El drama cotidiano de los desempleados en Baradero

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El hombre está agachado al borde de la vereda, a su lado hay una caja de cartón que está desarmado para luego doblarla y cargarla en un carrito desvencijado que se encuentra en la calle, cercano. Nos acercamos a él y, con angustia le preguntamos cómo lo está tratando la vida. La respuesta es la esperada: mal. Nos cuenta que por falta de pago le han cortado el suministro eléctrico y agrega que lo que obtiene como paga por el cartón, no le permite siquiera comprarse velas por lo que debe iluminarse con fuego. Repite lo que ya parece una letanía: busco trabajo pero no lo encuentro por ninguna parte.
Instantes después, con la caja ya cargada, parte empujando su carro en busca de otros cartones que pueda acumular ahora y vender luego para poder subsistir.
A la mañana siguiente encontramos a un conocido. Se trata de un hombre joven, inteligente, culto. Sabemos que ha viajado por varios países de norte y Centroamérica. No es nativo de Baradero, pero sí su esposa y sus dos hijos pequeños. Sabíamos que trabajaba en una empresa de pintura local desde hace un tiempo y, casi por costumbre, se le pregunta cómo andan sus cosas. La respuesta es la misma que la que nos brindara el hombre que empujaba el carrito: mal. Relata que desde hace tres meses está sin trabajo. De un día para el otro, el dueño de la empresa en la que estaba empleado, llamó a un grupo y les manifestó que por reducción de gastos, debía prescindir de los servicios de esos trabajadores.
A partir de ese momento comenzó a peregrinar intentando hallar empleo nuevo. Cuenta que, tras la obligada pausa que impone el fin de semana, sale los lunes con ímpetu renovado, pero regresa a su casa sin éxito, el martes igual, quizás también el miércoles, pero llegado el jueves, la sensación de derrota se torna irremontable y cuesta arrancare un nuevo día de recorrida infructuosa. Agrega que siente humillación por tener que rogar que le den algo para hacer. Que sus padres pueden ayudarlo, pero que no quiere vivir de esa manera porque tiene dos buenos brazos y capacidad suficiente para trabajar.
Nos encontramos, cuando mencionamos estos casos, con vecinos que pasan por situaciones más dramáticas: en las redes sociales pueden leerse historias de personas que, resignadas, caídas en la más baja de las situaciones humanas, deben recurrir a la basura de los contenedores para alimentarse.
Lo que opinamos cae por su propio peso. No vale la pena redundar sobre algo que, no por conocido y reiterado, resulte tolerable.
Lo descrito es cotidiano, palpable, en síntesis, una tragedia social. Solucionar tal cosa es una tarea perentoria, urgente y trabajar para encontrar la manera debe ser la prioridad de cualquier gobernante y, si no lo logra, ya se sabe cuál es el camino.

Gabriel Moretti.

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