«El Chúcaro» halló inspiración en Baradero

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En nota publicada por el portal Infobae, el periodista Julio Lagos ha escrito una interesante nota referida a don Santiago Ayala «el gran bailarín» al decir de Horacio Guarany. El Diario de Baradero, a su vez, ha tomado un fragmento del texto, que es mucho más extenso, y lo eligió porque en ese trozo se hace una interesante referencia a la inspiración que el artista halló en un viaje en tren entre las estaciones San Pedro y Baradero. A continuación el texto.

El Chúcaro: creció como alambrador de campos, aprendió a leer a los 12 años y fue el gran bailarín que revolucionó el folklore
Por Julio Lagos

Santiago Ayala fue el más grande de la danza tradicional de la Argentina. Creó el malambo con facón y con espuelas, coreografías audaces, sonidos únicos. El martes 27 en el CCK volverán a verse algunas revolucionarias puestas de “El Maestro”, en una esperada reaparición del Ballet Folklórico Nacional que él fundó hace 29 años

Santiago Ayala había nacido en 1918 en el barrio San Vicente, de la ciudad de Córdoba. Hasta los 17 años trabajó en el campo, en Capilla de los Remedios, como alambrador.
Santiago Ayala aprendió a leer recién a los 12 años, cuando su abuela Clara lo llevó a la escuela por primera vez.
Pero recuperó el tiempo perdido y partir de ese momento, fue un lector voraz. Años más tarde, ya convertido en el más grande bailarín folklórico de la Argentina, confesó:

-Para ser un buen bailarín, un buen coreógrafo. Hay que leer mucho.

Hasta su muerte vivió en una casona de Olivos, en la calle Borges al 2000. Allí, en el cuarto del fondo, estaban los 3.000 libros que poblaban su célebre biblioteca.

Silvia Zerbini, la actual directora del Ballet Folklórico Nacional, recuerda:

-Él se iba a dormir al fondo y decía «me voy a dormir con mis tres mil amigos». Eran sus 3.000 libros, todos de folklore, geografía, antropología, modismos idiomáticos. Todo vinculado con lo que él después construía en sus coreografías.

Quienes trabajaron con él coinciden en que se documentaba exhaustivamente. Juan Cruz «Fierro» Guillén, que integró el ballet entre 1966 y 1974, lo confirma:

-Antes de montar algo, El Maestro leía y leía.

El compositor e intérprete litoraleño Antonio Tarrágo Ros también manifiesta su admiración por esta manera de trabajar de El Chúcaro:

-Don Santiago Ayala era un verdadero bibliófilo. Me gustaba estar cerca de él y escucharlo ahondar en las historias que contaba. Estoy convencido que sólo un genio como él podía crear semejantes coreografías llenas de verdad y de vuelo.
Célebre por su facilidad para adornar con inocentes exageraciones todos sus relatos, para referirse a esa época decía:

-Yo solito alambré un campo de 16 hectáreas… ¡Con cinco hilos!

Ese oficio -más allá de la incomprobable proeza- probablemente le haya servido de inspiración, años después, para componer un maravilloso cuadro que denominó Malambo de los alambrados, en su obra Impresiones de la pampa. El testimonio de «Fierro» Guillén -que además de bailarín era coordinador del ballet- nos permite entrar al mundo creativo de Santiago Ayala:

-Él tenía un Jeep Gladiator, pero no lo manejaba. Un día me pidió que lo llevase a San Pedro. Llevó un grabador, pero en todo el viaje no me explicó para qué. Cuando llegamos, me hizo ir hasta la estación del tren. Se bajó y me dijo que lo fuera a esperar a Baradero, a la estación anterior. Yo no entendía nada, pero como se subió al tren, me volví por Ruta 9. Cuando el tren llegó a Baradero yo ya lo estaba esperando. Entonces me contó que había grabado durante los 30 kilómetros el sonido del traqueteo de los vagones. Él sabía que en ese recorrido los durmientes de la vía están menos separados, por lo que los cortes eran más continuos y que el ruido del tren contra las vías tenía otro ritmo. Imitando los sonidos me demostró que la cadencia era distinta: trac-trac, trac-trac, trac-trac… Me dijo que se había metido en el baño, porque los inodoros salían directamente al exterior. Colocó el micrófono en el hueco, que hizo las veces de cámara acústica, y registró todo.

Al día siguiente, en el estudio de grabación, Domingo Cura puso la base de percusión:

-Quedó un malambo perfecto… trac-trac… ta chi ca ta tá… trac-trac… ta chi ca ta tá… Y esa fue la música que se utilizó en Impresiones de la pampa. Nosotros, los muchachos, de marrón, como los postes del alambrado. Con seis hilos, como las cuerdas de la guitarra. Y las chicas, de verde y con penachos en la cabeza, como plantas de cardo, deslizaban sus manos de arriba a abajo y hacían los arpegios.

El Diario de Baradero

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