El Centro – por Hugo Pezzini

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    Acabo de volver a mi hogar después de una tarde de sábado en un pub llamado The Barley House. Allí he pasado las horas conversando con amigos (en inglés, claro) y bebiendo ‘pints‘de cerveza lager. Esto ha reemplazado mi cotidiana tarde de escritura. No obstante, no he olvidado ni por un instante de que en mi país hoy se celebra el Día del Himno Nacional Argentino,   como también recuerdo que dentro de dos semanas será el aniversario de nuestro primer grito de libertad: el veinticinco de este mes celebraremos lo que se recuerda como la Revolución de Mayo. ¿Sabés que cualquier celebración patria trae a mi memoria la noción ‘saudosa’ de la distancia? En cada celebración que hace que en Facebook aparezcan banderas argentinas y salutaciones alegóricas, se agiganta mi consciencia de estar lejos. Es inevitable.

    Es pensando en todas estas efemérides de  mi lejano país que voy a mi archivo en busca de un texto que escribí el año pasado en París, durante ese momento de coincidencias celebratorias. Hablo del mes de julio, crucial para Argentina, Estados Unidos y Francia, estos últimos, dos de mis tres países de adopción.  Al seleccionar este artículo de julio pasado para publicarlo en mi columna de este domingo, me adelanto un par de meses a ese significativo mes de julio. De todos modos eso no importa,: los argentinos no hubiéramos llegado al nueve de julio de mil ochocientos dieciséis si no nos hubiéramos agrupado bajo los balcones del cabildo porteño para preguntar a vivas voces desde la plaza azotada por la lluvia de qué se trataba ese movimiento deliberativo de notables dentro de las salas iluminadas y de ventanas y puertas abiertas de par en par de dicho edificio colonial durante ese raro y caluroso veinticinco de mayo de mil ochocientos diez. Jamás hubiéramos cantado la solemne composición de Vicente López y Planes y Blas Parera si no hubieran existido los eventos de aquellas dos históricas fechas anteriores: el veinticinco de mayo del año diez y el nueve de julio del dieciséis.

    ¿Sabías que —dado que en mil novecientos setenta y nueve me hallaba ya en el Brasil, en un auto-exilio extranjero— mi hija nace en Río de Janeiro? No obstante, esta niña opta por salir a ver su primera luz del mundo en una mañana de un nueve de julio, el día de nuestra independencia. Por esta causa, sentí que no podría darle a mi hija otro nombre a no ser Juliana. Dicho todo esto, dejo las divagaciones preliminares para que hable por mí el texto que, lejos de Baradero y deArgentina, escribí durante este último julio de dos mil dieciocho:

    Como es habitual durante los veranos del hemisferio norte, estoy de nuevo en París, comunicándome en mi mal francés; re-adquiriendo esos hábitos y comportamientos afrancesados que retornarán a su estado de vida latente una vez más, cuando regrese en septiembre a Nueva York.

    Trato entonces de escribirle a Baradero y sobre Baradero desde aquí —sentado a una mesa del café Au Chat Noir (Al gato negro) de la esquina de mi hogar transitorio de los veranos parisinos, en la intersección de la Rue Saint Maur y la Rue Jean-Pierre Timbaud, en esta mañana del Día de la Bastilla (Le jour de la Bastille), tan significativo en esta tierra como lo es nuestro Día de la Independencia en Argentina para nosotros.

    Este último cuatro de julio se celebró la independencia de los Estados Unidos, el país en el cual habito hace 31 años (pero yo este día ya me hallaba en París); hace menos de una semana fue el Día de la Independencia argentina; hoy es el Día de la Bastilla y dentro de once días será el Día de Baradero. Todas estas  “intersecciones” —coincidencias que vivo en diferentes órdenes y circunstancias, y que he calificado de sincronismos— exacerban mi sensibilidad de auto-exiliado argentino desde hace ya cuatro décadas (antes de mudarme a los Estados Unidos viví diez años en Río de Janeiro).

    Sentado entonces a una mesa de este bar, en esta intersección de La Ville Lumière (“La ciudad luz” que en un principio fuera la fortificación romana Lutétia Parisiorum), no puedo evitar recordar al célebre escritor del otro lado del río color de león (como Borges bautizara a El Plata). Las palabras de Mario Benedetti nos reflejan a muchos de aquellos que vivimos afuera:

    “La nostalgia suele ser un rasgo determinante del exilio, pero no debe descartarse que la contranostalgia lo sea del desexilio. Así como la patria no es una bandera ni un himno, sino la suma aproximada de nuestras infancias, nuestros cielos, nuestros amigos, nuestros maestros, nuestros amores, nuestras calles, nuestras cocinas, nuestras canciones, nuestros libros, nuestro lenguaje y nuestro sol, así también el país (y sobre todo el pueblo) que nos acoge nos va contagiando fervores, odios, hábitos, palabras, gestos, paisajes, tradiciones, rebeldías, y llega un momento (más aún si el exilio se prolonga) en que nos convertimos en un curioso empalme de culturas, de presencias, de sueños. Junto con una concreta esperanza de regreso, junto con la sensación inequívoca de que la vieja nostalgia se hace noción de patria, puede que vislumbremos que el sitio será ocupado por la contranostalgia, o sea, la nostalgia de lo que hoy tenemos y vamos a dejar: la curiosa nostalgia del exilio en plena patria”.

    Mario Benedetti, en “El desexilio”. Diario El País. Madrid, 18/04/1983.

    Es así: condenados a ser ‘de afuera’, para siempre, estemos donde estemos, aun de regreso y ya una vez más en nuestro hogar natal.

    En un libro de título similar —El desexilio y otras conjeturas—, que Benedetti escribiera desde su exilio en Madrid, dos de sus personajes se juntan en un café de esa ciudad. Mientras beben y fuman, tratan de reproducir de modo imaginativo la localización de los lugares físicos de la lejana Montevideo que tanto añoran; los espacios, los amigos y los personajes típicos que han dejado en esa capital sudamericana, tal como los van recordando mientras los describen.

    Desde su vida europea, estos dos uruguayos reconstruyen por medio de un esfuerzo memorioso la geografía, la historia y la gente de la tierra madre (o padre: la “patria”), que existe allá a lo lejos, para ellos dos nada más que como un recuerdo.

    Me doy cuenta de que este libro potencial que de a poco va naciendo a partir de estos artículos que escribo para esta columna en BTI, estará compuesto principalmente de los recuerdos de mi vida en el Baradero de las décadas del cincuenta, del sesenta y del setenta y no es otra cosa que ese ejercicio de los dos uruguayos. Es un “mapeo y listado” como esos que los exiliados posnacionales o transnacionales de Benedetti hacen a partir de la memoria del pasado geográfico y emocional de la tierra natal que dejaron atrás.

    Entonces hoy, a una generosa decena de días de distancia del 25 de julio, fecha de nuestra fiesta de Santiago del Baradero —como si yo fuera uno de esos dos personajes del libro de Benedetti— voy a intentar mapear y listar de modo literal el centro del Baradero de mi tiempo. De acuerdo a y limitado por las imperfecciones de mi memoria y de mi escritura —como lo hago ahora en la realidad, cuando escribo desde este bar en una intersección de calles de París —, de modo imaginario me situaré también en una intersección de dos calles del pueblo de mi infancia y adolescencia. Observaré a mi pueblo desde una esquina de ese Baradero como era entonces, o como creo recordarlo.

    Pienso en dos realidades, porque existe el pueblo de día y existe el pueblo de noche. Son dos entidades distintas, si eres joven; son dos planetas diversos, dos universos diferentes.

    El día es el imperio implacable de la realidad, con su sol radiante, sus perfumes a pampa húmeda, sus sonidos omnipresentes: el viento en los árboles y en los cables del teléfono y el telégrafo, el ruido placentero y suave de las plácidas aguas del río al acariciar el barro de la costa; alguna bocina cercana de esos conductores más antiguos que todavía tocan “la corneta” al acercarse a cada esquina —como la llamaba mi viejo, nacido en 1909 y cuyo padre tuviera el primer automóvil de Casilda, allá en la Provincia de Santa Fe. El rugido del paso raudo de una motocicleta. El ronroneo perenne del proceso industrial de Refinerías, al transformar maíz en producto las veinticuatro horas del día de todos los días. El pito de la fábrica. La sirena de la usina eléctrica; el zumbido de sus máquinas como yo lo oía mientras jugaba en la terraza de casa. Las campanas de la iglesia y la de la antigua intendencia al dar la hora, o la esas primeras de la iglesia al llamar a misa. “¡Vamos! ¡Apúrense, que ya van a dar la última llamada!” —mamá, los domingos mientras nos arreglábamos para ir a misa de diez.

    La vida comercial del “centro” del pueblo, tal como es por aquellos años, está determinada —y el centro mismo, delineado— por la concentración de locales de negocio que a su vez generan el ajetreo incesante en la cruz formada por la intersección y convergencia entre cinco cuadras de Santa María de Oro y otras cuatro, tal vez cinco, de Anchorena.

    Por ahora, Santa María de Oro es la vía primordial del pueblo, la principal: expande su urbanidad mercantil desde la esquina del quiosco de Avendaño, el gran local de ramos generales de Perincioli (¿es esa la intersección con Laprida?; no podría decirlo con seguridad), que vende de todo —en realidad es un bric-à-brac— y la tintorería de los japoneses Okama, a quienes en el pueblo llaman de modo erróneo —tal vez algo xenófobo— “los chinos”, como también la llaman a la otra familia de orientales del pueblo, los Mao. Estos sí, eminencias chinas exiliadas. En el pueblo se rumoreaba que eran parientes del líder de China, Chiang Kai Shek y que habían huido a la Argentina desde esa tierra asiática continental cuando Mao Tsé Tung toma ese país y Chiang Kai Shek debe a su vez también exiliarse y así establece la “otra China” (“Nacionalista”) en la isla de Taiwan. Otros menos versados en sino-historia y en las diferencias entre nombres y apellidos, decían que los Mao eran, en cambio, familiares de Mao Tsé Tung.

    La cuarta ochava de Oro y Laprida (si esa es Laprida) es una casa residencial con un extraño frente de mosaicos de vidrio sobre un cantero con plantas ornamentales de hojas lanceoladas carnosas sobre las que siempre se posaban brillantes y enormes langostas, que nosotros atrapábamos y hacíamos “luchar a muerte”. Para eso, cada uno de nosotros tomaba con el índice y el pulgar una langosta. Las enfrentábamos y ellas cerraban sus mutuas mandíbulas unas sobre las otras. Cada uno de nosotros tiraba de su langosta, hasta que la cabeza de una de las dos se separaba de su cuerpo. La langosta del contrincante perdedor acababa decapitada. El vencedor era el que finalizaba el combate con su langosta ilesa.

    Santa María de Oro fenece en su virtud comercial al final de la quinta cuadra del extremo opuesto, en el punto cardinal norte de la misma —la de la cúspide de la cruz que forman las calles que he escogido para considerar, y según cómo se las considere. Esa región norte de Oro es ya semi-residencial. En esa esquina inicial tan sólo se abren la despensa de Naldo Genoud y la sastrería Ñaró de Lenguitti; además de lo de Vega y el Círculo italiano (clases de danzas clásicas a cargo de Beatriz Moscheni, del cuerpo de ballet del Teatro Colón de Buenos Aires). Anexo: el  Cine Colón, en el centro exacto de la cuadra.

    El movimiento comercial de Santa María de Oro al norte culmina y finaliza en la esquina última y en la vereda de enfrente de esa cuadra: la panadería de Savoy, donde no sólo se venden pan y facturas, sino que también uno puede llevar un cerdo adobado para hacerlo asar en el horno de piedra. Fui muchas veces con papá a llevar un cerdito que habíamos comprado y visto matar (¡cómo gritaba, pobrecito!) en alguna chacra del campo. Me fascinaba ver a Savoy usar la larga pala de madera para empujar la asadera con el chanchito hasta el centro del horno en llamas.

    Volviendo sobre mis pasos hacia la plaza, en la próxima cuadra me deparo con la florería Amancay; y cerquita, la heladería de Bermúdez —una filial de los helados industrializados Macri (el rumor conspiratorio e irreal y equivocado, según me han asegurado, es que ésta habría sido una empresa del padre del presidente actual de Argentina. Bolazos = Fake News).

    La heladería Macri se localiza enfrente a la zapatería Bertol. A continuación de Helados Macri, puedo ver las cuatro hojas que componen la puerta del garaje donde mi viejo guarda el Valiant I (en el futuro, esta casa será el hogar de mi hermana, la psicoanalista y profesora de filosofía, italiano, ciencias de la educación y otras materias que no recuerdo en el Marcos Sastre y en el ‘terciario’ (si no estoy equivocado, aquí también, y son la misma cosa), la Pupi Barman y de su marido, el Goro Barman, pediatra, médico del hospital, de Rhodia y de Papel Prensa, si no estoy equivocándola feo). Casi frente a este garaje que será hogar, un quiosco. En la esquina de Aráoz, la casa abandonada durante décadas donde después se construirá el correo, frente a la fonda y hotel del padre de Lito (¿o Dito?) Liaudat, a la sastrería Petylor, de Pety Acciardi y Lorenzo. En la otra ochava, el mítico café La Suiza, primero de los Labate y después de Miguel Fernández. Contiguo al café y antes del Cine Suiza —en la Casa Suiza— se halla la pizzería donde Eliseo Labate sufre quemaduras en la mayor parte de su cuerpo cuando estalla su horno. En ese mismo local algo más adelante en el tiempo, Hugo Herb fabricará y venderá los mejores helados de la época.

    En mi cuadra (entre San Martín y Aráoz), se abren en la esquina de San Martín y Oro las puertas de la tienda La flor del día, de Jaime Mizrahi, padre de mis amiguitos Jorge, Noemí (Mimí), Luisito y “los mellizos” (estos dos últimos, demasiado chiquitos para jugar con ellos). La flor del día en realidad es una ‘sedería’. Esto quiere decir que vende telas por metro: ‘sedería’ porque entre los varios tejidos disponibles se incluye la seda, su género más fino. Enormes mostradores de madera con los bordes centimetrados para medir las telas extendiéndolas directamente sobre la superficie de los mismos. Alberto Hisi, el padre del Turco Hisi, empleado gerencial desde siempre y por siempre.

    A esa tienda la compra más adelante el padre de Ricardo, Salvi, Queli y Sarita Sued –Benjamín Sued. En una especie de “cambio de equipos”, los Mizrahi emigran a Buenos Aires y los Sued (ambas, familias judías sefaradíes), en dirección contraria inmigran a Baradero desde la Capital Federal. La mudanza de los muebles y pertenencias está a cargo del padre de Rubén y Coqui Coria, Juan Coria, en su camión sueco Skoda. El único camión más grande en el pueblo es el Thornycroft de Enriquito Bernardi, hermano de Clarita Bernardi, mi compañera de clase en el Santiago Ferrari. Los porteños Sued en poco tiempo se “apueblerizan” tanto que forman el grupo folklórico Los Hermanos Sued, con Mario Maroli (uno de los cantores de Los Hermanos Sánchez, creo que la primera voz) como integrante y director musical.

    Al lado de la tienda de Mizrahi, la joyería de mis viejos, Joyería Pezzini. La próxima puerta es una casa de electricidad de los padres de un chico llamado Julio Firpo —quien juega con muñecas, algo raro y singular para todos nosotros, que andamos por la calle siempre con una pelota, bolitas, figuritas o revólveres de cowboy  (convoy, decimos nosotros). Después allí mismo abren una despensa Eve y Nelly Rossier, las respectivas madre y tía de mi amigo Polito Capitanelli, quien me enseñóa jugar a la pelota. Esa despensa y rotisería no dura mucho. La reemplaza la tienda femenina de Rodolfo Hernández, el padre de dos pibes más de nuestra barra: Rodi y El Abuelo Hernández. Antes de ser despensa y tienda de mujeres, fue la librería Argumento de Juancito Szajnowicz y de Aldredo Cossi.

    La historia de ese local tiene un capítulo más: en ese mismo local, por fin, Minino González abre la primera boutique para hombres de la ciudad. Hasta ese momento, en Baradero para hombres sólo hay ‘tiendas’ o sastrerías. Sigo caminando hacia Aráoz, por la misma vereda: Discomanía, venta de discos y combinados hi-fi, de Raúl “Biro” Suparo, un músico, dandy, excéntrico y bohemio, padre de Ana Suparo, casada con Piki Brianza, quienes ahora viven en Carlos Paz, Córdoba. En el umbral de la puerta de ese pequeño local (que tiene un parlante embutido en el cielo raso), aprendo a oír música “moderna”: jazz, rock, pop —en casa hasta ese momento sólo se escucha tango y música clásica, porque papá es el D.J. Es también allí donde compro mis primeros discos.

    Próximo local: la carpintería de don Vicente Airaldi, el padre de Mito Airaldi. Este último muere, creo que de cáncer de pulmón. Eso cuando cáncer todavía es una palabra tan prohibida como menstruación o, peor aún, aborto —y ni se te ocurra decir concha o cajeta en voz alta frente a un adulto. El cachetazo te deja sordo para siempre.

    Más allá, la peluquería de la Negra Ramírez, con su pedazo de vereda de tierra con argollas para atar los caballos. Sigue la lencería de Lafuente. Próximo portón y puerta contigua: el Molino Iberia —la Taona— de los padres de Miguel El Marciano Rodríguez. Después sigue la casa de Mabel y Norma Ferrara, y pegadita a esta, la bombonería Bonafide, (donde hoy hay un estudio de radio), que expende café y caramelos sueltos, ambos vendidos por gramos o kilo. Hay contenedores abiertos con los caramelos varios expuestos y cucharas metálicas como las que se usan en los almacenes para la harina, las arvejas partidas, etc. Uno agarra una bolsita de celofán y la va llenando con cucharadas de caramelos que la cajera pesará y tendrás que pagar de acuerdo al peso. Ya en la esquina, la fonda-hotel de Liaudat.

    La vereda de enfrente de la misma cuadra: en la esquina de San Martín y Oro, la Farmacia Italiana de Carlitos Degese, el padre de Baby Degese y de su hermano, mi tocayo, el Mono Degese: se mata con su motocicleta Tehuelche, otro detalle —éste, trágico— de la modernidad. Es en estas dos décadas —la del cincuenta y del sesenta— cuando se inicia la seguidilla ininterrupta de accidentes muy graves o mortales a causa de la velocidad de los vehículos a motor, cuyo valor adquisitivo al fin está al alcance de la abundante y siempre creciente clase media argentina. Hay un libro interesantísimo sobre este tema, de autoría de mi mentora tanto en la Universidad de Nueva York y como en la Sorbona de París, Kristin Ross. Se titula Fast Cars: Clean Bodies (Coches veloces, cuerpos limpios) —Ella analiza en profundidad estos fenómenos de la modernización súbita y su efecto sobre la clase media. Desafortunadamente, como hace el análisis desde Francia (y se concentra en ese país, en especial, en la ciudad de París), este texto sólo existe en francés e inglés (en francés el título es Rouler plus vite, laver plus blanc—“Rodar más rápido, lavar más blanco”). Lo recomiendo a todo interesado en ese tema y que lea en alguno de esos idiomas.

    Anexo a la Farmacia Italiana, su Laboratorio de análisis. Puerta siguiente, La feria de Hector I. Chulo Tapia y su hermano. Remates y ferias ganaderas. Portón vecino: el taller de Rithner, concesionaria del Rastrojero diesel; al lado, la peluquería de Scarfoni —mi peluquero de la infancia; en la adolescencia me mudo a la peluquería de Rafa Crescenzi (de estilos más modernos), al lado del almacén de Caíto Martig en la calle San Martín —Caíto, a quien todos los nenes llamamos “El Belesía”, por su abuelo.

    Sigo caminando hacia Aráoz: La casa de electricidad y revistas de Bossetti; la ferretería Willi, el bazar Willi, la librería Willi, la imprenta de Yito Belli y Leuzzi. El hijo de Yito Belli, un chico al que apodamos “Maña”—y que es empleado de Bossetti— después compra nuestra casa natal. Donde era la joyería él tiene allí hoy un local de artículos variados, eso que en inglés se llama convenience store. Después de Lo de Willi, siguen el cine de la Casa Suiza, la dicha pizzería de don Eliseo Labate que posteriormente es la heladería de Hugo Erb, y en la esquina, el café La Suiza.

    Frente a la cuadra de la plaza, desde la esquina de Anchorena y caminando hacia San Martín, paso por la tienda El Arca; a continuación, por el bar Viale (lo de Viale) del padre de Héctor “El Gordo” López  —un especie de estrado se levanta sobre la barra (haciéndole de techo). Este constituye un palco donde veo por primera vez una orquesta de tango al vivo. Estoy sentado en la falda de mamá —en mi memoria, veo a Pupi sobre la de papá. Es tarde y tenemos sueño, pero me mantiene despierto mi fascinación con el bandoneón, que su ejecutor maneja sobre su propia falda (en vez de pibes, en la falda tiene el fuelle) —casi golpeando los tacos de sus zapatos para marcar con la jaula (otra forma de referirse al fuelle) y contra el piso el ritmo del dos por cuatro, de modo casi percusivo: bandoneón y batería al mismo tiempo, à la Canaro; y en el futuro, à la Piazzolla.

    Al lado, el bazar de Bandinelli, con un local anexo que mucho tiempo después ocuparía el bar Sportman. En el anexo de Bandinelli se exhiben heladeras, lavarropas, cocinas, toda la revolución de los ‘electrodomésticos’ modernos que liberan al ama de casa de su prisión cotidiana, y así dan a luz a la mujer con tiempo libre para sí misma, para la vida social independiente, y un poco después para una carrera profesional, tal vez. El albor del feminismo (este tema de la libertad que los electrodomésticos le entregan a la mujer es otro de los temas que toca el libro Coches veloces, cuerpo limpios)

     El Hotel de las Naciones y su bar restaurante en la esquina, se adueñan del resto de la cuadra.  En la vereda de enfrente, sobre la plaza, hay una parada de taxis, justo donde se levanta una hermosa construcción minimalista de ladrillo visto: el kiosco de Piriti

    Retrocedamos hasta Laprida: a lo largo de Santa María de Oro, en su primera cuadra comercial, además de Avendaño, Okama y Perincioli, a media cuadra hallo el estudio de Jorge Casey y frente a éste, la oficina telefónica de Teléfonos del Estado. Desde su cabina de madera con puerta fuelle de dos hojas, también de madera y vidrio, mamá llama a mi abuela de San Pedro.

    A veces “hay demora” y esperamos media hora antes de que nos “den la llamada”. Dependiendo del clima o las condiciones de la línea, de vez en cuando la telefonista tiene que hacer de intermediaria porque no se escucha nada. Entonces ésta última (siempre la operadora es mujer) le repite a mamá las palabras de mi abuela en San Pedro y a mi abuela las respuestas de mamá, aquí en Baradero. Lo que más me fascina de la cabina (además del olor a madera y cigarrillo), es el extraordinario fenómeno de que al entrar a la misma, por el peso de nuestro cuerpo el piso baja uno o dos centímetros (es como un enorme mosaico único de madera apoyado sobre varios resortes). Este leve descenso del piso de la cabina acciona una especie de interruptor que enciende la luz en su techo. Al salir, el piso libre ya del peso humano asciende nuevamente, interrumpe el contacto y la luz se apaga (por eso digo que funciona como un interruptor). Fascinante. El futuro iPhone XR Plus no figura aún ni siquiera en la imaginación de los autores de novelas de ciencia ficción.

    En las tres ochavas de Anchorena y Oro frente a la plaza, el almacén y bar de Marconi. Enfrente, si mi memoria no me hace jugarretas, una florería. El kiosco La Ventajita pertenece a los padres de nuestro amigo, el Loro Skiba —quien pierde una pierna en un accidente durante su servicio militar— y de su hermana, la mamá de nuestra intendenta actual, Fernanda Antonijevic. En la tercera ochava, la tienda para hombres El Arca, de los Rabellino.

    Diferencias: si uno la compara con Oro, Anchorena es todavía una calle semi adormilada, quasi residencial, a no ser las excepciones de la cuadra del Arca y la siguiente, después de Malabia, en dirección a la estación: la Anchorena ‘del centro’, serán dos cuadras, tal vez tres hacia el oeste. Por la vereda norte: la tienda mencionada tienda masculina El Arca; su vecina, una agencia de loterías, la sigue la panadería El Vasquito de los padres de María Rosa “La flaca” y su hermana Elsa Suárez. Esta chica fue durante mucho tiempo la novia de mi viejo y permanente amigo Eddy Witte, quien finalmente se casa con Teresita, una chica de Arrecifes, tierra de mi primo, el piloto de automóviles de carrera de la categoría Turismo de carretera, Néstor García Veiga. Puerta contigua a la panadería: el Café de Los angelitos original: enorme mesa central redonda: timba entre tipos que fuman toscanos. Me da miedo y nunca entro pero siempre miro atentamente al pasar.

    En la próxima puerta Alfonsín vende lubricantes y creo que herramientas o repuestos para automóviles, y por los fondos, “en L” sobre Malabia, expende querosene (necesario para alimentar las cocinas, calentadores y estufas del pueblo) por medio de una bomba a mano. Hay que llevar un bidón o una damajuana para comprarlo y hacer cola en el frío descampado del enorme corralón: venden el líquido ‘suelto’, por litro. Volviendo a Anchorena: al lado de lo de Alfonsín, la sastrería de Lagar, del Flaco Lagar, padre de nuestro amigo Roli Lagar.

    Frente a lo de Alfonsín, el Bazar Volcán de Roberto Scarfoni, papá de Robertito Scarfoni; ambos, padre e hijo, bastante preocupados con la apariencia personal (en el lenguaje del pueblo; ambos medio fanfarrones). Comercio contiguo: la mueblería de Rossi, del papá de Marilú Rossi, una piba divertida y cómica de la edad de mi hermana Pupi. Van juntasw a la escuela de las monjas. A seguir, la Fotería Demierre, de Héctor Demierre, papi de Marta Demierre, la mujer de mi viejo amigo y compinche de mis últimas noches baraderenses (antes de irme a vivir a Río de Janeiro), Toscano Di Toro. Próximo local comercial: el antiguo Banco Nación —cuando éste se muda a la esquina de la Av. San Martín, el dueño del restaurante El buen raviol, José Passarello, abre su fábrica de postres Emiliano y Borracho, bajo la firma de Pereyra y Passarello.

    En la esquina de la vereda de enfrente y al lado de la sastrería de Lagar, el Banco Provincia —hoy, el Centro cultural Arturo Illia. Somos compañeros de escuela con el hijo de uno de sus gerentes, Raúl Manzi, quien me enseña a gustar de las grandes bandas de jazz y los solos de batería; especialmente los de Gene Krupa. En la fiesta de cumpleaños de Raúl Manzi me enamoro de Susana Panno, tan sólo de observarla besarse apasionadamente con Polito Capitanelli, su novio, en la terraza de ese edificio neoclásico de nuestra ciudad. Este es una de las pocas construcciones que conservan su estado original de modo impecable, por otra parte. Por fortuna para nuestra ciudad la intendenta Fernanda Antonijevic ha mostrado gran responsabilidad con respecto a la importancia de restaurar y preservar la arquitectura clásica local. Esto me hace feliz.

     Además, repartidos en ese par de cuadras, un par de restaurantes: el Victoria. Excelentes sus ajíes al uso nostro, que comemos juntos con mi novia de entonces, Deleli Ducret, con placer los viernes a la noche (ambos ordenamos el mismo plato, pero uno para cada uno, con una botella de 750cc de tinto Don Valentín Bianchi). El otro restaurante es el mencionado El buen raviol, de José Passarello; pastas frescas al dente, insuperables.

    Tiendas en Anchorena: La Suiza ArgentinaLas Novedades y la Casa Bo, las tres concentradas en la esquina de Darragueira. A lo lejos, en la esquina de Colombres, lo de Pulido: desde bombachas de gaucho, fajas y corraleras, hasta accesorios de cuero para aperos, monturas y otros productos rurales.

    Frente al Banco Provincia, la Farmacia del Pueblo de Chuchi Degese, a quien acudimos para pedir en voz baja que nos venda un insecticida llamado Cuprex —el único efectivo para ciertas plagas púbicas (e impúdicas), inmencionables pero muy comunes en el pueblo por esos años. «Ladiyas», como las llamábamos entre los círculos íntimos adolescentes.

    En esa misma cuadra, la concesionaria IKA de “los Genoud”: Guinea —muerto en otro de esos tantos accidentes automovilísticos de la súbita modernidad argentina. Se desbarranca hacia las aguas en uno de los puentes angostos del Tala; Enriquito —novio de Pupi por un tiempo, como repetiré ya. Después se casa con una chica de Charata, y se van a vivir al Chaco. Otro de los Genoud es Carlitos, casado con una de las chicas de Veckiardo. Hay además un cuarto hermano, Rodolfo El Negro, Genoud  MUY parecido a Marlon Brando. Para mí, El Negro es el arquetipo perfecto del macho argentino, un tipo ‘duro’ por quien estoy fascinado y a quien en secreto admiro. Pero mi ladero constante para «salir con minas” es desde siempre Enrique. La caga, como te dije, poniéndose de novio con mi hermana Pupi. ¡Qué le vamos a hacer!, ¿no?

    No recuerdo más nada al respecto, lector, ¡ayuda!

    En la primera cuadra del punto cardinal opuesto Este —a contar desde la esquina de Anchorena y Bulnes—, un par de locales constituyen un amago a lo no-residencial: la imprenta Martínez, allí desde 1958. En los tiempos iniciales ostenta un cartel con la inscripción Imprenta PEPE Papelería. Le hace todos los talonarios de la joyería a mi viejo.

    En la ochava de enfrente, la oficina de Telégrafos del Estado —allí hay que ir para enviar un telegrama. En la misma cuadra, la comisaría de policía, y en la esquina de la plaza, la Escuela No. 1 General San Martín; enfrente, la armería del francés René Chabaud y su mujer, Pepita la pistolera. Y la iglesia. Eso es todo lo que recuerdo de esa cuadra.

    En la cuadra de Anchorena frente a la plaza, entonces, como dije, la iglesia, el cine San Martín, el local del martillero Perrone (muebles y trastos viejos en exhibición), y (no sé si en este orden), la zapatería de Giorgio, de la mamá de Mimí Giorgio, y la Joyería Descalzo. Pico Garibaldi se casa con la hija de Descalzo, Muqui Garibaldi, la joyera que hereda el negocio de su padre. Pico, nada que ver,  porque es docente y más tarde el director de la Escuela Juana Berisso. Pico a la joyería sólo entra para conversar, y para eso es el hombre indicado: Pico es un conversador por naturaleza. Siempre de gorra, haciendo incógnita su eterna calvicie.

    Casi llegando a la esquina de Oro, el kiosco de Skiba que ya mencioné arriba. En la esquina propiamente dicha, la florería contigua, cuya existencia de todos modos no puedo asegurar, verdad sea dicha —ya que creo recordar otra florería casi en la esquina de Anchorena, pero sobre Rodríguez, entre la casa del doctor Mata y el Club Social. Además existe ya la Florería Amancay en la calle Santa María de Oro, a dos cuadras de la plaza. ¿No serán demasiadas florerías para un centro tan pequeño?

    Allí —si es que hubo, entonces, alguna vez una florería—, años más tarde la señora de Skiba, la abuela de la intendenta Fernanda Antonijevic, abre un anexo a La Ventajita. Es una juguetería donde compro una extraña daga apache de goma rígida (¡hasta la hoja es del mismo material!) con su correspondiente vaina, también de la misma substancia elástica. Adoraba este juguete. Soy un cuchillero.

    Tal es como recuerdo el centro de Baradero durante el día y tal es mi reconstrucción. La noche del pueblo es otra historia diferente, y la guardaré para narrarla de forma independiente. Se merece existir por sí misma. Creeme.

    ____________________________________________

    Café Au chat noir. París, 14 de julio de 2018. Día de la Bastilla.

    Ilustraciones: 1. La calle Anchorena en la década del cincuenta. 2) El autor en el métro de París.

     

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