El de las 18:20 – por Hugo Pezzini

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Tomo el de las 18:20. Es domingo y viene de Rosario, así que es muy probable que no encuentre asiento vacío ni por milagro, y no hay esperanza en absoluto de que se desocupe ninguno hasta Campana. Y aun así, si se desocupa alguno hay que estar atento porque seguro que suben muchos más de los que se bajan.

Entonces, hay que hacer pecho y meterse por el pasillo del vagón — arriba contra la corriente del río de gente que se ha levantado y avanza en tu dirección para bajarse en Campana. Mi suerte dependerá de si primero no se vacía el pasillo del lado de la puerta opuesta del vagón y los que suben por esa punta del tren me ganan y llegan primero que yo a los asientos disponibles. Si eso no sucede, el asiento es mío e iré sentado por lo menos desde Campana hasta Retiro. En general, los domingos a la noche esa es la única chance, la mejor posibilidad de las pocas disponibles, como quien dice. ¿Quién me manda viajar a esta hora, después de todo? Si me tomo el ultimo de la noche, como lo hacemos con Eddy Witte a veces, s-i-e-m-p-r-e y de modo indefectible sobra lugar para ir sentado. Pero ese tiene transbordo en Ballester y te tenés que recontra-congelar, cagarte de frío, durante los cinco o diez minutos que uno tiene que esperar en el andén hasta que llega el otro que te lleva en el tramo final Ballester – Retiro. Va a los pedos y en «Tres de febrero» no para. Debí haberme ido en ese.

La verdad es que ya estoy medio podridito de este viaje de todos los domingos, igual que del viaje en sentido contrario que hago los viernes a la noche o el sábado a la mañana, esta vez volviendo de Buenos Aires a Baradero. La mayoría de las veces el viernes ya me voy para la facu con el bolso o la valija y de ahí, en dos minutos estoy en Retiro. Ingeniería de la UCA es en Carlos Pellegrini y Libertador; tengo el paredón de las vías enfrente, tan sólo cruzar la libertador y mandarse para la estación. Así que imaginate. Pero el del viernes, como te cuento, es un tren problemático.

Lo que me hace tomar ese del viernes al atardecer, como te digo, son las ganas que se me van acumulando durante toda una semana de pensionado en el Opus Dei y facultad de ingeniería en la UCA, Me muero de ganas de largar todo eso y llegar de una vez por todas a Baradero ya bien entrada la noche. Le doy un beso a mi vieja que me espera despierta, como algo rapidito, dejo la valija en mi pieza y rajo a Dinka así nomás como estoy, para juntarme con la barra y tomar unos Criadores con hielo y detectar una mina para bailar.  Si hay alguna banqueta en algún rincón oscuro del boliche, la noche está completa.

Digo que esas ganas son lo que me hace tomar el tren de la noche del viernes porque el tren del viernes a la noche desde Retiro es más o menos como el del domingo al atardecer desde Baradero: se llena por completo ya en la capi misma y antes de salir. Se llena tanto —y todos los regulares lo saben— que cuando el tren viene reculando la gente ya se va subiendo. Retrocede vacío hacia el final del andén, en general por la plataforma nueve, del lado de afuera de la enorme nave principal de andenes de la estación con su bóveda interminable, mientras la gente se mete por las puertas y por las ventanas del tren con éste todavía en movimiento.  No respetan nada; un verdadero qui-lom-bo. Pero en pocos minutos ya todos estamos felices y contentos, traqueteando rumbo a casa.

De todos modos, uno se la rebusca llegando temprano a Retiro. Te metés al bar principal del hall central y tomás un café, un cortado o si tenés hambre te morfás un tostado triple de miga con una Coca-Cola mediana ‘bien helada’, como dice el anuncio; te fumas unos Parisiennes leyendo La Razón quinta. Pero no seas otario: siempre campaneá  la valija; tenela bien al lado de tu silla porque en Retiro no es raro que ande uno que otro chorro «descuidista» campaneando los baúles (pero no en estación Constitución).

Para tomar el de las dieciocho veinte a Baradero me tomo el 26 en la esquina de Corrientes y Callao —también lleno: hora pico, ¡la puta madre que lo parió! Me paro casi al lado del chofer y le chamuyo un par de boludeces amigables para que me deje quedarme ahí. Si hay que viajar de dorapa, ese es el lugar ideal. Ni bien cierra la puerta a palanca, me bajo al primer escalón y viajo en esa especie de rellano de piso bajo que se forma ahí con la puerta cerrada, y voy con el chofer, junto con él, a su lado, escuchando los mismos tangos que él escucha, relojeándole las fotos de Gardel, de Leguisamo, Evita y la Virgen de Luján que tiene metidas en el enorme espejo de arriba del parabrisas. De yapa como voy al frente (en ganador), puedo ir mirando el tráfico, sobre todo las minas que están buenísimas, y recontrabién vestidas cruzan por Florida, rumbo al sur en la esquina de Corrientes si el semáforo nos para, y después toda Leandro Alem, directo hasta la estación. Ya anochece. El sol ha bajado y el colectivo lleva las luces interiores encendidas; rojas y azules bajo el tablero. Parece un piringundín de la calle Veinticinco de Mayo.

El tren se atrasa siempre unos cinco o diez minutos para salir, entonces —si te sentaste del lado de una ventanilla— hay tiempo y oportunidad de mirar llegar a la gente; ver si aparece algún otro de Baradero que estudie en Buenos Aires o en La Plata. A veces los de La Plata se vienen a la Capital y sólo de ahí parten para Baradero. Ya vine una vez con Roberto Salaberry y otra, con el Jorgito Bernatzky. Hablamos al pedo todo el viaje. O entonces me lo encuentro a Formica, el comisionista de mi viejo; cualquiera es bueno para venirse charlando. La otra es leer a Cortázar o hacerse una siestita. Pero lo más interesante es cuando uno se sienta con alguna mina. Quién te dice; por ahí hoy viene alguna mina. Ya tuve muchas minas que, te juro, o ya conocía y me las encontré en el tren, o directamente conocí en el tren. Ya tuve más de una historia de amor que empezó a bordo de uno de esos trenes, che.

Por supuesto que te estoy hablando de los trenes diarios, de El porteño o de El rosarino, ambos corren entre Rosario y Buenos Aires. Pero a veces, no muy a menudo, tomo los rápidos que vienen de lejos: el Estrella del Norte, que pasa por Baradero a altas horas de la  noche y viene de Tucumán, pasando por La Banda y Rosario. Con los vagones a oscuras, en ese hay que meterse y andar a tientas, saltando tipos, minas y pendejos que están acostados durmiendo en el piso de los pasillos y hay un olor a pata que ni te cuento.

Lo mismo o algo parecido pasa si agarrás el Rayo de Sol o el Serranoche que viene de Córdoba. Cuando lo tomo, me la paso escuchándoles el cantito a los Cordobeses que viajan para Buenos Aires. Qué lindo. Ya me me he subido al Rayo del Sol sin boleto (a instigación de mi piba, que está llena de guita y entonces no le importa gastar). Digo eso porque al vagón pullman del Rayo de sol se puede subir sin boleto. Pero cuesta mucho más caro. No solo porque es primera clase sino que porque comprás el pasaje a bordo. Lindo lindo lindo el pullman del Rayo de Sol, con sus asientos de plush bordó con una almohadita con funda de tela color blanco inmaculado lavada y planchada a la perfección, como de hotel cinco estrellas. Ah, y calefacción brutal en invierno y aire acondicionado polar en verano, pibe. El pullman tiene además servicio de bar y ofrecen cositas para picar. Pero es un afano tanto con aire acondicionado como con calefacción. En invierno y en verano. Es para quien puede pagarse esos lujos, che. Como mi piba, por ejemplo. Ese es el mejor viaje posible entre Baradero y Buenos Aires. Y sólo para en Campana.  ¡Zap!, y estás en Retiro. Listo; «pal pensionau, que yegamo». Je. Así da gusto viajar. 

Ahora tengo que dejarte,loco: son las 18:21 clavadas y allá veo la luz agrandándose en el horizonte. Viene a horario. ¿Me pasás la valija y me das un pucho? Te veo el viernes que viene a la noche en Dinka, ¿eh?

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New York City, viernes 11 de octubre de 2019

 

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