El fallido Golpe de estado de Donald J. Trump – por Hugo Pezzini

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    No escribo sobre hechos políticos actuales o recientes. En general lo político en mi escritura aparece a partir de la politología, o sea, de las ciencias políticas. Son análisis o lecturas críticas de hechos históricos, o de teorías emanadas de esas ciencias o, por fin, re-elaboraciones de las líneas filosóficas internas que rigen y orientan dichas ciencias. Es filosofía política.

    No obstante, hace tres días y casi al fin de su mandato —a pesar de haber perdido las elecciones por algunos millones de votos— el presidente Donald Trump realizó un intento extender su permanencia en el poder durante un segundo período presidencial por medio de una maniobra que se encuadra en la expresión francesa “coup d’état”, un golpe de estado. Una sub-versión del proceso democrático de transmisión de gobierno.

    Bien conocemos los argentinos el significado, las causas, la metodología y el resultado de dicha alteración del curso democrático en la historia política nacional.

    Siempre, los ejecutores de golpes de estado tratan de encontrar justificación política por medio de una re-denominación lingüístico-descriptiva de ese golpe, concentrándose en cambio en su alegada naturaleza y sus objetivos. El resultado es el hallazgo de un sustantivo que significa una purificación de la cosa pública en procura de una perfección (quasi) utópica.

    Desde la fundación nacional, el término favorito en Argentina había sido Revolución. No obstante la coopción que hacen los golpistas militares de este clásico término romántico-seductor para exaltar las características del golpe, es innecesario que yo aquí refiera al lector a las utopías francesa, rusa, china, norcoreana, cubana, etc., sus estados pasados o actuales y sus consecuencias.

     Siguiendo con nuestra historia argentina en particular, el más infame de nuestros golpes de estado —o sea, famoso por el horror que alberga— resuelve confesar su intención y espíritu burocrático al abandonar el histórico mote, la Revolución de Mayo, la Revolución Libertadora, la Revolución Argentina, para en vez describir su arbitrariedad como El Proceso de Reorganización Nacional.

    Ya de partida la Junta militar de Videla, Massera y Agosti inscriben lingüísticamente a nuestro país en un universo distópico kafkiano: “El Proceso”. Éste constituye un mecanismo en el cual el ciudadano deviene un nombre en una lista con información adyacente sobre su persona y actividades, y medidas oficiales estatales a implementar a su respecto para ubicarlo y tratarlo de acuerdo a esa caracterización. Cada individuo se transforma en uno de los elementos funcionales que ese proceso manipula y controla. El argentino se convierte en un ente movible, desplazable, modificable o eliminable de acuerdo a las necesidades y objetivos del proceso re-organizativo. Si el pueblo no está satisfecho con el gobierno, el gobierno cambia al pueblo, como reza el aforismo de Bertolt Brecht

    Este golpe de estado proyectista —en su re-definición lingüística— indica que abandona para el presente inmediato los fines excelsos, utópicos, para adoptar en cambio una visión despectiva, desesperanzada. Describe su Guerra sucia. Observa al país como un caos atroz mejorable sólo por medio de un esfuerzo excesivo, despiadado, marcial. Sólo puede reestablecerse alguna especie de normalidad por medio de un tipo de ‘reorganización’ que evoca en la mente colectiva un proceso de limpieza metódica y de reordenación técnica, clasificatoria, dispositiva. Todo es eficiente, despiadado, formal y frío. No es por mera coincidencia que el Chile que emerge de la dictadura de Pinochet remolca hasta España, para exhibir en la Expo-Mundial de Sevilla, un iceberg antártico-patagónico como representación simbólica del estado chileno. El Proceso de Reorganización Nacional argentino propone alcanzar el fin de la re-organización sí o sí, cueste lo que cueste. Bajo un orden y rigor militares.

    Burócratas oficiales —que simplemente cumplen órdenes bajo la insigne obediencia debida, à la Adolf-Eichmann de la Alemania nazista— realizan una limpieza que incluye la expropiación ilícita y clandestina de bienes muebles, inmuebles y humanos (infantes); la detención, tortura y ejecución sumaria; la desaparición de una cantidad de ciudadanos —y extranjeros presentes en el país— que oscila entre cinco y treinta mil individuos, dependiendo de la ideología del observador que escoge y cita estas cifras.

    Ante la vigencia de este nuevo código normativo, ¿qué y quién impedirá que como secuela futura cualquier individuo civil o militar decida utilizar recursos e instrumentos violentos e infligir heridas o muerte para satisfacer deseos y necesidades personales o las de terceros contratantes —porque no se debe olvidar el papel que desempeña aquí la tristemente célebre “mano de obra armada desempleada”?

    Los años bajo el yugo de las juntas militares generan así —paradoja— una destrucción moral de la sociedad: dan luz a un nihilismo político radicalizado en posturas antagónicas extremas, caldo de cultivo del oportunismo y la marginalidad en medio del cual aumenta la desigualdad económica, y se agiganta la pobreza con la simultánea restricción del estamento medio de la sociedad: La clase media, el ‘rostro internacional’ de la nación es reemplazado por el de la indigencia. A la radicalizada oposición extrema en el campo político se suma el advenimiento de un medioambiente climático psicológico y concreto de peligro y temor constantes –en las calles y en los domicilios familiares y comerciales. Es el nacimiento de la violencia y el crimen generalizados como forma de vida. La inseguridad y la violencia se incorporan a la cotidianeidad de la esfera pública, mercantil y privada.

    Una vez que se ha comprobado de modo empírico la quiebra absoluta del orden institucional y constitucional —y la caducidad de las normas éticas—, la radicalización de esas posturas políticas internas agonísticas se normaliza y normativiza. Esta realidad iconoclasta arrasa con los símbolos arquetípicos argentinos que albergaban hasta entonces en la psiquis colectiva del estado y mantenían su cohesión.

    Cuando esta distopía desemboca en el Conflicto Malvinas y el poder militar cae por su propio peso, la dificultad y la contingencia de una reconstrucción pos-apocalíptica-dictatorial se revela como una penosa labor que llevará generaciones. Allí está Argentina. En las aguas agitadas de su tormenta político-ideológica, el país se balancea de un lado a otro —babor, estribor-izquierda, derecha—, tal como las largas embarcaciones de Ulises, cuyos remeros, los mejores de la historia mítico-clásica grecorromana, bogaban bajo imposibles condiciones de navegación. La grieta.

    Todo este prologo se hace necesario para colocar en el contexto histórico político apropiado, y que así, desde su propia experiencia mi conciudadano lector argentino, comprenda y tenga presente qué estaba y está en juego en estos días en este país del Norte. Esta es la realidad potencial que está en juego hasta el 20 de enero, fecha en la cual Donald Trump debe hacer entrega del mando a la administración vencedora de las elecciones de noviembre de 2020.

    En el cuarto siglo antes de nuestra era común (o desde el Siglo IV antes de Cristo, si así se prefiere), la democracia como forma de gobierno se extingue en el mundo, desaparece de la faz de la tierra. Es en ese momento cuando acaba esta forma de gobierno creada en la antigua Grecia. Sólo resurge la democracia cuando los Estados Unidos de Norteamérica la implementa como su sistema de gobierno republicano y constitucional, después de la independencia que se declarara el 4 de julio de 1776. Estados Unidos es el fundador de la democracia moderna.

    El de hace tres días fue el primer intento de golpe de estado en los Estados Unidos desde ese momento. La continuidad constitucional no había experimentado ninguna interrupción. Jamás hubo un golpe de estado en los Estados Unidos. Existió sí un intento de secesión por parte del sur del país, que deseaba mantener viva y operante la institución de la esclavitud. El trabajo esclavo había sido desde el inicio de la economía capitalista pre-independencia, es decir, desde la colonia inglesa norteamericana, entonces, la inhumana e insensible fuente original generadora de la gran riqueza de este país. Operativamente esta pendencia fue una disputa entre los estados (provincias) del Sur contra los del Norte, que se conoce como la Guerra Civil (The Civil War), una pugna armada sangrienta, que finalmente vence el Norte abolicionista.

    El intento de golpe de estado de hace tres días fue muy diferente de los que los argentinos reconocemos como tales, tan diferente de cualquier otro intento de golpe de los varios que la historia mundial registra, que los medios informativos norteamericanos e internacionales se han mostrado reticentes a calificarlo como tal. Pero este intento de golpe de estado fue, –sí, digan lo que digan los periodistas y analistas políticos—, un intento de golpe de estado.

    Lo voy a repetir: el seis de enero de 2021 hubo un intento de golpe de estado en los Estados Unidos, posiblemente pre-planeado y organizado. Trivia: observe el lector la inscripción -con la fecha del día incluida- en el suéter negro del miliciano trumpista que aparece en la foto de abajo, tomada en esa fecha fatídica frente al Capitol (el congreso) antes del sitio e invasión al mismo. La inscripción dice «GUERRA CIVIL». MAGA (en el rectángulo rojo), por supuesto que MAGA es la sigla del lema trumpiano: Make America Great Again. Hagamos a America grande una vez más.

    Los argentinos estamos acostumbrados a ver los tanques en la calle, las estaciones de radios, tomadas por la fuerzas militares golpistas, propalando marchas militares y comunicados oficiales; la imposición del toque de queda y la disolución del congreso.

    Este último recurso es lo que para nosotros es familiar y nos conecta con la acción en Washington: la invasión al poder legislativo, al congreso. Esta táctica facilita para nosotros, argentinos, la comprensión de que lo que estaban en marcha este último seis de enero era una tentativa de golpe de estado. No obstante, las fuerzas armadas protagónicas y omnipresentes en todo golpe de estado argentino eran invisibles en la tentativa del ultimo seis de enero en Washington, pero estaban también allí presentes. En este caso y en este país, las fuerzas armadas eran ‘irregulares’ y por lo tanto en su mayoría vestían ropas civiles.

    Estados Unidos de Norteamérica es el país que cuenta con la mayor cantidad de armamento en manos civiles de todo el mundo. La doxa popular (ya que no existe un censo de armas, sólo un registro) dice que en este país hay más armas en manos civiles que habitants:  Informa el respetable diario “The Washington Post”: There are more than 393 million civilian-owned firearms in the United States, or enough for every man, woman and child to own one and still have 67 million guns left over. «Hay más de 393 millones de armas de fuego cuyos propietarios son civiles. O sea, hay suficientes armas como para armar a cada hombre, mujer y niño del país y todavía sobran 67 millones de armas excedentes» (en manos de esos civiles).

    A pesar de que, como todo sucedió hace tan sólo tres días, el humo no ha ni siquiera comenzado a dispersarse, por lo tanto los hechos deben todavía investigarse para verlos con más claridad. Mucho debe aun salir a la luz. No se sabe cuántos de los milicianos de ultraderecha que Donald Trump congregó y arengó en la plaza de la Ellipse of the Capitol para que marcharan a tomar el congreso estaban armados con armas ostensivas u ocultas. No obstante, testigos presenciales y fotografías y video muestran casos numerosos de gente portando armas cortas y largas. Además, dentro y fuera del congreso, una vez de que este fue recuperado y los invasores expelidos, se hallaron bombas molotov y otros tipos de explosivos y armamentos que lo sediciosos habían abandonado en su retirada.

    Este país fue fundado sobre una premisa original basada en la milicia civil, fuerzas informales de la población que el gobierno convocaría si y cuando se hiciere necesario para la defensa del estado. De acuerdo a la correspondiente enmienda constitucional, la ciudadanía también tiene el derecho de autoconstituirse en milicia para derrocar una dictadura potencial o un gobierno ilegítimo, opresor o abusivo (el gobierno ilegítimo es la razón que Donald Trump utilizó el seis de enero para convocar a sus tropas.

    Para que se comprenda la autonomía de acción del ciudadano norteamericano. Dentro del sistema constitucional existe la figura jurídica del “enforcement citizen”: el ciudadano civil puede actuar como policía. Aunque no muy frecuentemente puesto en práctica, la Constitución Nacional le adjudica a todo ciudadano mayor y responsable el derecho a hacer citizen arrests: hacer arrestos. Cuando detecta una acción ilegal o criminal en curso, cualquier ciudadano puede atribuirse la función de fuerza policial y dar al malhechor la orden de prisión y ejecutar el arresto ella o él mismo. ¿Quedó claro? : La Segunda Enmienda de la Constitución designa la posibilidad de convocación a la población para constituirse en milicia armada para la defensa nacional. De allí emana el derecho a la propiedad, tenencia y portación de armas de fuego, inclusive de guerra, un derecho celosamente defendido por los partidarios de Donald Trump y la derecha norteamericana en general.

    Los miles de ciudadanos que sitiaron e invadieron el congreso ayer, eran parte de una milicia convocada por y bajo las órdenes del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, Donald J. Trump, y habían sido conminados por este último a defender el país ante la inminencia de la instauración de de un gobierno ilegítimo (el Presidente alega que Joe Biden fue elegido por medio de fraude electoral, de acuerdo a su teoría conspiratoria, creencia generalizada entre sus millones de seguidores): La forma constitucional norteamericana determina que el Presidente de la Nación ocupa la posición de Comandante de las Fuerzas Armadas (es por eso que aquí los presidentes le hacen la venia a otros militares). Donald Trump alegó fraude, determinó que el gobierno estaba a punto de ser usurpado por un gobierno ilegitimo y convocó las milicias a la defensa del estado nacional.

    La convocatoria del presidente a una lucha “contra la extinción del país como hasta este momento existía” (esta descripción suya implica de modo implícito la manutención del dominio del país en manos de la supremacía masculina blanca) era de hecho una orden militar a cumplir. Quienes estaban obedeciendo esta orden eran las milicias sediciosas ultraderechistas supremacistas blancas, como la de los Proud Boys, la de los conspiradores Qnon y otras milicias de nombres menos notables. A ellas se sumaron los trumpistas presentes no organizados en grupos formales, («la base trumpista» en sí misma) quienes también se consideran parte de las ‘huestes de Trump’, soldados de Trump listos a saltar en su defensa, que para ellos equivale a la defensa de la nación.

     

    El sitio, ataque, invasión y ocupación del Congreso Nacional:

    De hecho, el push fue obvio y está a la vista. Donald Trump arengó a los miles de milicianos (muchos armados y otros desarmados) para que se dirigieran al congreso y «luchasen con más fuerza aún» para impedir que el fraude «nos robe el país a pesar de la landslide election-victory we won, and the other side knows it very well», «la victoria por avalancha de votos que ganamos… y que el otro lado lo sabe muy bien”. Es de destacar los sediciosos incluían funcionarios del gobierno y policías y militares de civil.

    Excepción hecha de los guardaespaldas personales de los diputados y senadores (personal del Servicio Secreto norteamericano), durante el sitio e invasión al congreso, ningún policía de los que estaban de guardia disparó un solo tiro. Es inexplicable que haya habido poquísimas fuerzas del orden presentes, a pesar de que la marcha estaba anunciada y el presidente Trump había estado convocándola vía Tweeter por días y días –Donald Trump (@realdonaldtrump) tiene más de ochenta millones de seguidores en ese medio social.

    Como preparación para este evento, alrededor del congreso y  a una distancia considerable se habían dispuesto barandas tubulares, barricadas portátiles móviles (o mejor, muebles) de tubo de aluminio o aleación. Estaba apostada la policía asignada de modo permanente a ese edificio gubernamental, una fuerza de no más de 300 policías. Esa era la disposición del Capitol (el congreso) a la espera de la marcha de las huestes trumpistas.

    Es notable la diferencia entre esta ocasión del seis de enero y cuando se realizó la marcha al congreso de Black Lives Matter algunos meses antes. En aquella oportunidad se envió una fuerza policial en número de varios miles y otros tantos de la Guardia Nacional, para cercar por completo el congreso y proteger al Poder Legislativo (diputados y senadores) por medio de falanges armadas impenetrables. Ese día se hicieron numerosos arrestos indiscriminados, se arrojaron gases lacrimógenos y bombas de estruendo de efecto moral. Había además un suplemento de fuerzas de naturaleza no identificada de civil —o en uniformes no oficiales y desconocidos, de naturaleza no identificable— que participaban de las acciones represivas y que en vans (kombis/Traffics) sin identificación alguna operaban esos arrestos indiscriminados que acabo de mencionar. 

    Es posible este último seis de enero muchas de esas fuerzas no identificables, que hace un par de meses reprimieron a los manifestantes de Black Lives Matter, formaran parte de las milicias sediciosas que atacaron el congreso. El objetivo inmediato era impedir las deliberaciones del poder legislativo y como consecuencia, cancelar la certificación de los votos del Colegio Electoral; impedir la constitución del futuro gobierno de Joe Biden. De este modo, garantizar la permanencia de Donald Trump en el poder.

    No es difícil especular que si los invasores al congreso (the Capitol) hubieran sido no las milicias trumpistas sino grupos de militantes de Black Lives Mater o de Antifa (un grupo irregular antifacista), las fuerzas policiales y de la Guardia Nacional que defendían el congreso hubieran usado fuerza letal y el desenlace habría sido una verdadera masacre.

    Hubo una víctima femenina durante los eventos (cinco muertes en total, inclusive uno de los policías que hacían guardia en el congreso) y ésta ya ha sido identificada. Se sabe que era militar, veterana de combates en el Medio Oriente, y que se hallaba presente en el Capitol este seis de enero como parte de las milicias al servicio de Donald Trump. Fue acribillada por los guardaespaldas del Servicio Secreto, abocados a la protección de diputados y senadores. Esta mujer habría tratado de invadir la sala donde estaban refugiados los diputados y senadores, a pesar de las órdenes de ‘alto’ a viva voz, y la advertencia de que si avanzase se harían disparos.

    Se especula extraoficialmente que podría haber habido una creencia por parte de los invasores de un acuerdo tácito y de que su avance no sería repelido, dada la simpatía de la policía por la base trumpista. Es obvio que esta mujer militar no era una kamikaze. Tal vez lo que sucedió fue un accidente: los milicianos no contaban con la presencia de los guardaespaldas personales de los diputados y senadores, «los (hombres de) trajes» («the suits»): el servicio secreto.

     

    Oí declaraciones de diputados y senadores en la radio nacional NPR-WNYC esta mañana, en el sentido de que éstos habrían observado grupos de invasores en conversación animada con policías del congreso, que inclusive se tomaban selfies mutuos y grupales.

    Hay fotografías en los diarios de hoy de manifestantes subidos al techo de los vehículos blindados de la policía asignada al frente del congreso, enarbolando banderas trumpistas y confederadas sin que nadie los expulsase de esos móviles. Muy destacable la presencia de la bandera confederada. Representaba a los estados secesionistas del Sur durante la guerra civil. Es el paño rojo con la equis (X) formada por dos rayas azules formando diagonales con estrellas insertadas a lo largo de sus extensión. Hoy es el símbolo de la supremacía blanca; ayer, de la defensa de la institución de la esclavitud.

     

    Durante el desarrollo de estos hechos, todas las entidades políticas racionales y pensantes y distintos dirigentes nacionales comenzaron a ejercer presión sobre Donald Trump para que éste detuviese a los revoltosos. Se demandaba que emitiese un comunicado público instando a los sediciosos a desistir de su esfuerzo. Se exigía que el presidente llamase a la cordura a sus huestes, ya que se estaba movilizando la Guardia Nacional y el Pentágono se hallaba en alerta (el Pentágono es el comando centralizado de las fuerzas armadas, y se conoce por ese nombre debido al formato del edificio que lo alberga). Una confrontación armada en el congreso sería catastrófica.

    En la mañana de hoy se identificó a uno de los potenciales jefes del ataque: El Teniente Coronel de la Fuerza Aérea norteamericana Larry Rendall Brock, Jr. (en la foto, abajo), jefe de escuadra y piloto de aviones caza, veterano de Iraq y Afganistán, quien se hallaba dentro del congreso, uniformado con un chaleco antibalas y su casco de guerra verde. En su vestimenta ostentaba además jinetas con la imagen del personaje de historietas “The Punisher”, que es la insignia informal de las milicias supremacistas blancas de Qnon. Este militar fue flagrado por un fotógrafo dentro del despacho de Nancy Pelosi, la jefa del bloque minoritario de la Cámara de Diputados. En la foto, se observa que el teniente coronel tiene en sus manos algunos pares de esposas plásticas que en general usa la policía para inmovilizar detenidos en manifestaciones. Se especula que las mismas serían para detener diputados y/o senadores.

       

    Sólo después de seis horas de silencio, dada la conmoción entre los políticos nacionales e internacionales, ex primeros mandatarios nacionales llamando a la cordura, y creciente condena de la prensa internacional, Trump —es probable ahora despierto a la realidad de que su permanencia en el poder por ese medio, el golpe, sería imposible— apareció vía video y también vía Tweeter, aparentando tratar de calmar a los sediciosos con palabras que transcribo a continuación. «Estas son las cosas y los acontecimientos que suceden cuando una victoria electoral sagrada y aplastante es robada de manera tan brutal y sin ceremonias de las manos de grandes patriotas (*se refiere a estos milicianos dentro del congreso y a toda su base electoral, claro) que han sido maltratados injustamente durante tanto tiempo. Yo sé de vuestro dolor. Esta elección nos fue robada. Fue una victoria aplastante. Todo el mundo lo sabe, especialmente el otro lado. Pero ahora deben volver a vuestra casa. Debemos mantener la ley y el orden. Tenemos que respetar a nuestra gran gente en la ley y el orden. … Esta fue una elección fraudulenta, pero no podemos hacerle el juego a esta gente. Debemos mantenernos en paz. Vuelvan a casa con amor y en paz. ¡Recuerden este día para siempre! … Los amamos; ustedes son muy especiales».

    Uno de los cabos o tenientes de una de las milicias amplificó este discurso para todos los milicianos por medio de su megáfono. Cuando acabó propalar las palabras del presidente Donald Trump, este jefe miliciano dio a su vez la orden: «Han oído al Comandante en Jefe. Váyanse a sus casas! ¡Obedezcan la orden!

    De modo reluctante las tropas irregulares acataron el mandato y poco a poco se fueron retirando del congreso, mientras las fuerzas policiales practicaban algunas muy escasas detenciones al evacuar a los invasores.

    Muchos de los sediciosos, una vez en la calle se dirigieron a los parques circundantes, donde permanecieron a lo largo de la noche, ya debían esperar cientos de ómnibus que los habían transportados desde muchos estados, cercanos y distantes de todos los Estados Unidos.

    La tentativa de golpe de estado había sido así cancelada por orden del Comandante en Jefe de las milicias irregulares, Presidente Donald J. Trump.

     

    Desde ayer Facebook y Tweeter han suspendido las cuentas de Donald Trump para evitar la difusión de sus arengas incendiarias (*sin embargo, parecería que en estas últimas horas Tweeter reactivaría la cuenta de Trump una vez más. No lo tengo confirmado todavía).

    Los diputados y senadores democráticos y algunos republicanos están tratando de expulsar a Donald Trump del gobierno de inmediato, invocando la Enmienda 25 de la Constitución (en este caso, por «unfit for office«, “ por inepto para el cargo”, y porque es un peligro inminente para la continuidad constitucional, el proceso democrático y la seguridad nacional). Principalmente, se trata de neutralizar al presidente porque se teme que encuentre un medio de removilizar a sus masas de nuevo hacia la calle. Se sabe que el presidente ha estado haciendo esfuerzos para tratar de encontrar la forma de incorporar a miembros de las Fuerzas Armadas regulares  que dispuestos a entrar oficialmente en acción militar en apoyo a su permanencia en el poder (no se debe obviar que había militares y policías entre los invasores).

    La segunda opción que se considera en el congreso es un impeachment sumario por traición del Presidente al juramento presidencial y al orden constitucional. Sin embargo, los medios de prensa indican que no existe tiempo cronológico suficiente como para implementar un impeachment. Por otra parte, la primera opción de aplicación de la Enmienda 25 de la Constitución estipula que el vicepresidente de la nación es quien ocupa el asiento presidencial si el primer mandatario es retirado del mando. Esto también es improbable porque se estima que a pesar de haber condenado los eventos del el seis de enero, el Vicepresidente Mike Pence no estaría dispuesto a reemplazar a Trump y asumir la presidencia. Su repudio a las acciones de Trump no es sincero​ o al menos, relativo.

    Ayer a la tarde Donald Trump —debilitado en su imagen política, disminuido su mando formal, y con figuras importantes de su gabinete renunciando de sus cargos como consecuencia de la invasión al congreso; con su imagen transformada en el hazmerreír mundial, y ante la condena de los jefes de estado de una cantidad considerable de naciones y de casi toda la media mundial, volvió a romper el silencio.

    Donald Trump emitió un ridículo comunicado, tardío y sin sentido, ahora sí condenando la invasión al congreso. Dijo: “Como todos los estadounidenses, estoy indignado por la violencia, la anarquía y el caos. He convocado de inmediato a la Guardia Nacional y a las fuerzas del orden federal para recuperar el edificio y expulsar a los intrusos. Estados Unidos es y siempre debe ser una nación de ley y de orden. Los manifestantes que se infiltraron en el Capitolio han profanado la sede de la democracia estadounidense. A aquellos que se involucran en actos de violencia y destrucción: ¡ustedes no representan a nuestro país y aquellos que violaron la ley, pagarán!”

    Por supuesto que estas declaraciones son —en el léxico que George Orwell acuñara en su novela “1984” — tan sólo una expresión verbal «doble-plus-pato-habla»: vociferaciones que tal vez signifiquen lo opuesto de lo que enuncian, o entonces no signifiquen nada. Trump puede decir esto y al minuto siguiente apretar el temible botón rojo del apocalipsis.

    El mundo entero tiembla en los próximos trece días. Durante ese período, continúa a disposición de The Joker la mayor maquinaria bélica del universo conocido.

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    New York City. Sábado 8 de enero de 2021

     

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