El ocaso de las máquinas de coser Singer: del origen de un imperio a las donaciones de Evita y el «factor China»

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En un geriátrico ubicado en el barrio de Caballito, una de las mujeres mueve las manos en el aire. Sostiene un hilo, lo corta. Hace unos pliegues. Coloca un pedazo de tela sobre una máquina. Lo desliza lentamente sobre una aguja. Estira el lienzo, vuelve a doblarlo sobre la mesa. Repite el ritual.

La mujer es mi abuela, mi nonna Ornella, de 93 años. Ella no lo sabe, pero esos movimientos imaginarios, invisibles, automatizados por los años de costumbre y repetición, pasaron al mismo plano de la realidad que las antiguas máquinas de coser Singer con la que arreglaba las prendas de la familia en su PH del pasaje Craig y la avenida Directorio. Son parte del recuerdo y de una larga marcha que tuvo su punto final el 3 de diciembre pasado, cuando la planta de la empresa Macoser, ubicada en la localidad cordobesa de San Francisco, cerró el ciclo de la producción nacional de estas máquinas.

«Este ha sido el final de la máquina para coser, nosotros ya habíamos previsto este momento hace 20 años«, señaló el director ejecutivo de la firma, Roberto Macchieraldo.

Macoser SA fabricaba desde 1954 uno de estos artículos que fueron parte del paisaje cotidiano en la mayoría de los hogares de clase media. Llegaron en el marco de la reconstrucción europea, tras la Segunda Guerra Mundial. Las batallas en las trincheras y en los frentes civiles dejaron industrias destruidas y agotadas por el esfuerzo bélico, una situación que tuvo como consecuencia el desabastecimiento de los mercados latinoamericanos.

En Argentina, a partir de 1930, la economía ya había comenzado a dar pasos seguros para resolver una creciente demanda local de productos manufacturados, a través del modelo de sustitución de importaciones. La posguerra fue una oportunidad para empresarios como el del inmigrante piamontés Anselmo Macchieraldo, padre de Roberto, fundador de Macoser.

Desde ese momento, la planta de San Francisco junto a otras fábricas del sector pusieron en marcha la producción de máquinas de coser domésticas con el sello «industria nacional». El crecimiento y la expansión del mercado fue veloz, por lo menos, hasta los años ochenta. Pero la situación actual dista mucho de aquella época dorada de auge industrial.

La razón de sus vidas

Una mujer cose en una máquina Singer durante 1911, en Buenos Aires. (@AGNArgentina)

En su obra «Mundo Peronista», el artista plástico Daniel Santoro (64) coloca sobre uno de sus lienzos un símbolo del imaginario justicialista. Con una estética lúgubre, Luto (2005), uno de los cuadros del pintor, pone en el centro de la escena una máquina de coser. En la composición, una aguja se posa sobre una cinta negra, mientras en un segundo plano se observa el edificio de la CGT.

Esa escena –que remite indudablemente a la muerte de Eva Perón-, busca resaltar el rol social que tuvo la homónima Fundación y su vínculo con las mujeres. Evita y su organización desplegaron una distribución masiva de estas máquinas a las casas de familia en el marco de la primera década peronista.

«Me acuerdo la carta de una mujer a quien había mandado una máquina de coser. De los primeros trabajos que cobró me mandó cinco pesos. Lamento no tener aquella carta a mano para transcribirla aquí íntegramente, porque no tenía desperdicio. En cada línea se vería, cómo es de pura y de limpia, el alma grande de los pobres», describe la primera dama en un apartado de su obra autobiográfica La razón de mi vida.

La anécdota de Evita en su principal libro de doctrina puso de manifiesto la importancia de este tipo de artefactos en el proyecto político de Juan Domingo Perón. Formarían parte de un experimento más vasto, de ciudadanía social y roles femeninos.

«Cuando yo era chica, en toda casa a la que iba había una máquina de coser Singer. Y si no era Singer, en el imaginario colectivo se la llamaba igual porque además eran todas similares. Yo misma tenía y usaba la máquina de coser de mi abuela», recordó Marisa Camargo (56), directora de la Carrera de Diseño Textil de la FADU-UBA y emprendedora del sector.

De manera temprana, «la Singer», con sus manuales, sus libros y cursos de corte y confección a máquina, se convirtieron en un instrumento para imponer modas y moldear los cuerpos femeninos. Pero también fueron un modelo educativo «deseable» para las mujeres de la época.

«El modelo de las clases medias apuntaba a que las mujeres fueran un buen partido para casarse: tenían que saber cocinar, limpiar y si cosían era un plus. En definitiva no era muy distinto del imaginario de la época de la colonia. Por eso la frutilla del postre era regalarles la máquina», indicó la historiadora Rosana Leonardi, titular de la cátedra Historia de Diseño de Indumentaria y Textil de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA.

Las máquinas tendrán distintos significados y usos dependiendo de cada clase social. Por ejemplo, señala Leonardi, las mujeres de los segmentos acomodados y las elites no necesitarán de estos artefactos: su educación no pasaba por el aprendizaje de estos oficios sino de las artes liberales, entre ellas la música. Además, las mujeres más adineradas encargaban sus prendas a modistos profesionales, o bien las compraban en Europa y en las grandes tiendas.

Sin embargo, la introducción de las máquinas domésticas será un cambio radical para las clases medias y trabajadoras.

«La máquina de coser doméstica fue importante para la economía familiar. La mujer podía arreglar la ropa al marido, adecuarla a cada uno de sus hijos, agrandandolá o achicando. Hay una idea de ascenso social y de esperanza, porque era una herramienta para ayudar al marido y una posibilidad de trabajo», agregó Leonardi.

“Luto”, la obra plástica del artista Daniel Santoro.

En este contexto aparecen las modistas de barrio. Como fuente genuina de ingresos, el nuevo tipo de trabajo independiente no solo tuvo un largo alcance en Argentina sino también el resto del mundo. Es que las mujeres, en todas partes, carecían de formación profesional y tardíamente pudieron ingresar al mercado laboral formal o asistir a niveles de enseñanza media y superior.

«La Singer fue la herramienta de trabajo de muchas mujeres. En un principio fue el trabajo en casa de la ‘modistas’ quienes hacían y reformaban la ropa por encargo, pero más adelante fue la máquina de trabajo masivo», sostuvo la docente Mónica Barrientos, especialista en Literatura y Lengua Hispánica de la Universidad Autónoma de Chile. «Ha sido también un modo de comenzar con una marca de moda. Hay ejemplos en todo el mundo de grandes diseñadores que comenzaron produciendo sus propios diseños», agregó, por su parte, Camargo.

Pero no solo eso. Junto al desarrollo de la moldería, las máquinas de coser hogareñas representarán una democratización del acceso a la indumentaria, ya que permitió adquirir vestidos y prendas similares a los que tenían las élites económicas. «Las desigualdades pasaron principalmente por la calidad de las telas, como las sedas«, afirmó Leonardi.

Dolor y orden costurero

Eugenia Prado Bassi (56) es una escritora, diseñadora y editora chilena. Uno de los ejes de su trabajo es indagar sobre los vínculos y los conflictos entre los géneros masculino y femenino. En uno de sus últimas publicaciones, Advertencias de uso para una máquina de coser (2017), explora el mundo de las costureras y la violencia laboral típica de los talleres informales.

«Mercedes sigue con atención los parámetros de la moda y cada vez más clara en sus ambiciones. Por ahora, sueña, y se contenta con un pequeño tallercito ubicado en la parte de atrás de la casa y se amanece cosiendo por encargo, de otra forma, no habría podido costear la enfermedad de su madre. Entonces, se sienta frente a la máquina y deja que sus manos avancen por la tela», esboza Prado en uno de los fragmentos de su libro.

Publicidad gráfica de las máquinas de coser Singer.

Desde la escritura de un diario comunitario de una de las obreras, la protagonista de esa historia -una singerista calificada- retrata los pensamientos, experiencias, sensaciones y saberes de un orden fabril y doméstico que oprime los cuerpos de las trabajadoras. En Advertencias, el grupo de operarias trabaja en un taller con turnos extendidos y por un sueldo miserable.

«El oficio de la costura, enseñado de madre a hija, de generación en generación, se convierte en trabajo precario cuando se traslada al taller textil. El cuerpo, soporte de dolor y de resistencia de género y clase, frente a la violencia de la explotación laboral», sostuvo Prado Bassi a este medio.

Si bien la mecanización del proceso de costura fue «un primer paso hacia la igualdad de derechos de la mujer«, la autora señaló que, a su vez, configuró un «espacio de precarización femenina por excelencia, con una paga menor a a la mitad del salario de un hombre».

Desde este ángulo, Mónica Barrientos coincide en que «la Singer» es un símbolo controversial. «Opera en ambos sentidos: por un lado abre posibilidades de subsistencia, y por otro, limita la buenas condiciones laborales en las fábricas. Por un lado es símbolo de la moda y las alternativas de vestuario, pero por otro lado, moldea los cuerpos hacia parámetros que el mercado sugiere como condiciones de belleza», manifestó la analista literaria.

Un negocio global en transformación

En 1851, en plena expansión del capitalismo norteamericano, Isaac Merrit Singer fundó junto al abogado Edward Clark la Singer Corporation. La empresa patentó la legendaria máquina de coser que, si bien ya existía, contaba con un avance técnico: logró que la aguja mantuviera un movimiento vertical, evitando de esta manera que los hilos se enredaran. El dispositivo daba hasta 200 puntadas por minuto, un rendimiento que no lograba ninguna costurera de la época.

La expansión mundial del «modelo Singer» fue acelerado. Tras una guerra comercial de patentes con otros competidores, el primer inconveniente consistió en abastecer la demanda. La compañía no tenía suficiente capital. Para sortear ese problema, no solo empezó a cobrar en cuotas semanales estos productos; una innovación de la época. También puso una concesión a los revendedores de la marca por una suma de dinero.

Según los especialistas en historia corporativa, esta operación, que se sistematizó y fundó un método novedoso de comercialización, se trató del primer sistema de franquicias del mundo.

Uno de los últimos modelos de las máquinas de coser Singer.

Aunque hay registros de importaciones de máquinas de coser domésticas a principios del pasado milenio, la explosión fabril de la Singer en el país ocurre en la mitad de siglo veinte. «Por los años 50 y 60, la producción de máquinas era significativaEn Argentina no solo estaba la Singer, había otras marcas«, recordó Camargo.

A partir de los años setenta, la producción entró en un sostenido declive. La apertura comercial bajo la gestión del ministro de Economía de la última dictadura militar, Alfredo Martínez de Hoz, hizo que muchas fábricas tuvieran que cerrar. Macoser SA, en cambio, pudo sobrevivir hasta el retorno de la democracia. En 1984, la firma cordobesa adquirió la licencia para producir y comercializar la tradicional marca norteamericana.

Roberto Macchieraldo sacaba pecho años atrás porque la fábrica vendía, en 2011, unas 200.000 máquinas de coser nacionales. Sin embargo, la empresa familiar debió reconvertirse y abandonar, finalmente, la elaboración del producto desde diciembre del año pasado. Ya no era rentable y el ensamblado de estos artefactos constituía un pequeño remanente.

En paralelo, el grueso de la producción de la firma cordobesa se concentró en la fabricación de cocinas y la comercialización de los modelos Singer, pero con artículos traídos desde el exterior, siendo uno de los tres mayores importadores de máquinas domésticas de la actividad.

«Jamás los dueños de la marca han querido ni creo que hayan podido competir con los grandes jugadores como Tailandia, China, Corea, y algún otro país del Sudeste asiático«, señaló José Russo, secretario de la Cámara de Proveedores de la Industria Textil-indumentaria (Caprotex).

«El cese de producción de máquinas de coser no creo que sea significativo en Argentina. La mayor parte de las máquinas tanto industriales como domésticas se importan, se manejan con representantes de marcas extranjeras y distribuidores», completó Camargo.

Mientras este proceso ocurría, se modificaban a paso acelerado los patrones de consumo de ropa y hábitos culturales de costura. En el sector se calcula que este tipo de artículos hogareños está en su punto más bajo en los últimos 18 años. «Ya no se utiliza las máquinas domésticas como medio de vida sino, diría, casi como de hobby o pasatiempo y en muy contados casos para modistas y alta costura», afirmó el representante de Caprotex y ex presidente de la Cámara de Comerciantes de Máquinas para Coser (Camac).

De igual manera cambió el modelo de negocios. De hecho, la propia norteamericana Singer fue adquirida por la también fabricante de máquinas de coser Pfaff, que ya en 1993 estaba en manos de James Ting, un capitalista chino. Años después, las marcas Pfaff, Singer y Husqvarna Viking quedarán bajo la órbita de otra gigante multinacional del sector, la SVP Worldwide. La firma tiene sede en Hamilton, en Bermudas, y opera en más de 190 países.

El giro hacia Oriente tuvo su impacto, además, en el centro europeo. Un ejemplo reciente: en la ciudad italiana de Prato, donde está una de las plantas insignias del rubro textil, unas 25.000 personas de ciudadanía china trabajan por salarios muy por debajo al de los operarios italianos.

«Hoy la tecnología dejó a nuestro país y al 99% de los países que alguna vez la produjeron, como Brasil, Italia, Suiza, Alemania o Japón, sin este tipo de industria. El 99,99% de lo comercializado es foráneo. Además de Singer, las marcas que invaden el mercado son Janome y  Brother. Reitero, importadas las tres. Los precios de estas máquinas suelen ser muy bajos, con tecnología de avanzada y muy versátiles«, planteó Russo.

Como si fuera un rubro de rasgos proféticos, Leonardi advirtió que la industria textil suele preanunciar los cambios en el capitalismo global. En un trabajo muy voluminoso, El imperio del algodón, el historiador Sven Beckert demostró que esa producción, una de las más contaminantes del planeta, siempre estuvo «globalizada» y fue la gran responsable de los conflictos sociales y políticos del siglo XIX.

«Es muy loco, pero el rubro es el que encabeza siempre las modificaciones de la economía. La revolución industrial empezó con el sector textil. Esta idea de producir fuera de los países centrales se consolidó en los últimos años en los países asiáticos. En algún momento, como potencia, China iba a estar a la altura de la tecnología y se iba a imponer. Ya no son solo meros «copiadores»», precisó Leonardi.

Para el dirigente de Caprotex, lo preocupante no es tanto este largo desplazamiento en los negocios nacionales del sector sino el cierre diario de «decenas de talleres productores de indumentaria que dejan sin fuente de trabajo a miles de operadores de máquinas industriales», sostuvo Russo. Por este segmento es donde pasa, en la actualidad, el grueso de la elaboración de indumentaria. En noviembre pasado, la actividad cayó un 32,9% en términos interanuales, según datos del Estimador Mensual Industrial (EMI) del Indec.

«No es Singer como fabricante que cierra. Es un ‘país que ha decidido dejar de producir’. No hay nada que festejar«, finalizó Russo.

infobae.com

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