El antiguo Eros / Ancient Eros – por Hugo Pezzini

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Hace aproximadamente un año escribí (en inglés, que después traduje al castellano) un poema. Quiero ofrecérselos una vez más, ahora en ambas versiones. Quienes gusten y puedan leerlo también en inglés podrán comparar la conservación o pérdida de los aspectos estéticos que hacen a la poesía como un todo, cuando esta se trastoca a otro lenguaje. No sin pesimismo al respecto, escribió Robert Frost lo siguiente:

«I could define poetry this way: it is that which is lost out of both prose and verse in translation.» (Conversations on the Craft of Poetry, 1959): «Podría definir poesía de la siguiente forma: (poesía) es aquello que se pierde cuando se la traduce, tanto en prosa como en verso» (Conversaciones sobre el oficio de la poesía, 1959).

 

«El antiguo Eros»

 

Recientes teorías científicas afirman

que en una cierta dimensión del espacio sideral

existen infinitos universos paralelos.

Debo obviarlas, porque la extraordinaria aparición periódica de un ángel

me ofrece una prueba tangible de esa verdad.

 

De modo sobre-natural, se materializa ella a mi lado

para revelarme las múltiples posibilidades de la Perfección.

 

Asciende:

en su rostro escultural una semisonrisa singular de intriga e ironía.

 

Todavía helado del allá afuera

por un segundo tengo en mis manos el abrigo que la cubría

en ese cosmos distante donde ella habita.

 

Porque necesito obtener un indicio más claro de su probable realidad

ella permanecerá unas horas a mi lado

mientras le robamos segundos al tiempo y los hacemos nuestros.

 

Cuando sus ojos encuentran los míos, chispas brillantes penetran mis irises

para después emerger por cada poro de mi epidermis agitada.

(“¿Por qué tiemblas?”, me pregunta de sorpresa cierta vez)

 

La elación existe entonces, en lo real de esos breves momentos

porque, para mi provecho, ella abrirá una hendija

hacia los intricados vericuetos de su rico y secreto mundo espiritual:

Así, me cuenta cosas.

 

El tono y acento de sus palabras,

resuenan en cada tendón tenso de mi cuerpo mortal

como si su voz hubiera sido construida mediante la digitación de cuerdas mágicas

y de esta forma prolongan el limitado arco del curso de mi vida.

 

Su risa es un alimento etéreo

que nutre mi sensibilidad a cada instante en que se vuelve presencia.

Entonces, la memoria de su eco perdura para siempre.

 

La sublime seda de su piel electrifica mis palmas

ya que la sensación de ese toque hace de mi ser algo inefable.

 

Ahora, si ella pone sus manos en mí

mi humanidad se justifica ante el absoluto:

Después de haber experimentado el terciopelo de sus palmas sobre mi piel

tomo conciencia de que la Providencia me ha dejado vislumbrar el Paraíso.

 

Ella está aquí:

En ese espaciotiempo me es brindada

—quiero decir, con generosidad ella me ofrece—

una idea primal de cómo debe ser la Eternidad.

 

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Ancient Eros

Recent scientific theories insist
out there in the sidereal space
there must exist infinite parallel universes.

I must obviate them, for the periodical apparition of an angel
offers me a tangible proof of that said truth.

In her super-natural fashion, She’ll suddenly be here
to reveal the multiple possibilities of perfection.

She ascends:
on her sculptural face, her unique half-smile of intrigue and irony.

For a second I hold within my hands
the garment that sheltered her 
still cold from that distant cosmos where she inhabits. 

Since I do need to have a clearer hint of her proof-able reality,
she will stay with me a while, so we’ll steal seconds awhile 
to make them thus ours.

Whenever her eyes meet mine, bright sparkles penetrate my irises
to then emerge through every pore of my trembling epidermis
(“Why do you shake?”—she unlikely asks me once).

The elation of the real exists within those minute moments
because for my benefit she’ll open a view
to the intricate twists and turns of her rich and secret spiritual life:
She tells me things.

The tone and accent of her words resonate through every sinew of my mortal body
as if her voice had been made by the plucking of magical strings,
and that sound thus prolongs the limited span of my life time.

Her laughter is the ethereal food that feeds my sensibility
at every moment she becomes presence,
and afterwards, the memory of it, is everlasting.

The sublime silk of her skin electrifies my palms,
and the sensation of that touch makes my being a thing ineffable.

Now, whenever and if she touches me
the wholeness of my humanness is made justifiable before The Absolute,
because after having experienced on my skin the velvet of her hands 
I know that the Providence has granted me a glimpse of Paradise.

She is here:
Within this space-time I am given
—that is, she selflessly offers me—
the primal idea of how Eternity must be.

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