Inocencia – por Hugo Pezzini

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Es una noche de verano y la gente hormiguea por calle Rivadavia. Los coches avanzan centímetro a centímetro y paragolpe a paragolpe. Si los observás de modo transversal, de cordón a cordón, van tan apretaditos como las sardinas en lata que se venden en la despensa de la vereda de enfrente al enorme edificio, fábrica y local de ventas de los alfajores Havanna. Creo que las sardinas, calamares en su tinta, ostras ahumadas y almejas en vino blanco que venden ahí no tienen nada que ver con Havanna. Pienso yo, nomás, ¿no? ¡Qué sé yo! Cada vez que nos llegamos al puerto de pescadores para ver el atraco de las barcas al fin de la tarde, mientras miro cómo los hombres llenan los cajones de pescados y mariscos y los suben al muelle para rematarlos ahí mismo, pienso que todos esos frutos marinos van a parar a estas latas de las vidrieras frente al edificio Havanna.

Junto a esos autos que avanzan, circulamos nosotros también en el mío —es decir, el de papá—, por el estrecho corredor de asfalto que sobrevive entre la doble fila de vehículos estacionarios y estacionados —una a la derecha y otra a la izquierda— de cada una de las veredas opuestas.

Así nos deslizamos, a paso de hombre o entonces más lento aún: de tortuga. Por apenas milímetros no rozamos algunos otros coches —éstos, de los insensatos que los han abandonado aparcados en doble fila. Además, los han dejado abiertos y con la llave olvidada o puesta a propósito en el interruptor de arranque, cosa que el milico que hace las multas se dé cuenta de que el tipo paró “rapidito nomás” y “vuelve enseguida”. Esto último es lo que le dirá al cana cuando regrese al auto mal estacionado, si el agente ya está “haciéndole la boleta” . No, no le hace esa boleta que estás pensando. Es la otra, la verdadera, por la contravención de tráfico. La cana haciéndole la boleta a alguien todavía está muy lejos en el futuro. Inimaginable todavía en esta noche marplatense de la que te hablo.

Claro este tráfico de mierda no podía estar de otra manera, ya que nos hallamos frente al Teatro Sacoa. Los dueños de esos vehículos se han deslizado de una corrida rápida —de verdad, verdad sea dicha (valga la redundancia)— hasta la boletería del teatro para comprar entradas de último momento. “Sin vender”, nunca sobra ninguna: éstas deben ser de gente que las reservó pero no las retiró. O algo así, yo qué sé. No es que sean las más baratas, sino que son las únicas que quedaron por el motivo que te dije o por algún otro de naturaleza similar.

Te imaginarás, ¿no? Todo el atascamiento automotor en esa cuadra es porque dentro de una hora va a comenzar la sesión noche (hay tres funciones por día, si no me equivoco, pibe) de la versión teatral y veraniega de la que fuera la telenovela de mayor audiencia del Canal 9 de televisión durante este último invierno pasado: Cuatro hombres para Eva. Actúa el elenco original, así que todas las minas que veranean en Mardel este febrero entero están loquitas por ver al galán protagonista, Rodolfo Bebán —ese actor de los labios carnosos à la Belmondo. A la salida, gran amontonamiento gran en el hall del teatro para pedirle autógrafos a dicho macho, y—de paso, ¡cañazo!— por ahí también se ligan un beso. Alguna más desesperada le apunta directo a los labios sensuales del choma, pero el chanta ya está tan acostumbrado a estos ataques de sorpresa que se la sabe esquivar fácil y rápido con un giro del cuello y la deja pagando —igualito a como Pascualito se escapa de las peores piñas sobre el ring del Luna Park. Es todo una cuestión de juego de cintura, hermano. Y Bebán lo tiene de sobra, casi casi como el Jean-Paul Belmondo, che. Pienso en todo esto y me acuerdo de Las Ménades, el cuento de Cortázar. Ah, no lo leíste, entonces cachalo, como dice el Mario Peñailillo, mi amigo de Reñaca, allá en Chile, un cacho exclusivo de Viña del Mar, la Mar del Plata del otro lado de los Andes.

De vez en cuando alguna de las esquinas de las próximas cuadras también se embotella y nos detenemos por completo. El motor regula y la aguja de la temperatura sube un poco; un poquito nomás: el fierro es nuevo flamante, mi viejo lo compró  justito antes de salir de vacaciones en la agencia Dodge de Díaz, allá en la esquina de Colombres y San Martín. Hasta viajamos los 500 kilómetros medio despacio, porque el Valiant estaba “en ablande”.

Entonces nos importa todo un carajo; vamos por Rivadavia sin apuro alguno, total escuchamos Radio Mar del Plata, la estación que toca los sucesos top del momento. Los “engancha” el locutor que posee la voz más distintiva de la radio argentina. Claro, acertaste: ese muchachito disc-jockey llamado Marcos Mundstock, quien se perfila grande en las radios de la capital. Tiene un programazo en Mitre al atardecer. Entonces este verano ‘se ha mudado’ de Buenos Aires a Mar del Plata para ponerle palabras con su voz grave y pausada a la discomanía de la Ciudad Feliz. Radio Mar del Plata seguro que le paga un toco de guita.

Sumergidos en el caudal de placer musical que genera en nuestra sensibilidad esta banda de sonido del verano marplatense que nos regala Mundstock, mi “ladero” Bocha y yo disfrutamos. Mirá, loco: vos bien sabés que estas cosas se hacen de a dos, porque ellas también siempre andan como mínimo de a dos. Solas ni en pedo. Si son un grupo, ahí hay que ponerse a laburarlas con todo el esfuerzo extra y la capacidad de convicción suficiente como para separar un par de chicas del resto. A continuación, hay que convencerlas de que suban al auto —con suerte, las dos elegidas. Bastante a menudo eso falla y hay que seguir a la búsqueda: siempre hay lugar para una suplente si alguna de esas dos (o las dos) que te jedi prueba ser imposible. Para dos chicos, son dos chicas, ¿Qué otra nos queda? Dale, no empecés vos ya con esas alternativas, pibe, que acá eso no corre.

Aquí en el centro y a la noche es donde uno engancha. Vos ya estás cansado de saber que estas calles cruciales constituyen una pasarela donde desfila la última moda y toda la belleza y sensualidad de la juventud argentina, mayormente la porteña, pero hay gente de todos lados. Sin ir más lejos, mi amigo de la playa, Pocho Sorrentino, es de Villa María.

Esa es la fama que tenemos los argentos, ¿no? pintones y sexys; sino preguntale a los brasileros. A los uruguayos no, porque los muy guachos te lo niegan. En realidad; es aquí, en la Perla del Atlántico, donde se define la moda de este país. ¿Querés ver esos modelitos a la luz del día? Mandate al atardecer a la rambla. Ahí se aprecian bien y te sirve de anticipo o prólogo de la noche en la San Martín. Con el regreso de los turistas a la capital al fin del verano, la onda expansiva de lo que estalla en esa playa alcanza Buenos Aires. Varias semanas más tarde, o mejor, en los meses siguientes por medio de la TV y algunas revistas como Gente, Maribel, Siete Días y PARA TI, la mayoría de los elementos estéticos surgidos en ese estío influenciarán el look de ciertas urbes más o menos cosmopolitas del resto del país. Seguro el de Rosario, por ejemplo. Los mismos modelos recién surgidos y llegados a la Capital —la última moda— los verás más tarde en la peatonal de la segunda ciudad del país. El peyorativo que la identifica como la chacra asfaltada es pura maldad de turritos celosos que extienden en el tiempo la tradición de un país consolidado por unitarios. Capaz que los que hablan de los chacareros rosarinos ni siguiera conocen Rosario; hablan al puro pedo nomás. Date una vuelta por calle Córdoba y después me contás: te sentís como en Florida. Posta.

La calle San Martín de Mar del Plata —la peatonal— es la pasarela propiamente dicha de los desfiles de moda espontáneos: the catwalk. A lo largo de los varios cientos de metros que van desde la Confitería Jockey Club hasta la última cuadra antes de llegar a la rambla, ambulan en un ida y vuelta metronómico los muchachos de la Avant-garde —los caqueros— y las muñecas sexys con brillos epidérmicos de metal dorado. Ellas van sin maquillaje alguno en absoluto y con el cabello todavía mojado de la rápida ducha pos-playa en el hotel o el departamento. ¡Sin demora, que hay que salir otra vez!. Éstas despliegan al atardecer el look playero natural. Llevan vestidos bien cortitos rectos y sueltos de tela muy fina estampada o faldas mínimas à la Mary Quant: minifaldas y blusas cortas que dejan a la vista la cintura centrada en el ombligo, o tops elastizados sin breteles que se ajustan sobre el busto y bajo las axilas. Sandalias con plataformas alzan a estas chicas hasta hacerlas inalcanzables. ¡Diossss! Nuestra esperanza reside en que esa apariencia, de modo paradójico sea una invitación a la proximidad. Todos los que conocemos el juego del verano sabemos que en Mar del Plata la segunda posibilidad es la más posible. Otra redundancia verdadera, ¿ves?

Hay otras pibas que optan por las antípodas: peinadas en coiffeurs exclusivos llevan maquillaje intenso para contrastar con sus bronceados logrados durante horas estoicas de exposición al sol. Estas segundas vienen de los chalets de verano que sus familias poseen en Los troncos, o, si de hoteles, han salido al centro desde el Hermitage, el Nogaró, el Tourbillon o el Provincial. Su ropa es mucho más elaborada y está más allá de cualquier pret-à-porter: el único pret-à-porter aceptable para estas últimas es alguno de los ‘modelitos’ que exhibe en sus angostas vidrieras y vende en Buenos Aires la boutique de DeDe (DeDe Pret-à-porter), en La manzana loca, sobre Maipú casi ya en la Plaza San Martín, la incipiente Picadilly Circus porteña. Algunas de ellas lucen los últimos atuendos de los mejores diseñadores porteños. Las menos, modelitos traídos de Europa. En este caso, la moda se importa a Mar del Plata desde la Capital o del exterior y en este resort playero argentino se reprocesa y regresa al fin del verano al escenario nacional en las fotos y artículos de las revistas que te mencioné. Más de una de estas pibas han dejado sus coupés sport convertibles Cisitalia, MG y Triumph en los estacionamientos pagos de las calles transversales a San Martín. Las más audaces los han dejado expuestos de capota baja en el gran estacionamiento público de la explanada a la derecha de la Bristol.  ¡Qué lindo que es estar en Mar del Plata!, como dice la canción de Juan y Juan.

Pero ambas opciones sartoriales femeninas se igualan en que las dos —tanto las naturales recién salidas de la ducha como las elaboradas que han pasado el día en un spa o coiffeur, salón o studio de maquillaje, todas tienen un background epidérmico resultante de innúmeras horas recostadas en la arena, con sus cuerpos estirados sobre las típicas lonas de playa de rayas verticales multicolores que han tendido sobre el suelo natural de la playa Bristol. Cuanto menos, se han estado bronceando sentadas en las sillas de mimbre azul claro de las sombrillas o carpas de esa u otras playas. Seguramente las que marchan a lo largo de la peatonal, totalmente producidas y elaboradas después de haber dejado sus autos sport en los garajes o estacionamientos pagos, tomaron sol todo el día en Playa Grande. Sus viejos jugaron al golf o salieron temprano en sus yates o lanchas con amistades veraniegas rumbo a Miramar.

Podrás darte cuenta entonces de que en su gran mayoría las pibas desfilan medio adormecidas —como en un éxtasis pos-opiáceo— porque han entregado su cuerpo al Dios Febo durante todas las horas de luz natural —igualito igualito a esos lagartos perezosos de los desiertos norteños. Sus espaldas brillan porque a pesar del agua y jabón reciente que han lavado esos dorsos la piel sigue tirante, al borde del despelleje: es una epidermis que fue untada hasta la saturación total con pegajoso bronceador Coppertone (justo: “tono cobre”) o que luce violáceo-marronácea por el abundante aceite bronceador de Helena Rubinstein —ese óleo que altera el tono de la piel creando efectos cinematográficos. Este último es el primer producto cosmético que puede considerarse tanto un tonificador (uso este adjetivo en la connotación particular que significa “de conferir tono”) como un bronceador. Desafortunadamente, por el contacto de ese oil con la piel, sumada la acción de la transpiración sobre el mismo durante esas horas vespertinas, los cuellos y axilas de los atuendos también cobrarán el mismo tono. Lo he visto más de una vez en algún vestido que tuve entre mis manos al fin una de esas noches.

Así decoradas, todas se piensan Brigitte Bardot en Buzios. No problem: todos nosotros nos imaginamos Bob Zaguri.

Como hormigas, una miríada de gente que viene de la paralela peatonal, la San Martín, se dispersa por los estrechos cañones que se forman entre la fila única de coches que “avanzan” en a lo largo de esa peatonal, la Vía Blanca: las luces de mercurio de la San Martín acaban de inaugurarse. Si la modernidad trajo alguna cosa, esa fue la modificación de las tinieblas. Antes, la noche era tenebrosa. Directamente derivada de la palabra tinieblas, la tenebrosidad tanto se asocia a la oscuridad como al miedo, al riesgo, al peligro, a lo profano y a lo prohibido. La electricidad y la sofisticación creciente de la luz que dicha energía produce, eliminaron la obligatoriedad de dicho período tenebroso de la jornada. Ahora existe un ‘día artificial’, espacio no-natural que, por escapar de la realidad concreta abre espacio a una cierta permisividad. Si el día es Apolo—el dios de la mesura y el equilibrio— (y lo es, ya que ese, Apolo, es uno de los nombres del astro central), la noche iluminada es Dionisio, la deidad del exceso y el descontrol.

La noche medieval, la de las verdaderas tinieblas, la tenebrosa, era una de calles vacías y puertas cerradas. Las horas de obscuridad eran tan temibles y temidas que requerían la contratación y el pago de un sereno para que, de farol a llama de estearina en mano, caminase por las calles oscuras tranquilizando a los insomnes con el pregón de esa serenidad: ¡Las doce han dado, y sereno! Es de esa esperanza de donde proviene el nombre original de ese funcionario, sereno, muchas veces de profesión lancero, y armado. Perdoná, flaco, me pongo discursivo; no me des bola. Ignorame. A otra cosa.

La gran Vía blanca marplatense es la luz de mercurio resplandeciendo sobre el asfalto y las veredas, los escaparates iluminados que exhiben la moda colorida del verano y la multitud humana que transita esa arteria primordial y principal de la urbe. Una vez más: la pasarela de la ciudad donde los turistas desfilan, una muchedumbre que viene a San Marín a mirar vidrieras y gente y también a ser vista. Casi todo transeúnte es modelo y audiencia.

Como dicha iluminación es un simulacro del sol, con toda la evidencia de esa artificialidad, ésta altera el reloj biológico humano de modo diferente de cómo lo hace la luz solar. De esa forma mantiene al ser humano no sólo despierto sino también en un estado de excitación similar al que producen ciertas químicas anfetamínicas digeribles que lo impulsan a la aventura. Más de un noctámbulo considera la noche un período salvaje; pero este adjetivo se aplica aquí en general en su connotación festiva. No obstante, hay una excepción a toda esa festividad inducida por la luz: son las esporádicas peleas callejeras entre barritas diversas, tanto en la San Martín y sus adyacentes como en las puertas de ciertas discotecas del centro o de la Avenida Constitución, ya en el suburbio postrero de la ciudad playera. De todos modos, la noche tenebrosa aquí y ahora se ha convertido en “La noche”, esa expresión que los jóvenes consideran un sinónimo de (y equiparan con) El ruido.

Vuelvo a esta noche: sostengo flojo y casi libre entre mis labios un Particulares de veinte sin filtro. Al volante del flamante Valiant I gris y rojo, también yo fanfarroneo. El humo me hace lagrimear. Hacemos pinta, posamos. Desfilamos en nuestro coche por el centro marplatense. We roam about. Todo es un enorme simulacro estético; formamos parte de una danza colectiva al mismo tiempo espontánea y cuidadosamente elaborada.

Bocha y yo disfrutamos del aire fresco que sopla desde el mar cercano. Éste suaviza la sensación térmica que nosotros mismos mantenemos sobre la piel después de un día entero en la playa. No constituimos ninguna excepción con respecto al resto de los veraneantes. La cultura playera aquí funciona como una constante cultural universal — Las ventanillas del Valiant I van abiertas. Te la canté: éste es el coche que papá me deja usar cuando él no lo necesita. Y no lo necesita. Casi todas las noches él y mamá caminan desde nuestro departamento en Sarmiento y Avenida Colón hasta el edificio más famoso de la rambla. Allí juegan a la ruleta o a treinta y cuarenta. Me refiero al casino del Hotel Provincial. Lo vienen haciendo desde que Pupi y yo éramos tan chiquitos que nos dejaban al cuidado del dueño del Hotel Minestrini, donde nos hospedábamos entonces. Nuestro premio eran algunas revistas de esas que llamabamos «revistas americanas» o «revistas mexicanas». Archy, El conejo de la suerte, etc. Las comprábamos en la rambla para leerlas  en ese hospedaje de la Calle Lamadrid durante la ausencia nocturna de nuestros viejos. Hoy creo ese alojamiento pertenece a un sindicato, no estoy seguro

Así que a esas horas, mientras mi viejo mete fichas afortunadas sobre el tablero de la roulette, si tengo su auto para mi uso, no problem. ¿Qué problema puede haber en la ciudad feliz? El Valiant I está todavía casi cero kilómetro, impecable, gris clarito con interior completo rojo furioso. Una bestia de señuelo para atraer a las presas de caza—esas chicas de quienes te hablé: nuestros sueños— Yo, pendejo ya fierrero incipiente, voy seguro de mí mismo: sé que a este auto lo impulsa un motor Chrysler Slant Six de 3,8 litros de cilindrada. Un verdadero tercer güevo, como decimos, groseros que somos, en Baradero y a altas voces los muchachos cada vez que algún afortunado estaciona una de estas máquinas de los dioses frente a la ventana de nuestra mesa del café La Suiza. Claro que nos referirnos al acceso, disposición y uso de estos coches para utilizarlos con el fin específico de levantar minas.

Bocha va sentado a mi lado, shotgun, como decimos hoy en los Estados Unidos. Barre con sus ojos ambas veredas, ya que a menudo yo debo concentrarme en el paragolpes del coche de adelante y además en los guardabarros y puertas de los pelotudos en doble fila. Dentro del cockpit del auto escuchamos a Heleno, Luisito Aguilé, Tito Rodríguez, Tulio Enrique León, Los Wawancó, Nico Fidenco, François Dorleac y Ornella Vanoni. Durante estas vacaciones, en los boliches se baila este nuevo pop nacional, además del Pata Pata de Miriam Mackeba, que es la explosión musical del verano, junto con Hoy no hay lecheNo Milk Today— por los Herman’s Hermits.

El brazo de Bocha colgado de modo indolente fuera de la ventanilla y vertical a lo largo de la puerta no es accidental. Despreocupado y elegante. En la mano mi copiloto sostiene encendido entre los dedos un olvidado cigarrillo Benson & Hedges Deluxe 120mm con filtro. Las ráfagas de aire marino consumen la brasa —y su pucho— con avidez. Fanfarroneando, Bocha deja que el viento pos-vespertino de la cercana playa devore su Benson. ¡Ah!, ¡esas hermosas influencias inglesas en nuestra ciudad veraniega! ¡La playa Bristol, la Playa de los Ingleses, el hotel Hurlingham; la confitería Saint James, la confitería Jockey Club, el Jockey Club en sí mismo, los Benson & Hedges con filtro. La ciudad y el yiro callejero del centro tiene sus propios códigos: El cigarrillo que el viento devora es un símbolo conspicuo del estándar de vida confortable en ese lugar y en ese entonces. Un accesorio lingüístico más.

Son esos años de camisas con estampado búlgaro de Mac Taylor, pantalones Saint-Tropez de talle bajo sin cinturón de Rodher’s, mocasines Esse color miel de suela finita y cuero suave. El pelo se arregla dándole una una lambida de vaca furiosa con abundante gomina Lord Cheseline, (azul para los morochos, color miel (o Kero) para los rubios y castaños claros. Ese peinado debe acabar al llegar a la nuca en una cola de pato que se curva hacia arriba y se aleja del cuello de la camisa abierta hasta el tercer botón.

Todos nos atenemos al libreto establecido de la noche marplantense. Ambos vestidos para la noche, ya bebimos sendas medidas de Old Smugglers on the rocks parados en la vereda de Ici su Copa, la whiskería mínima de onda frente a la Plaza Colón. El autoradio, siempre sintonizado en Radio Mar del Plata, ahora toca Industria Nacional. La música nos habla en vivo y en directo a nosotros dos: “cuidado para no chocar con la coupé de atrás”, dice la canción. 

A la búsqueda de chicas, mientras circulamos ambos escudriñamos ambas veredas, Bocha la de la derecha, yo la de la izquierda. Estamos listos para ir a bailar: hacemos nuestro Cruising nocturno. Yiramos, la labor más natural de los muchachos durante el verano en la costa. Destino final:Ye-Ye Discothèque en la avenida Constitución, ya en la salida de la ciudad.

Mar del Plata en febrero. Holgura y placer.  

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 New York City, sábado 5 de junio de 2021

Ilustraciones:

1) La Mardel de esos años

2) El narrador sobre el Valiant I de su papá.  Bosque Peralta Ramos, Mar del Plata

 

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