Después del laburo – por Hugo Pezzini

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Tu pelo rojizo por el momento se halla restringido en un bun más o menos holgado, y oscurecido por una capa implacable e invisible de gel brillante. Tu rostro permanece semioculto entre los tubos de ensayo colmados de óleos esenciales del Perfumer’s Workshop. Pero emergés y ascendés por la pasarela central, «the cat’s walk», desfilando tu largo barroco de lamé dorado por Claude Montana. El escote desmesurado, sumado al movimiento de arquitectura felina de tu cuerpo, de modo efectivo detiene el tráfico del nivel principal del department store. Es por eso que cada minuto tuyo le cuesta tanto a Saks’ 5th. Avenue. Al fin de la pasarela, pisás con elegancia el primer peldaño de la escalera mecánica, girás, ahora con gracia, y tus ojos hacen un último recorrido panorámico de ese enorme espacio que congrega a los manhattanenses que aquí acuden a dejar sus dólares en un trueque por alguna de las prendas que han visto cubriendo tu cuerpo. Es hacia ellos adonde va tu mirada. La escalera asciende y me arranca tu presencia. Tu cuerpo va desapareciendo sección por sección. Primero pierdo tu cabeza, después el espacio donde tus pecosos hombros se unen a tu cuello; pierdo a continuación tu busto, entonces tu cintura y tus caderas; despues se van tus pantorrillas y por fin los stilettos Loboutin, también forrados en lamé dorado, cuyas suelas rojo sangre son lo único que resta ante mis ojos por un último segundo… y te has ido. La punzada de esa lanza, daga o puñal me dobla en dos como una bisagra, pero mi cuerpo físico permanece erecto: yo mismo visto algo que es en realidad también “producto” y entonces  a mi vez, mi presencia visual —como la tuya— en este department store se halla en oferta. Ahora es sólo esperar que en algún momento la escalera descendiente me permita recobrarte. Andarás deslumbrante y deslumbrando por otros pisos —son diez: no te tendré de regreso hasta que los hayas recorrido. Sin tu presencia, este lugar me sepulta, me apabulla. I am so in love. Yo mismo entonces camino entre los mostradores de cosméticos y makeup. Cruzo corredores atestados de spotlights, bajo al sector de moda masculina, consciente de mi tuxedo blanco de lino, seda y raso, de mis mocasines de cabritilla blanca y de mis aros de brillantes: Gianni Versace así lo dispone. The Boss. Somos títeres de lujo y nuestra coreografía es prefijada y prefigurada. Me muero por arrastrarte a cualquiera de los cuarenta toilettes de la tienda y allí arrancarte la ropa hasta tenerte totalmente desnuda, sentarte sobre uno de los lavatorios y entonces hacerte el amor hasta que defallezcamos unidos. Inútil. Es imposible: hallarte en este laberinto requeriría cuanto menos la posesión de un Aleph borgeano personal. En vez, trato de componerme y de olvidar que habitamos el mismo planeta. Passion. Circunscribo mi universo a un cosmos construido en tu evocación y para tu evocación. Todos los segundos que transcurren sin vos son eso: un gesto evocativo. Creo ocasiones, motivos y excusas para encontrarte —captivarte de algún modo para mantenerte a mi lado. Si no estás, te pienso, te dibujo, te pinto, te escribo, te poetizo: construyo artefactos que te reconstruyan y nombren; objetos concebidos a partir de quien sos, para que le otorguen tangibilidad a tu inexistencia presente. Todo lo que hago mientras no te tengo es compensatorio: lo hago por vos, para vos, por tu causa y para tu beneficio. En tu honor. Busco lo que te gusta hasta hallarlo; escucho tu música, camino tus calles, investigo tus barrios, como tus comidas, bebo tus cócteles, fumo tus cigarrillos. Voy a tus night-clubs y danzo tus danzas. Hechicera; bruja, hada, santa. Deidad. Mujer. Transformo mis momentos con vos en auténticos rituales sagrados. Me preparo con alucinado esmero y meticulosa minuciosidad para cada uno de nuestros encuentros; sacudido por la emoción, transfigurado de deseo, epifánico de ansiedad por la anticipación y la espera de cada uno de estos instantes cruciales de mi vida: a tu lado.Oprimir el botón del interphone de tu edificio de Central Park West es un gesto repetitivo pero inefable. Suena en tu departamento, pero electrocuta mis entrañas: ¡Abrime! ¡Abrime! ¡Abrime! Cuando la puerta al fin planta tu sensual humanidad frente a mí, el conjunto de tu yo-cuerpo —tus ojos de esmeralda, tu cabello de fuego, tus labios entreabiertos, invitantes …sublimes – revela una magia erótica cuya naturaleza es inteligible sólo para quien es testigo de esa… revelación. Yo. Sólo yo. La luz tenue de tu espacio personal se transforma en el aura espiritual de este momento. Pero ya brilla Eros aun desde antes él también desfalleciente de deseo, con su carcaj cargado de prestas y agudas flechas. La potencialidad de esta nueva instancia es tal que los sonidos se amortiguan, pero permanecen claros y nítido —truly sharp— el tono singular y el color grave de tu voz. Extático te observo y únicamente la índole animal de mi ser es lo que sobrevive el momento e impera absoluta: «Más allá del principio del placer«. Tu presencia retrocede hasta la nada más elemental todos los siglos previos de civilización occidental. La memoria de la especie humana sucumbe en amnesia absoluta e impera perenne tu perfume selvático. Primal. Estoy impregnado de olores ferales, transfigurado por esta carne salvaje, saturada de calor y humedad. La floresta gotea su limo sobre rocas hirvientes por toda la eternidad. Los gemidos sobre la piedra sacrificial se hacen inminentes. El almizcle dulzón de la hembra dilata mis pulmones y satura mi boca, que a su vez se anega de mi propia saliva. Las flautas pan de bambú suenan en la distancia… Inmutable ante el milenario fauno en que me has transformado, vos —su excelencia, la reina del Low key— con la mano todavía posada sobre el picaporte y en ejercicio de tu acostumbrada ironía, me decís con un dejo burlón: “Hi, Pezzini. ¿What’s up?”. Y yo te tomo en mis brazos.

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New York City – 19 de octubre de 2019

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