Hombre de Fe

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Fabian Barrera es sacerdote y misionero. Le gusta estar cerca de la gente. Sabe de exorcismos y de sanación. Es argentino pero vive en Uruguay. Sus misa convocan a miles de personas cada mes.

La sotana negra le llega al piso, casi le arrastra cuando camina. Fabián es altísimo y habla pausado. En las manos tiene una caja de herramientas con la que se pasea de un lado a otro, hasta que la deja en el suelo. En tono de broma dice que además de psicólogo en el confesionario, es electricista en sus ratos libres. Viene de arreglar algo en el campanario.

La entrada principal de la Parroquia y Santuario de la Medalla Milagrosa y San Agustín está frente al Hospital Pasteur, pero él nos da la bienvenida por la puerta angosta ubicada en la calle José Serrato, justo del otro lado. El vínculo entre la iglesia y el barrio parece intenso. Hay un comedor para las personas en situación de calle, clases de panadería, donaciones, y gente que entra y sale constantemente. El padre Fabián intercambia algunas palabras chistosas con la mujer que cuida coches afuera, y al rato ella también entra a la sede y se pasea por el patio interior.

“Yo no soy un intelectual, soy pastor”, confiesa. “Viste que hay sacerdotes que son muy estudiosos, bueno, yo todavía no sé cómo soy sacerdote, apenas me ordené por la gracia de Dios. El estudio nunca fue mi fuerte, terminé el seminario con muchísimo esfuerzo. Si me mandaran a Roma para sacar un doctorado o una licenciatura, diría que no, ni loco, yo quiero ser pastor, estar con la gente. No quiero estar encerrado en un aula estudiando, soy misionero por naturaleza. El misionero debe ir a encender el fuego del amor de Dios adonde lo envíen, y después irse”, cuenta.

Y ahora su misión está en Montevideo y en Tacuarembó, donde trabaja en el paraje rural de Toscas de Caraguatá. Fabián Barrera es de Buenos Aires, pertenece a la Congregación de la Misión, pero hace cuatro años que su comunidad lo envió a esta parroquia en el barrio de La Unión. Tiene 40 años, es sacerdote hace 15 y practicó el exorcismo durante 13 años pero por obediencia dejó de hacerlo. Antes de iniciar su formación para devenir sacerdote se dedicaba al video, y junto a un amigo fotógrafo, trabajaba en casamientos y cumpleaños de 15. “Eso fue de los 16 a los 18 más o menos. Después Dios me llamó a esto. Ser sacerdote realmente es una gracia de Dios, nunca pensé que uno podía ser tan feliz”, comenta. “Ay Violeta no me arruine la foto”, bromea mientras posa para la cámara y el gato se le acuesta a los pies. “¡Ahora entiendo lo que es estar del otro lado!”.

–¿Viene de familia católica?

–Sí, mis padres siempre estuvieron vinculados a la iglesia. Mamá es italiana, llegó a la Argentina después de la guerra con otro montón de inmigrantes.Y papá es argentino.

–¿Cómo era su vida antes de los 18 años?

–De los 14 a los 18 años tuve una etapa de rebeldía total, con Dios, con los curas, con las monjas, no quería saber de nada. Y al tiempo me enteré que mi hermano mayor quería ser sacerdote. ‘Estamos todos locos’, pensé. Él era heavy metal, me tenía re podrido con la guitarra eléctrica. Pero tuvo un cambio en su vida y volvió a la iglesia. Cuando me enteré de eso agarré a Lucho, mi amigo fotógrafo, me acuerdo como si fuera hoy, y le conté lo que pasaba pensando que también se iba a asombrar. Pero me dice, ‘che loco, pero ¿y si es su vocación? ¿Y si Dios lo está llamando a eso?’. Y yo decía, ‘no, estamos todos locos ¿No le gustan las mujeres? ¿Cómo va a querer ser cura mi hermano?’. Y ahora me río. Mi hermano entró al seminario, estuvo seis años estudiando. Al tiempo me convertí yo. En un momento estuvimos los dos estudiando. Él después dejó y yo seguí. Lo casé y todo, a mis tres hermanos casé. Vos te das cuenta cuando hacés el click. Yo tenía mi plata, trabajaba, estudiaba, estaba re enamorado, y cuando Dios golpea en tu corazón…

–¿Se desenamoró?

–No sé si en el momento me desenamoré, pero tenía que optar. Eso fue lo difícil. Yo tenía 18 años, voy y le cuento al cura, uno muy viejito y padre, con el que todo el mundo quería confesarse. Él me dice: ‘vas a tener que decidirte, o seguís a Dios como sacerdote o a tu novia’. ‘¿Pero cómo le digo?’. Bueno, fue todo un lío, pero la enfrenté. Ella era odalisca, tenía un corazón de oro, muy familiera. Y se puso a llorar, y yo estaba en su casa, así que pensé ‘trágame tierra’. Le tuve que decir que me quería hacer cura. Esto es una vocación, es algo que surge desde dentro. Algunas veces la gente no comprende la historia del sacerdote, o piensa que es un frustrado. Esto no es huir de nada. Es para toda tu vida, es entrega sin esperar nada, obedecer, soportar la cruz, porque hay momentos que la cruz se hace pesada. Pero hay algo que te motiva. Si alguien me pregunta por qué me hice sacerdote, le digo ‘por ustedes, aunque no me lo hayan pedido’. Quiero que las personas conozcan o experimenten lo que uno está experimentando.

Dones y opresiones

La Renovación Carismática surge en la década del 60′ y rápidamente se extiende por todos los continentes. Millones de personas, calculan los carismáticos, fueron bautizadas por el Espíritu Santo desde entonces. Entre sus elementos característicos está el despertar de los dones o carismas, como por ejemplo el don de milagros, curación, profecía, lenguas o de interpretación, por nombrar solo los más extraordinarios.

La diferencia entre estas misas y las ortodoxas parece estar en el ambiente que se genera, con gente que puede hablar una lengua inentendible para el común de los mortales, que alza los brazos, muestra fotos, ora de rodillas o cae al suelo, extasiada. Las misas carismáticas son animadas con música en vivo, batería y hasta guitarra eléctrica.

De la mano del padre Julio Elizaga, esta corriente fue autorizada en Uruguay por Monseñor Cotugno en 1970. Hoy, además de la Parroquia de Belén en Malvín, estas misas se celebran en el interior del país y en varios barrios de la capital.

El segundo lunes de cada mes Fabián Barrera da una misa muy especial en el Santuario de la Medalla Milagrosa, que llega a durar más de cuatro horas y está dedicada a enfermos y afligidos. Esos días se pueden ver más de mil personas atraídas por la adoración al santísimo, la misa propiamente dicha y la imposición de manos, las tres partes que componen la ceremonia.

–¿Siempre perteneció a la corriente de renovación Carismática?

–Sí, a los 18 años después de tener una vida muy lejos de la fe, de Dios, volví a la iglesia a través de una confesión que para mí fue muy fuerte. Yo había sido un católico como cualquiera, de catequesis, comunión, bautismo, pero la fe no era parte de mi vida. A través de la confesión tuve esa primera experiencia del amor de Dios y comenzó mi proceso de fe dentro de un grupo de jóvenes de oración. Al año siguiente ingresé al seminario y, si bien no era carismático, yo siempre alimenté esa relación con Dios.

–¿Cómo entiende usted la renovación Carismática?

–Para mí es una corriente de gracia. Ha ayudado en tantos lugares a que muchos católicos no se fueran desilusionados de la iglesia, a que encuentren dentro de su iglesia católica un lugar donde expresar o vivir su fe.

–¿Hay un momento dado en que los carismáticos sienten el llamado del espíritu santo?

–La Renovación Carismática es una corriente de gracia que surge después del Concilio Vaticano II y que no tiene un líder o fundador, si bien hay sacerdotes que acompañaron todo este proceso. Se considera dentro de esta corriente a aquellos que han tenido una experiencia del bautismo en el Espíritu Santo, que significa ser sumergidos en Dios, una experiencia del alma. A mucha gente le renueva interiormente, empiezan a acercarse a Dios de otra manera, la fe ya no es una cuestión de libros sino de vida.

–¿Todos los sacerdotes adquieren los dones o carismas?

–Es que los dones y carismas, Dios los da a la iglesia para la edificación del cuerpo místico de Cristo. Y los da para que la evangelización sea más efectiva. El don de lengua es un don de oración. Se puede orar con el intelecto, como un Padre Nuestro. Pero después está la oración del espíritu, que algunos le dicen la oración de los niños porque son como balbuceos. También está el don de interpretar. Son formas de expresión y de dirigirse a Dios. Yo nunca pedí ciertos dones. Siempre digo que soy súper introvertido, la gente no me cree. Si hoy me puedo parar frente a un grupo de gente y predicar, es por gracia de Dios.

–¿Los más ortodoxos, siguen viendo las misas carismáticas con recelo?

–Creo que eso cambió, sobre todo con el Papa Francisco. Es más, él cuando estaba en la Argentina asesoraba al movimiento de la Renovación Carismática de su diócesis. Quienes le hemos conocido el carácter al Papa Francisco sabemos que no era el de hoy. Era más bien un hombre introvertido. Unos años antes de su pontificado hubo un encuentro ecuménico de oración en el Luna Park de Buenos Aires, con sacerdotes, pastores y carismáticos. Ese día pidió que oraran por él. Muchos que siguieron de cerca al Papa dicen que a partir de ahí él empieza a cambiar.

–¿En qué sentido?

–En su personalidad. Recuerdo cuando yo era seminarista. En ese entonces Bergoglio era introvertido, parco de palabras. Yo creo que el Espíritu Santo lo fue preparando para esta misión. Volviendo a tu pegunta anterior, evidentemente hoy se acepta pero años atrás no era tan fácil. Puede que todavía haya una especie de dejo hacia este tipo de expresión. Pero es una manera de vivir la fe y todas las expresiones tienen lugar. Yo digo que es como un zoológico, hay distintas variedades.

Es, además, una expresión que atrae cada vez más fieles. ¿a qué se debe? ¿en dónde pone el acento la misa carismática?

–No sabría explicártelo. Esto me asombra tanto a mí como a ustedes. Yo como sacerdote lo único que busco es compartir mi fe y mostrarme auténtico. No creo que haya una receta pero evidentemente algo hay porque la gente responde de una manera masiva, no solamente acá en Montevideo, también en Salto o Tacuarembó. He estado diaen otras diócesis celebrando la misa carismática o por los enfermos y la respuesta siempre es por demás multitudinaria. En Argentina son misas de 3 mil o 4 mil personas, en donde la hora no es un impedimento. Algunas veces duran cinco o seis horas, de acuerdo a la cantidad de gente. El factor determinante puede llegar a ser el boca a boca. Realmente se manifiesta la gracia de Dios, hay conversiones, sanaciones reales, físicas, hay gente que se ve liberada también de opresiones diabólicas. El boca a boca ayuda, eso de ‘mirá lo que me pasó, mirá lo que vi’. Hoy quizás Facebook puede ser un medio de difusión también, pero cuando yo empecé años atrás no existía.

–¿Qué tiene de diferente la misa por los enfermos y afligidos del segundo lunes de cada mes?

–Se ora especialmente por la sanación física y del alma. Y se hace imposición de manos. Es una misa bastante larga, por los tres momentos que tiene: la adoración al santísimo, la misa propiamente, y por último ese gesto tan hermoso que es la imposición de manos. Jesús bendecía de esa manera.

–Durante la primera parte, la adoración al santísimo, las personas caen al piso apenas se acercan al santísimo sacramento contenido en la custodia. ¿Qué les sucede?

–Algunos teólogos católicos le llaman el descanso en el espíritu, sentirse abrazados por el amor de Dios. No es un fenómeno físico, la gente no se desmaya porque no pierde el conocimiento. Uno está consciente de todo lo que está pasando, pero Dios nos ha creado también con esa capacidad de experimentar a través de los sentidos. La gente cuenta que el cuerpo se le afloja, y suavemente va cayendo, y cae. Son unos segundos en donde el cuerpo queda inmóvil, y una sensación de sentirse llenos del amor de Dios les invade. Solo aquel que lo experimenta puede explicarlo. Es una sensación muy sanadora.

–En enero usted hizo su último exorcismo, fue a una joven argentina. ¿Qué le sucedía?

–Sí, fue un exorcismo menor o ple garia de liberación. La chiquilina vino desde Argentina porque justo en esa época no encontraron a ningún sacerdote exorcista. Los padres y los tíos estaban desesperados por todo lo que estaban viviendo.

–¿Cómo se manifiestan esas opresiones diabólicas?

–Hay un rechazo a todo lo sagrado, a la oración, al agua bendita, se ponen violentos, muy violentos, a la hora en que el sacerdote quiere darles algún tipo de bendición. Logran una fuerza sobrehumana que algunos teólogos llaman sansonismo. Entre varias personas no logran sostenerlos por un tiempo prolongado, a diferencia de un ataque de ira que puede durar solo unos instantes. A veces son horas donde la persona tiene tal furia, odio y rechazo que es sorprendente. Últimamente hay cada vez más niños y jóvenes.

–¿Los adultos recurren a la iglesia cuando tienen un hijo en ese estado?

–Tristemente muchas veces, aún dentro de la propia iglesia, hay sacerdotes que se burlan de esto o niegan la existencia del demonio. Pero lo que te estoy compartiendo no es doctrina mía, es doctrina de la iglesia. El Papa Juan Pablo II promulgó un nuevo ritual de exorcismo que fue revisado por algunos teólogos. Pero es cierto que muchos sacerdotes niegan la existencia del mal. O sienten temor de ayudarlos. Entonces estas personas terminan yendo a otros lugares que pueden hacerles peor. Algunas veces con una oración o plegaria de oración es suficiente, y otras la persona necesita meses para poder liberarse de la acción o de la influencia del demonio. Es muy triste. Es un sufrimiento moral, psicológico, porque la persona puede llega a pensar que está volviéndose loca.

–En muchos casos recurrirán a terapeutas.

–Sí, en muchos casos pasa eso, porque no es que la persona está continuamente en ese estado. Son totalmente normales pero en un determinado momento se produce esa manifestación maléfica dentro de sí.

–¿Pudo liberar a esa joven?

–Sí. A ver. Detrás de la palabra exorcismo en el común denominador de las personas hay algunas ideas. Sobre todo en aquellas que han visto películas de este tipo.Y más allá de lo fantasioso que puede haber en una película, en algunos casos la realidad supera a la ficción, porque la acción del mal es terrible. La iglesia tiene un ritual que solamente puede rezar un sacerdote autorizado por el obispo. Pero todos los sacerdotes pueden hacer una plegaria de liberación, a través de las bendiciones y oraciones, cuando una persona está oprimida por satanás. El mal retrocede frente a la presencia del bien, y Dios realmente libera a esas personas. Como sacerdote me ha tocado ver la acción de Dios, la bondad, y ver lo que ayer explicaba en la misa, que el mal nunca tiene la última palabra. El cristiano no debe temer al mal, ni al demonio, que es un ser pervertido y pervertidor, que existe verdaderamente, que es padre de la mentira como dicen las sagradas escrituras. Pero al que Cristo en la cruz venció.

–¿Cuáles son las puertas de entrada a estas opresiones?

–Primero hay que decir que una posesión diabólica o una influencia diabólica no son contagiosas. No es que uno va caminando por la calle y le entra un demonio, sino que hay tres puertas de entrada. El ocultismo, cuando la persona empieza a incursionar en todo lo que es el espiritismo, y ahí está el juego de la copa, la Ouija, que más que un juego es una verdadera invocación. Muchas veces Dios detiene su mano y no pasa nada, pero en otras las consecuencias son grandes. Después está el maleficio, el oficio de hacer el mal, que viene de afuera, de alguien que busca la ruina de otro. O directamente un pacto con el demonio. Estas son las puertas de entrada que ordinariamente algunos teólogos identifican.

–Usted realizó exorcismos durante 13 años y ahora ya no los hace más. ¿Por qué?

–Por obediencia. Yo le llamo Ministerio de Liberación, y oraba por personas que venían con opresiones, en Argentina y también en otras partes del mundo. Me ha tocado acompañar situaciones de ese tipo sin que yo las buscara.

–¿Existen casos que no se resuelven con éxito?

–Yo ya hace cuatro meses que no me dedico más a este ministerio. En la diócesis hay un sacerdote que el arzobispo ha nombrado como exorcista, yo no puedo hablar de otros casos. Pero de aquellos que he atendido desde un comienzo hasta el final, para la gloria de Dios, vuelvo a decir, porque no es el sacerdote el que libera sino Jesús, todos los casos han terminado bien. Y de cada caso he aprendido algo nuevo. Primero la importancia de la oración, de la confesión, porque es el exorcismo por excelencia, es presencia de Dios. A través de esos casos he visto también el poder de la Virgen cuando se la nombra, la importancia del rezo, el agua bendita. La cruz bendita. Yo remarco la importancia de la oración. Toda oración que se hace desde el corazón Dios la escucha, y es eso lo que produce la liberación y el cambio en la persona.

–¿Quién ha sido designado?

–Eso yo no lo puedo decir, pero podés preguntar en el Obispado si te dan la información. Hay un sacerdote designado por Monseñor Sturla como exorcista oficial de la diócesis. Si aparecen esos casos yo les doy los primeros auxilios solamente, como un médico cuando le llevan un enfermo grave al CTI, y después se deriva a este sacerdote, que conozco, hemos compartido experiencias, me parece el sacerdote ideal, muy santo, muy padre. Él continúa los casos.

–¿Usted pertenece a la asociación internacional de exorcistas?

–No, desconozco. Porque es un ministerio que calculo que se está empezando a organizar dentro de la iglesia. Siempre hablar de exorcismos dentro de la iglesia, aún dentro de nuestro propio ámbito, estuvo muy sujeto a las persecuciones, incomprensiones y burlas, como si fuera algo medieval. Como si hoy la ciencia pudiera solucionar esto que es exclusivamente del ámbito espiritual. Una persona poseída no puede experimentar ningún tipo de mejoría si le dan medicación psiquiátrica, porque no es un enfermo psiquiátrico. Pero en una persona que está siendo influenciada por el demonio solo Dios puede entrar. Nunca entendí cómo algunos sacerdotes y cristianos pueden negar la existencia del mal, cuando las sagradas escrituras, la palabra de Dios, el catecismo y la tradición de la iglesia siempre sostuvieron lo contrario, apoyándose en la palabra de Dios por supuesto.

Entrevista realizada para la Revista Paula de Uruguay por Sofia Kuche en Junio de 2015.

Publicada en www.paula.com.uy – Foto. Pablo Rivara

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