La pasión – por Hugo Pezzini

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Los pájaros se callan al atardecer pero sea la hora que sea el olor a pescado y barro que se siente a la orilla del río sigue ahí y me encanta. El problema es que el bajo está muy lejos para ir caminando y además mamá no me deja ir, entonces lo único que puedo hacer es salir a la calle y rumbear para la plaza Mitre porque ya tomé el café con leche después de dejar los útiles de la escuela. A la terraza no tengo ganas de subir  porque hoy no tengo ningún amigo con quien jugar aquí en casa y estar solo de noche en la terraza me da miedo.

 

Hablando de miedo; hoy salí de la escuela medio cagado en las patas porque un grande me dijo que me iba a esperar a la salida y cuando te esperan a la salida ya sabés. No me acuerdo si hay solamente dos cosas que me aterrorizan en la escuela o si son más. No sé. Una seguro es cuando paso por atrás de la casilla del telar porque me pasa igual que lo que me pasa cuando mis viejos me llevan al Parque Retiro donde está la montaña rusa; sé que andar me va a hacer mal pero si voy al Parque Retiro no me queda otra y allá voy yo. ¡La puta madre!

 

Bueno, lo que pasa es que la casilla del telar está metida en el patio del fondo de la escuela número uno José de San Martín, que se llama así en honor al Padre de la Patria que libertó Argentina, Chile y Perú y por eso le dicen El Libertador, y después murió en el ‘ostracismo’ en  Boulogne-Sur-Mer donde todos hablan en francés, nos dijo la maestra Lilian Cesáreo que ahora es nuestra maestra porque Luli Salaberri no viene más a enseñarnos a la escuela porque se fue a tener los mellizos a la Clínica moderna con el doctor Pepe Allende y la enfermera María Barman que es bravísima y cuando tengo gripe viene a ponerme las inyecciones que me receta el doctor Daneri que habla con cantito y mamá dice que el cantito es de Córdoba. El doctor Daneri me pone el termómetro abajo del sobaco y me dice “m’hijo” y yo lloro. Y hablando de inyecciones y eso: además el General San Martín está parado en El Cóndor de la plaza desde donde mira hacia la Farmacia Italiana de Carlitos Degese porque allá está Remedios, dice Pepi Cataldo. Yo creo que lo dice en joda, ¿no?

 

La casilla del telar es una prefabricada que pusieron en el patio de atrás para enseñarles a tejer en telar a las grandes que van a la escuela profesional que funciona de noche después de que han pasado ya por la escuela número uno los pibes de los turnos de la mañana y de la tarde de la primaria José de San Martín, como dije que se llama.

 

A la casilla del telar la pusieron arrinconada justo en el vértice del patio de atrás, ahí en el lugar donde se juntan dos de sus paredes en el rincón opuesto al baño de los varones. Como tiene un tejado que sobresale quedó separada de la pared a más o menos medio metro de distancia entonces se formó un pasadizo de ese ancho que hace un ángulo y dobla en el rincón trasero derecho de la casilla del telar. En el pasadizo está siempre medio oscuro porque le hacen sombra el tejadito, la pared de madera de la prefabricada y las dos paredes revocadas y pintadas de amarillo de ese  rincón del patio de atrás. Entonces uno puede entrar como por un tubo de un lado doblar en el medio y salir corriendo por el otro.

 

Lo que me aterroriza es que, como uno entra durante el recreo y todos estamos en el recreo, muchas veces pasa o puede pasar y pasa que alguien — digamos, yo— entro y un malo me ve. Entonces dos o tres de la barrita de los malos y otros más grandes todavía entran por cada punta del túnel y te empiezan a apretar de ambos lados y se arma una gritería y entonces casi todos los que están en el patio ven, vienen y entran por cada una de las puntas para empujar ellos también.

 

Es más o menos (pero al revés) como ese deporte de la soga marinera de la que tiran los tipos que uno ve en las películas de Hollywood donde un grupo de tipos tira de cada punta, pero en el caso de la casilla prefabricada de madera del telar es al contrario porque ahí un montón de pibes empujan para adentro de cada lado y a medida que estás más cerca del medio son más los pibes que tenés empujándote la espalda y otros de adelante que te aprietan para el otro lado desde el pecho, y otros más empujan contra la espalda del pibe que está adelante tuyo y del otro que está atrás y así va —medio como en el juego del dominó, hasta que llega un momento en que el túnel está lleno de una fila interminable de pibes que empujan de ambos lados aunque grites a los gritos y entonces ya no podés respirar más y se te nubla todo y chau. Ya más de una vez los porteros sacaron a unos casi desmayados y tuvieron que suspender el recreo porque los llevaron todavía medios groguis a la enfermería que está a la entrada del primer patio, doblando a la derecha cuando uno entra del jol de entrada después de la dirección —esa en la que en primero inferior está el Bebe Murphy y más adelante en vez del Bebe Murphy está Salaberri —el marido de mi maestra Luli que tiene panza— porque al Bebe Murphy lo dejaron ‘cesante’. No sé qué quiere decir eso, pero el Bebe Murphy pelirrojo de bigotito fino que fuma rubios no vino más a la escuela porque el general Aramburu y el almirante Rojas hicieron la Revolución Libertadora, dice papá. Yo no entiendo bien cuál es la relación entre El Libertador General San Martin y la Revolución Libertadora del general Aramburu y el almirante Rojas. Vaya uno a saber; le voy a preguntar a papá. Pero igual, el día de la revolución nos mandaron para casa, y mamá y un montón de otros padres estaban esperándonos en la puerta misma de la escuela o cuanto mucho en la vereda de la iglesia del cura Betoño; estaba lleno de gendarmes con máuser y tocaban las campanas del campanario de la iglesia y todavía no eran ni las cuatro de la tarde. La campana de la escuela toca a las cinco.

 

Una vez me caí en el patio cubierto y me hice mierda la rodilla; una grande me llevó a la enfermería y la Chía Ganderás de Ursi que también es maestra pero de cuarto grado, me parece, me puso árnica y me frotaba y masajeaba la rodilla mientras yo lloraba. Me dio un Rodhesia. En fin, la escuela es medio como una sala de torturas —sin ir más lejos los pupitres son de madera y hierro forjado y una tapa que funciona como una mesa tiene una bisagra de cada lado entonces se puede levantar y abajo hay un cajón que sirve para guardar los lápices, la goma, la lapicera de mojar con una pluma cucharita en la punta, que si es cucharita agarra más tinta de la que el portero le echa a los tinteros de cerámica blancos que hay metidos en cada pupitre hasta que están casi llenos y la tinta te mancha los dedos y el guardapolvo de azul y mamá dice que no sale; y uno también pone ahí en ese cajón bajo la tapa del pupitre los cuadernos el Billiquen y el Libro de lectura Mamá en primero inferior, y el del Manual del alumno bonaerense, creo que después en tercero o cuarto, no me acuerdo bien en qué grado es ese. Sólo sé que en el libro de lectura nuevo ahora en vez de Evita me ama viene escrito Mi mamá me ama.

 

Pero la cosa es que cuando uno levanta la tapa hay una parte —esa donde está el tintero y la ranura para dejar la lapicera de mojar con pluma cucharita que agarra más tinta azul del portero— que queda fija y el resto se levanta y entonces se abre una especie de ranura enorme que va de punta a punta de la mesa del pupitre. Entonces un día el Cabayo le dijo al Masca, ¿Levantas la tapa un poquito y la sostenés con la mano de acá adelante? Y cuando el Masca la agarró así, el Cabayo no sé si sin darse cuenta o a propósito cerró la tapa medio fuerte justo donde el Masca tenía los dedos puestos para sostenerla y ahí gritó fuertísimo y le empezó a salir sangre enseguida y otro más que va para la enfermería.

 

Siempre se arma un quilombo enorme en la escuela número uno no solo durante los recreos sino también durante las clases por eso hay que  jugar a las estatuas durante las dos campanadas del fin de cada recreo y antes de entrar, así uno aprende qué sonido tiene el silencio; tanto quilombo hacemos que la señora de Semorile que es la maestra de tercer grado tiene el primer cajón de su escritorio vacío porque lo único que hay ahí adentro es un bulón de fierro. Entonces, cuando el despelote se pone insoportable a veces —o la mayoría del tiempo, casi todo el tiempo, todo el tiempo, siempre somos insoportables, porque hay que decir la verdad dicen las maestras y el director Bebe Murphy o Salaberri, no sé cuál de los dos— la de Semorile agarra el bulón después de abrir el cajón del escritorio y golpea bien fuerte en el fondo del cajón del escritorio con el bulón mientras grita basta basta bastaaaa o cayensé cayensé cayenséééé y una vez la maestra golpeando con el bulón golpeó tanto que desfondó el cajón del escritorio y se puso a llorar. Entonces nos callamos.

 

Bueno, hablando del escritorio de madera; la cosa es que dos por tres la cosa se pone bien jodida. Un día —y esto es la pura verdad— había un salón vacío arriba del patio de atrás. Estoy hablando del segundo piso o el primero, que sé yo, el que hay arriba de la galería subiendo por la escalera que hay bien al fondo, al final de la galería que va desde la entrada del primer patio hasta el final del patio de atrás. Digo esa escalera más angosta que la de adelante, la que me parece que es de mármol —creo que las dos son de mármol o tienen los escalones de mármol o algo parecido, no sé— pero es esa escalera del fondo, en la galería ya del patio de atrás, esa que sube al lado de la puertita de la librería o el depósito chiquito donde el portero guarda da o vende (no me acuerdo, no sé bien) algunos útiles escolares o algo así.

 

Bueh, pero eso nimporta porque lo que quiero contar es que como ese salón estaba vacío ese día durante el recreo mientras estábamos todos en el patio de atrás el Cabayo o el Burro o no me acuerdo o no sé cuál de los grandes de repente desapareció. Ni nos dimos cuenta pero unos cinco minutos después alguien tiró al patio de atrás desde la galería del primer piso, ese que corre por arriba de la galería de la planta baja, un escritorio de madera que se hizo mierda contra el piso del patio de atrás y casi le cae en la cabeza a Zenón Martínez pero por suerte no. Por suerte no había nadie en el lugar justo donde cayó el escritorio de madera con tres cajones de cada lado y uno en el medio porque si le caía a algún pibe en la cabeza ese no contaba el cuento, ni siquiera Zenón Martínez, que tiene olor a humo porque es hijo de gauchos y viene del campo donde la mamá hace la sopa y los bifes con carbón o leña, no sé bien, y hay un brasero en la pieza. Entonces el Bebe Murphy o Salaberri, no me acuerdo cuál de los dos era el director de la escuela número uno el día en que tiraron el escritorio de madera por el balcón, y dos o tres maestras más nos cagaron a pedos a uno por uno preguntando quién había tirado el escritorio de madera desde el balcón de arriba y nos dejaron después de hora a todos los que estábamos en el patio de atrás porque nadie sabía nada. Joda.

 

Nos quedamos toda la clase después de hora, nos quedamos un montón, tantos que como no había lugar en la dirección a los menos malos nos hicieron sentar en el banco de plaza que hay al costado del jol de entrada, al lado del busto de O’Higgins, creo que es; no sé. Justo nos hicieron sentar en ese banco donde cuando se armaron las protestas entre Laica y Libre vi al hermano de Jesús Reyna —un grande que no sé si es alumno o maestro de la escuela profesional. Ese día cuando salíamos de la escuela lo vi al hermano de Jesús Reyna sentado haciendo guardia con una escopeta de dos caños, y el Bebe Murphy o Salaberri, no sé cuál de los dos le tuvo que pedir permiso para que saliéramos,  porque los de la Laica habían tomado la escuela. Mi niñera que se llama Emma Muller y es una huérfana alemana del hogar Germán Frers que es un orfanato de ayá por el campo, va a la escuela profesional y es de la Laica “a muerte”, le dijo a mi mamá.

 

Pero nimporta, porque lo que me da un miedo enorme más que nada es cuando alguien me pecha y me dice que me va a agarrar a la salida o que me espera afuera. Lo peor de todo es que uno no puede escaparse porque si se escapa es un maricón entonces hay que pelearse y por ahí hasta te hacen sangrar la nariz—a mí ya me pasó y lloré— y te hacen también mierda el guardapolvo y a mí una vez me lo rajaron a tirones y mamá me recontrarretó pero papá no se mete.

 

O entonces cuando después de la revolución me mandaron al colegio de las monjas por un año y a la salida unos pibes que las monjas dijeron que debían ser del bajo me agarraron, me quitaron el portafolios de cuero con dos hebillas de metal y correas de cuero también y me lo tiraron al zanjón de Sahía que está lleno de basura flotando en agua podrida que parece leche de gente. La monja Asunta vino y los sacó cagando a los pibes que debían ser del bajo y se rajaron corriendo por la bajada pal lado de la Colonia de vacaciones, así que debían ser del bajo nomás como dijeron las monjas, y entonces dos alumnas grandes de guardapolvo almidonado duro con moño grandote atrás bajaron con cuidado por el costado de la baranda del zanjón de Sahía para no embarrarse los zapatos negros de cuero con zoquetes blancos del uniforme y agarraron con un palo mi portafolios todo mojado de agua podrida y una grande me llevó de la mano llorando hasta casa y mamá ese día no me retó.

 

Entonces pasó que al otro día antes de la escuela mamá a la mañana —porque a la escuela de las monjas yo iba al primero superior del turno mañana, el único en el que ese año dejaban ir varones me parece que por la revolución— pero yo decía que mamá pasó la mañana entera recortando con una tijera después de marcar con una regla y un lápiz al que antes le sacó punta muy bien con el sacapuntas verde muy lindo de material plástico que me compraron en lo de Ferrraro. Les recortó muy bien los bordes y las esquinas a los cuadernos y al libro de lectura de primero superior y al libro de religión; les recortó y tiró a la basura todas las partes del margen que estaban mojadas. Quedo todo más chiquito. Los secó bien con la plancha y algunas hojas quedaron amarillentas y con lamparones en la parte donde el agua podrida estaba muy repodrida y papá fue a la joyería y sacó otro portafolios de cuero de la vidriera de al lado de la mesa de trabajo donde están las cosas de cuero, los facones con vaina, los mates forrados, las rastras con tiradores y esas cosas y me dio ese portafolios nuevo en vez del que estaba lleno de agua podrida del zanjón de Sahía.

 

Me parece que yo quedé con una cosa que después dijeron que se llama tarumatizado, aromatizado o algo así, no sé, me parece que oí cuando era más grande y debe tener algo que ver con el olor del portafolios después de que se llena de agua repodrida del zanjón de Sahía.

 

Hablando de la escuela de las monjas, le están haciendo una pileta de natación para aprender a nadar, allá en el fondito, en la parte de pasto, allá en la quintita de al lado del patio grande; no el chiquito de la gruta de piedra y agua con la Virgen. Al lado justo de donde arman el escenario para las fiestas de fin de año y mi hermana Pupi toma parte y baila La danza de las horas con zapatillas de baile con otras chicas más grandes porque ella y Silvia y Marta Palazzotti que son hermanas y viven en un comité socialista que vende el diario La Vanguardia que lee papá, y Mariuchi Tonini y Chachi Ferraro y Monica Servant y otras grandes que no me acuerdo van al Círculo italiano al lado del Cine Colón y toman clases de ballet con Beatriz Moscheni, que es de Buenos Aires y viene de Buenos Aires en el tren de la tarde a dar clases de danza clásica porque ella baila en el Colón con orquesta de verdad y todo, y en la fiesta que hacen en el cine teatro Colón de mi pueblo, que es Baradero, cuando acaba el curso de danzas clásicas Beatriz Moscheni baila la última música siempre y para eso se viste con el tutú de tul cortito rosa y se le ven las piernas musculosas que me ponen nervioso, porque además se le ve la bombacha como a las que bailan por el canal siete de la televisión que miran mamá y papá, y yo y mi hermana Pupi también. Y cuando veo bailar a Beatriz Moscheni con el tutú rosa y los muslos musculosos y la bombacha me pongo muy nervioso y me acuerdo de dos grandes que son hermanos y se llaman Los Basualdo, porque ellos en la escuela número uno me llaman en el patio durante el recreo y me preguntan siempre medio riéndose y con cara rara si “ya me agarra la ‘cosquiyita’” y creo que tiene algo que ver con eso. No sé.

 

En mi salón de primero superior de la escuela de las monjas que es de las monjas Adelina y Asunción y María de los Ángeles —casi todas las monjas se llaman María o tienen nombres que empiezan con ‘a’, o entonces tienen ángeles en algún lugar del nombre, me parece—, pero decía que en mi salón de la escuela de las monjas hay colgado en la pared un mapa de Palestina, donde la hermana Adelina dice que nació Jesucristo nuestro señor. Dice que Cristo quiere decir Rey. Se llama muy parecido a Jesús Reyna, ¿no?, que también va conmigo a la escuela de las monjas porque los padres son muy religiosos como mamá, pero papá a la iglesia no le da ni bola y dice que la misa es para las mujeres y para los nenes de la escuela solamente. Pero en la película “Marcelino pan y vino” en la que todos hablan en español de España como mis abuelos, Marcelino mira bien bien bien bien bien fuerte al Jesús Cristo que quiere decir rey que está en la cruz y Marcelino lo mira arrodillado en la capilla de un orfanato de España donde viven los pibes que no tienen padres ni casa, porque Marcelino es huérfano como mi niñera alemana del Germán Frers, la Emma Muller. Entonces el Jesucristo que quiere decir Jesús-rey lo mira a Marcelino y entonces él, solo y sin ayuda porque es Dios, desclava los brazos de la cruz y agarra y le da a Marcelino un pedazo de pan como el que yo como mientras estoy sentado leyendo mis libros de la colección Mickey en el umbral de la entrada de la joyería de papá.

 

Así que por ahí papá y mamá tienen los dos razón, y para mamá y los que son como mamá y creen, Jesús Cristo que quiere decir rey existe de verdad y él les da pan justamente porque mamá y esos que son como ella creen en él y son muy religiosos y entonces es verdad para ellos que el rey existe, y por eso Jesús Cristo que quiere decir rey les da pan como a Marcelino, como ya dije más de una vez. Pero entonces también es verdad que para papá y los que son como él que no creen —porque papá “es ‘teo’” —eso les oí decir a mi tía Nacha y mi tía Gela cuando estaban conversando bajito un domingo en San Pedro durante el café con leche de la tarde en la casa de mi abuela— y que además es socialista democrático y no va a misa y lee La Vanguardia del comité que es en la casa de Silvia y Marta Palazzotti, Jesús Cristo no existe. Para ellos que no creen y para papá que tampoco cree, Jesús-Cristo que quiere decir rey es solamente esa cruz de madera que está en la cabecera de mi cama. Esa cruz me da miedo de noche cuando no puedo dormir y entonces mamá tiene que encender el velador y venir a sentarse en mi cama porque yo lloro al ver que el Jesús-Cristo que quiere decir rey está clavado en la cruz. Don Eliseo Labatte de la pizzería de la esquina al lado de La Suiza dijo la cruz es un instrumento de tortura y ejecución no me acuerdo si de los judíos o de los romanos, y eso ayuda para que yo en esas noches en que la cruz me da miedo cuando no puedo dormir llore porque me imagino que todo eso a Jesús Cristo que quiere decir rey le duele y me asusta y me impresiona y por ahí me tarumatiza o aromatiza. Cuando estoy despierto de noche yo sufro porque el Jesús rey, no mi amiguito Jesús Reyna, claro, sangra mucho en la cruz y se va a morir. Sangra por el agujero donde le clavaron una lanza cerca de las costillas para que le duela más, y tiene también sangre en la frente que le chorrea por la cara porque ahí en la frente y alrededor de toda la cabeza le clavaron una corona de mentira hecha de espinas enormes porque Cristo quiere decir rey y entonces como es rey tiene que tener una corona en la cabeza. De repente ser rey es peor y duele más que ir a la escuela. No sé.

 

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Colinas, valles y bosques nevados de Pleasantville, New York. Sábado 3 de febrero de 2018

 

 

 

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