Escribir es leer – por Hugo Pezzini

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Lo que sigue a continuación plasma ideas que me vienen a la mente cuando trato de describir lo que estoy haciendo ahora mismo, mientras tecleo letra tras letra y palabra tras palabra en el aislamiento de mi rincón de escritor.

Existe un consejo clásico que en los talleres de escritura reciben quienes se dedican a esto: Write about what you know, escribe sobre lo que conoces/ de lo que sabes. Casi todos los que pasan los días en la soledad obligatoria que demanda el encadenar palabras en orden, con el objetivo de crear significado, tarde o temprano escriben sobre escribir.

Este tal vez sea un tema universal de los escritores porque es uno de los asuntos sobre el que los mismos saben, pero al mismo tiempo lo interrogan con insistencia, ya que el escribir no es una ciencia, sino un oficio o ejercicio artístico: una artesanía. Todo escritor se halla abocado a la tarea de aprender a escribir; cada nuevo texto es un “ensayo”, una tentativa, una práctica. A partir de esta aseveración se entra en una concatenación de demandas. Si las palabras son signos que significan algo, es necesario establecer al menos alguna suerte de definición de “arte”. Arte en lo literal significa (producto de un) “trabajo”, “artificio”, “arte-facto”, “obra”, “actividad” y también objeto inservible cuya utilidad se justifica en sí mismo: el mero objeto —su existencia— es su utilidad.

Pero esta inserviblidad en lo que se refiere al arte de la escritura no es tal, ya que la literatura es la tentativa de erigir una representación minúscula y parcial del universo natural, del universo artificial, del universo ficcional y de sus aspectos posibles. La literatura dice obviedades o singularidades que intentan transmitir porciones del entendimiento, la comprensión y la comprehensión que los seres humanos han adquirido de la existencia misma de lo particular y del todo, de lo relativo y del absoluto. Aspira a re-tratar lo que la especie humana entiende del existir —como fenómeno real o imaginario, potencial o actual. Si esto es verdad—y así rezan las teorías aceptables al respecto, o al menos las que para mí son convincentes— un texto escrito encuentra justificación en su contenido, que es el significado del texto mismo.

En lo específico y con respecto a la elaboración del volumen final acumulado de palabras que constituye el artefacto literario, lo primero a decir es que la manipulación de los símbolos que lo componen tiene entre sus muchas aspiraciones y metas un objetivo “arquitectónico”. Ésta constituye una buena metáfora ‘constructivista’ porque el contenido del texto debe al menos crear una estructura sobre la cual se asiente firme la narrativa coherente que le da sentido, que la justifica. La estructura la sostiene y es al mismo tiempo su contenido.

Una frase que le oí decir al profesor de filosofía Steven Ross —nunca más la olvidé y la repito continuamente cada vez que tengo la oportunidad— reza que uno debe “conocer el significado de los símbolos que manipula”. Ese conocimiento establece la diferencia entre un ser humano y una máquina “inteligente”. Sólo los seres humanos son capaces de esta proeza. En otras palabras, la intimidad con el idioma y su vocabulario (que es la lengua misma), con el significado de las palabras —sumado el discernimiento de los contextos específicos de cada situacion narrada— son requerimientos fundamentales para poder escribir de modo coherente. Sólo un ser humano puede empatizar con historias sensibles y a continuación relatar sus matices más idiosincráticos. No obstante, algo primario: no se puede transmitir significado sin antes adquirir o hacer propio un léxico variado y amplio.

Me repito, entonces: la única manera de crear contenido es por medio de una profunda intimidad con la lengua en la que uno escribe —su maestría. Es obvio que no existe otra manera de conocer el vocabulario que leyendo mucho, escuchando mucho, como dicen los anglo parlantes, “with undivided attention” —con atención “individida”: con gran y absoluta atención. Para mí, el mejor profesor de «ensayo personal»de la lengua inglesa se llama Lewis Meyers. Comenzó el taller al que asistí bajo su dirección con la siguiente admonición: «One dies alone, but also writes alone» (uno muere solo, pero también escribe solo). Imaginar que la soledad del escritor se reduce al tiempo de la escritura es un mito. A ésta debe agregarse el tiempo de la lectura y la reflexión que la misma debe generar, si esta corresponde al tipo de lectura que un escritor realiza. Escribir tiene que ser una pasión acompañada de su hermana gemela: la lectura.

Para poder escribir de modo efectivo, se debe crear el hábito y ejercer la práctica constante de escuchar y pensar las palabras con enorme interés. Además es necesario acercarse con la misma atención a todas las formas narrativas: apropiarse de (e intimar con) no sólo abundante lectura sino también de buen y mucho cine. En general, el escritor es alguien interesado e interiorizado en la palabra escrita, más que también sabe de música, pintura, escultura.

Por mera inclinación natural quien escribe dedica tiempo a la profunda observación y estudio de todas las artes. Ese que escribe es un curioso al respecto de todas las formas narrativas. ¿Cómo describir una escena usando un lenguaje descriptivo visual sin estar familiarizado con las imágenes de la pintura, la escultura o el cine? El escritor tiene que inmiscuir su ojo y oído en todos los medios por los cuales seres humanos le hablan a otros seres humanos de la gran aventura que implica la vida. Un escritor con recursos en su haber se ha interesado en todas las formas posibles de transmisión de significados, en todas las formas posibles de creación narrativa. No es posible pretender crear con consistencia sin un acervo cultural variado y abundante. Yo he comprobado que cualquier escritor interesante es un escritor de cultura y conocimiento enciclopédicos. Borges, Henry Miller, Houellebecq, Philip Roth; todos ellos se leyeron todo, devoraron todo.

Escribir; es decir, aprender a escribir —ese aprimoramento del oficio que lleva toda una vida, que quede claro— implica una predisposición y una disposición a tratar de ver y tratar de entender cómo se cuenta y cuáles y cuántas son las formas posibles de contar una historia, para entonces así tener una concepción más depurada de qué hacer para poder contarla bien. Hay que descubrir los mecanismos e identificar cómo funcionan, y seguir hallándolos y reconociéndolos en la maraña de lo nuevo durante las lecturas subsiguientes hasta hacerlos propios, naturalizarlos como parte de la maquinaria creativa personal.

Hay que leer la escritura ajena con curiosidad, atención y de modo analítico-crítico incansable para familiarizarse con temas, estilos, formas, preocupaciones, inclinaciones y modismos que constituyen la variadísima voz narrativa literaria. Sólo entonces uno consigue elegir y decidir cómo escribir cada historia en particular. Cuál es la voz que corresponde a cada situación dramática.

El oficio de escritor consiste en un continuo cincelar el estilo, depurar la lengua en busca del registro personal, sea este un lenguaje alto o bajo, erudito o popular, purista o multifacético, natural o impostado. Es indispensable adquirir una voz personal autor-izada (an authoritative voice): la voz autoral. Si la voz que la escritura articula no posee esa característica, es muy difícil que el lector “suspenda su des-creencia” y le conceda al texto toda su fe poética, como la llamara Coleridge.  

Otro truismo que siempre repito y creo haberle oído —le atribuyo— al profesor de Historia del Arte Richard Stapleford es el siguiente (adoraría si esta fuese una cita falsa y el concepto en realidad fuese de mi autoría, pero me parece que no es así. No.): There is no Art. There’s only the History of Art. El Arte no existe. Solo existe la Historia del Arte. Autores canónicos universales de las varias lenguas como Cervantes, Dante, Borges, Shakespeare, Goethe, Balzac et al han acuñado cientos de nuevas palabras que hoy se han incorporado al lenguaje —el lector ni siquiera sospecha cuáles llegan del vulgo anónimo y cuales son símbolos intencionales que estos literatos crearon por pura necesidad o capricho estético o poético. No obstante, todo escritor de algún modo re-presenta o re-crea ciertos temas universales que reaparecen y se repiten en distintos contextos a lo largo de la historia. Los autores anteriores y/o subsiguientes a su vez también recontextualizan en diferentes momentos históricos el drama de la especie humana y el drama del universo; por ende, recombinan palabras preexistentes o posteriores a su tiempo y discursos pre-existentes o posteriores a su tiempo. De algún modo todos los escritores re-cuentan la furia de Aquiles, la huelga sexual de Lysistrata, el horror de Medea, el amor de Julieta, el pavor de Edipo, la marginalidad de Fierro, las penurias de Quijote, el viaje de Ulises, la Guerra de Troya. El despojo estoico de Siddhartha. ¿Cómo escribir sin re-conocer los ancestros de las historias que uno cuenta?

Por último lo obvio: para escribir —y destacar esto es una perogrullada—  el dominio de la gramática y las leyes del idioma en el que uno escribe son indispensables. Cosas tan simples como una total concientización de las diferencias en el uso del punto, los dos puntos, la coma y el punto y coma. Es menester que quien escribe conozca al dedillo las reglas de acentuación, del uso de las mayúsculas; que sepa que una frase o cláusula y una oración no son la misma cosa, y que tenga plena noción de los largos posibles y convenientes de cada una de las mismas. Sólo así el escritor puede permitirse las licencias literario-poéticas que ignoran las mismas: porque sólo cuando éste domina las primeras, cuando “sabe lo que hace”, puede quebrar esas reglas y aún así crear sentido inteligible y claro —hasta donde ese o aquel escritor desee revelarlo. Hay escritores oscuros que lo son tales porque ése es su estilo: la intriga que esa oscuridad crea es parte de su intencionalidad artística. Ese obscuro objeto del deseo.

La disciplina fundamental de todo escritor —y de todo aspirante a escritor— es la lectura. Condición sine qua non: si se quiere escribir, se debe leer. 

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Manhattan, sábado 10 de abril de 2021

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