En una biblioteca – por Hugo Pezzini

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Este texto será una retahíla de asociaciones hechas entre ayer y hoy en la biblioteca de Elmsford, New York: ésta a su vez se traducirá en una retahíla de palabras que constituirá mi teoría sobre la relación tri-unívoca que se establece entre la naturaleza plástica del lenguaje, el estado de espíritu de aquel o aquella que lo produce y la influencia del medioambiente sobre estos dos primeros.

Si esto es verdad, el tono  (la naturaleza plástica del lenguaje) y contenido de esta narración de hoy tienen que ser la consecuencia de hallarme escribiéndolo en esta biblioteca, debido a la predisposición emocional que mi presencia aquí me genera. Lo que se presenta ante tus ojos a partir de este momento para que lo leas y consideres (y, si soy afortunado, mantenga tu interés y te satisfaga) se constituirá en evidencia necesaria y suficiente de la veracidad de la premisa que acabo de establecer en el párrafo anterior.

Como podés ver en la imagen que acompaña este artículo, me hallo en un edificio de construcción modernista: si observás sus líneas no dudo que te recordarán la estética y líneas que Oscar Niemeyer escogiera cuando diseñó Brasilia. La característica vítrea del etéreo inmueble permite que la vista desde el interior abierto se prolongue  hacia el espacio circundante. Al mismo tiempo, en sentido contrario, hace que el entorno —el allá afuera— invada estas salas de lectura para integrarse e influenciar la experiencia sensorial y emocional de quien se halla aquí adentro, ¿entendés?

Rodeado por este medioambiente luminoso e ilimitado dejo que todo fluya de modo natural, sin planes preconcebidos, me abro a la idea y entonces reflexiono sobre las modificaciones leves o profundas y temporarias o permanentes que el espacio físico provoca en el pensamiento, el estado espiritual y por lo tanto también en el habla, que en este caso —dado que me hallo a miles de kilómetros de tu oído— se traduce en la escritura.

Porque me guío por la declaración que hice en el primer párrafo, me concentro en mi memoria y en mi propia experiencia. Esta última no es sólo la de este preciso instante, cuando me dejo invadir por los estímulos de este espacio de estantes colmados de libros y de silencio, sino que escribo lo que escribo y cómo lo escribo porque además recuerdo eventos y situaciones pasadas en otros lugares que vienen al caso y serán entonces significativos por igual. 

Como de costumbre me repetiré una última vez para que todo quede claro (estas son inclinaciones inevitables nacidas en mis décadas de docencia): el tono, forma y contenido del lenguaje que aquí adopto estarán determinados por la relación total entre este momento, este lugar y los elementos concretos que surgen a mi conciencia debido a mi propia existencia frente a esta realidad aquí presente. Mi escritura aquí y ahora resulta del afecto que me producen el estar en esta biblioteca y la evocación de otros eventos del pasado que viví en otros lugares pero que en consecuencia me vienen a la memoria de modo espontáneo. Eso es lo que trataré de articular a continuación. Veremos si es así; por ahora es todo pura teoría

Recuerdo que cuando en junio de 2016 presenté Belleza terrible en el Centro Cultural Arturo Umberto Illia de Baradero, tenía en mis manos una copia de ese libro. Estaba dispuesto a leer fragmentos de su contenido. No obstante, no había escogido cuáles párrafos ni qué secciones constituirían esa lectura de esa noche en ese lugar. De modo intencional no había decidido nada específico sobre de qué o cómo iba a hablar porque siempre que asisto a un encuentro de este tipo prefiero tomar decisiones de acuerdo al lugar y a “cómo se percibe” la gente allí presente; lo que se podría colocar también como “cómo me siento” frente a una audiencia en particular y en un espacio determinado. Toda esta expectativa a ese respecto se hallaba para mí magnificada por el hecho de que iba a estar en contacto con mi gente y en mi pueblo después de cuarenta años de ausencia y silencio discursivo. Casi nada, ¿eh?

Mientras vivía en París a mediados de la década del dos mil, tenía un estipendio de New York University que me permitía estar en Europa y viajar de vez en cuando. Era una cantidad mínima de dinero que me otorgaba una vida sin lujos, ascética, pero era un emolumento suficiente para sustentar a cualquiera que se hallara allí con necesidades y con objetivos académicos. Este era mi caso.

Lo que estudiaba e investigaba eran una serie de eventos histórico-políticos a partir de los cuales debería establecer una teoría (mi preferencia la enfocaba hacia el análisis político-cultural) elaborada a partir de los conceptos de resistencia y rebelión.  Esto quiere decir que estaba en París para “pensar” la Revolución Francesa, la efímera Comuna de París, los eventos de mayo del sesenta y ocho en la Sorbonne y la relaciones coloniales y poscoloniales entre Francia y el norte africano (las guerras de resistencia e independentistas de las antiguas colonias francesas en ese continente).

Al mismo tiempo que pasaba los días, semanas y meses en las bibliotecas y universidades parisinas investigando, aprovechaba mi estadía europea y mi estipendio para poder presentar mis trabajos e intercambiar ideas relacionadas a mis disciplinas académicas.

Las elaboraciones teóricas constituyen la pre-ocupación (concern), tema o enfoque central de la literatura comparada o comparativa (en inglés, comparative literature); es decir, es la tarea de los comparatistas como yo. Con el objetivo que acabo de mencionar, mientras me fuera posible acudía a cualquier evento de cualquier país donde se realizasen congresos y/o talleres que trataran de literatura comparativa, de ciencias políticas aplicadas, o de teoría literaria en general. Fue así que mientras viajaba para hablar y oír, descubrí que cada lugar tiene su propio espíritu y que éste influencia la construcción del lenguaje y la articulación oral que uno hace en ese momento y espacio determinado.

Aclaro que aquí no me refiero al idioma; en general estas conferencias son realizadas en inglés: lo que sucede en el mundo de los negocios sucede también en el medio académico: si una conferencia es internacional el idioma que allí se habla es el inglés. No obstante, debido a diferencias que crea el espíritu local, llamémoslo así, aunque siempre estuviéramos hablando en ese mismo idioma, la sensación y por lo tanto la expresión del lenguaje articulado que ésta generaba serían y eran ambos diferentes de acuerdo al lugar, según el lugar.

— Por ejemplo, una vez viajé para hablar sobre la masacre de obreros textiles que ocurrió en 1819 en Leeds, Inglaterra —una tragedia política conocida como The Peterloo Massacre. Lo hice en un congreso multidisciplinario que se realizaba en un gran hotel del barrio de Waikiki, en la ciudad de Honolulú, en la isla Hawaiiana de Oahu. Podrás imaginar que mi forma de dirigirme al público fue muy distinta de la que usé cuando, por ejemplo, presenté mi análisis crítico basado en teoría feminista del film de Ridley Scott Blade Runner. Eso sucedió durante una conferencia sobre ciencia ficción que se realizaba en un afamado centro cultural de Berlín oriental, en Alemania.

Con esto quiero significar que la vibración (para expresarlo con un término metafórico-lírico que usábamos con fe literal los hippies de los sesenta) de una ciudad, de sus habitantes —y de la audiencia que puebla el espacio de un evento— genera la actitud personal del conferencista. De algún modo ésta determina qué detalles en particular de un cierto tema surgen y se enfatizan, como así también el modo como uno habla de esos detalles (el “cómo lo habla”). Es todo una cuestión de humor (mood —modo— en inglés es también “humor”)\o punto de vista emocional. El estado de espíritu que genera el lugar a su vez determina el lenguaje. Una vez más: yendo a esas conferencias yo comprobaba una y otra vez la exactitud de mi teoría de que el estado de espíritu, el local y el lenguaje interactúan de modo circular. Esto por otra parte no es un evento esotérico sino un mero truismo que se comprueba empíricamente: basta sólo vivirlo.

Hasta el cansancio: creo por experiencia propia que cada ciudad provoca un estado de espíritu distintivo, único. Cuando visita una ciudad determinada, uno vive bajo la influencia de estímulos emocionales circunstanciales y temporarios únicos, o al  menos particulares. 

—No obstante, debo agregar que cuando uno habita una ciudad extranjera, lo temporario que uno ha adquirido y se refleja en el lenguaje puede acabar transformándose en el humor predominante, —en un temperamento más o menos definitivo. Me pasó en Buenos Aires, en Río de Janeiro, en Ámsterdam, en París, en New York. Puede que esa actitud definitiva sea lo que llamamos de modo indistinto la cultura local, la personalidad o la idiosincrasia de un pueblo. Es de ahí que se crea y expresea el estereotipo del habitante típico: el porteño, el carioca, el amsterdamés, el parisino, el neoyorkino, quienquiera y de dondequiera que sea este individuo. En conclusión: no es por mero acaso que el cliché le atribuye a cada uno un temperamento diferente y singular; este “lugar común” lo etiqueta. Tratá de describir cómo es el porteño, definirlo, y ahí tendrás una muestra.

En estas conferencias académicas hay gente de universidades de distintos lugares del mundo (por eso se habla en inglés, como dije). ¿Por qué entonces sería diferente el hablar en una conferencia de Berlín del hacerlo en un encuentro sucedido en Honolulú? Ya que hay gente de todo el mundo, ¿no debería la experiencia emocional ser la misma que uno vive en cualquier espacio internacional?, ¿un aeropuerto, por ejemplo, para usar un caso extremo? Después de todo, un aeropuerto es el ejemplo paradigmático del lugar donde hay gente de todo el mundo.

Si uno viaja a puntos distantes y siempre compra el pasaje más barato del mercado vía internet, cualquier vuelo de modo inevitable hará varias escalas para abaratar los costos. Tarde o temprano por medio de estas experiencias uno acabará por percibirlo: los aeropuertos tienen una personalidad tan uniforme y definida que a veces —si uno viene mal dormido, ya en la última escala del retorno, por ejemplo— puede que se sienta confundido al punto de por algunos segundos olvidar en el aeropuerto de qué país se halla, ¿no es verdad? Si viajás a menudo, lo has percibido.

El clima de un aeropuerto es más o menos siempre el mismo: todos los aeropuertos en general tienen un mismo padrón arquitectónico, ya que el principio de esa ciencia o arte práctico (la arquitectura) es que la función determina la forma, como bien lo expresara Gustave Eiffel. Debido a eso los edificios con un destino o intención determinada mantienen la misma disposición funcional —o al menos, similar. Generalizando se puede decir que los aeropuertos tienen el mismo estilo, las mismas sucursales de las mismas marcas (GAP, Banana Republic, Starbucks o las que quiera que sean) en sus shopping malls internos. Idénticos Duty-Free Shops expenden la misma mercadería y presentan las mismas ofertas. Cada aeropuerto nos pone nerviosos con sus robóticos y omnipresentes controles de seguridad fascistoides. Todos los aeropuertos tienen la misma vibración.

La diferencia entre los momentos pasados durante las reuniones académicas en ciudades cosmopolitas y el momento que se pasa en los aeropuertos, entonces —si uno no considera la enorme diferencia entre las extensiones de tiempo que se permanece en cada lugar— radica en que cuando uno se halla en un aeropuerto, uno está de modo transitorio en un territorio internacional indefinido, apátrida; deslindado en su cultura de la cultura de la ciudad y país donde se asienta. Existe tan sólo la cultura circunstancial, breve y perecedera del aeropuerto. En un aeropuerto, uno siempre está pensando en abandonarlo.

Además, un aeropuerto es un lugar des-habitado; como las islas sagradas de la Grecia clásica (digamos Delos),  allí no vive nadie. Afirmo esto descartando el caso excepcional del iraní Merhan Karimi Nasseri, quien —cuando yo vivía en París— se hallaba y había estado durmiendo en los bancos y usando los baños del Aeropuerto Charles de Gaulle de esa ciudad —o sea, habitándolo— durante ya unos 15 años. Merhan Karimi Nasseri vivió en ese lugar desde 1988 hasta 2006; pero él se puede colocar como el caso excepcional que confirma la regla de la des-habitación de los aeropuertos. Tan excepcional fue esa situación que existe el film El Terminal basado en este este hombre y su situación extra-ordinaria, en el cual Tom Hanks protagoniza el papel de Nasseri.

Un aeropuerto no tiene otra historia que sus continuas expansiones y reformas, el número de vuelo diarios y de pasajeros que recibe y despide por año, los accidentes aéreos de aeronaves que partieron del mismo o se dirigían hacia él —eventualmente, el recuento de algún atentado o secuestro terrorista. En el aspecto humano, un aeropuerto es una estadística de la gente que lo ‘transita’ y las amenidades que el local le ofrece a la misma mientras ésta pasa por ahí.

Cuando se acude a participar de una conferencia, en cambio, no se está en tránsito, primero porque uno no pasa, sino que llega. Y uno llega con un material que allí dejará y con la expectativa de que gracias a las contribuciones de otros participantes regresará después del evento con un equipaje intelectual allí adquirido; y con el propio renovado y enriquecido en contenido. En ese lugar, uno se desarrolla y crece. Vive una experiencia cuyos resultados modifican la conciencia y la identidad personal.

Puede que en el aeropuerto uno acabe con algunos artículos comprados en su Duty-Free Shop, y nada más, que por otra parte son siempre iguales o los mismos; El cliché estadístico tradicional dice (o decía, las costumbres mutan, cambian) que los hombres en general compramos o comprábamos alcohol y tabaco, y las mujeres perfumes y cosméticos.

La segunda diferencia es que durante el período de realización de la conferencia, por corta que sea la duración de la misma, uno “vive tambien la ciudad” y “en la ciudad”. En algunas localidades europeas la práctica estándar es una conferencia/ seminario que llega a extenderse como mínimo por una semana y en algunas ocasiones hasta diez días. Así era en Ámsterdam, de cuya Academia de verano de Análisis cultural fui miembro durante tres años (Cultural Analysis Summer Academy, CASA —que albergaba la Universiteit van Amsterdam). Al fin de esos tres años, por pésima fortuna la academia de verano fue trasladada a Dresden, Alemania, debido a que perdimos el funding de la organización que nos patrocinaba y sin guita no pasa naranja.

Durante esas conferencias uno se familiariza no solo con la universidad—en donde uno establece un contacto más o menos profundo con la comunidad académica local, sino también con la ciudad, ya que la hospitalidad es una norma del mundo académico (puff, estoy cansado de escribir esta palabra; perdoname). Con frecuencia uno se hospeda en el hogar de otros académicos (¿no te digo? pufff)  que viven en la ciudad, o en el peor de los casos acaba en hostales (hostels), donde se encuentra con colegas de otros países que han llegado a la ciudad para la misma conferencia. Los hostales más convenientes de cada ciudad son moneda corriente de información en el medio académico (¡¡¡!!!).

 Como huésped de hogares o como pasajero de hostales he hecho amistades entrañables y permanentes durante conferencias: Cornelia, de Berlín; Begum, de Estambul; Robert, de Edimburgo; Gulru, de Ankara; Javier, de León (España); Davide, de Roma. Una vez fui a hablar de teoría feminista a Toronto, Canadá, y me hospedé en el hogar de una pareja argentina, porteños. Ellos daban clases en la University of Western Ontario,del London canadiense  mientras completaban sus doctorados en literatura.

Parte de la hospitalidad académica —un rasgo tan natural como inevitable— consiste en “presentarte y mostrarte la ciudad”. Uno sale en grupo con otros participantes de las conferencias de los cuales se va ‘haciendo amigo’. Rápido se forman barritas de compinches que van a un bar o restaurante de onda, o del que son habitués y te llevan con ellos. Uno va a los museos más interesantes, a los puntos históricos destacables, a los barrios bohemios; se hacen fiestas y reuniones en casa de uno u otro;  se bebe y se fuma lo local; se come el plato que constituye la especialidad de alguien que cocina ese día en cierto hogar de la ciudad. Todo esto hace parte de esa cultura interna.

La intensa vida nocturna de Berlín y de Ámsterdam hace que se salga mucho hasta altas horas de la noche, a oír música,  fumar, a beber (como dije) y también a bailar. ¡La noche de Berlín oriental a fines del siglo veinte era alucinante! Llegué a adquirir semejante intimidad con Ámsterdam que mi hijastra, por mi influencia y sugerencias, hoy en día es médica en esa ciudad y su marido y ambos hijos son holandeses, amsterdameses. Por supuesto que vuelvo a esa ciudad de forma regular y paso períodos más o menos extensos allí. Lo mismo puedo decir de la consecuencia de mis estudios e investigación en París. Hoy vivo parte del año en esa ciudad; en general, su verano.

Volviendo a las conferencias: la relación que éstas generan con las ciudades donde se realizan hace que a pesar de la cortedad de las estadías se establezca una cierta intimidad incisiva con esa ciudad —que es diferente de la que puede establecer el típico turista con su hotel reservado de antemano y sus veloces tours programados y con un guía profesional que lleva una bandera o un paraguas cerrado, enarbolado en alto para que los turistas no se le pierdan. El gesto y la organización del tour mismo, te enajenan de la ciudad, te la transforman en una vidriera o una galería de objetos y artefactos extraños y distantes. En cambio, al convivir momentáneamente con los locales uno absorbe de un modo más íntimo la energía de ciertos aspectos únicos de cada ciudad. Gracias a esa cercanía uno comprueba de modo sensorial, emocional, eso de que cada ciudad tiene su propia personalidad, su vibración y su intensidad, sean éstas de la calidad y cualidad que fueren.

Desde el punto perceptivo de mi naturaleza animal, ya que el olfato es uno de los sentidos más aguzados de cualquier animal, reconozco las particularidades y diferencias del olor corporal entre cada uno los seres con quienes he logrado un nivel de profunda intimidad. El de las cuatro mujeres con quienes he estado casado, por supuesto. Y el de mis hijos, no hace falta decirlo. De la misma forma sostengo que cada ciudad tiene su propio aroma —uno que yo reconozco de inmediato: ya en el aeropuerto de Ezeiza, siento ese “olor a Buenos Aires” tan singular. Lo mismo me sucede en todas las otras ciudades con las que estoy familiarizado. Además del aroma de nuestra capital, me es familiar el de Río de Janeiro, el de New York, claro, pero también el París y el de Ámsterdam, eso podés deducirlo a partir de mis ‘confesiones’ anteriores. Conozco estas ciudades lo suficiente como para ‘recordar su perfume’. Conozco el olor de Baradero en todos sus matices; la mezcla de pescado y barro de nuestro río fascinante, el perfume de sus campos en las diferentes estaciones del año, el intenso y omnipresente aroma del “proceso” de Refinerías; el perfume del humo, ceniza y hollín que producían las locomotoras a vapor en el barrio de la estación ferroviaria de mi infancia. Hay un abanico de aromas arcaicos que me habitan. Todos esos perfumes causan sensaciones espirituales particulares y distintas que corresponden a los lugares que los emiten. Uno mismo puede escoger revivir esas sensaciones, en algunos casos recrearlas; lograrlas de modo artificial. Es por eso que siempre hay incienso encendido cuando estoy en casa disfrutando del momento, oyendo música y leyendo. Me transporta a los ambientes del Río de Janeiro hippie en que viví durante la década del setenta y del ochenta. Y, claro, los olores son tan importantes para la relación físico-espíritual humana que durante esta ‘New Age‘ posmoderna actual ha surgido la aromaterapia como prominente tratamiento holístico del cuerpo y el alma.

Vuelvo al comienzo de esta narración: las emociones que genera el habitar una ciudad (por corta que sea esta estadía, como dije) son siempre tan intensas que acaban moldeando en proporción el artefacto sensible-perceptivo de nuestra psiquis, nuestra personalidad y nuestro lenguaje. Todas las razones mencionadas arriba constituyen motivos por los cuales no tomo ni puedo tomar decisiones previas con ninguna exactitud sobre el “qué concreto” de un tema, o el “cómo” lo hablaré, si debo hacerlo en público. Sólo sé que tengo un o unos asuntos y textos (en general literatura, cine o eventos culturales, históricos o político-filosóficos) cuya discusión me lleva a cada lugar. Es mejor, o al menos yo prefiero, tomar las decisiones exactas “in medias res”, o sea, ya en medio de los acontecimientos.

Fue debido a esta manera de manejar mis conferencias que cuando me encontré al fin en Baradero para hablar en el Centro cultural, no había preparado un ‘menú’ de lo que iría a leer, ni sabía bien de qué iría a hablar. Me acuerdo haber visto algunos textos y fragmentos posibles con mi hermana Pupi en su casa, pero al final le dije que no decidiría nada, que prefería llevar a la oficinita del Centro cultural todos los escritos que había traído al país y decidir sobre la marcha. Entonces, cuando subí al escenario del Centro cultural, debido a mis opciones abiertas tenía en mis manos además del libro Belleza terrible una carpeta de mi prosa de ficción y de no ficción y algunas de mis poesías.

Sobre el escenario del Centro Illia, bajo su influencia y la de la audiencia presente, se me ocurrió hablar de mi exilio voluntario de cuarenta años, de la emigración, del éxodo, por lo tanto de la nostalgia. Así fue que leí mi poema Saudades (traducible de modo muy burdo a “nostalgia”). Sentí mi lectura de esa  poesía de un modo que no me gustó para nada. Siempre voy a preferir que terceros lean mis poemas por mí, en vez de hacerlo yo mismo porque que me considero un terrible lector de ese género literario. En cualquier lengua soy un declamador PÉSIMO.

No obstante, de modo inesperado la mera presencia de la gente de mi pueblo y la solemne arquitectura neoclásica del edificio del Centro cultural fueron suficientes para determinar que abriera la noche leyendo esa poesía: ¡tantas y tantas veces fui con papá a ese lugar cuando él iba a hacer sus diligencias bancarias al Banco de la Provincia de Buenos Aires, que allí funcionaba! Te imaginás cómo me habré sentido en ese lugar donde ya lloré porque la cola en la ventanilla del cajero era enorme y yo quería ir a jugar a la plaza.

Entonces esa noche leí un segundo poema, Vía Crucis. Puede que haya contribuido a esta decisión el hecho de que yo había pasado la tarde anterior dando un mini seminario de poesía para los internos de la Unidad Penal 11. Si fue realmente por esto, digo entonces que subí al escenario del Illia con la sensibilidad todavía impregnada de lo poético que habíamos vivido con esos chicos prisioneros. Yo estaba todavía bajo la influencia de esas horas pasadas en el salón de clase de la cárcel  discutiendo y disfrutando de esas formas tan líricas de la escritura junto a los muchachos del penal. El local, la audiencia y mi memoria pasada y reciente crearon un cierto liricismo romántico en ese momento que se extendió hasta el comienzo de esa noche en el centro cultural.

Fue entonces por medio de esas dos poesías, Vía Crucis Saudades, que trabajáramos los prisioneros y yo la tarde anterior en el seminario en esa casa de detención, que vivimos —la audiencia del Centro cultural y yo mismo, juntos— las primeras emociones de esa noche.

Durante el resto de la jornada, Baradero, con su intensidad y su propia vibración, su personalidad y su aroma dirigió la charla y mi lenguaje hacia un terreno interesantísimo donde conversamos de todo un poco—pero el discurso común se desarrolló de modo integral en nuestro lenguaje absolutamentamente local, baraderense, aún cuando mi entonación e inflexiones estuviesen pobladas por el extranjerismo resultante de mis cuarenta años en tierras donde hablo otras lenguas no castellanas. 

Recuerdo que cuando terminé de leer Vía Crucis me senté al borde del escenario, y —tan deseoso de oír como de hablar dije—  ¿Preguntas? La velada así fluyó de una forma tan natural como fluyen las aguas del río Baradero. Abandoné cualquier otra lectura y como en cualquier encuentro entre amigos compartimos esa lengua común mientras charlábamos juntos de lo que nos interesaba a todos, en lugar de yo haber hablado (o peor, leído) de lo que me interesaba, en una lengua singular, por lo tanto, de cierto modo, “distante”. Fue de esa forma que los elementos necesarios y presentes construyeron el evento. Todo fue espontáneo, sincero.

En lo específico y con respecto a literatura expliqué el origen de mi ficción, cuánto el material que utilizo rescata resabios que guardo de mi vida baraderense porque —como vos, lector de BTI bien lo sabés— muchos de los personajes de mi ficción son pibes, pibas, hombres y mujeres reales de mi infancia en Baradero. Durante nuestra charla identifiqué a algunos personajes de mi ficción con los nombres y apellidos de sus inspiradores. Por ejemplo, la mención de Clavito Sagasta no sé por qué despertó en el público una carcajada de reconocimiento.

 A partir de las preguntas de la audiencia salieron a la superficie anécdotas de mi vida en Baradero y de mi vida en las otras ciudades que habité. Revelé mucho de mi vida personal porque el grado de intimidad de ese encuentro así lo requería. Creo que el desnudarse frente al lector debe operar un efecto purificador, catártico, para el escritor. Bien estoy familiarizado con la revelación de la intimidad, un hecho constante en la escritura de nuestros Cortázar, Sábato, Marechal, Puig, de Aira. Entre los americanos de otros países la necesidad de la revelación íntima la he hallado en Vargas Llosa, en García Márquez; en Rubem Fonseca, en Paulo Lins. Y en la América del Norte en Henry Miller, en Alice Munro, en Richard Russo, Richard Ford; en el gran Philip Roth.

Las preguntas de la gente presente en el Centro Cultural me llevaron a revelar anécdotas de mis cuatro esposas; de mis divorcios; de mis dos hijos y las contradicciones que mi trashumancia ha originado en mis pibes, por ser ellos descendientes de un padre no sólo excéntrico sino también ‘trans-nacional o pos-nacional’, como identifica la crítica politológico-cultural a quienes hemos pasado por el fenómeno que por mero accidente acaba siendo uno de los subtemas de este texto que vos estás leyendo.

Hablé de la paradoja que representan mis dos criaturas. Uno de los momentos humorísticos de esa noche en el Centro cultural lo generó mi información de que soy un argentino que vive en Estados Unidos y tiene un hijo argentino con alma brasileña que le habla al padre en portugués y una hija brasileña con alma norteamericana que le habla al padre en inglés. No tengo ningún hijo con quien hablar en mi propio idioma.

Alejandro es argentino y porteño, nacido en el desaparecido Sanatorio Metropolitano, casi en la esquina de las calles Lavalle y Riobamba de Buenos Aires. Se fue (nos fuimos) de Argentina a los cuatro años para crecer y vivir hasta casi la adolescencia en la Playa de Leblón, de Río de Janeiro— su sensibilidad y cultura fundamental son brasileñas. Es carioca. Aun cuando habla un castellano perfecto, si bien que no con el acento de un argentino, sino del ‘español internacional’, se dirige a mí siempre en portugués. Su lengua ‘familiar’ es la que se habla en Brasil. Tanto es así que si me habla en inglés —y esto lo clarifiqué esa noche en el Centro Illia—  sé que viene alguna recriminación. Sé que ‘me va a retar’ por algo. Sucede que como hoy mi hijo es uno de los empresarios más o menos prominentes de Orlando, Florida, se comporta como si él fuera mi padre y yo su hijo.

Mi hija Juliana es brasileña: nació en Río de Janeiro y vivió hasta los diez años en la misma playa de Leblón. Por ese fenómeno de sincronismo que noto en mi vida, Juliana decidió (fue de parto natural) llegar al mundo una mañana de sol de un nueve de julio. Esto ya te lo conté hace un par de semanas: que me haya dado el regalo de su existencia en el Día de la independencia, de mi país fue lo que me llevó a llamarla Juliana.

No obstante, de la misma manera como la cultura y la sensibilidad de Alejandro son para siempre brasileñas, la cultura y la sensibilidad de Juliana son y serán para siempre estadounidenses. Juliana me habla exclusivamente en inglés y el portugués sólo aparece de modo accidental si nos referimos a algo de Brasil, cuya expresión o descripción sea imposible expresar con la misma claridad en otro idioma, o entonces cuando habla con gente de Portugal o Brasil. Su madre, sin ir más lejos

A no ser por necesidad, Juliana se recusa a hablar en castellano porque lo habla con un fuerte acento extranjero, aun cuando para mejorarlo fue a estudiar a la Universidad Complutense de Madrid un semestre completo. Juliana es una eficiente profesional que, a pesar haber sido formada en ciencias políticas por Stetson University, ha pasado su vida laboral gerenciando en la industria automovilística —para General MotorsChrysler y Mazda, y en la industria química para la holandesa Tencate y para Benjamin Moore. No obstante, balancea este mundo corporativo con el pensamiento mágico que constituye la arquitectura psicológico-emocional brasileña. En ese sentido espiritual, ella se ha mantenido brasileña. Yo no sé cómo lo hace.

Cuando era pequeña, Juliana creía en la existencia de los ángeles. Hoy está convencida de la existencia del más allá, de la vida eterna , y de la precisión de ciertos presagios e intuiciones. Lo cree sin duda alguna y sin necesidad de fe religiosa, ya que lo sagrado existe en ella con tanta naturalidad como sus ojos y su boca. Ayer mismo me decía sobre su firme convicción de que su abuela brasileña (fallecida) tiene superpoderes. Doña Rosa, que era carioca como mi hija [es decir, nacida en Río de Janeiro], está siempre a su lado. Juliana no duda en absoluto de la presencia espiritual constante de esa mujer junto a ella. De la misma forma siente la presencia espiritual de su madrina, Lourdes, otra carioca también fallecida, hermana de su abuela. A pesar de haber pasado su vida viajando, Lourdes mantenía un hogar en New York, así que Juliana se acercó mucho a ella durante los últimos años de la vida de la anciana. Con respecto a mi propio pensamiento mágico: Juliana es mi ángel viviente. Debo acotar que al hablar de estas singularidadesme abren el alma. Así enternecido, cuando decido regresar al tema del lenguaje, de modo natural me viene a la memoria este último episodio:

Estaba en una relación moribunda, ya en estado de coma; no demoraría mucho tiempo más y fallecería de modo inevitable. Por alguna razón que no recuerdo pero relacionada con esa agonía, había regresado por unas semanas de Río de Janeiro a Baradero.

Salía con mi barra de amigos a los bares y de allí al boliche del “ruido” local. La previa aún no tenía nombre durante aquellos años. Una vez más en mi pueblo después de casi una década de ausencia, me sentía dislocado, “extranjero”. Porque he vivido esa experiencia, hoy les advierto a mis nuevos alumnos —“frescos” en la New York University—que el vocablo griego nostos, cuyo significado en el contexto de la Odisea significa “la vuelta al hogar”, representa en realidad una utopía, un imposible.

Una vez que se emprende el viaje, rápido la localidad se fija en el espacio memorioso del pasado. Se archiva, solidifica; se fosiliza, como si la partida fuese en sí misma un punto de no retorno. Por eso Homero finaliza la Odisea en el momento mismo en que Odiseo/Ulises acaba de arribar de regreso a Ithaca. El épico entero es una descripción de las dificultades y peripecias del viaje de retorno, que se extiende a toda una década; pero la narración del “ya en casa”; no existe. Tal vez el mítico poeta ciego no haya podido imaginar los acontecimientos de ese retorno, o de su imposibilidad, porque Homero habría sido él mismo un rapsoda itinerante, un poeta (en esa época, cantor) viajero. Puede que el retorno de Odiseo haya sido breve, tan sólo un pasaje rápido por Ithaca, el preludio de un nuevo viaje, que no haya querido o conseguido quedarse, confirmando así la imposibilidad del nostos.

Sea lo qué o cómo fuera, Homero evitó o no pudo narrar qué sucedió a partir de esa ‘vuelta al hogar’. El re-establecimiento de Odiseo en Ithaca, su permanencia, no figura en el primer poema épico de occidente, porque éste acaba en el momento del arribo del héroe al hogar ancestral (en realidad, sería el segundo poema, si consideramos al díptico homérico la Ilíada y la Odisea dos trabajos separados).

En el exterior el ser se modifica, en consecuencia el discurso personal también se hace distinto, desconectado de las expresiones, lunfardos y temas locales. Bien y así lo escribe Federico Jeanmaire en La Patria — es por eso que su protagonista abandona Europa y regresa presuroso a Argentina, antes de que la imposibilidad del idioma se instale en su boca. Antes de que el nostos se convierta en ese imposible que pareciera definirlo por paradoja.

La ausencia castiga al lenguaje, despoja al ausente de su naturalidad idiomática; la articulación oral de aquel que se ha ausentado cambia porque no sólo su lengua, sino también las imágenes y la realidad del universo que la informan —las referencias—, allá lejos son otras: Odiseo encuentra a los Cíclopes, a los comedores de loto, a los caníbales Lestrigones; a las brujas-magas Circe y Calipso; a la hermosísima princesa Nausicaä, que lo acoge y reconforta. El mundo exterior es inesperado, inimaginable, impensable. Nuestra intimidad con el mismo nos modifica para siempre. Nos transforma en otros.

Pero en esos breves días de mi retorno al pueblo, con la barra nos esforzábamos para estar una vez más como antiguamente. Para tratar de recobrar juntos el hogar ancestral que yo había abandonado.

Uno de mis amigos, paseando en auto un sábado a la tarde, me señaló una chica delgada pero de formas esculturales. Llevaba una blusa blanca simple y sin detalles. Bajaban de esa blusa, calzadas en zapatos de tacos bastante altos, dos largas piernas cubiertas por un par de pantalones negros.  Fue allí cuando la vi por primera vez, de espaldas porque ella entraba en ese momento a un bar de la esquina de la plaza. No vi su rostro, pero su cabello, un pelo largo azabache brillante, semi-ondulado y salvaje, era aún más negro que la tela que se adhería a la perfección de sus glúteos. Nuestro coche continuó su marcha y ella desapareció en el interior del bar. Mi amigo me confesó allí mismo que para él, esa era la mujer más hermosa del pueblo. Me informó además que ella acababa apenas de alcanzar la mayoría de edad y que estudiaba en la institución terciaria local.

La volvimos a encontrar esa noche misma, en un boliche ubicado en una estratégica cuadra muy oscura, no lejos de la plaza Mitre, tal vez en la calle Laprida. Para entrar, se debía hacer una especie de “L” por un porche o zaguán que desembocaba en el interior de la boite. Creo que era la primera noche de mi retorno. Escribo noche en itálicas cursivas porque —si mi memoria es certera— esta era mi primera noche literal y mi primera salida hacia la noche del pueblo.

Terminamos de caminar los pocos pasos de la L y me hallé en un lugar atestado. La noche local, hervía. Ésta era la costumbre en esa época y en este pueblo. Se iba al lugar adonde todos iban. El boliche de moda, sea cual fuere de acuerdo al momento, estaba siempre tan lleno de juventud que para poder alzar el vaso de whisky era necesario apartarse un poco de la persona con quien uno conversaba. Así la multitud se comprimía dentro los boliches.

El lugar estaba apenas iluminado y el humo de tabaco se esparcía por todo el ambiente como la niebla se disemina sobre nuestros campos al amanecer. Casi todo el mundo tenía un cigarrillo en una mano y una copa en la otra. Para conversar había que gritar al oído del interlocutor, ya que una canción de los Bee Gees —la banda “disco” de ese momento— atronaba el espacio y se superponía a nuestras voces.

Fuimos hacia la barra donde, con un Marlboro humeando entre sus labios —no por pura coincidencia, porque todo allí sucedía por alguna razón— se hallaba la chica que habíamos visto esa tarde. Mi amigo me la presentó, pero ella dijo que ya me conocía de vista y por referencias. Agregó, para esclarecérmelo por completo, que nunca habíamos hablado porque cuando yo vivía en el pueblo ella todavía era tan sólo una niña pequeña.

Era casi tan alta —o tan alta— como yo. Su  nariz recta, fina y algo prominente sugería una personalidad al mismo tiempo elegante y autoritaria. No obstante, desmentían esa rigidez un par de ojos verdes como las mejores emeraldas colombianas. Estos brillaban de un modo tal que para mí denotaban una dulzura tan intensa como el néctar de las flores que se abrían sobre los canteros de la plaza Mitre en esa primavera.

Mientras la muchacha parloteaba, me era difícil prestar atención al contenido de su conversación porque yo estaba concentrado en “la forma” y los elementos de su habla. Era fascinante todo el argot joven que ella me ofrecía, ese que yo me había perdido porque había estado ausente mientras se desarrollaba ese nuevo idioma argentino. El habla argentina es un ser vivo exclusivo y palpitante, proteico. Evoluciona sin cesar y había estado haciéndolo —evolucionando, cambiando— mientras yo, durante toda esa década en Brasil hablaba y oía el portugués, lejos y por lo tanto sordo e ignorante de ese proceso de constante cambio y renovación. Los giros, texturas, tonos, y hasta la coloratura y entonación de ese lenguaje local y argentino que esta niña utilizaba de modo natural y automático eran para mí totalmente nuevos, desconocidos. Sorprendentes.

Ella continuó hablando. Lo hacía sin cesar, mientras se colocaba el cigarrillo en la boca para pitar  y allí lo dejaba por un algunos segundos. Para sostener allí el cilindro de papel y tabaco mientras conversaba, mantenía apretada con suavidad la comisura derecha de sus labios finos pero carnosos. Esto le confería un aire de sarcasmo, misterio y sensualidad. Frente a mis ojos se hallaba la mujer que me reintroducía a mi tierra por medio de su fascinante uso de la lengua local. Por la generosidad de su habla, ella constituía una anfitriona de una calidad y destreza excelentes; la imaginé una versión baraderense de la misteriosa y sensual princesa del pueblo feacio (Phaeacian) de laOdisea, la princesa Nausicaä —que con su dulzura mitigara los dolores del náufrago Odiseo.

Unos días después, cuando al fin mi Nausicaä  baraderense visitó mi hogar temporario de Baradero —porque me había dicho que le encantaban las flores— fui al campo a recoger flores y las cargué en el  Taunus de mi viejo, llenando por completo con ellas los asientos y el baúl del auto. Entonces tomé prestados todos los jarros y jarras de porcelana, cristal y plata de la joyería de papá y, colmados de toda esa vegetación floral, los distribuí de modo estratégico por la casa. Transformé el hogar en una selva florida —una floresta— para recibir a la princesa. Me esforzaba en ser un anfitrión tan excelente como ella. Nausicaä me había brindado nuevas palabras. Porque yo carecía de su novel lenguaje para retribuirlas, le ofrecería en cambio innúmeras flores frescas.

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Ilustración: la Biblioteca de Elmsford.

Elmsford, New York. Sábado 16 de junio de 2018

 

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