El crepúsculo de los dioses – por Hugo Pezzini

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A pesar del cielo estrellado, se siente la inminencia de un terrible temporal.

Es un día de semana cualquiera. Serán  las veintidós, veintidós treinta horas y el ajetreo por ambas veredas es intenso. A paso de tortuga, el tráfico vehicular baja hacia el río.

Las luces de las vidrieras arrojan su intenso resplandor sobre esas calzadas ajetreadas por más de un siglo de paseantes.

Aunque el movimiento ya ha disminuido un poco, eso de que Corrientes es “la calle que nunca duerme” es la pura verdad: todas las librerías, quioscos de cigarrillos y puestos de diarios y revistas —además de las heladerías (¡El Vesubio!), pizzerías (¡Las cuartetas!) y todos los cafés, bares y restaurantes, por supuesto— permanecen abiertos hasta muy entrada la noche: algunos cierran a la una, dos o tres de la mañana­, y siempre nos queda Pippo, que permanece abierto las veinticuatro horas del día de los siete días de la semana, como también lo hacen muchos de los bares y la mayoría de los quioscos de revistas y los de cigarrillos. Tampoco cierran jamás varias de las librerías (sobre todo las “de viejo”, o sea, de libros usados), ni algunas de las casas de música (longplays de 33 RPM y simples o dobles de 33 o 45 RPM, nuevos y usados)   —esas son en general las que se hallan sobre Corrientes más cercanas a Callao.

Nuestro universo nocturno se restringe a Corrientes, desde la última avenida que menciono (Callao) hasta la Plaza de la República, es decir, la rotonda del obelisco. Los noctámbulos de Corrientes no cruzamos la Nueve de Julio sobre hipótesis alguna a no ser para llegar a la cortada Tres Sargentos, porque allí existen el Bár-bar-o y la cave Chez Tatave. O entonces, para estirarnos hasta Florida, si esa noche toca Piazzolla con su quinteto en el subsuelo acostumbrado de la galería cercana a la calle Paraguay.

Pero vuelvo a Corrientes: terminamos de cenar en Pippo; yo, un plato de sus tradicionales vermicelli tuco y pesto, o quizás un bife de tapa o una provoleta a la parrilla con ensalada de lechuga, tomate y cebolla; Jorge Audino se manduca un bife de chorizo bien jugoso con ensalada de papas, porotos blancos y también cebollas. Para beber, compartimos un pingüino grande del áspero y seco tinto de la casa y una jarrita de agua. De postre, flan con dulce de leche o duraznos al natural con crema chantilly. Siempre me cuesta decidir.

 Ya satisfechos y en el camino de vuelta hacia Corrientes —esa media cuadra que nos separa de la avenida eterna—, cavilamos las alternativas. Después de cruzar la calle en la esquina misma de Montevideo, o empujamos las dobles puertas vaivén de La Paz o entonces doblamos por Corrientes y seguimos caminando media cuadra más, en dirección hacia el este y el bajo, para ver qué van a dar hoy en el trasnoche del Lorraine.

Esta sala de cine vive atestada de intelectuales “sobaco ilustrado” (por el eterno libro bajo la axila), hippies de carteras o bolsitos colgantes a la bandolera, minitas roqueras, flaquitas con olor a pucho, sudor y marihuana, o entonces barbudos bolches, troskos y otros ‘intelectuales de izquierda indefinida’, mezclados con montos, tacuaras, fachos y otros bigotuditos engominados de la ultraderecha argentina y de la guerrilla uruguaya (hay muchos exiliados uruguayos pululando por Corrientes en esta época, che. En la vecina orilla el gobierno de Bordaberry viene acribillando a los Tupas de modo organizado y sistemático).  

En medio de esta ensalada ideológico-político-filosófica, en la sala polvorienta y mal iluminada del Cine Lorraine, todos y todas (como —de la tribu de Corrientes—  se dirá en el futuro de la corrección política) comparten los films de Buñuel, de Antonioni, de Bergman y de Fellini; de Tony Richardson, de Pasolini, Varda, Truffaut y de Godard; de Kubrick, Lelouch y Costa-Gavras; de Torre Nilsson y Fabio. Uno a uno y según el horario, los films de estos directores se proyectan en continuado durante todo el día, la medianoche y la sección trasnoche de la una de la mañana.

Nos demoramos en la vidriera de la Librería Lorraine, de Pedro Sirera. Es un sucucho abarrotado de libros, estrecho de fondo pero amplio de frente. Se extiende hacia ambos costados de sí mismo —y de este modo abarca una buena parte de la fachada del cine. A cada lado de este local, entonces, se hallan las entradas al jol y la boletería del Lorraine.

Como de costumbre, registramos los volúmenes que exhibe la vidriera de la librería de Pedro Sirera: Las venas abiertas de América Latina, de Galeano; Mi amigo el Che, por Ricardo Rojo, Los argentinos y el status, de Mafud; El medio pelo en la sociedad argentina, de Jauretche. El hombre mediocre, de Ingenieros, El ser y la nada, de Sartre; Estrategias para sobrevivir en Buenos Aires, de Moffat; Voces, de Porchia, El son entero, de Guillén; El diario del Che en Bolivia, de la Editorial Siglo XXI. Nada nuevo. Lo de siempre; muchos libros de cine, las revistas Crisis, El escarabajo de oro, Planeta  y un par de números de la especializada francesa Cahiers du cinéma.

En las mamparas, a sendos lados de cada una de ambas entradas al cine, posters de las principales películas en cartel: La Patagonia rebelde, El arpa birmana, La tregua, Billy Jack, Los gauchos judíos.

Olor a nafta mal quemada, rumor de motor que regula en segunda. No precisamos darnos vuelta para saber que a nuestras espaldas y pegado al cordón, se desplaza en cámara lenta un Falcon verde o gris sin patente, pero que en cambio lleva espejos retrovisores externos sobre los marcos de las ventanillas traseras —y que el caño de una Itaka 12/70 asoma por la del acompañante. A bordo, cuatro pesados.

Volvemos sobre nuestros pasos y entramos a La Paz para repetir nuestro ritual acostumbrado: caminar culebreando entre las mesas para fichar quién está.

 Sentada a la ventana derecha de la ochava, Raquel —esa chica que está rebuena—, la de los minishort hot-pants de cuero negro, remera blanca bajo tiradores finitos también de cuero; botas del mismo material, de caña alta y de color blanco. Está meta charla con dos tipos de trajes de tres piezas y cara de canas.

Jorge dice que cuando llega al clímax, esta piba arma tal escándalo que los vecinos aplauden y gritan “¡otra!” “¡otra!”, casi al mismo volumen de sus gemidos. Es que su un ambiente sobre Corrientes y Uruguay es interno y las todas las ventanas que dan hacia el ‘aire y luz’ del edificio permanecen abiertas durante este verano porteño infernal.

En una mesa del centro del local, el esquelético Polesky, pómulos hundidos, chaqueta  guayabera de amplios bolsillos à la Daniel Ortega, barba irregular y mal afeitada, à la Ernesto Guevara, se halla sentado solo y lee. Me le acerco para saludarlo:

“Carlitos, ¿Qué te estás devorando hoy, loco?”

 “Lo de siempre, hermano; más Cortázar. ¿Tenés un negro, Mono?”

Saco de mi bolsillo los Parisiennes, golpeo sobre la mitad cerrada del tope del atado y tres o cuatro cilindros blancos saltan parcialmente por la mitad abierta, asomando como si fueran la artillería de una cañonera.

Con dos uñas largas, negro-amarillentas de nicotina y suciedad, Carlos Polesky toma por el filtro un cigarrillo y lo extrae con desinterés. Entonces, se coloca el pucho en la boca, y lo deja colgar flojo e inerte entre sus labios violáceos y carnosos. Me mira con sus ojos húmedos y oscurísimos de oveja degollada, esperando impasible la llama de mi encendedor Zippo. El negro Polesky parece un Inca transportado desde su pirámide al trocén porteño de estos años. Con un ¡flick! del índice y el pulgar, abro la tapa del encendedor y con el mismo pulgar giro la rueda del chispero.

En eso estoy cuando alguien tira del respaldo de la silla que se halla a mi izquierda. Es “Carozo”, otra de las personajes de La Paz. Habla sin parar, de forma compulsiva; habita en su rostro un par de ojos color verde aguado que se hallan siempre en movimiento; su vista interroga, escudriña, ‘barre’, inspecciona, observa. Su piel blanco-verdosa —que asoma de una túnica vaporosa hindú de muselina blanca de bordados multicolores— , por alguna razón extraña que no alcanzo a comprender me hace sentir al mismo tiempo atracción sensual y repugnancia. Bajo su pantalón árabe saruel color azabache —el fondillo hasta las rodillas—, veo asomar sus eternos zuecos negros.

Desde tiempo inmemorial Carozo ha estado taconeado desde la puerta de La Paz hasta alguna mesa con esos mismos zuecos ruidosos de madera. Ese sonido siempre la antecede, y a su parloteo, incesante y excesivo, que es siempre obtuso, profundo, ilógico, trivial, cautivante, aburridor e interesante. Inesperado. Otro cabello lacio que cubre una cabecita llena de ideas peligrosas.

Carozo cuenta con una back story que no sabemos si corresponde a su invención  —o sea, si es tan solo una ficción o si es la narrativa verídica y autobiográfica de su origen, pasado y realidad.

Carozo dice llamarse Fanny Lerner McGuire y haber nacido en Indochina, precisamente en la ciudad de Samarcanda, la milenaria urbe de Uzbekistán. Fascinante. Sin embargo, habla con el acento más típico —ese medio quejoso y entonadito de modo ascendiente hacia el final de cada oración— de los judíos de Villa Crespo, los vecinos de Severo Arcángelo y de Adán Buenosayres.

Carozo fuma en pipa.

Carozo se halla ante la inminencia de un viaje a dedo hacia la ‘realidad socialista’ del Chile de Salvador Allende. A su lado —su instigador, otro flaquito—,  un tal Willy Oddó, de los Quilapayún. Una quena asoma de la bolsa tejida que el flaco lleva en la espalda a modo de mochila quechua. Dentro de un par de años, Carozo pasará a engrosar la incipiente lista de los desaparecidos. Willy será asesinado en Chile, ya mucho después, en 1991.

Una vez que el pucho de Polesky está encendido y Carozo tiene mi beso estampado en el centro de su mejilla derecha, Jorge Audino y yo seguimos hacia el baño.

Dentro del baño Tucho pita un porro cortito y furtivo; Agustín Bottinelli orina en uno de los mingitorios (evita las tres letrinas-excusado, que apestan) y uno de los mozos se peina en el pequeño espejo sucio y rajado que cuelga sobre el lavatorio, mientras aparenta no percibir la práctica ilegal de Norberto Tucho. Enfrentamos a nuestra vez los dos mingitorios restantes y descargamos algo del vino y el agua de nuestra cena reciente. Le doy una palmada en la espalda a Agustín, —quien finge ignorarme­—, pero entonces los tres re-emergemos de inmediato al salón de La Paz. Nadie se lava las manos después de mear en un baño de machos.

Aunque todos los ventiladores de techo de La Paz están girando y todas las ventanas se hallan abiertas, la temperatura interior (y la exterior, por cierto) son insoportables.

En la ventana de la ochava, Esteban Mellino habla con Jorge Bustos de tango y de la creciente gentrificación de San Telmo. Buen tema: los tres decidimos atracar a ese puerto.

Apenas nos sentamos el mozo se acerca con cafés en la bandeja; en estas noches de La Paz los pedidos de café son tantos que el barista simplemente presiona un expreso tras otro, los mozos los ponen en sus bandejas y los van bajando a cada mesa, de acuerdo a los dedos que se levanten en solicitud de toda esa cafeína sabrosa y aromática al paso de cada mozo y cada bandeja.

No imagino posible hallar en ningún otro lugar un café  tan perfecto como el standard de los boliches de la calle Corrientes de este tiempo de revancha (sí, ya sé: es una avenida, pero, ¿quién la llama así?). Debo decir, principalmente un café comparable al te sirven en la barra del Ouro Preto, en la ochava noroeste de la esquina de Corrientes y Talcahuano. !Mi dios, néctar y ambrosía! P-e-r-f-e-c-t-o.

¡Pena que Ouro Preto no tenga mesas para pasar allí horas y horas de dolce far niente, como lo hacemos en La Paz o el Politeama, el Ramos o La Giralda —¡incluso La Academia, ya sobre Callao! Estos son nuestros hogares, nuestros hábitats, nuestra escuela universal.

 

Han pasado ya un par de horas más. Después de varias entradas, salidas y viajes entre el Politeama, el Ramos, La Giralda y El Foro (hoy nos hemos reducido al cuadrilátero más restringido); ginebras, cafés, cigarrillos y vasos de soda, volvemos a nuestro boliche central una vez más: entre el sonido y la furia, deambulamos de nuevo por entre las mesas atestadas de La Paz.

Lo mismo que en todos los otros boliches que acabo de nombrar, la temperatura dentro de La Paz está casi a punto de ebullición; la algarabía, ensordecedora; el humo, como el fog londinense; la animación, como al comienzo de una orgía romana. Boinas, barbas y pelos largos; Remeras y camisetas; polleras largas y acampanadas o minifaldas, jeans, jeans, jeans, camisas Grafa, camisas Grafa, camisas Grafa.

En la mesa de la última ventana de la izquierda, antes de la salida del fondo que da a la calle Montevideo (que se transforma en la de emergencia, cada vez que aparece la taquera para hacer una razzia), La rusa Libedinsky y su compinche permanente, Analía Averbuj, conversan con una furia intelectual quasi intestina, mientras echan humo como dos locomotoras.

La rusa viste un vestido amarillo estampado, largo hasta los pies. La tela, de algún material sintético casi transparente, deja ver su minúsculo soutien, su diminuta panty blanca, sus largas y delgadas piernas; en verdad, la transparencia del atuendo deja al desnudo el cuerpo delgado y estilizado de La rusa —una vera Kate Moss de esta década que describo.

Porque su cabeza está inclinada sobre su trago, el pelo castaño —bien oscuro largo y lacio— le cae a La rusa sobre la facha y deja entrever un rostro afilado de ojos enormes y brillantes. De su cuello cuelga un collar artesanal de cuentas de colores opacos; los pies finos y delicados calzan sandalias blancas de plataforma de corcho. Sus piernas se mueven en ritmo con el compás exacto de sus palabras.

Analía, más robusta pero igualmente bella —pelo casi à la garçonne, un rostro de nena traviesa de ojazos siempre deslumbrados y deslumbrantes— viste una remera Penguin celeste de estilo polo y una falda tableada azul marino parecida a las de los uniformes de los colegios de monjas. Sus pies se esconden dentro de un par de zoquetes blancos y zapatos negros colegiales de cordones atados con doble nudo.

Sobre la mesa, junto al cenicero Martini descansan algunos pares:  dos vasos de ginebra Bols, dos atados de rubios con filtro, dos pocillos vacíos de café, y —claro— sendos libros. El de La rusa es un texto eslavo; creo que hace un curso de idioma ruso o va a un taller de literatura rusa en la embajada soviética; no estoy seguro. El libro de Analía es el libreto de una obra de teatro del psicoanalista y auteur Eduardo Pavlovsky.

Justo en ese instante se acerca y se sienta con ellas El barba Vallejos, quien hace sus mangos como iluminador del Teatro Payró (no por coincidencia, donde se ponen en escena los textos de Pavlosky), mientras estudia en la facultad de ingeniería de la exclusiva y costosa Universidad Católica Argentina. La facu está en el edificio de Carlos Pellegrini 1535 (en el futuro, puro asfalto: el terreno formará parte de la extensión hacia el bajo de la avenida Nueve de Julio). Esas incongruencias también se viven en La Paz. El Barba meterá la cuchara en el caldo de cualquiera sea la conversación que sostienen las dos zurdas y su boca no se callará más.

Blasés de deleite, Jorge y yo nos acercamos también.

Dispuestos a sentarnos, arrastramos nuestras sillas hacia ambos lados de El barba.  A sendos costados de sus hombros y enfrentando los vértices internos de esa mesa, nos unimos al grupo: yo, al lado de La rusa; Jorge, al de Analía. Éstas son nuestras hermosas noviecitas judías. Nosotros, sus chicos goyim.

La noche está a punto de comenzar.

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New York, sábado 5 de enero de 2019

Fotos

Arriba: El café y bar La Paz de aquellos años.

Abajo: El Mono Pezzini de aquellos años.

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