El Imperio de los Sentidos – por Hugo Pezzini

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Ese verano, me leí Rayuela entera en el pastito de mejor calidad del Club Regatas. Bajaba a leer todas las tardes, muchas veces después de almorzar en la terraza de la conserjería, localizada, claro, en el primer piso, arriba del salón de botes.

El almuerzo: los de la conserjería hacían unos Carlitos tostados buenísimos. El Carlitos venía servido en un pan pebete semi-redondo, similar al pan de los hamburgers de hoy pero con la consistencia y el sabor del pan pebete. De locos. Entre sus mitades te encontrabas con un generoso bife de lomito (filette mignon de veau) de verdad, ¿podés creerlo? Además de bien jugoso, venía con cebollas y morrones asados. Los morrones eran más rojos aún que el jugo que brotaba de ese lomito cada vez que lo mordías. Era el Carlitos menos Carlitos de todos los Carlitos que uno podía comer en todo el país. En realidad, no hay que joder: para comerse ese, había que pedir un “Carlitos de Lomito”, un puro invento exclusivo de Vega. Recordarlos me da un hambre que no te cuento, pibe, ahora mismo mientras lo escribo.

Los conserjes del club eran José (Pepe) Vega padre y Pepe Vega hijo. Estos dos emprendedores habían instalado en la terraza de la conserjería un mamotreto de madera noble casi del tamaño de un piano, o más grande aún. Era un gigantesco megabafle altoparlante estereofónico de alta fidelidad. Antes —en el centro de Baradero—, había musicalizado la parte delantera del muy largo y estrecho Bar Vega. Lo de Vega había sido el lugar más de moda de todo el pueblo. Revolucionario. Las puertas de lo de Vega eran contiguas al Círculo Italiano y al Cine Colón —más o menos al medio de la cuadra de la calle Santa María de Oro entre Sáenz y Thames. Este bar era también de propiedad de los ahora conserjes Vega. Eso queda claro por el nombre, ¿no? Lo de Vega. Otro día te cuento en exclusiva y en detalle qué pasaba en lo de Vega, ¿OK?

Mirá la foto de abajo: esa es la cuadra de lo de Vega.

 

El sonido de Vega era el más nítido y cristalino del pueblo —y el de mayor potencia y volumen, sin duda alguna. Además de fiel y veraz era altamente realzado. Sólo cuando uno oía una grabación propalada por el mega-bafle altoparlante estereofónico de Vega, uno descubría realmente cómo sonaba la misma: se individualizaba cada instrumento, cada golpe percusivo, cada inflexión de la voz del cantante o los cantantes. Cada artefacto instrumental o humano se diferenciaba con total claridad e independencia de todo otro instrumento, de toda otra cuerda vocal. En Lo de Vega había sido así, pero una vez instalado en el Regatas al aire libre y con posibilidades de soltar el volumen sin limitación alguna, oír el sonido de ese aparato determinaba una experiencia singular, sublime. Desconocida para nosotros hasta ese momento.

Entenderás entonces que, en la sede del Regatas, Vega ponía la música a toda máquina. Volaba. Tan alto era el volumen que cuando uno venía del centro y doblaba la esquina de El Portuario, al terminar la bajada al club, ya se oía y entendía perfecto cualquiera fuese la letra de la canción que estuvieran tocando en ese momento. Y no te digo nada de cómo se oía desde los muelles del puerto. El sonido salía de la terraza del Regatas, pegaba directo contra las paredes de los galpones del puerto, rebotaba y se expandía por todos los muelles —tanto los del Puerto de Baradero como los del Club de Regatas Baradero. Si te sentabas en el único banco del muellecito de madera del club, allá bajo el sauce llorón, al lado del atraque de las canoas anchas A y angostas F (nosotros decíamos que la F significaba “finas”), la música se oía nada menos que tipo surround sytem. Así mismo era la cosa, che. La fuerza de ese sonido te envolvía e involucraba por completo.

No preciso ni sugerirte qué pasaba si estabas en la terraza donde se localizaba el mega-bafle altoparlante estereofónico de Vega, ¿no? Sólo viví una experiencia sonoro-emocional semejante allá por el setenta y nueve u ochenta, cuando entré por primera vez a una discoteca neoyorkina, el Paradise Garaje —que funcionaba dentro de un mega galpón que había antes sido el estacionamiento de los camiones del United States Postal Service, el correo nacional norteamericano, en Downtown Manhattan. El volumen y potencia de la música en la pista de baile era tal que —aunque gritases al máximo de tus posibilidades pulmonares— jamás podrías percibir si estabas verbalizando de forma sonora efectiva o simplemente abriendo la boca y expirando con toda tu fuerza.

¿Qué música, eh?

A Vega le encantaba Ray Conniff. Eso: Ray Conniff. Ponete algo de Ray Conniff ahora mismo, si querés; así recordás o aprendés de quién estoy hablando. Te lo recomiendo. Youtube, pibe. Pero búscate grabaciones de esa época, del Ray Conniff joven. Hablamos de los sesenta.

Uno doblaba a pata la cortadita de tierra después del chalet de Uffelmann y ya se ponía en clima: meta trompetas y coro de Ray Conniff. Gracias a la música de Vega, empezabas a sentirte en el club justo ahí, al llegar al terreno del Rancho de la Peña. El terrenito con el rancho de adobe y techo de paja. Creo que hoy es el Parque de la Memoria, o algo así: ando de foráneo hace medio siglo, entonces al Baradero actual lo toco medio de oído; mi dispiace, mio caro.

En fin, al llegar a ese lotecito tenías la opción de —en vez de seguir hasta el bar El Portuario y los adoquines—, antes del tal Rancho de la Peña, cortar en cambio por el casi-callejón de tierra que descendía hacia el Regatas y por ese camino alcanzar el alambrado del fondo del club. Si usabas ese atajo, no te quedaba otra que entrar separando dos hilos del alambrado de púas que cercaba esa parte baldía del club.

El alambrado alternaba un hilo de púas y otro de alambre común, un hilo de púas y otro de alambre común. Mejor agarrar el hilo de alambre común, bajarlo un poco, meter una gamba por arriba y agacharse bien para esquivarle la espalda a los dientes del de púas que quedaba arriba. Había que pasar por el alambrado para adentro del terreno del club con mucho cuidado, caso contrario te harías mierda la remera que llevases puesta ese día —a esa altura ya transpirada de patear desde la Plaza Mitre toda la bajada en plena hora de la siesta. Pero eso era solamente si no habías almoarzado ya en el club. En ese caso, habías estado allí desde la mañana, como lo hacía Julieta, por ejemplo, de quien se podría decir que vivía en el club.

Sigo:  —ya meta escuchar la música de Vega— entrabas por el alambrado y a unos cincuenta metros o más pasabas al costado de la casa de Pica. Te acordás de él, ¿no? Pica era ese tipo de pantalones arremangados a lo pescador y boina; flaquito, simpático y chaplinesco; de bigotito cafisho a la Pasqualino Settebellezze. Pica era de-facto el contramaestre del club — Tal vez el Contramaestre oficial fuese el viejo Poletti, pero Pica era una presencia constante y el gran “decididor” del club —en la expresión que acuñara para autodescribirse el presidente norteamericano bobalicón George W. Bush: the “Decider”.  

El viejo Poletti era decorativo; Pica, era ejecutivo. Para solicitar y conseguir satisfacer cualquier necesidad relacionada a la institución, tenías que acudir a Pica. Te encontrabas con el salón de botes cerrado: Pica. Faltaban los remos del cuatro-novicios: Pica. No salía agua caliente de la ducha del baño de damas: Pica. No estaba la medallera en la pileta: Pica. No te arrancaba la moto al fin de la tarde: Pica. Pica para lo que fuera. Pica, Pica y Pica. Pica: el handyman del Regatas.

En verdad, al menos durante los días de semana, el club quedaba en manos del contramaestre Pica, de los conserjes Vega padre e hijo, y de Ester Cándido, la medallera de la pileta de natación grande — Había también una pileta chica frente a los vestuarios, pero esa era sólo para los pendejitos. Si te habías metido a la pileta chica y te veía quienquiera que fuera de los de la comisión que anduviera merodeando al azar por ahí ese día, ¡cagaste! Te suspenderían por un par de semanas. La única jugada que te quedaba —si te pasase eso y no quisieses encontrarte pajereando solo como un boludo por el pueblo vacío y calcinante a la hora de la siesta— era colarte al Tiro. Estaba siempre lleno de gente y mucho control no había. Entrabas por el pastito, saltabas la baranda de la pileta y al agua. Mojado y en malla todos los gatos son pardos, si es que entendés lo que quiero decir.

Por las ramas, por las ramas… Vuelvo al tema, pero date cuenta de que todo lo que te describo, todo lo que acabo de describirte y aquí describiré son escenas cuya banda de sonido es la omnipresente música de Vega.

Seguimos. Ni bien doblabas ahí frente al Rancho de la Peña, ya escuchabas el Ray Conniff a toda marcha del mega-bafle altoparlante estereofónico de Vega. Si Vega no estaba poniendo long-plays del género tipo Ray Conniff, la segunda posibilidad es que la rompiera con Los Románticos de Cuba , también a una potencia y volumen ensordecedores. Dale más y siempre con todo. En ese estilo, era o Los Románticos de Cuba o la Orquesta Serenata Tropical, ambas agrupaciones del género que esta última palabra identifica: música tropical.

Antes de que me olvide: cuando digo “a Vega le gustaba”, “Vega ponía”, “la música de Vega”, me refiero tanto a José Vega (el padre) como a Pepe Vega (el hijo). No sé si uno era más DJ —disc jockey— que el otro, si ambos coincidían en gusto y los dos seleccionaban y ponían música, o si era uno sólo el que se ocupaba de toda la producción. Era un sonido que brotaba del mega-bafle altoparlante estereofónico, pero ignoro cuál era la fuente humana individual que alimentaba cada canción en particular. Por lo tanto y para todo efecto, la responsable por la música propalada desde el mega-bafle altoparlante estereofónico para todo el ámbito del club y áreas aledañas era “la entidad Vega”, ¿OK? ¿Te quedó claro? ¿Posta?

Si te hallases por casualidad sentado a la mesa de la terraza, que quedaba al lado del mega-bafle altoparlante estereofónico, olvídate. Era imposible charlar, ni que fuera a los gritos. O te dedicabas a escuchar música o te rajabas de ahí a hacer alguna otra cosa en otro lugar del club. Vega derramaba una cornucopia sonora completa en tus oídos. Una solución posible era ir a sentarte adentro, en el salón de la sede/bar del club. Pero igualmente la música retumbaba atronadora a través de los muchos paneles vítreos de las varias puertas que daban a la terraza. Por razones del efecto surround, el sonido penetraba también a través de las ventanas opuestas a la terraza, esas que daban hacia la cancha de básquet, o a través de las ventanas laterales que se abrían hacia el río.

La hora de la música, para Vega era la hora de la música. Eso es lo que se hacía ahí durante casi toda la tarde. Vega ponía música. Listo.

Vega era obsesivo: Tocaba muy seguido algunos temas en especial y los repetía más de una vez a lo largo de la tarde. A Vega le encantaba Balada de la trompeta. A ésta la ponía en la versión de Los Cinco Latinos con Estela Raval. Estela Raval la rompía. Era esa versión que Vega repetía todo el tiempo. La que cantaba el gallego Raphael no la ponía jamás. Ni por puta. Era como si no existiese. Para mí, ni la tenía, grazie a Dio.

Hablando de trompetas: A Vega le gustaban mucho los metales, los bronces, che: Fausto Papetti era otra constante. Raúl Manzi, el hijo del gerente del Banco Provincia, tenía una colección de discos de jazz muy buena. No quieras compararla con la de Ciniscalco, eh? La del flaco Ciniscalco era la mejorcita de la zona. Si no, preguntale al Goro Barman que es amigo de él. Entonces, ni bien Raulito Manzi oyó por primera vez la calidad del sonido estereofónico de Vega, empezó a traer dos o tres longplays cada vez que bajaba con nosotros al club. Recuerdo especialmente uno que en una de las bandas del lado A tenía un solo de batería de Jim Krupa. Era imposible oír ese solo de Krupa por el mega-bafle altoparlante estereofónico de Vega sin imaginar que Krupa estaba metido adentro de ese altoparlante, allí mismo en la terraza del Regatas. Medio como el Mago de Oz.

Vega también fue un precursor de la cumbia. Meta los Wawancó y el Cuarteto Imperial. O entonces diez veces por día la cumbia instrumental del organista Tulio Enrique León, La pollera amarilla. Esta última era BUENÍSIMA, como lo eran casi todas las otras canciones de los otros dos grupos cumbieros que te canté, hermano. Esa era la época de la auténtica cumbia colombiana, creeme. No esta bosta que se baila ahora. Y no me des manija con el reggaetón, ¡please! Tiro todo a la mierda y no escribo más.

A propósito del “ruido”: ni te voy a describir la calidad de sonido de Vega porque es chamuyar al cuete nomás, como canta Julio Sosa; ya lo hice lo mejor que pude. No sé decirlo de otra manera. Dadas las posibilidades tecnológicas limitadas del pueblo en ese momento, el sonido Vega era lo máximo. Más o menos como si ese mega-bafle altoparlante estereofónico de Vega fuese una metáfora (o viceversa) del mítico Wall of Sound de Phil Spector, que si no me equivoco surge en esa misma época.

Te imaginarás que todos soñábamos con tener ese equipo Vega en nuestro living y hacer un asalto con las mejores minas y pibes del pueblo. Las minas, el morfi; los machos, la bebida. Era el sistema estándar para hacer un asalto. Cada género sexual traía algo diferente. La minas los sólidos y los machos los líquidos. Entonces, era picadita, chupi, pedo macuco, música, baile y franela hasta altas horas de la noche. Todas las sillas, mesas, sillones y sofás iban a parar a los rincones o terminaban apoyados contra las paredes del living para hacer la pista; todo el hall, el living y los pasillos bien oscuritos para chapar, y —en esa condición soñada imposible— con el mega-bafle altoparlante estereofónico de Vega reventando el rock de Los Pick Ups, Los Teen Tops, Sandro y los de Fuego, The Shadows, Duane Eddy o alguna otra maravilla en el estilo de esa época.

Una vez más: al asunto y volviendo a Ray Conniff, porque me olvidaba de decirte que a Vega le gustaba tanto Ray Conniff como le gustaba el trío Los Panchos y Los Cinco Latino. Toda esa gente que canta a coro. A Vega le gustaban principalmente Los Panchos cuando Eydie Gormé interpretaba las letras con ellos. Edy Gormé tenía algo intangible en su voz que la emparentaba con la de la Estela Raval de Ray Conniff. Esas cantantes constituían el punto de intersección entre ambas orquestas. El único punto, por otra parte, ya que la orquesta de Ray Conniff estaba saturada de bronces, mientras que el trío Los Panchos tocaba principalmente cuerdas acústicas. Muy muy latino folclórico todo, más bien caribeño. No demasiado lejos de Los Románticos de Cuba o la Orquesta Serenata Tropical. Era lo que nos llegaba de afuera en esa época. Y como viceversa, Los Cinco Latinos eran un grupo concebido for export.

En esto Vega coincidía en su gusto con otro personaje del pueblo. Las preferencias musicales de este último tipo que acabo de mencionarte se identificaban con una cierta subsección de la “estética Vega”. Te explico: cada vez que armábamos un asalto en el salón del Centro de Comercio, en el primer piso enfrente a lo de Quito Deppeler, sabíamos que en un momento del baile u otro se aparecería el padre del Conejo Pérez con su pila de discos de Ray Conniff, del trío Los Panchos, y por ahí, no recuerdo bien, también de Los Cinco Latinos. Es a él a quien acabo de referirme. Llegaba el padre del Conejo Pérez con su parafernalia de vinilo, chau proto-rock: a partir de ese instante en adelante todo era franela con Ray Conniff y Los Panchos de fondo hasta que alguno de la comisión del Centro de Comercio e Industria de Baradero viniera a aguarnos la fiesta en lo mejor. Venía a apagar las luces y a cerrar el salón. Así el inesperado funcionario nos arrojaba a la calle: unos cincuenta o sesenta adolescentes en estado de hirviente calentura. El asalto acababa en ese momento, cuando nos echaban.

A veces se ponía MUY jodido organizar un asalto — Había que convencer a los padres de alguno de nosotros de que nos prestaran la casa por una tarde y el comienzo de la noche, o entonces de que alguno de ellos se hiciera responsable ante la comisión del Centro de Comercio o del Club Regatas —en el último de los casos, del Ateneo de la Juventud Don Bosco. Era un proyecto tan complicado que más de una vez nos resignábamos: al llegar el fin de semana nos íbamos a bailar a alguno de los clubes del pueblo.

Che, ¿entendiste entonces por qué siempre se nos aparecía el padre del Conejo Pérez, no? Como la jugaba de disc jockey, de entre todos nuestros progenitores el padre del Conejo Pérez era el padre que más dispuesto estaba siempre a responsabilizarse ante el Centro de Comercio para nuestros asaltos. En ese sentido, el padre del Conejo Pérez era un viejo excepcional: El tipo concretamente curtía los asaltos que dábamos. Era nuestro comodín, nuestro As en la manga. Por lo tanto, de muy buen grado y con inmenso placer —literal— franeleábamos al ritmo de Los Panchos, Ray Conniff o Los Cinco Latinos hasta que nos expulsaran de las instalaciones.

Digo eso del sueño colectivo con el mega-bafle altoparlante estereofónico de Vega y lo de las limitaciones tecnológicas de nuestro pueblo porque nuestros estéreos (y varios monoaurales: el estéreo era algo reciente) dejaban muuuuucho que desear. Imaginate que aun cuando mi viejo vendía electrodomésticos en el anexo a la joyería —y por lo tanto tenía combinados Philips, la marca que él representaba en el pueblo— el que teníamos en casa era un aparato holandés Philips que se cerraba como una valija: la tapa era el parlante. O sea que era un tocadiscos portátil.

A pesar de que el sonido de ese equipo era muy bueno (qué querés, si era un Philips holandés), en una sala enorme el volumen era siempre insuficiente, desaparecía. A todo volumen, peor aún: distorsionaba. Imposible usarlo para un asalto tan grande como uno en Centro de Comercio. Una vez probé y fue una mierda. Servía para el living de la casa de algún amigo o amiga, y hasta por ahí nomás.

En mi casa nunca hice un asalto. Imagino ahora que a esa edad yo sabía de forma implícita que sería impensable e imposible para mis viejos que yo hiciera un asalto en casa. Aquí en EE.UU. hoy dirían que mis viejos era gente privada in extremis. En el Baradero de esos años, hoy imagino que todos mis amigos y conocidos pensarían que mis viejos eran antisociales. No lo sé ni jamás lo pensé o vislumbré. Cuando uno es chico supone que todo lo que uno vive es “lo normal”. Como dice el pibe al comienzo del film de Martin Scosese, Goodfellas: “As far as I can remember, I always wanted to be a gangster”: Hasta donde alcanzo a recordar, siempre quise ser un gángster. Para un hijo de gangsters, la normalidad es el gangsterismo

En esa situación —sin padres dispuestos a prestarnos la casa ni voluntariosos adultos responsables para que nos autorizasen el asalto en una institución cualquiera del pueblo— allá íbamos nosotros, meros mortales individuos al baile del Atlético, del Sportivo, de Fundición, del Rivadavia, de La Ribera o del club que fuera donde hubiera baile ese día. Hasta nos apilábamos todos en un par de autos y salíamos para el Tiro Flowert o para La Cambicha. Con mucha suerte, con una minita sentada en la falda. Lava volcánica.

Pero en los clubes, de modo indefectible había que tragarse la orquesta típica: de tango no sabíamos ni mierda, ni mu. Éramos la primera generación que bailaba suelto o entonces, uno bailaba lento: abrazados mutuamente. Agarrados uno al otro como chuncacos, rotábamos despacio sobre una única baldosa —achurándonos al ritmo de un bolero o de baladas francesas, italianas o yanquis. Mireille Mathieu, Gilbert Bécaud, François Dorleac, Charles Aznavour, Mina, Nico Fidenco, Ornella Vanoni, Edoardo Vianello, Neil Sedaka, Connie Francis, Dion Dimucci, Brenda Lee. ¡Era TAN difícil volver el lunes “a la normalidad”, de guardapolvos blancos al Ferrari o a las monjas, después de tal inmersión precoz en el universo sensual y sexual!

Por lo tanto, cuando llegaba la orquesta típica en los bailes, la única opción que nos quedaba era sentarnos a chupar a alguna mesa mientras las minas se iban al baño a remaquillarse, o se cortaban solas por su cuenta y desaparecían por el resto de la noche. Alguien que sabía llevar tal vez las sacara a bailar tango y era adiós para nosotros. Perdidas. Solos.

No obstante, si estuviésemos locos por la mina con la que estábamos esa noche, la opción forzada y extrema era renunciar a todo honor y sacarla a bailar tango nosotros mismos. Tangueando mal en la pista pero abrazados a esa mujer, nos rendíamos inermes al Imperio de los Sentidos.

Desire is King.

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Pleasantville, New York. Sábado 20 de febrero de 2021

 

 

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