El pedestal – por Hugo Pezzini

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El remoto sendero lo acercaba cada vez más. Por momentos se desdibujaba, haciéndose impreciso, casi inexistente. Pero había que seguir siempre adelante, rompiendo las plantas de los pies en las filosas piedras, en las agudas espinas, atravesando matorrales abigarrados de los que huían asustados oscuros y pegajosos insectos… pero, siempre adelante.

El sol caía a plomo sobre su cabeza y mareos cada vez más frecuentes lo acosaban a lo largo de la marcha. Gruesas gotas de sudor recorrían sus sienes y llegaban al cuello, del que pendía el dorado amuleto. El amuleto, mudo testigo y causa de la solitaria peregrinación, acompañante implacable de los elegidos desde remotas épocas de sangrientos sacrificios ante ídolos pétreos y rígidos en actitud de muda y horrorosa contemplación. Burda máscara de ojos vacíos, puntiagudos colmillos, quebrada nariz y pómulos deformes. Burda máscara dorada; burda máscara pendiendo de un cuello sudoroso sobre un pecho inquieto de agitación, acompañando una desesperada carrera de antecedentes milenarios.

Cuando cayó la tarde y los murmullos animales se adueñaron de las sombras, viendo la imposibilidad de llegar o de continuar en la noche, abandonó su cuerpo entre las matas y durmió un corto sueño plagado de pesadillas atroces.

Poco antes del amanecer vomitó de rodillas y su cabeza le pareció separada de todo, lejana y ausente, dueña de sí misma y ajena a ese ser dolorido y exhausto que la llevaba consigo. La gruesa cadena que apresaba el amuleto contra su cuello insinuaba la proximidad del sacrificio.

El cielo comenzó a enrojecer anunciando una jornada aún más ardiente que la pasada. El paraje se fue haciendo visible, nuevamente nació el sendero y, con él, la obsesión de acercarse a eso, de culminar en ese absurdo inevitable (bien él lo sabía), de alcanzar de una vez por todas ese destino desconocido e irrenunciable.

Este fue el tercer amanecer que vio el peregrino en su vía crucis inesperado. Todo había comenzado con el fatídico amuleto y el misterioso designio de una lejana deidad, de un olvidado demiurgo. Unas ruinas varias veces exploradas, una columna hueca, unos golpes de pico, el sorprendente hallazgo del amuleto y el inexplicable mandato de lucirlo originaron el absurdo presente. Nadie evita los designios sangrientos del dios de las cañas, del adorado durante las lluvias, del motivo de innumerables sacrificios, del padre de las altas mesetas, de las cosechas, de la felicidad.

«Quien usare el amuleto será objeto del sacrificio y su sangre untará el círculo final, el más alto pedestal donde se inmolan los elegidos».

Y el elegido, sin conocer ni presentir otro designio que correr y correr por el angosto sendero, sintió estrecharse la cadena alrededor de su cuello; comprendió por fin que había llegado y cayó de rodillas mirando un cielo diáfano del cual oyó provenir sonidos de largas cañas y tambores. La cadena se cerró más y más y la sangre bañó los hombros, bajó por el pecho y tiñó de rojo el brutal amuleto…  «mientras el firmamento se abría para recibir la nueva ofrenda al Dios de las cañas, al adorado durante las lluvias, al padre de las altas mesetas, de las cosechas y la felicidad».

Una cabeza se separó de un cuerpo exánime, y dos ojos vacíos miraron otros ojos igualmente vacíos, unos puntiagudos colmillos, la quebrada nariz y unos pómulos deformes que se deformaron aún más para que la boca golosa de sangre esbozara su espantosa sonrisa.

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Baradero, enero de 1971

Imágenes:

1. Ídolo/deidad precolombina mesoamericana Chac Mool (o también Chacmool)

2. Las dos páginas del «manuscrito original», pensado y tecleado en mi «Lettera 22 portátil sobre la mesa del comedor mi casa natal de Oro 486, Baradero, durante una noche de enero del ’71.

3. La Lettera 22 portátil

 

 

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