La peste de Albert Camus.

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Excelente obra para leer en tiempos de epidemia

Camus escribe filosofía en su novela. La trama toca el tema del sentido de la existencia cuando se carece de dios y de una moral universal, aunque el enfoque de Camus en el libro es sumamente serio, su narrador hace hincapié en la ideas de que en última instancia no tenemos control sobre nada, la irracionalidad de la vida es inevitable, y que además pone de manifiesto la reacción humana hacia el ‘absurdo’. La peste representa la forma en que el mundo se refiere a la noción filosófica del absurdo, una teoría que él mismo Camus ayudó a definir.

Esta ausencia de sentido supremo es el «absurdo», y es algo que aunque desconcertante es potencialmente positivo, puesto que las nuevas razones de la existencia serían cualquiera que vaya ligado a valorar la vida humana por sí misma y no por causas superiores a las personas (religiosas, ideológicas, etc.). La novela muestra éste sentido de la existencia, libre y ateo, manifestado principalmente en el apoyo mutuo y en la libertad individual, enemistadas estas con la indiferencia y la autoridad.

«La peste» es una novela contemporánea de carácter humanista, en la que el autor narra la historia de la ciudad de Orán cuando se ve afectada repentinamente por una peste, y como durante esta etapa valores como la moral, la honestidad y la solidaridad invaden los corazones de algunos de los personajes.

En la ciudad de Orán aparece durante la década de 1940, una extraña plaga de ratas. Un 16 de abril, el doctor Rieux se tropieza con uno de esos animales en la escalera del edificio donde vivía. Al día siguiente, varios pacientes y amigos ya hablaban sobre las ratas, pues iban invadiendo el lugar. Más tarde, luego de que Rieux deja a su mujer en una estación de tren, un periodista llamado Rambert, lo visita pues quiere hacer cierto reportaje, que ni le interesa ni le conviene al doctor, por lo que le rechaza amablemente. Mientras tanto, la ciudad empieza a inquietarse y a conmocionarse. El portero del edifico de Rieux, quien es la primera víctima, muere a los pocos días. Por otro lado, el doctor se reúne con un médico que tiene amplia experiencia, llamado Castel, que al leer las cifras y los síntomas de las personas fallecidas hasta ese momento, concluye finalmente que la peste se ha tomado Orán.

Grand, un empleado del Ayuntamiento encargado de hacer las sumas de las defunciones va a ver a Rieux, quien obtiene que la prefectura convoque a una comisión sanitaria. Se toman pocas medidas profilácticas, como el contratar un auto de desratización. Por la tarde, el doctor va a saludar a Cottard, un hombre que anteriormente había querido suicidarse, más que había sido salvado por Grand. En esos días, a falta de espacio en el hospital, se empiezan a utilizar escuelas para atender a los múltiples enfermos, que ya había en ese entonces. habitantes permanecen inactivos, atiborrando los cafés y el cine. Rambert se desespera, ya que quiere marcharse del lugar, alegando que es parisino y que el asunto no le concierne, pero no lo consigue. El final del primer mes de la peste es ensombrecido por un incremento de víctimas y por el sermón de un cura llamado Paneloux, quien dice que la epidemia atacará sólo a aquellos que no son dignos del reino de Dios.

Se cierran las puertas de la ciudad, por lo que muchas familias quedan separadas. Mientras los ciudadanos se adaptan al inopinado exilio, la peste pone guardias en las fronteras de Orán y hace cambiar de ruta a los barcos que se dirigían hacia allá. El comercio decae y los

El verano llega a Orán. Al mediodía los restaurantes se llenan rápidamente. Tarrou se ofrece para organizar y dirigir brigadas sanitarias. Rambert decide buscar medios ilegales para abandonar la ciudad y Cottard quiere ayudarle al respecto. Tarrou propone a Paneloux que se una al grupo de voluntarios y éste acepta. Asimismo, Rambert decide también colaborar hasta que encuentre como marcharse.

Por razones evidentes, la peste se encarniza más con los que vivían en grupos, como los soldados o los presos. La prefectura instala el toque de queda. Por su parte, los entierros se transforman en una rápida ceremonia. A principios de septiembre, se decide transportar a los muertos al horno crematorio, que está al este de la ciudad.

Los hombres de los equipos sanitarios permanecen absortos en su trabajo. Castel anuncia que ha preparado un nuevo suero contra la peste. Tarrou y Cottard dan largos paseos juntos y hasta van al teatro. Por su parte, Rambert se instala en la casa de unos guardias, que le ayudarían a cruzar las puertas de la localidad, para así regresar a París; sin embargo después decide quedarse y seguir prestando su ayuda. En el hospital, se decide probar el nuevo suero en un niño que había sido contagiado, pero al no funcionar éste, el pequeño muere. Rieux y Paneloux quedan muy abatidos por este hecho.

El padre Paneloux da un sermón que causa impacto entre los fieles. Al cabo de un tiempo, debe mudarse de casa y se aloja donde una vieja señora. Inesperadamente, se enferma y fallece al siguiente día, pero su caso es considerado dudoso, pues no presentaba todos los síntomas de la peste. En Orán hay especulación y los precios tienden a subir, mientras que se nota un descenso en la epidemia. Una tarde, Rieux y Tarrou van cerca de la escollera, a tomar un baño de mar. Poco después llega la Navidad y parece que Grand cae enfermo por la peste, sin embargo se recupera milagrosamente.

Hasta el 25 de enero, la población vivió en una agitación secreta, pues los casos de muerte eran cada vez menos. Finalmente la peste cede: la última víctima es Tarrou. Una mañana de febrero, se abren las puertas de la ciudad. La gente organiza festejos y Rambert se puede reunir con su mujer.

Bernard Rieux, quien se entera de que su mujer falleció en la ciudad donde estaba residiendo, confiesa por último que él fue el autor de toda esta crónica. Un día, Cottard enloquece y empieza a disparar desde su habitación, no obstante unos agentes lo detienen y lo golpean. Por la noche se oyen los gritos de la alegría de los habitantes que han recobrado la tranquilidad, pues la epidemia había cesado.

 Probablemente el mensaje más importante que trae Camus en «La Peste», es que en medio de las plagas se aprende algo: que hay en los hombres cosas más dignas de admiración que de desprecio. A pesar de estar toda la ciudad lanzada al dolor de vivir cara a la muerte, queda la posibilidad de una profunda solidaridad; esto es la prueba suprema para el ser humano, que si en oportunidades semejantes a las de Rieux y Tarrou, se comporta como ellos, es posible afirmar que la superará. Además, el ser solidario no es una tarea tan simple como parece, ya que es un compromiso incondicional con uno mismo y con los demás, donde se da todo y no se espera recibir nada a cambio.

Por otro lado, el autor reconoce la individualidad esencial de cada persona, ya que no es justificable que se viva en la abstracción. La vida es lo concreto: está compuesta de pequeñas batallas y de éxitos pasajeros, no es eterna. Es por eso que la gente tiene que aprender a mirarse a sí misma y a respetar en la creación aquello que en los humanos es exclusivo e intransferible como experiencia y como respuesta.

La peste no sólo simboliza la guerra, sino también al mal que se expande cada día más en los corazones y que no permite al hombre dejar de un lado al egoísmo, al beneficio propio y a la hipocresía que tanto le hacen daño a él y a sus semejantes. No existe alguien que haya salido victorioso cuando ha actuado de esa manera. Por tal motivo, es una buena ocasión para que los jóvenes reflexionen sobre lo que verdaderamente representa una «buena vida», ya que ésta no se la construye en el individualismo total o en el materialismo, porque las cosas no satisfacen completamente al ser humano; pues éste necesita también de la colaboración de PERSONAS a las que pueda brindar su amistad, su cariño, y su respeto, esperando reciprocidad.

El protagonista de la novela, el doctor Rieux, tiene visión de la realidad, que me parece importante recalcar. Primeramente él cree que cualquier trabajo bien desempeñado, es una forma de realizarse así mismo y de solidarizarse con los demás. Asimismo, piensa que «tener conocimiento es poder iluminar el presente con las enseñanzas del pasado». Esta última frase debería concienciar un poco a aquellos que prefieren vivir de la superficialidad y no se dedican ni a estudiar ni a leer ni a investigar, es decir no están interesados en adquirir conocimiento.

Finalmente, me referiré a lo que Camus denomina «la nueva moral«: la moral de la honradez, que empuja al hombre a vivir de sus únicos bienes. Si hay algo que puede vencer sus limitaciones impuestas, es la conciencia de su sufrimiento y su destino común. Honradez es amor, comprensión, lealtad y fraternidad. Igualmente, representa esa integridad que cada ser tiende a buscar, para así tratar de encontrar la paz que anhelaba Tarrou; la felicidad de Rambert; la amabilidad de Grand y en conclusión, lo que esperaba Camus de la humanidad entera.

 

Como significado pionero del existencialismo, Camus teje sus fábulas morales con una mezcla de sobriedad estilística y encarnizamiento moral. La epidemia es el enemigo y las distintas reacciones ante ella son los parámetros morales que acaban por definir la dimensión del grupo amenazado. Como sucede ante cualquier agresión letal, hay quienes se dejan morir sin más; otros son presa de pánico y algunos, igual de aterrorizados pero más prácticos, se empeñan en ayudar al enemigo a alcanzar sus objetivos, haciendo más tolerable la agresión por la vía de ocultar sus efectos.

Esta catástrofe inesperada, donde un enemigo invisible mata al azar, enfrenta al ciudadano con los pozos y las alturas de su humana condición. No es una novela para leer en vacaciones, sino en períodos de abatimiento y desánimo, para recuperar la fe en el hombre común.

 

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