Epifanía – por Hugo Pezzini

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    No puedo recordar qué año era cuando viví ese momento inolvidable. Sentado aquí —en la tranquilidad de mi buhardilla, mi hogar norteamericano, este rectángulo que me cobija en medio de los bosques y colinas nevadas de Pleasantville, a menos de una hora de distancia del vibrante e hirviente núcleo concreto del planeta, Manhattan— trato de llamar a mi mente los momentos originales de mi transformación fundamental —tal vez deba decir ‘mi transfiguración’, y también deba además decir que sé que es verdad que hubo una transformación, una transfiguración, una muerte y un renacimiento, y que se operaron a un mismo tiempo, de modo simultáneo.

    Hoy, después de tantas décadas de experiencias más o menos trashumantes e inusuales, trato de mirar hacia atrás, en busca de ese punto distante, exacto lo suficiente como para que yo lo considere un punto de partida; lo hago un trampolín desde donde me lanzo a las profundidades donde se hallan las fuentes de este relato: el momento y lugar de ocurrencia de esa “epifanía”. Duró tal vez un par de minutos, pero su intensidad la hizo eterna, omnipresente.

    Siempre que miro hacia atrás, al fondo o al comienzo del sendero lo que brilla es mi pueblo natal. Entonces recuerdo que acababa de llegar a Buenos Aires de regreso en el tren de Baradero, después de un fin de semana allá. Es decir que era un domingo por la noche.

    Entré a mi estudio (siempre yo en rectángulos habitables) de la calle Lavalle entre Uruguay y Montevideo; arrojé la maleta sobre el gran sofá que de noche hacía las veces de cama, fui al baño, es probable que me haya mirado al espejo del modo cuando uno se mira tratando de descubrir quién es. Me debo haber pasado las manos por mi largo cabello y mi larga barba por algunos segundos. Sé que a continuación fui hacia la puerta, salí y la cerré una vez más, dispuesto a caminar la cuadra que me separaba de Corrientes.

    Estilo bandolera llevaba colgando de mi hombro una bolsa marinera de soga y lona, decorada con un ancla y la palabra Netherlands en letras de color gris sopleteadas a la tela por medio de un esténcil (esta inscripción sería premonitoria de uno de mis hogares temporarios del futuro, Ámsterdam, aunque ¿cómo podría yo saberlo entonces, cuando todavía no había salido jamás de la Argentina?). Dentro de la bolsa iban mis libros (en general uno de poesía y uno de prosa), alguna revista (probablemente Crisis) y mi diario personal —uno de esos tantos cuadernos que fui llenando a lo largo del tiempo en muchas mesas de varios cafés porteños, mis ensayos jóvenes de escritor.

    Más de una vez me he perdido rememorando este instante: fue en Corrientes, sobre la vereda sur de la cuadra que abarca desde Uruguay a Paraná. Caminaba yo por esa vereda, siguiendo la larga pared interrupta de ladrillo visto blanqueado y las tablas de madera que continuaban cuando la pared acababa, tratando de esconder un absurdo baldío temporario que yacía su extensión vacante en el área más codiciada de esa zona del centro porteño.

    Aunque no te podría decir cómo estaba vestido, recuerdo al menos qué abrigo tenía puesto. Llevaba una chaqueta a la cazadora de faldones que me cubrían  los muslos, y allí ostentaban dos amplios bolsos donde iría un atado de negros y un encendedor Dunhill bañado en oro, que curiosamente había hallado en esa misma vereda unas semanas antes. La chaqueta estaba confeccionada en suavísima gamuza color marrón sanguine intenso. Había sido de mamá y yo me la había apropiado porque me encantaba, bajo sus protestas porque  “abotonaba como mujer”. En general me fascinaba la combinación gamuza/terciopelo, así que es igualmente probable que llevara unos pantalones bell-bottoms (los Oxford de ese entonces, con botamangas anchísimas acampanadas) bordó que le había pedido a mamá que me hiciera con el terciopelo de unas antiguas cortinas de la joyería de papá, cuando las retiraron durante una reforma modernizadora.

    Mientras ponía un pie frente a otro desplazándome con pereza en paralelo a la pared, en la momentánea semipenunbra del frente abandonado de esa manzana . . . me alcanzó y poseyó la tal epifanía. Cobré una especie de hiper-auto-conciencia, de mi identidad, de ese instante y de mi propia existencia: vislumbré mi futuro.

    No me detuve; seguí mis propios pasos de acuerdo a mi destino predispuesto: como tantas otras noches, iba al café Politeama en busca de conocidos o al menos de una mesa libre. Pero —como te digo— de pronto sentí de forma magnificada y casi sobrenatural el viento, el olor singular, indefinido e incomparable de Corrientes, el sonido de los coches que pasaban y de la gente que cruzaba mi camino o caminaba en la misma dirección que yo. Sentí golpear sobre mi rostro ese viento polvoriento que a veces anuncia la lluvia, pero que traía algo intangible, ectoplasmatico y trascendental; y entonces me vi y me sentí ‘desde afuera”: adquirí una percepción extra-ordinaria de mi presencia ahí y en ese momento.

    Lo realmente excepcional era que ese momento llevaba consigo información: el momento me hablaba. Como el último libro de la Biblia —el Apocalipsis: Revelación—  no era otra cosa que eso: un mensaje que contenía cifrada una definición personal revolucionaria, fundamental, sentencial y llena de misterio, premonición y portento. San Juan el Divino es el autor del apocalipsis. Este es un escritor visionario a la manera de los modernos Williams: William Blake y William Burroughs. Su libro definitivo—que cierra la Biblia y completa la historia con el fin de los tiempos—es tan final y preanuncia tantos portentos que la palabra “apocalipsis”, que significa de modo literal “revelación”, muchas veces se interpreta por equivocación o por extensión como el contenido de dicha revelación: el fin de los tiempos o  la hecatombe final.

    En ese pedacito de Corrientes surgí como un nuevo individuo, quien de un modo irrecobrable e inexorable dejaba atrás para siempre a quien yo había sido hasta ese momento. Por supuesto que esto es retroactivo y sólo lo comprendí después, mucho después; pero el sentimiento psicológico, emocional y físico que aparejaba la revelación sí se manifestó en su total plenitud. Me sentí condenado e iluminado a un mismo tiempo, ya que lo que esa visión me decía era que yo estaba designado a ser un algo que se materializaba e incorporaba a mi existencia de individuo de forma definitiva y permanente en ese preciso instante.

    Había salido de mi departamentito de la calle Lavalle un Hugo adolescente, universitario, burgués de buena familia, con novia y vagos planos para un futuro nebuloso. No obstante, quien iba a entrar en dos o tres minutos más al Politeama por la puerta de la esquina de Paraná y Corrientes, era. . . un. . . un. . .  No tenía todavía la suficiente cantidad de lectura ni instrucción artística, literaria, cinematográfica, poética, filosófica, histórica, legendaria o mítica como para poder articular en palabras explícitas lo que me era tan tan tan claro al nivel de la percepción sensorial —el brillante estado de conciencia de mi yo definitivo que me apabullaba con su claridad diáfana en esa temprana noche porteña.

    Hoy, después de tantas décadas puedo decir que la pesadumbre y el alivio que sentí en ese momento se debían a que 1) me reconocía como una figura crística —con un destino y una misión que aprisionaban mi existencia dentro del perímetro y de acuerdo a los parámetros de una senda que debía caminar y de la que no me podría apartar nunca más, jamás: mi cruz; y 2) me daba cuenta que hiciera lo que hiciera la justificación de mi existencia acababa de ser provista, definida y solucionada.

    Ese yo que se manifestó esa noche mientras me acercaba más y más a Politeama, establecía para siempre a Hugo Pezzini y le confería una identidad intemporal y eterna. Continúo entonces con este lenguaje judeo-cristiano: te confieso que lo que pasó en esa cuadra de la calle Corrientes es que sonaron alto y brillante las trompetas de la Vocación. Este momento encerraba un llamado tan mágico, misterioso e irrenunciable que lo comparo a aquel de la ominosa habitación de la famosa pintura del Caravaggio: Bajo una alta y absurda ventana sin claridad alguna, los personajes de esta escena se hallan iluminados por un rayo de luz de origen incierto. Desde las cercanías de una puerta por la que acaba de entrar pero que no hace parte del cuadro, Cristo, de pie y en la semipenumbra, lo señala con su dedo a San Mateo, así eligiéndolo para que abandone todo y lo siga. «¿A quién, a mí?», parece responder el futuro santo.

    Llegué a la puerta del bar Politeama y hacia su interior me adentré, ahora sabiendo que era un artista.

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    Pleasantville, New York. Sábado 4 de mayo de 2019

    Ilustración: Michelangelo Merisi da Caravaggio: «El llamado de San Mateo», 1599

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