y de mis pensamientos, como me debo haber sentido cuando, en estado de ingravidez, habitaba el útero de doña Herminda, contenido por el líquido amniótico de esa madre que me protegía en su vientre, y quizás ya me hablaba.

Cuando estoy en medio de alguno de estos ejercicios intensos y de largo aliento, sea correr, nadar o pedalear, me siento intensamente vivo. Esta sensación se enfatiza como consecuencia de este esfuerzo porque el nivel de mi adrenalina sube y las glándulas segregan beta-endorfinas y pseudocanabinoides —un descubrimiento reciente sostiene que durante la  intensa actividad física además el cuerpo segrega una substancia de composición molecular idéntica al THC (la delta-9-tetrahydrocannabinol) de la cannabis sativa. Creo que en ese estado exhilarante prefiero mantenerme en el mundo exterior, con mi atención dirigida hacia el allá afuera. Por eso antes que nadar prefiero correr o pedalear.

Corro o pedaleo mientras, eufórico, miro cada cuadra, cada edificio, cada calle, cada coche, cada detalle, cada transeúnte y sus expresiones. Así, a diario aprendo y aprehendo cada ciudad— como cuando miraba esas enredaderas, esas uñas de gato, esas carpas de naranjas y azules desteñidos, esas sombrillas cerradas y la rambla con su muro bajo de piedra —en ese entonces, temeroso de que pudiera ser la última vez.

Excepto cuando se hace necesario pasar por un lugar para llegar a otro, trato siempre de pedalear sin repetir mis itinerarios, internándome y escudriñando cada recoveco, penetrando en los suburbios, aun los más inhóspitos y menos visitados de cada ciudad. En París, esta vez a menudo me he hallado pedaleando por los campamentos de los refugiados provenientes de África, como muchas veces en Río de Janeiro acababa subiendo los senderos de las cuestas de los morros, saludando al pasar a los habitantes de sus favelas. Me desplazo por los recovecos de las urbes, infiltrándome en su historia, en sus grandezas y en su decadencia.

Como decía: decido tomar una ducha y salir a pedalear, pero entonces recuerdo las palabras de Eddy Witte y me dirijo —en vez de al baño— a escribir con premura estos renglones que trato de llenar con mi hoy, sin lograr deslindarlo del ayer.

Siempre repito algo que le oí decir a Richard Stapleford, que es el mejor profesor de historia del arte que jamás he tenido —ya es el tercer Richard que hoy te menciono; todos genios, como decimos en Argentina: Ford, Russo, ahora Stapleford). Este último Richard dijo al presentar una de sus clases: There is no art; there is only the history of art: El arte no existe; solo existe la historia del arte. Todo artista, cuando crea, de modo inevitable re-crea estilos, formas, métodos, tendencias, imágenes y temas presentes en las obras de arte que precedieron la obra de cualquier artista a lo largo de la historia, con las cuales este primero está familiarizado, conoce. Lo anterior es el imprint que determina lo que vendrá. ¿Ves? Pienso y viene lo que conozco: Piazzolla, el arte y la poesía de Piazzolla: Lo que vendrá, ¡qué tangazo! Piazzolla, otro genio. —Además, cuando escribo imprint, estoy usando un término psicoanalítico neonatológico que aprendí cuando mi hijo Alejandro tenía un par de meses y leí el tratado Conocimiento del hijo, por el doctor Arnaldo Rascovsky. Uno repite y pasa hacia adelante eso que conoce: There is no art; there is only the history of art.

Es imposible que te cuente de este Hugo en París o de este Hugo en New York, en Ámsterdam, Río de Janeiro o Buenos Aires, sin que la voz y la imaginación que construye mi manera de decírtelo no sea la de aquel Huguito mirando la Mar del Plata dormida antes del amanecer —en mi imaginación, una Perla del Atlántico ya cerrada hasta mi regreso el año próximo . . .  si es que mamá, papá, Pupi y yo tuviéramos la buena fortuna de volverla a ver.

Esto me hace pensar —te juro, justo ahora mientras escribo estas palabras— que tal vez también oyese un eco de la voz de mamá en la de Carlos Gardel. Sucedía durante el año dos mil cuatro. Yo vivía aquí en París y a menudo ponía en el estéreo Anclao en París (No olvides que el narrador de ese tango canta desde esta ciudad francesa). Cuando Carlitos entonaba “Aquí estoy varado sin plata y sin fe / quien sabe algún día me encane la muerte y, /chau Buenos Aires, no te vuelvo a ver”, se me caían las lágrimas. ¿Volvería yo a ver Buenos Aires alguna otra vez? La admonición de mamá se había infiltrado en mi tango parisino.  

Considerándolo desde otro punto de vista me doy cuenta de que la posibilidad funeral (podría haber escrito funesta) que las palabras de mamá implicaban (“quién sabe si la volveremos a ver”) al mismo tiempo transformaban cada verano en Mar del Plata en un momento excepcional vivido en un lugar excepcional. Lo que sucedía en ese “otro lugar”, no solo era distinto y diferente, sino también excepcional, porque por ahí sucedía por una única vez: no sucedería nunca más.

Las palabras de mamá le conferían a cada verano en Mar del Plata un carácter tan fuera de lo cotidiano que quién sabe si mi mente infantil de modo obscuro e incierto no elucubrase sobre la posibilidad de que esa ciudad no sólo cerrase cuando yo partía, sino que tal vez estuviese muerta durante mi ausencia. Mar del Plata “dejaba de existir”; ergo, cada nuevo arribo nuestro a Mar del Plata significaba una resurrección.

Nostalgia: dentro de unos pocos días, mi vida aquí en París será ya una memoria. Las cúpulas de albo mármol de la Basílica de Sacré coeur, las casonas medievales de Le Marais, las callecitas serpenteantes de adoquines que suben desde Pigalle hasta Montmartre; les boulevards, los cafés y sus terrasses serán memoria. Antes de eso y al partir, la mera posibilidad de esa memoria tal vez ya me duela una vez más —como todos los años. Sé que me dolerá como dolía la última mirada hacia esa Mar del Plata al fin del verano; esas uñas de gato, esas enredaderas, las sombrillas cerradas y las carpas de tonos naranjas y azules claros desteñidos. Saldré de París con el pecho oprimido como cuando seguía con mis ojos el interminable muro bajo de piedra de la rambla hasta la Avenida Constitución, donde acababa La ciudad feliz.

Titulé esta reflexión “Introducción al lado de allá” porque al releerla hasta el último párrafo de aquí arriba me he dado cuenta de que este texto no es más que una especie de proposición. Habla de lo que me propongo o de lo que me proponía hacer, es decir, escribir sobre mi vida aquí en París, o entonces en New York. Hasta este punto, parecería haber sido un esfuerzo in-fructuoso. Esta columna de hoy podría leerse como una introducción a un texto que no fue escrito. Sobre algo inexistente.

No es así, claro. Mi memoria guarda almacenada una referencia literaria y un referencia cinematográfica que me permiten aceptar este texto como completo, que se justifica por sí mismo. Mi intimidad con estas referencias me permiten asegurarme de que lo que escribo hoy ‘puede sostenerse por sí mismo’ —it can hold itself by itself

La primera referencia es de aquí, de casa, del lado de acá (o sea, de Baradero). No voy a ir a confirmarlo, pero asumo con bastante confianza que es la tercera novela de Fede Jeanmaire. Su primera es Desatando casi los nudos. La primera edición de esa obra fue una publicación independiente, creo que en el ochenta y seis. Recuerdo que Clavito Sagasta la vendía de noche por las mesas de los bares de Baradero —lo juro por mi vieja que en lo de Vega  le oí a Clavo decirles como argumento de marketing a unas pibas sentadas en una mesa contigua la nuestra lo siguiente:  “Chicas, leer esto es todavía mejor que masturbarse”. La segunda novela de Fede —si no me equivoco, como dije— es Miguel (sobre Miguel de Cervantes) y la tercera —la que justifica mi mención parcial de la bibliografía de Fede— es el Prólogo Anotado. Es a ésta que me refiero, porque la novela entera es su mero prólogo, con notas al pie que lo comentan (de allí el “anotado”). La novela jamás sucede, jamás se escribe, ya que su narrador ‘se va’ o se pierde en el prólogo, nunca llega a la novela. La novela existe en su prólogo. Esa novela es su prólogo mismo.

La referencia cinematográfica es El discreto encanto de la burguesía que realizaran Luis Buñuel y quien fuera uno de mis profesores aquí, en la Sorbonne de París: Jean-Claude Carrière. El argumento del film que estos dos hombres crean trata de un almuerzo de un grupo de burgueses. El almuerzo justifica y es el objetivo del encuentro —y lo que supuestamente justificará la existencia del film: El film será sobre ese almuerzo, o mejor dicho, es aparente desde el comienzo que este film narrará las alternativas de este banquete, pero este evento jamás sucede. Los burgueses caminan de un lado a otro sin hallar el lugar ni la oportunidad del almuerzo. Las apariencias engañan, de modo literal. El film entero es la búsqueda del banquete, que jamás se halla. No sucede ningún almuerzo en El discreto encanto de la burguesía.

Digamos entonces que ambos esfuerzos —el del narrador de la novela de Fede y el de los personajes de la película de Buñuel y Carrière— hablan de una intención, de una tentativa. Son obras de arte sobre la intencionalidad.

No obstante, en ambas obras hay un subtexto que las justifica: no es en el texto de superficie que se halla la intención profunda de los autores. Por medio de la articulación de la intención se revelan otras realidades subyacentes que realmente fundamentan esas obras de arte en sí mismas.  Queda en el poder y en la capacidad suficiente y necesaria del lector o la audiencia cinematográfica el establecer una complicidad con las narrativas de la novela y del film, y así entonces entender lo que sucede por detrás o debajo de lo que no sucede: sub-texto. El lector del texto escrito y la audiencia de la película filmada deben ‘leer en profundidad’ y así hallar el contenido subyacente, implícito que buscan expresar esas obras. Utilizando el exhausto lenguaje del cliché, se dice que uno debe descubrir “el mensaje” oculto de esas obras.

Del lado de allá:

 “Huguito siempre quiso ver el mundo

Esta es la oración que más me sorprende en la carta que mamá le envía a Hattie, o sea a Harriet Forbes, la matriarca de la familia de ese nombre, disculpándose por no asistir a mi casamiento con su hija Luitgard, “Lulú”, debido a la enorme distancia a cubrir entre Baradero y la Isla Naushon, en el Archipiélago de las Elizabeth Islands. El archipiélago todo —y la Isla Naushon, por supuesto— es de propiedad de la familia, que lo pasa de generación en generación desde hace unos doscientos años, tal vez más.

Hace una semana navegamos en un yate menor de la familia desde Naushon hasta el puerto de Wellfleet para tramitar la licencia de casamiento Nos casará una tía de mi novia Luitgard, Claire, quien es ‘pastora’ cuáquera —los Quakers, una de las tantas sectas cristianas de este país. La ceremonia se desarrollará en el centro de un círculo celta de piedra cuya existencia en la isla Naushon es muy anterior a la llegada de los Forbes, probablemente construido en un ritual druida por colonos irlandeses de la primera inmigración, durante los años de las “trece primeras colonias inglesas” de Norteamérica. Nuestro padrino de casamiento es Mister Sedgwick, tío de mi futura esposa y también de la famosa y trágica Edie Sedgwick, del clan de Andy Warhol, muerta a los veintiocho años por un exceso (accidental o suicida) de una mezcla de barbitúricos y alcohol. Mister Sedgwick fue cónsul norteamericano en Barcelona y hacendero en México, pero un cartel narco se apropió de su hacienda y él tuvo que abandonarla y emigrar de regreso a Estados Unidos para salvar su vida y la de su familia. En la ceremonia cantará la canción My One and Only Love  —acompañada de su guitarra acústico-eléctrcia Gibson Les Paul—  la hermana de Luitgard, mi cuñadita Amelia Meath Forbes, que hoy —bajo el nombre artístico Amelia Meath (esconde su ‘Forbes’)— es la leader y voz de la famosa banda cult electronic-pop Sylvan Esso (googleala o youtubeala, si querés verla y oírla).

Después de la ceremonia; ostras, langostas, champagne y ¡más música!, en el grand salón de Uncatena House. La provee mi amigo íntimo de hace treinta años, el blusero new yorker Noah Shapiro. Teclea y canta sus blues en un piano barroco de caoba que se aloja en ese salón desde el siglo diecinueve. Como ese instumento-mueble es anterior a la luz eléctrica, está equipado con dos enormes candelabros de cuatro brazos cada uno, a cada lado del panel vertical, sobre el teclado. Quien —entre mil ochocientos veinte y mil ochocientos treinta, no sé la fecha exacta— lo trajo a la isla para tocar durante sus estadías en la isla Naushon fue el filósofo transcendentalista Ralph Waldo Emerson, otro miembro de la familia Forbes.

Comemos, bebemos y conversamos, pero se hace un silencio absoluto cuando Noah comienza a entonar el blues de Mick Jagger y Keith Richards White Horses, porque es el favorito de Luitgard, y Noah lo canta en su honor.

La frase de mamá “Huguito siempre quiso ver el mundo” me sorprende y deja estupefacto porque me trae a la realidad de la extraña y tamaña ‘extranjeridad’ que representa la situación en que me encuentro. ¿Qué carajo hace este pibito de Baradero, que fumaba Particulares negros sin filtro parado en el umbral del Hotel de las Naciones, uniéndose —por medios cívicos y raros rituales religiosos nada familiares a él ni a la gente de su pueblo— a una de las familias patricias norteamericanas más prominentes, en una isla de su propiedad?

De tantas experiencias que he vivido —elegibles para satisfacer el principio creativo que formulara Eddy Witte— creo que escojo ésta, bajo el ejido sagrado que delimitan las palabras de mamá, porque es allí y entonces, al oír sus palabras, cuando me doy cuenta del valor y significado de lo que he estado haciendo la mayor parte de mi vida. También en ese momento acabo de convencerme de que mamá es la proveedora del discurso rector que informa e ilustra todos mis pensamientos. Gracias, mami.

Pupi es la portadora de la misiva, quien llega a New York unas dos semanas antes del casamiento para aprovechar y pasar juntos, ella y yo, unos días —solos como hermanos en la big city— antes de la llegada de su marido Goro y de su hija Giselle. Juntos los dos, nos pedaleamos toda New York City, bebemos en pubs irlandeses pints de cerveza tirada, hasta vemos juntos los fuegos artificiales del Día de la Independencia norteamericana, sentados sobre el muro de Battery Park, un muro casi igualito al de la rambla de nuestra Mar del Plata de la infancia.

Ya casi en la víspera de la ceremonia, Goro y Giselle desembarcan de uno de los últimos barcos de los Forbes, el Cormorant, que ha navegado desde Woodshole, Cape Cod, Massachusets, Estados Unidos de Norteamérica, trayendo al puertito de la isla Naushon los últimos invitados a nuestro casamiento. Lo escribo completo, como si fuese una dirección postal, porque esa frase que mamá escribiera al respecto de mis deseos, me hace además tomar conciencia de que me hallo a taxis, trenes, aviones y barcos de distancia de mi viejo Baradero.

Luitgard y yo nos casaremos el ocho de julio del año dos mil, en pleno estío. La noche antes ( Pupi ya ha llegado con la carta, ¿no?), me hallo de pie, traduciéndole a Hattie Forbes las palabras de mamá, que ella ha escrito en castellano, claro. En voz alta y en inglés, lo hago durante la cena diaria en Uncatena House —la mansión más cercana al muelle de las diez o doce que contiene la isla y por las cuales se reparten los miembros del clan Forbes durante el verano. A esa mesa durante la cena nunca se sientan menos de unas veinte personas. De verdad, preguntale a mi hermana Pupi, si no me creés. Es frente a esa audiencia que tartamudeo y casi enmudezco al leer “Huguito siempre quiso ver el mundo” ya que esta obvia observación de mamá me toma totalmente desprevenido; me sorprende y me deja estupefacto porque hasta el preciso instante en que la leo, jamás he hallado el espacio o apertura mental para detenerme a pensar que mi vida ha sido una consecuencia de la verdad que expresan las palabras tan simples, claras y concisas de mamá.

Desde que salí del país por primera vez rumbo a Río de Janeiro, de mochila, con mi vecina y amiga Susana Gutiérrez, los dos hippies a dedo y a medianoche del dos de enero de mil novecientos setenta y dos, he estado tan ocupado persiguiendo la realización de ese sueño que no he tenido tiempo de articular (decirme) para y a mí mismo eso que mamá hace explícito en su carta a Hattie Forbes.

Este chico de Baradero, junto a su amiga y vecina Susana Gutiérrez, de mochilas apoyadas a un costado de sus sillas, forman el par que se halla tomándose una última ginebra Bols, sentados —en ese segundo día del año setenta y dos— a una mesa del bar La Paz, en la esquina de Montevideo y Corrientes. Ese café se encuentra a tres cuadras de sus hogares, situados en el mismo edificio, casi en la esquina de Lavalle y Uruguay. En pocos minutos emprenderán un viaje de un mes a dedo, con destino a Río de Janeiro, Brasil, y vuelta. Ya consiguieron al tipo que los llevará en su coche hasta Cabildo y General Paz. El primero de los cientos de vehículos que abordarán durante ese viaje inolvidable.

Dos o tres días antes compramos la pequeña carpa que llevaremos, por mera coincidencia de color azul celeste y naranja. Ambos somos hippies, como acabo de informarte: nuestro aspecto lo delata tanto que —mientras Susana y yo estamos armando nuestra carpa por primera vez para ver cómo se hace, para aprender a armarla, en la placita de Tribunales, frente al palacio de justicia— otro hippie que pasa caminando por la vereda y nos ve en nuestro ajetreo desorientado, se acerca con premura para advertirnos: “Che, no acampen acá porque van en cana, ¿eh?” Esto sucede durante la dictadura del General Lanusse, una de las varias de aquellas décadas. La zona de Corrientes hierve de hippies y de fuerzas de choque (la Guardia de Infantería) de La Federal. Bastante a menudo los hippies acabamos en un calabozo de la Jefatura de Policía —Moreno, como la llamamos los íntimos de modo ominoso debido a la calle donde se levanta esa fortaleza central de La taquera.

 Dadas las mencionadas condiciones reinantes, en Argentina ser hippie por aquellos años incluye de por sí el ‘cair na estrada’ (salir a la ruta, abandonar la ciudad, en portugués) o ‘tune in, drop out’ (sintonizarse e irse, si querés traducirlo así del inglés). Desde ese momento en más, mi vida es una serie de experiencias avasallantes —un viaje interminable— y tal vez por eso, justo yo, que lo pienso todo de modo continuo y compulsivo, no he tenido la claridad o capacidad articuladora, como acabo de escribir, para decirme a mí mismo eso que mamá escribe en su carta a Hattie Forbes: que mi intención fundamental, la justificación de mi vida, a priori, ha sido ver el mundo. No como un turista. Adquirirlo. Hacerlo mío. Vivirlo. Habitarlo. Debía vivir allá afuera.

De modo inconsciente siempre lo he sabido: la evidencia es que —como en el film Memento— hasta me lo he estado inscribiendo en el cuerpo. No es tan sólo por los veintiocho meses que viví bajo la bandera de la Armada Argentina, que siete de mis ocho tatuajes de tamaño considerable son íconos que siguen la tradición marinera. “Tengo alma de marinero”, como canta Joan Manuel Serrat en Mediterráneo.

Me los hice tatuar por ilustres artistas locales en las ciudades portuarias —con su nombre incluido— con las que tengo gran intimidad y que amo: Un ancla tradicional de Jerry Sailor en Ámsterdam. Una carabela con sus velas desplegadas al viento en Marseille. La virgen de Nuestra Señora del Mar, Patrona de los Navegantes en Barcelona. La sirena hawaiana Leilane, en el barrio Waikiki de Honolulu, la capital del archipiélago de Hawaii. Por supuesto que llevo además tatuado a mi hogar de treinta años, la estatua de la Libertad, Miss Liberty, que levanta su antorcha a la entrada del New York Harbor, el Puerto de New York. Existe además una pequeña selva que cubre mi antebrazo izquierdo y representa otro de mis hogares —éste, de diez años—, Río de Janeiro. Llevo además una calavera con su pañuelo bandana color rojo anudado en el cráneo con dos cimitarras cruzadas abajo, de Buzios. Buzios no es un puerto sino el ‘esconderijo’ (escondite, madriguera) de piratas (por eso la calavera): durante la era colonial portuguesa de Brasil, es desde las bahías, ensenadas e istmos de Buzios que estos piratas emergen en sus goletas para saquear los galeones y carabelas portuguesas cargadas de oro y piedras preciosas que los esclavos de los colonizadores extraen de las minas brasileñas y estas embarcaciones transportan a la península Ibérica.

Además, sé por mi lectura de Utopía, de Santo Thomas More, que Buzios está dentro de la zona que el marinero Raphael Hythlodaeus —tripulante de la nave de Américo Vespucio— escoge para pedir que lo desembarquen y dejen allí, fascinado por el Nuevo Mundo tropical. Es el primer europeo a pisar ese lugar. Una nota al pie de ese libro dice que el punto exacto donde desembarca el marinero Hythlodaeus —a pocos kilómetros de Buzios— es Praia do Forte, en Cabo Frío (a cuyo municipio pertenece la entonces villa de pescadores Buzios, hoy un resort turístico, durante los años tempranos de la década del setenta, cuando acampo con frecuencia y por largos períodos de tiempo en ese lugar). Durante la lectura de ese libro de Santo Tomás More me entero que ese primer marinero legendario se quedó solo allí, a la Robinson Crusoe. Por mera coincidencia, en mil novecientos setenta y dos, Susana Gutiérrez y yo más un grupo de hippies brasileños armamos nuestra carpa en esa Praia do Forte de Cabo Frío:

El marinero Raphael Hytlhodaeus, Susana Gutiérrez y yo, en distintas épocas históricas caminamos esas mismas arenas.

Además de la carabela que me hice tatuar en Marsella con el nombre de ese puerto debajo, Marseille, llevo un segundo tatuaje francés. Es el único de los que tengo en mi cuerpo que escapa de la iconografía tradicional marinera —Es mi tatuaje excepcional. Es parisino; me lo hice aquí, en esta ciudad, porque ésta ha sido y es, hasta el presente otro de mis hogares. Conocí París de mochilero en el noventa, pero llegué a vivir aquí en dos mil cuatro, y pasé el año completo investigando mi tesis doctoral (que nunca defendí) sobre el tema Resistencia y rebelión y para escribir un libro (que publiqué) dentro del mismo contexto, sobre los eventos de mayo del sesenta y ocho —que se iniciaron y centralizaron en la Universidad de la Sorbona. El título es Occupy la Rive Gauche: R-evolution. Paris, May 1968. Lo podés hallar en las páginas web de Amazon.com y de BarnesandNoble.com/.

Como de modo inevitable mi investigación incluía el centro explosivo, el corazón palpitante del pensamiento democrático francés moderno —o su estallido de origen, cuanto menos—, la Revolución Francesa, decidí cubrir la mayor parte de mi espalda con la imagen de L’Ésprit de la Liberté o sea, el Espíritu o Ángel de la Libertad. Llevo el símbolo del evento histórico-político principal de la ciudad.  Bajo el ángel, en grafía romana llevo grabada en mi espalda la fecha de la toma de la Bastilla. XIV Julius MDCCLXXXIX, catorce de julio de mil setecientos ochenta y nueve. Es la copia fiel y parte de un relieve que existe en una de las columnas del Arco del Triunfo, en la rotonda inicial de la avenida 55Champs Elysées. El grupo escultórico completo sobre ese friso de la columna se conoce como La Marsellesa, porque el ángel aparece guiando a los marselleses, las tropas voluntarias que desempeñaron un papel primordial en la Revolución Francesa.

 Huguito siempre quiso ver el mundo. Cuando le leo esto a Hattie Forbes, mientras lo veo escrito en papel manteca de vía aérea y con la lapicera a pluma que mamá jamás dejó de usar —útiles que sin duda fueron comprados en la Librería Willi de manos de Muca Willi— esta afirmación adquiere un poder tal que me transforma de inmediato en mi ser primordial — en ese chico de Baradero que una vez fui, alguien cuya aventura máxima local durante la infancia era pedalear por el acceso hasta El Chocolatín de la Primera Colonia Agrícola, justo en la intersección de este camino con la Panamericana.

Ahí, en Naushon, durante la cena en Ancatena House, soy de pronto otra vez ese pibito de la pampa húmeda —y él se da cuenta de que éste es el tercero de sus casamientos (de lo que sería hasta ahora un total de cuatro); de que en un par de días se estará uniendo en una isla privada de una región marina norteamericana a una mujer nacida en Berlín durante la división pos-Segunda Guerra de esa ciudad en parcelas administradas por poderes extranjeros. Luitgard ve su primera luz allí debido a que sus padres —Harriet ‘Hattie’ Forbes Carden y Lance Carden— están obligados a vivir en esa ciudad, no lejos del famoso Checkpoint Charlie que conecta el Este al Oeste de la Alemania dividida, porque Lance Carden es uno de los militares estacionados en el sector de Berlín occidental que controla Estados Unidos.

Mis esposas son brasileñas, alemanas, norteamericanas. Mis hijos son argentinos, brasileños. Mis nietos son norteamericanos. Todas estas interconexiones internacionales son el resultado de mi vida trashumante.

Las palabras de mamá, que hablan de ese deseo mío que precedió a todos mis futuros viajes y éxodos, me regresan mágicamente a esa infancia y a una adolescencia en las que leía y releía de modo voraz e incansable —devoraba— a Julio Cortázar, quien vivía en parís y hablaba de esa ciudad; a Henry Miller, quien vivía en New York y hablaba de esa ciudad, y de París. Además, yo escuchaba a João Gilberto y a Tom Jobim y trataba de entender las letras de la Bossa Nova, que me hablaban de las bellezas tropicales.

De chiquitos, con mi hermana Pupi leíamos Los Diarios de mi amiga; una revistita serial que en cada número presentaba una nena de una ciudad distinta del mundo y sus aventuras allí. Nos fascinaban esas ciudades extranjeras. Su otredad. Fue leyendo essa revistas que me enamoré de los bajofondos del puerto de Ámsterdam, tal vez a los siete u ocho años. En esa misma colección descubrí al exótico maleante El tuerto Benzé, que aterrorizaba a la protagonista Dalvinha, una nenita de los muelles del puerto de Salvador, en la Bahía de Todos los Santos, de Brasil.

Un poquitito más tarde, pero cuando era todavía nada más que un nene de escuela primaria —tendría yo no más de nueve o diez años— ya había leído, tenía en mi haber, las novelas Spin & Marty de Lawrence Edward Watkin, y Tom Sawyer de Mark Twain. En éstas aprendí nombres: de árboles que no había en mi plaza Mitre (recuerdo los sicomoros), de regiones (Tennessee), de pueblos (Saint Petersburgo, Florida), ciudades (Kansas City) y conocí costumbres diferentes (los frijoles con salchichas asadas, la escuela bíblica dominical) de pueblos del otro lado del mundo.

 Desde la infancia estuve siempre fascinado por la idea del ‘otro lugar’; esas tierras que existían ‘allá afuera’, ‘del lado de allá’, donde sucedían aquellas cosas extrañas y distintas que describían los textos de mis lecturas. Este niño y el adolescente que fui, ambos querían ver y habitar la Copacabana, la Ipanema y el Leblón de Río de Janeiro; querían ver y habitar la Rue du Seine, cruzar el Pont des Arts, caminar por el Boulevard de Sébastopol de París, vivir el Brooklyn, el Bronx,  el Lower East Side de Manhattan.

En mil novecientos noventa uno o noventa y dos, en la City University of New York donde obtuve mi primera licenciatura en literatura inglesa y norteamericana, escribí un ensayo personal que termina así: I have always and ever been weaving the rug that carpets my ever-expanding home: “Desde siempre y de forma constante he estado tejiendo la alfombra que cubre este hogar que crece sin cesar”.

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París, sábado 25 de agosto de 2018

Ilustraciones: 1. El pequeño muelle de ‘Uncatena House’; Isla Naushon, Elizabeth Islands, off Cape Cod, Massachusetts, USA. 2. La familia del narrador en Mar del Plata. 3. El antiguo círculo celta de la Isla Naushon. 4. L’Ésprit de la Liberté tatuado en la espalda del narrador. Abajo: El narrador, hippie.

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