El mundo de los chicos genios

0
93

ninos

Vienen al mundo con sus pequeñas mentes brillantes, con sus talentos innatos a cuestas. Saben leer a los tres años, a los cuatro escriben; un año más tarde, a muchos les fluye el inglés o el francés.

Son curiosos, curiosísimos. La escuela es para ellos un lugar aburrido que no les enseña nada nuevo, ni los comprende, ni los estimula en sus búsquedas. Su ansiedad por saber, que no se satisface casi nunca con sus maestros o sus padres, los lleva a investigar solos, a husmear bibliotecas, a navegar por la web y así aprender de astronomía, de vidas pasadas, de matemática, filosofía o física.

Son los niños superdotados, con un cociente intelectual (CI) de 130 puntos o más, según parámetros de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El CI es una estimación general de la capacidad de los individuos de pensar y razonar e indica cómo nos posicionamos frente al resto de los individuos dentro de un nivel de edad determinado.

En la Argentina estos niños representan cerca del 5% de la población infantil en edad escolar. «Cada dos aulas hay un niño así», grafica Héctor Roldán, presidente de Creaidea y uno de sus fundadores; Roldán fue, también, un niño prodigio que recuerda con tristeza: «Pasé mi infancia medicado, porque como me aburría en clases era revoltoso y me mantenían medio sedado».

Como él, muchos niños superdotados no se dan a conocer; más bien, se esconden y procuran pasar desapercibidos para poder integrarse mejor. María del Carmen Maggio, directora de la Fundación para la Evolución del Talento y la Creatividad, da fe de ello. Cuenta que la falta de incentivos para el desarrollo de estos niños con capacidades diferentes muchas veces termina frustrándolos y, en algunos casos, los condena a abandonar sus estudios primarios o secundarios. «Me entristece enormemente que como sociedad no logremos aprovechar a estos chicos y que, por sobre todo, no los hagamos felices», dice a lanacion.com

Para contrarrestar estas situaciones es que Maggio destina sus días a coordinar los talleres de inventos y de arte de su fundación. Es sábado a la tarde y en el edificio del microcentro donde se convocan se observa de todo: desde aquellos pequeños que despliegan su genialidad apenas dan sus primeros pasos, pasando por quienes a los 4 ya inventan sus propios videojuegos y sueñan con los científicos que serán, hasta adolescentes que abandonaron el secundario porque no soportaron la angustia de un día más de clase.

Entre los 15 niños y jóvenes que participan de los talleres está Bruno Caruso Losada (8), uno de los más extrovertidos. Agradece «saber más que todos los compañeros de clase» y dice que es feliz así. Cuenta que sueña con ser un científico y estudiar en otro país. Ahora, en el taller de inventos, trabaja con el diseño de un ábaco electrónico y con un videojuego. Se lo ve ansioso por terminar, inquieto, no para un segundo. Da vueltas entorno de la mesa donde descansan sus artefactos a medio hacer.

Los padres de estos niños especiales los acompañan casi como su sombra; saben que son sus sostenes más firmes -la mayoría de los niños genios no se integra a su grupo de pares y sus maestros no son respetados por ellos como referentes-. Ellos aportan su paciencia infinita, su compañía incondicional; a veces sufren con sus hijos o no saben bien cómo ayudarlos.

Para Paulina Mabres, mamá de Manuel (12) y Catalina (17), fue diferente. Ella, también niña genia, sabe de esa incomprensión y entiende los pesares de sus dos hijos. En el hogar se respira un clima especial, como si ese fuera «el lugar en el mundo» de todos ellos. Afuera, no todo es tan fácil: saben de golpes en el colegio, de incomprensión de docentes y psicólogos, conocen el aburrimiento, vivieron la discriminación.

En casa están en paz. Su madre y ellos sueñan con que éste sea un mundo para todos.

 

Fuente: www.lanacion.com

Comentarios de Facebook

[fbcomments]

DEJAR UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario
Por favor ingresa tu nombre aquí