Insultos en la Red.

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OPINIÓN

Insultar(se) en red
Martín Becerra (Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes-Conicet)

Los insultos en la red, prolíficos y escudados en el anonimato, se basan en tres supuestos. El primero es que la intermediación del lenguaje escrito es neutra respecto de la intención comunicativa y que el traslado de la oralidad a la escritura en la red es eficaz. El segundo es que internet permitiría suprimir las huellas de la identidad. El tercero, común a todo agravio pero potenciado por la virtualidad, es que el destinatario del insulto es el anómalo de la comunidad interpretativa en la que se profiere la ofensa y, por lo tanto, será sancionado por los lectores del insulto. De ello se deduce que el insulto se erige en un fiel representante del sentido común de los lectores del mensaje. Los tres supuestos son falsos: por un lado, el lenguaje en red se distancia de la lógica secuencial escrita clásica, pero también de una oralidad intervenida durante siglos por esa lógica narrativa lineal, y aplicar sus reglas a través de mensajes plagados de infamia no repara en que internet permite saltar, eludir y hasta eliminar esos mensajes con facilidad.

Por otra parte, la ficción del anonimato es un refugio del insulto semejante a la agresión verbal a un árbitro en el estadio de fútbol desde la tribuna o al insulto a un peatón desde un coche en movimiento, es decir: se trata de una estrategia comunicativa que escamotea la responsabilidad por lo dicho y que pretende evitar sus consecuencias. Es más expedito, más veloz y más catártico el insulto anónimo, y a ello se debe parte de su proliferación en la red. Pero es también más vago y evanescente. Además, hay que añadir que la red de redes es sinónimo de control y monitoreo capilar, es decir, es la antítesis del anonimato.

Por último, las comunidades virtuales revelan con el comportamiento del insulto su propia debilidad para asumir la laboriosa tarea de procesar lo diferente.

Cada calumniador anónimo exhibe, en su insulto, su propia incapacidad para construir argumentos razonables, disimulando en la pretensión de sancionar al agraviado con la mirada cómplice de una muchachada de pares igualmente anónimos.

Estos actos revelan así la adolescencia de un lenguaje que requerirá de años de práctica social para madurar.

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