EL ostracismo – por Hugo Pezzini y Antonio Alice

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El diecisiete de agosto de mil novecientos cincuenta se celebró el centenario de la muerte del General Don José de San Martín con la emisión de la estampilla que exhibo aquí arriba.

Cien años antes, entonces, en esa fecha del año mil ochocientos cincuenta, el general falleció en la costa francesa de Boulogne-Sur-Mer, un pueblo marino en el cual don José de San Martín se estableció para residir allí durante los que serían los dos últimos años de su vida de auto-exilio europeo. Antes de establecerse en Francia, el destierro del general había incluido un cuarto de siglo en Inglaterra y en lo que hoy es Bélgica.

Este extenso tiempo fuera del continente americano pasó a la historia con la denominación de “el ostracismo del General San Martín”. En la Grecia clásica, el vocablo ostracismo (στρακισμός) era un término legal que designaba la condena al exilio. El ostracismo se aplicaba a esos que habían realizado algún acto de agravio contra el estado griego o de modo preventivo a aquellos que se consideraban una amenaza potencial contra dicho estado.

Las circunstancias que llevaron a San Martin a un ostracismo voluntario se hallan aún ocultas bajo las sombras de la historia. Apenas se ha especulado sobre diferencias irreconciliables entre el general y sus antiguos aliados militares, Simón Bolívar en Perú y Bernando O’Higgins en Chile.

 San Martín mantiene con el primero la histórica y misteriosa reunión de Guayaquil del veintiséis y veintisiete de julio de mil ochocientos veintidós, cuyo contenido guarda esa oscuridad —debido a que se halla indocumentado en los anales narrativos de nuestro país. Lo cierto es que después de esa conversación ecuatoriana el prócer viaja al Perú donde convoca un congreso constituyente y ante esa asamblea renuncia al cargo de Protector de ese país, y parte de esa tierra para nunca más volver. En octubre de ese mismo año llega a Chile y permanece allí hasta fin de diciembre, cuando viaja hacia Argentina después de una postrera reunión con O’Higgins cuyo tema también permanece ausente de los relatos histórico-biográficos de esos dos próceres.

Don José de San Martín hace su última visita a Mendoza en enero de mil ochocientos veintitrés. Unos describen ese viaje desde Chile como consecuencia de la enfermedad e inminente muerte de su esposa; otros, de un San Martín cansado y doliente, mientras que también se han levantado algunas hipótesis dudosas —ya que la amistad entre ambos es bien conocida por la investigación histórica— sobre desentendimientos políticos y estratégicos con Bernardo O’Higgins.

 A continuación de ese regreso a Argentina, el General San Martín parte de Mendoza hacia Buenos Aires —en un viaje que las autoridades porteñas le habían desaconsejado en los términos más rotundos como siendo algo muy peligroso para su seguridad, ya que en la capital acechaban sus enemigos políticos.

No obstante y sin mayores alternativas —en compañía de su hija Merceditas, quien en ese mil ochocientos veintitrés contaba con tan sólo siete años de edad—  el General José de San Martín embarca en el puerto de Buenos Aires rumbo a Europa en un viaje que no tendrá retorno. Parte hacia el ostracismo.

La imagen canónica de El ostracismo del General San Martín —que todos los argentinos conocemos muy bien debido a la estampilla que ilustra mi columna de hoy y a láminas de nuestras escuelas— se denomina “San Martín en Boulogne-Sur-Mer”. Ese sello postal conmemorativo y esas láminas escolares reproducen el enorme óleo sobre tela de ese título que, desde mil novecientos doce y durante tres años, pintara en París el artista plástico Antonio Alice. Este trabajo fue recientemente restaurado y se exhibe de modo permanente en el Instituto Bernasconi, en la Calle Catamarca 2100 de Parque Patricios, Buenos Aires, donde puede ser visitado y apreciado.

Ya que no se sabe más de el ostracismo del General San Martín que lo que se sabe de las razones que lo causaron (es decir, poco y nada), ¿por qué no dejar que el arte lo ilumine? ¿Por qué no oír (leer) lo qué vio, intuyó y trató de plasmar su autor en la famosa pintura San Martín en Boulogne-Sur-Mer?  ¿Por qué no penetrar el proceso intelectual y emocional  del artista durante la concepción y realización de una obra que intenta reflejar la instancia más privada y secreta de un sujeto histórico inmortal?  El ostracismo del Padre de la Patria. 

Lo que sigue a continuación es un fragmento de la conferencia que a propósito de esa representación del General San Martín en el ostracismo —el óleo San Martín en Boulogne-Sur-Mer— diera su creador, el artista plástico Antonio Alice, en el Salón de actos del diario La Prensa el quince de julio de mil novecientos treinta y ocho.

Primero, la pintura, y más abajo, las palabras de Antonio Alice:

 

… había pintado al Libertador en Boulogne-Sur-Mer.

Leyendo y meditando, mi pensamiento iba reconcentrándose en una visión de la vida del General San Martín allá en su armoniosa soledad de prócer.

Expuse mi idea a ese hombre superior que fue Joaquín V. González, padre espiritual mío, amigo dilecto que me honraba con su gran amistad. González me infundió ese verdadero entusiasmo que sabía dar con sus sabios consejos a la juventud. Me incitó a dar comienzo a tal empresa artística, “en el modo como yo la sentía”. Al efecto, para realizar esa obra, tuve que vencer obstáculos difíciles, arrostrando sacrificios. Tuve que instalarme en el mismo ambiente donde vivió y murió nuestro gran héroe.

Allá, en Boulogne-Sur-Mer, en la misma fuente inspiradora de mi “asunto”, me pareció hallarme en contacto espiritual con el alma del prócer. Yo quería trasladar a la tela, no la simple imagen del hombre glorioso cruzando los Andes, ni la visión plástica de su contextura de soldado, sino la esencia espiritual de aquel hombre que fue superior a su tiempo. Y para eso traté de compenetrarme de la verdad histórica, entregándome por entero a mi labor predilecta, poniendo en ella la energía del trabajo, conciencia y amor del espíritu.

Gracias a la cortés ayuda que me proporcionaron en Boulogne el cónsul argentino, señor Alberto Martínez de Hoz y Monsieur Cresson, director de aquella Biblioteca Municipal, pude obtener datos preciosos sobre la figura física de San Martín en los tiempos de su ostracismo. Se me facilitó un opúsculo muy raro, -obra de Mr. Gérard, íntimo amigo de San Martín- donde el prócer surge allí de cuerpo entero. Dice Mr. Gérard que “ce vieillard” (ese viejo) -San Martín- a pesar de sus años, se mantenía sano y fuerte, como si tuviera músculos de bronce. No obstante su carácter reservado, cuando se paseaba diariamente, según su costumbre, por la ribera acantilada de Boulogne, deteníase a conversar con los obreros del puerto, y sobre todo, con los pescadores, cuya charla pintoresca lo encantaba. ¡Aquellas gentes humildes ignoraban que ese anciano de rostro sugestivo y de mirada penetrante, fuese el Libertador de Sud América!

Atraía mayormente su atención -dice Mr. Gérard- el espectáculo de los barcos que llegaban y, sobre todo, los que partían con rumbo a su patria llevándose en el temblor de las velas movidas por el viento, toda la nostalgia dolorosa de su corazón. De pie, sobre las rocas, San Martín contemplaba, por largo rato, al buque que partía hacia esa tierra amada; a esa tierra amada, cuna de su coraje y tumba de su sacrificio, a la cual él se diera todo íntegro, mientras ella no lo comprendía. Felizmente, los genios se agrandan con el curso del tiempo y se imponen a las generaciones del porvenir por el prestigio de sus obras.

En opuesto punto de vista con algunos que sostienen que los héroes deben vérseles para pintarlos en su juventud y no en la vejez, yo, afirmándome en lo que ya he dicho, seguí lo que me dictaba el corazón, poniendo de relieve un aspecto importante por su grandeza, en la vida de nuestro Gran Capitán.

San Martín, en su actuación militar es sobradamente conocido, no siéndolo en su actuación civil, muchos de cuyos rasgos pasan inadvertidas para el pueblo, a causa sin duda del fulgor deslumbrante de sus campañas bélicas que dejan en las sombra su vida ciudadana. Sin embargo, de su vida privada, sobre todo de la que vivió en el ostracismo, se desprende una enorme enseñanza moral.
Las acciones militares en pro de una causa tan noble y tan santa como la independencia de la patria, hieren fácilmente la imaginación del pueblo, que bajo el relampagueo de las hazañas de sus ejércitos heroicos, se estremecen de entusiasmo lírico. Pero es bueno y es patriótico recordar que hay en la vida civil de nuestros grandes capitanes, acciones que, como la que sirvió de apoyo al argumento de mi cuadro no obtienen la sanción inmediata del pueblo, ya sea porque éste las ignore o porque no haya querido comprenderlas.

Al final los pueblos terminan por apreciarlas tanto o más que a las otras…

Las acciones militares de un héroe sirven de ejemplo a su pueblo, en tanto que las acciones civiles son una lección filosófica para la humanidad,

Con esto quiero referirme a la vida íntima del General San Martín, vida acrisolada, en cuya pureza de diamante los argentinos hallaremos siempre la más bella lección de moral que pueda darse a un hombre.

Por eso, he imaginado a San Martín en uno de esos momentos angustiosos, dramáticos, sublimes, en que la melancolía parece brotarle de la luz; de los ojos. Sobre el alto del “Rocher de la Palaise, que le sirve de pedestal, se yergue él, como un gigante, como la vieja estatua de un divino Término latino que escruta el horizonte. Sereno, altivo, gallardo, enhiesto, con la cabeza cerca de las nubes frente al mar, muy por encima de las olas rastreras, mirando hacia lo lejos, con una de esas miradas infinitas que cuando la fuerza visual no le ayuda, parece prolongarlas el mismo pensamiento, simbolizado en el cuadro, con el vuelo del albatros, grande y vigoroso, digno hermano de aquel “viejo morador de la montaña” de que nos habla Andrade. En esa actitud hierática, con la rigidez militar que de intento no he querido omitir para caracterizar mejor al jefe severo de la disciplina y al forjador del espíritu de un pueblo, en esa actitud surge tal cual lo verá más tarde la leyenda.

A pesar de sus años, lo he puesto así rígido y varonil, porque así fue su alma y su organismo fuerte como una roca de granito, capaz de resistir al empuje del viento que le agita las ropas, alzándole la capa como el ala de un cóndor andino. Su mano, seca y nerviosa, como las raíces de nuestro ceibo criollo, que cuando más envejece más se agarra a la tierra de dónde saca el jugo de sus flores, aquella su mano heroica que sostuvo la espada luminosa de Chacabuco y de Maipú, aprieta ahora el bastón que lo sostiene, y que en vez de ser apoyo, más parece el asta de una bandera a la cual el prócer se aferra como los paladines que morían atados con los brazos al astil de su oriflama.

Es la hora melancólica del atardecer. Frente al sol que declina allá a lo lejos, otro sol, en ocaso, contempla el símbolo de su propio crepúsculo, y piensa que así como aquél surgirá mañana nuevamente en la belleza de una aurora triunfal, también él verá el triunfo de su aurora en la posteridad de su país.

La sombra va subiendo, mientras que el último rayo rojizo del astro moribundo le da un beso de luz que le alumbra desde el corazón hasta la frente, poniendo de relieve su mirada paternal llena de admonición, en tanto que con el ancho sombrero en la mano saluda por última vez al sol que va a volcar su luz allende del mar… ¡América!

Más de tres años he llevado para realizar esta obra que, entre paréntesis, vivió su odisea en los años de la terrible conflagración europea. Felizmente, pudo llegar sana y salva a la patria, junto con su autor y tanto en este cuadro como en todas mis obras, de carácter histórico o no, jamás olvidé el argumento que actúa en la obra de arte, identificada con sus valores plásticos. Pero debe tenerse en cuenta que el mérito de la obra pictórica no debe nunca ser inferior a la importancia del tema tratado, porque así se obtiene la unidad que el arte nos exige para la realización de una obra seria.

Y por encima de todo, he puesto siempre en mi tarea fatigosa, pero agradable, todo mi amor de artista y toda mi pasión sincera de argentino. “Sin amor, sin pasión, sin fuego —decía Benvenuto Cellini— el arte siempre será una mujer hermosa, pero muerta”.

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Hugo Pezzini, París, sábado 10 de agosto de 2019

Antonio Alice, “El argumento en el Arte Pictórico“, Buenos Aires, 15 de julio de 1938

 

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