Dos sótanos ocultos y una entrada secreta: la increíble historia de la mayor imprenta clandestina de la guerrilla argentina

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-¡Carajo, acá no hay nada! – gritó, frustrado, el coronel Carlos Carpani Costa después de recorrer toda la casa.

La rabia del militar a cargo del grupo de tareas del Ejército estaba justificada. Había desplegado un operativo desmesurado y entró pateando la puerta de la vivienda de la calle Achával Rodríguez (hoy Fructuoso Rivera) 1035/1039 del Barrio Observatorio de Córdoba.

Le habían dado un dato preciso: que allí funcionaba una sofisticada imprenta clandestina del PRT-ERP, de donde salían semanalmente decenas de miles de ejemplares de El Combatiente y Estrella Roja, los medios de prensa de esa organización guerrillera. También le habían dicho que podía encontrar una fuerte resistencia por parte de los habitantes de la casa.

Pero el coronel no encontró nada ni a nadie. No hubo guerrilleros, ni resistencia, ni revistas, ni imprenta.

Corría el 12 de julio de 1976, Carpani Costa recorría una y otra vez todas las habitaciones de la casa sin encontrar nada. Horas más tarde, después de dejar montada una «ratonera» por si aparecía alguien, se fue de allí masticando impotencia.

En la casa se habían construido dos subsuelos, a 4 y 10 metros de profundidad, a los que se accedía por un montacargas oculto y una escalera secreta

En la casa se habían construido dos subsuelos, a 4 y 10 metros de profundidad, a los que se accedía por un montacargas oculto y una escalera secreta

Sin embargo, 10 días después, los militares descubrieron que el dato era preciso. Todo ese tiempo les llevó encontrar una entrada secreta en la cocina, disimulada detrás de un bajo mesada que llevaba a los dos niveles de subsuelo donde había funcionado la imprenta clandestina más grande y sofisticada de la Argentina.

Fue entonces cuando, de regreso en la casa, al coronel se le escapó una puteada nacida del asombro:

-¡Miren lo que tenían acá estos hijos de puta!

El julio trágico del PRT-ERP

Junio y julio de 1976 fueron dos meses negros para el PRT-ERP, la organización revolucionaria liderada por Mario Roberto Santucho.

En pocos días, las fuerzas represivas de la dictadura prácticamente desmantelaron su aparato de prensa en una serie de allanamientos conectados entre sí.

El 22 de junio, un grupo de tareas del Ejército irrumpió en la casa de Ciudadela 353, en Moreno, provincia de Buenos Aires, donde secuestró a María Cristina Cournu -hermana del músico Víctor Heredia–, embarazada de cuatro meses, y a su pareja, Claudio Nicolás Grandi. Era una de las casas claves del aparato de prensa del PRT.

La revista Estrella Roja

La revista Estrella Roja

El 9 de julio, otro grupo de tareas secuestró la localidad bonaerense de Caseros a Juan Carlos García Del Val, junto a su hijo Eduardo, de 15 años. Del Val era uno de los responsables de la estructura de propaganda encargada de emitir los comunicados del PRT-ERP y de editar El Combatiente y Estrella Roja.

Un día después, el Ejército tomó por asalto otra casa en territorio bonaerense del aparato de prensa en Ecuador 160, en San Andrés, donde asesinó cuando ya se había rendido a Jorge Emilio Arancibia.Ademas, secuestró a otro integrante del PRT que no pudo ser identificado.

El 19 de julio, a la una y media de la tarde, un grupo del Ejército al mando del capitán de Inteligencia del Ejército Juan Carlos Leonetti, entró a balazos al departamento «B» del cuarto piso del edificio de Venezuela 3149, en Villa Martelli.

El Combatiente, órgano de las organizaciones guerrilleras

El Combatiente, órgano de las organizaciones guerrilleras

En el departamento había dos hombres, dos mujeres –una de ellas con seis meses de embarazo – y un niño de dos años. Después del tiroteo quedaron tres hombres en el piso: el capitán Leonetti y dos de los habitantes del departamento. Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga, los dos dirigentes más importantes del PRT-ERP. Horas antes había caído otro integrante del buró político de la organización, Domingo Mena.

En pocas horas, el PRT-ERP había quedado prácticamente descabezado.

Tes días después de la caída de Santucho, los militares que ocupaban la casa del Barrio Observatorio de Córdoba seguían esperando que llegara alguien. Hasta que a uno de ellos se le ocurrió revisar el bajo mesada de la cocina y encontró la entrada secreta a la imprenta que le arrancó la puteada de asombro al coronel Carpani Costa.

Una joya de ingeniería clandestina

Pronto, Carpani Costa descubriría que esa no era la única entrada, sino que había otra más. Y las descubrieron casi por casualidad.

Uno de los accesos era el que estaba disimulado en el bajo mesada, cuyo piso era en realidad un montacargas que, accionado por un dispositivo oculto en una llave de luz, descendía hacia la imprenta. El otro era una escalera estrecha, oculta por las baldosas de la cocina, que comunicaba la cocina con los dos subsuelos de paredes insonorizadas.

Un montacargas escondido debajo de la mesada de la cocina y una escalera oculta, llevaban a los dos subsuelos

Un montacargas escondido debajo de la mesada de la cocina y una escalera oculta, llevaban a los dos subsuelos

El primer subsuelo, a cuatro metros de profundidad, servía de depósito para la tinta y el papel utilizados para imprimir El Combatiente y Estrella Roja. El segundo, a diez metros de profundidad, tenia cinco metros de ancho por veinte de largo, donde se distribuían un pequeño baño, una habitación que servía de laboratorio fotográfico, y dos impresoras Cabrenta, otras dos Rotaprint, una guillotina Krausse y mesas para diseño y fotocomposición. Un sofisticado sistema permitía la ventilación continua de los dos subsuelos.

Mario Roberto Santucho

Mario Roberto Santucho

Allí se imprimían mensualmente alrededor de 70.000 ejemplares de El Combatiente y Estrella Roja que se distribuían en Córdoba y en todo el norte del país.

La imprenta había sido construida en secreto durante más de un año, entre 1973 y principios de 1974. Llevaba funcionando dos años y medio sin llamar la atención de nadie.

Crónica de una construcción secreta

La vivienda del Barrio Observatorio había sido comprada por una familia, en apariencia como cualquier otra, formada por Victoria Abdonur; su marido, Héctor Eliseo Martínez y sus tres hijos pequeños.

La Gorda, como le decían a Victoria, era ama de casa, y el Negro, como conocían a Víctor, había sido obrero de Fiat y trabajaba como herrero y cerrajero en un taller que había montado en el fondo de la casa. El Negro también hacía changas a domicilio utilizando una camioneta Ford F-100 con caja cerrada: ese vehículo resultó clave para la logística de la construcción de la imprenta.

Las pintadas que hoy perduran en los sótanos

Las pintadas que hoy perduran en los sótanos

El diseño estuvo a cargo de un grupo de militantes de la organización guerrillera uruguaya Tupamaros, con gran experiencia en ese tipo de construcciones clandestinas, además de ingenieros, arquitectos y albañiles que integraban el PRT-ERP.

Durante más de un año, los encargados de la obra llegaban todos los lunes, «tabicados» para que no supieran la ubicación de la vivienda, a bordo de la caja de la F-100 del Negro, y trabajaban hasta el sábado siguiente, cuando Héctor volvía a sacarlos de la misma manera en que habían entrado.

Dormían y comían en la casa. Para cocinar sin despertar sospechas de que en la vivienda había «habitantes de más», la Negra hacía las compras en otro barrio, de modo que la cantidad de alimentos no despertara sospechas.

El resto del día lo pasaba en sus quehaceres y mostraba naturalidad al barrer y manguerear la vereda, una manera de controlar con sutileza si había movimientos sospechosos alrededor de la casa. Víctor, por su parte, estaba en el taller o hacía los trabajos a domicilio.

La obra de ingeniería fue extraordinaria

La obra de ingeniería fue extraordinaria

La primera etapa de la construcción fue la más delicada: excavaron un inmenso pozo donde se montarían el depósito y la imprenta. El Negro sacaba la tierra de noche, en la caja de la camioneta, en bolsas que con otro compañero tiraban al río. Del mismo modo entraban los materiales requeridos para la construcción. Poco a poco, levantaron paredes y fijaron techos, realizaron los trabajos de ventilación e insonorización. Finalmente entraron las máquinas.

Para principios de 1974, después de un año de trabajos de hormiga, la mayor imprenta clandestina de la guerrilla argentina estaba en funcionamiento.

Obreros gráficos a tiempo completo

El manejo de la imprenta requirió la participación de nuevos militantes. Por eso, en los primeros tiempos, el Gringo Franco, un obrero gráfico de mucha experiencia que participaba del Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS), capacitó Miguel Barberis y Matilde Sánchez, una pareja de militantes del PRT que luego de un tiempo quedó a cargo de la producción de la imprenta.

El Negro, que vivía en la casa, era quien se encargaba con su camioneta de entrar papel y tinta para abastecer la imprenta, así como de sacar volantes, libros y revistas

El Negro, que vivía en la casa, era quien se encargaba con su camioneta de entrar papel y tinta para abastecer la imprenta, así como de sacar volantes, libros y revistas

Además de las habituales ediciones de Estrella Roja y El Combatiente, de allí también salían volantes de propaganda y libros que editaba el PRT. El Negro, con su camioneta, se encargaba de entrar papel y tinta para abastecer la imprenta, así como de sacar volantes, libros y revistas.

Durante más de dos años trabajaron sin sobresaltos en una Argentina donde las fuerzas de seguridad, armadas y de inteligencia buscaban literalmente bajo la tierra la propaganda clandestina. Sin embargo, siempre sabían que el día podía llegar.

Durante dos años trabajaron sin sobresaltos en la imprenta clandestina. El 10 de julio de 1976 los alertaron: la casa podía caer

Durante dos años trabajaron sin sobresaltos en la imprenta clandestina. El 10 de julio de 1976 los alertaron: la casa podía caer

El 10 de julio de 1976, los habitantes de la casa recibieron una llamada que, en clave, les advirtió que la imprenta podía caer. Los cuatro militantes que vivían allí no perdieron un segundo. Sabían que sus vidas estaban en riesgo y pese a ello se jugaron para sacar la maquinaria antes de abandonar la vivienda.

Apenas 48 horas después, el coronel Carpani Costa irrumpió en la casa. Pero ya no había nadie. Victoria Abdonur y el Negro Héctor Martínez se refugiaron en Buenos Aires con sus hijos. Miguel Barberis y Matilde Sánchez partieron hacia otro sitio seguro. Sin embargo, un año después, todos fueron secuestrados en diferentes operativos y 42 años después, los cuatro siguen desaparecidos.

Centro Clandestino de Detención y casa tomada

La dictadura aprovechó la casa vacía y muy pronto los dos subsuelos donde había funcionado la imprenta fueron convertidos en un centro de secuestro y tortura de detenidos-desaparecidos a cargo de la Brigada Aerotransportada IV, dependiente del Tercer Cuerpo de Ejército, bajo las órdenes de Luciano Benjamín Menéndez.

La dictadura aprovechó que la casa quedó vacía y usó la imprenta como centro clandestino de detención y torturas

La dictadura aprovechó que la casa quedó vacía y usó la imprenta como centro clandestino de detención y torturas

El Centro Clandestino de Detención funcionó durante un año y luego la casa quedó deshabitada hasta que, en 1979, el juez Federal Martín Puga -años más tarde procesado por complicidad con la dictadura – se la «prestó» a Héctor Varela, un empleado judicial cómplice de su accionar. Para darle apariencia legal a la cesión, el juez firmó un certificado que nombraba a la mujer de Varela, Ofelia Cejas, como depositaria judicial.

La historia parecía cerrada, con la casa apropiada y la historia de la mayor imprenta del PRT-ERP condenada al olvido. Pero la memoria pudo más: el 8 de noviembre de 2005, Walter -el hijo mayor de los tres que tuvieron Victoria Abdonur y Héctor Martínez- inició el reclamo judicial para recuperar la casa que estaba a nombre de sus padres, patrocinado por los abogados Carlos Orzaocoa y Pedro Salvadeo.

La causa se empantanó cuando los ocupantes sacaron a relucir una escritura con fecha 1° de abril de 1976, firmada por una escribana, que supuestamente habían firmado los padres de Walter y por la cual vendían la vivienda a Juan Ercilia Bianchi de Jaroszwok, una mujer que nunca residió allí.

En marzo de 2019, casi 43 después de la caída de la imprenta, los hijos de Victoria Abdonur y Héctor Martínez lograron la recuperación de la casa

En marzo de 2019, casi 43 después de la caída de la imprenta, los hijos de Victoria Abdonur y Héctor Martínez lograron la recuperación de la casa

Los apropiadores de la casa -Héctor Varela y su mujer- aseguraron en su declaración judicial que cuando se firmó la escritura, la casa ya se encontraba en su «posesión material», algo imposible debido a que por entonces allí vivían Abdonur y Martínez, y todavía funcionaba a pleno la imprenta del PRT-ERP que operaban Barberis y Sánchez.

La falsificación quedó finalmente al descubierto cuando se supo que la supuesta compradora, Ercilia Bianchi, jamás pudo haber firmado una escritura en abril de 1976. La cronología no daba: la señora había muerto en agosto de 1973.

Centro Cultural por la Memoria

En marzo de 2019, casi 43 después de la caída de la imprenta, los hijos de Victoria Abdonur y Héctor Martínez lograron la recuperación de la casa.

No sólo recuperaron el lugar donde habían crecido y que les había sido arrebatado a sus padres y sus compañeros de militancia por la última dictadura sino que se llevaron una sorpresa que los dejó atónitos: los dos subsuelos seguían igual que en 1976, incluso con viejas pintadas en las paredes, como si la imprenta clandestina del PRT-ERP nunca hubiera dejado de existir.

Ahora, ya recuperada, la casa del Barrio Observatorio iniciará un nuevo capítulo de su historia al abrir sus puertas al público como Centro Cultural por la Memoria.

Infobae.com

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