Este tipo que habla acá II – por Hugo Pezzini

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Comienzo narrándote este pequeño detalle porque estoy leyendo un viejo libro (se publicó en el dos mil) del escritor norteamericano David Sedaris, Me Talk Pretty One Day (Mí habla bien un día; sí: ese es el título). El narrador hace la siguiente declaración fundamental: The artworld was our conceptual oyster, and we ate it raw. En la sección donde aparece esta oración, el autor habla en nombre del hermético círculo de artistas de una cierta Avant garde radical, que se expresa a través de varias disciplinas de las bellas artes.

Esto sucede en algún momento del último par de décadas del siglo XX, durante la hegemonía (o la epidemia) de metanfetaminas en este país del norte: “El mundo del arte era nuestra ostra conceptual, y nos lo comíamos crudo”, eso es lo que significa esa frase de arriba. En inglés el “it”, de ‘… and we ate it raw’ (“lo comíamos crudo”) es neutro, lo que quiere decir que el verbo comer se aplica tanto a la metafórica “ostra” como al “mundo del arte” que constituía el universo de esos artistas: los encerraba y los alimentaba: Nos la/lo comíamos cruda/o. Estos individuos no concebían su existencia exterior a ese mundo del arte; la ostra los contenía y limitaba, y el universo que los definía era el del mundo del arte. Fuera del arte, era la nada. No eran «personas», sino artistas.

Estos artistas alucinados creaban, intervenían, imitaban (tomaban ejemplos y recibían influencias; simulaban escuelas tradicionales, modificándolas, transformándolas en) obras de arte. Entonces, se referían al resultante artefacto estético con el sustantivo descriptivo “my ‘piece’ ”. Con un dedo índice autoritario y una expresión facial entre severa e irónica, señalaban su construcción y decían… “because my piece…”, porque mi pieza

Ese detalle de la duplicidad que crean el universo (mundo del arte) y la metáfora (ostra), me llevó a una reflexión, que —de modo extraño pero habitual para mí— elaboré durante las horas tardías de la noche de ayer, y completé durante mis pocas horas del sueño subsiguiente.

Me despierto, voy al baño a ducharme, y me sumerjo en la totalidad de esa ‘epifanía’ personal que me sorprende al mirarme al espejo: ¿Soy yo también uno de esos artistas? Si la respuesta es afirmativa, sería porque lo hacen obvio detalles tan simples como el hallarme en este mismo instante en esta tarea solitaria (mientras un grupo de amigos beben vino y conversan a mi alrededor) de teclear letra tras letra este texto que lees. Me hallo abocado a la construcción del texto, el artefacto, the piece. Mi pieza. Cuando acabe, me diré «soy el autor de esta pieza, el artista que la creó». Hasta ahí, nada nuevo; una perogrullada como cualquier otra. Pero, ¿por qué además hablo de duplicidad y de cómo ésta aparece en este contexto, y cuál es la reflexión epifánica que surge de todo esto durante mi sueño?

La siguiente: cada vez que trabajo en mi escritura dejo de ser ese yo indefinido que comparte características genéricas (de mi género) y específicas (de mi especie). Son generalidades abstractas y concretas que me igualan y unen de modo universal; uno más del resto de la humanidad. Pero al compartir con vos estos significantes, asumo un papel específico que se refleja en mis narradores, esos por medio de los cuales hablo. Es así como interviene el tercero que opera la transformación: Para el lector, vos, ese personaje que escribe acá, soy yo, el escritor. Pero no es así; mi actividad y la reflexión de la misma en su producto, los textos, me transforman en un personaje cuya manifestación o emanación es esa pieza misma, el artefacto estético creado, por la acción intermediadora de tu lectura.

Porque me vas a leer, mientras tecleo me construyo también a mí mismo como algo distinto y particular; me construyo como “el escritor”, o sea, el artista…, que no es otra cosa que un personaje—una manifestación artística. Lo que me confiere existencia como tal es el hegeliano ojo del otro, el del lector. El tuyo. Tu ojo.

Vos me despojás de mi identidad anterior y me atribuís una existencia que hasta ese momento no era mía. Por medio de la entrega que me hacés de tu fe poética (la que por Coleridge postula como “suspensión del descreimiento”), vos, mi lector, tomás la voz y acciones del personaje que habla en mis textos, sea en primera o tercera persona, como si fuesen las de mi propio ser, y de este modo me re-creás. Al hacerlo, eliminás todo trazo de mi existencia anterior. Me gestás y das a luz a esta nueva entidad que tu complicidad ha articulado. Me re-identificás.

Yo creo un texto y el subproducto es ese personaje del escritor, quien se manifiesta por la voz en la página, y vos por medio de tu complicidad lectora hacés real. Un artefacto, una pieza que se hace evidente y obvia en la narrativa. El ojo del otro (el tuyo) ve a ese que allí se ha escrito como si fuese mi propia individualidad en cuerpo y alma. Y así desaparezco como ser real y me reencarno en ese en quien vos creés, en ese que hallás en el texto. Desde entonces y de ahí en más, ese soy yo. 

Claro que esta nueva existencia estético-artística —que genera tu creencia en la veracidad de este “yo” de la página que leés— trae aparejada como consecuencia para mí un montón de disociaciones, a veces no del todo placenteras. Pienso en el ciego de la literatura argentina que todos transformamos en un mito de bastón y traje gris. Borges lo pone de un modo que ningún otro escritor de la lengua castellana podría mejorar:

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico…

“… traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y es todo del olvido, o del otro.

“No sé cuál de los dos escribe esta página”.

El que escribe, además de un texto crea el personaje del escritor.  Como de la cabeza de Zeus brota la diosa Atenea, brota del cerebro del escritor real un nuevo ser imaginado por el lector. Así, del escritor, su emanación en el texto y el texto mismo, se constituye la obra de arte. El que escribe en el mundo real se transforma en personaje, y el narrador ficticio del texto en el objeto de fe del lector: El escritor que él o ella admira o desprecia. No existe mejor ejemplo en nuestra literatura que el escritor Jorge Luis Borges como generador de extraordinaria admiración y de extraordinario desprecio.

¿Existe por acaso un personaje más indivisible de su escritor que Horacio Oliveira, el argentino en París que protagoniza la canónica novela, Rayuela, de Julio Cortázar? Seguramente en su última visita a Argentina, el personaje que caminó por las calles porteñas era alguien mucho más allá que la amalgama de ambos: era un escritor-personaje que sus lectores universales habían diseñado y pulido hasta el absoluto mítico del parnaso de la literatura. Lo más probable es que el belga-argentino a esa altura había incorporado —à la method-acting—tanto ya su personaje, que Julio Cortázar no podría abandonarlo jamás: el prisionero de la ostra Oliveira.

¿Te das cuenta, flaco, lo que te acabo de decir? Es de locos, che. Porque entonces resulta que el Mono Pezzini después de tu lectura se ha vuelto un artefacto. A Piece, pibe. Tomate esa: soy el otro Mono Pezzini, ese que fue escrito. El otro ‘se fue a la mierda’. ¿Será que los tantos otros localizados en el estado existencial de conciencia identitaria donde me hallo en este momento han llegado a la misma conclusión? Que yo sepa, nadie ha venido a invitarme para cualquier congreso o conferencia sobre el tema de existencia conferida por la lectura. Pero no importa, ¿viste? El primero que se da cuenta no necesariamente es el primero que se decide o anima a abrir la boca. Palabras tienen consecuencias, flaco; así que vos cayate la trucha bien cayadita,y seguí leyendo, como ya te lo advirtió el nenito dulce e inquisitivo que soy yo en cierta página.  ¿Estamos? Por ahora, quien lo dice soy yo, o sea, el otro otro, el adolescente pedante, amigable y confianzudo. Ese que otras veces también soy yo.

 Cuando camino por Santa María de Oro o por Anchorena; si me siento a una mesa de Los Angelitos, o del Sportman, ¿quién de los dos, o tantos otros, es quien allí se sienta? Si venís a saludarme, ¿a cuál o a quién de ellos esperás encontrar? ¿Puedo sentarme alguna vez de hoy en más a una de esas mesas en uno de esos cafés sin ser alguno de esos otros? Tu ojo me recrea: Me ves ahí sentado y creés que soy el mismo hombre que en esta página se manifiesta; acá, en este momento y de esta manera. La única evidencia de mí que tenés, son las páginas que has leído. Por medio de nuestros encuentros en estos textos, se ha producido un giro retórico de trescientos sesenta grados: Tu ojo me define. Me veo por tu pupila y acepto tu concepción, porque ¿quién soy yo para discutir tu concepto de quién y cómo soy, la manera como tu complicidad con el texto escrito me formaliza?

Tu mirada—así lo postuló Hegel—es el único indicio que tengo de mi propia existencia. En las cavernas no había espejos: me observás en la página, creés en mi existencia y entonces —porque me ves de acuerdo a las espectativas que tu lectura de mis textos ha levantado—las satisfago y de ese modo paso a existir: compruebo que estoy aquí, que soy. Pero seré como vos me vea, de acuerdo a lo que vos digas de mí. 

Sinécdoque: La soledad misma a la cual mi tarea creativa me obliga vacía toda posibilidad de confirmación de alguna otra identidad alternativa a esa que me has otorgado. Para vos, yo soy éste. O.K., para mí también.

Tautología: El Mono que se mamaba en Kadín y después iba a bailar con hermosas minas baraderenses en Dinka hasta el amanecer es cosa del pasado. Ha dejado de existir; ¡kaput!. No more. Sólo hay evidencia de este tipo que habla acá.

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Hancock, Massachusetts, 6 de febrero de 2021

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