La tragedia de los Oesterheld

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Texto de Gervasio Sánchez

Los lectores de cómics clásicos como Ernie Pike, Randall o Sargento Kirk seguramente saben quién fue Héctor Germán Oesterheld, el guionista que creó una colección de personajes legendarios. Más improbable es que conozcan la terrible historia del propio escritor, asesinado por la dictadura militar argentina, al igual que sus cuatro hijas. Su viuda, Elsa Sánchez, cuenta la tragedia vivida

Elsa Sánchez de Oesterheld, con sus cuatro hijas a finales de los cincuenta. Estela, la mayor, está a la izquierda; Beatriz abraza a su madre; Diana es la de la derecha, y Marina se encuentra sobre sus piernas

La tragedia de Elsa Sánchez de Oesterheld no parece real ni literaria porque ninguna mente pérfida puede ejecutar o inventar una historia de persecución como la que sacudió su vida hace treinta años, en el apogeo de la dictadura argentina.

No es tanto por el hecho de que tres de sus cuatro hijas (el cuerpo acribillado de la cuarta pudo recuperarlo), su marido, dos de sus yernos y posiblemente dos de sus nietos, nacidos durante el cautiverio de sus madres, estén desaparecidos.

El álbum de la violencia está repleto de episodios descorazonadores. Hay madres kurdas del valle de Barzan que perdieron a ocho hijos en una sola noche de julio de 1983. Hay chilenas de Paine, guatemaltecas de Rabinal, bosnias de Srebrenica e, incluso, otras argentinas de Córdoba o Buenos Aires a quienes les desapareció un número similar de hijos.

La singularidad de su tragedia radica en cómo se planificó la persecución y el exterminio de la familia de Héctor Germán Oesterheld, el mejor y más imaginativo guionista de la historieta argentina, creador de unos cien personajes, que acostumbraba a trabajar con dibujantes de la categoría de Hugo Pratt, Francisco Solano o Alberto Breccia.

 

Todo empezó la madrugada del 24 de marzo de 1976, cuando se produjo el golpe de Estado militar. O quizá el 20 de junio de 1973, cuando facciones del peronismo se liaron a tiros durante el recibimiento del caudillo Juan Domingo Perón, que regresaba a Argentina después de 18 años de exilio en España. La llamada masacre de Ezeiza, área donde se encuentra el aeropuerto internacional de la capital argentina, dio inicio a un baño de sangre que costó la vida a decenas de miles de argentinos en la siguiente década.

Las cuatro hijas comenzaron a militar en las juventudes peronistas a edades muy tempranas. Elsa es muy crítica con aquellos años de convulsión política

“Hasta el regreso de Perón, mi marido, que era un hombre de izquierdas, no había militado en ningún partido. Se declaraba libertario y se sentía muy influido por un grupo de anarcosindicalistas de origen español que buscaron refugio en Argentina tras la derrota republicana en la guerra de España”, explica Elsa, a punto de cumplir los 83 años sin todavía entender por qué ingresó en Montoneros, organización político-militar partidaria de la lucha armada, hasta convertirse en su jefe de prensa en la clandestinidad.

Hugo, conocido durante su detención como el Viejo, tenía más de medio siglo de vida cuando empezó a militar en el ala izquierdista del peronismo. “Era una ideología que él siempre había despreciado por su componente fanático. Muchos de sus amigos intelectuales habían decidido marcharse del país. Pero él quedó atrapado en sus propias contradicciones. El más antiviolento de los hombres acabó formando parte de un grupo armado”, recuerda Elsa. Años antes, en 1955, le habían pedido que escribiera un guión sobre la vida de Perón, encargo que no aceptó a pesar de la crítica situación económica que sufría.

Nieta de gallegos, Elsa vive hoy rodeada de recuerdos en el barrio de Palermo de Buenos Aires. Las fotos de su marido, Hugo, y de Estela, Diana, Beatriz y Marina, sus cuatro bellísimas hijas, ocupan lugares preferenciales de la casa. Las cuatro nacieron entre junio de 1952 y enero de 1957 y fueron asesinadas o desaparecieron entre los 20 y los 25 años. Las fotos reflejan una época feliz, cuando el hogar era una casa abierta para una amplia generación de dibujantes e intelectuales que revolucionaron el mundo de los tebeos.

Elsa tenía 18 años cuando conoció a su marido, que trabajaba como geólogo y escribía historietas en los ratos libres. Héctor había recibido una educación muy elitista, y Elsa, “una mujer común”, como ella misma se define, formaba parte de una familia popular con inquietudes por las artes, aunque fue “educada para tener hijos y coser”. Las cuatro hijas estudiaron en un colegio inglés. La mayor, “la dulce Estela”, ya tenía a sus 16 años excelentes dotes para la pintura y deseaba estudiar filosofía. A Diana le encantaba escribir. “Era luchadora y siempre estaba preocupada por la injusticia. Beatriz quería ser médico, y la pequeña Marina era la más reservada y taciturna, la que más se parecía al padre, un hombre que amaba la soledad, el desierto y las piedras a pesar de estar siempre rodeado de amigos”, recuerda.

Elsa era la realista en aquel desbarajuste de horarios que provocaba la entrada y salida de personas ajenas a la familia, ordenaba los papeles de su marido y equilibraba las finanzas en las épocas menos boyantes. “Lo único que hacía mi marido era pensar. El resto dependía de mí”, ironiza.

Las cuatro hijas comenzaron a militar en las juventudes peronistas a edades muy tempranas, las más pequeñas cuando todavía eran niñas de 14 y 16 años. Elsa es muy crítica con aquellos años de convulsión política: “Permitían la militancia a niños que no sabían defenderse ni entendían muchos conceptos de la vida real. ¿Cómo no se dieron cuenta de lo que pasaría si se producía una intervención militar?”.

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Héctor siempre fue respetuoso con las opiniones de sus hijas. Era partidario de lo que definía como “el aprendizaje de la discusión”. La casa era como una pequeña universidad donde siempre se hablaba de temas importantes. “A la hora de comer, sus hijas exponían sus opiniones, y él las replicaba con calma y siempre con un profundo respeto. Las cuatro lo idolatraban”, dice Elsa.

Poco antes del golpe de Estado, cuando Héctor Oesterheld ya vivía en la clandestinidad, se encontró por última vez con su esposa y tuvieron una agria discusión: “Haz lo que quieras con tu vida, pero saca a nuestras hijas de Argentina”, le conminó Elsa. Un editor italiano que admiraba su obra se ofreció a ayudarlo si la familia viajaba a Italia.

El golpe militar provocó la disgregación de los Oesterheld. Elsa, que era la única que no estaba marcada por su militancia izquierdista, se quedó sola y empezó a trabajar en una sucursal del Banco de Galicia. El sábado 19 de junio de 1976, apenas tres meses después del golpe, se encontró con su hija Beatriz, de 20 años, en una confitería de la capital. Madre e hija intentaban mantener encuentros semanales en lugares públicos. Estuvieron dos horas juntas. Beatriz dijo a su madre que quería ingresar en la facultad de Medicina. Su deseo era trabajar en el interior del país ayudando a los más desfavorecidos.

Dos días después, un muchacho se le acercó cuando estaba a punto de abordar el tren de cercanías que la trasladaba a su trabajo y le dijo que Beatriz no había regresado a su casa la noche de su encuentro ni había acudido a una reunión política. Ante la gravedad del suceso, Elsa contactó con militares, jueces, religiosos y amigos de los estratos más altos de la sociedad. Presentó un habeas corpus, visitó varios centros del ejército y comisarías de policía.

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Pero todo el mundo le dio la espalda o se excusó con evasivas. Hoy se atreve a decir: “Odio la hipocresía de la clase media argentina a la que pertenezco. Fue cómplice intelectual del golpe y mantuvo un pacto de silencio durante décadas”.

Una carta dirigida a su hija Diana y que empezó a escribir el 5 de julio, dos semanas después del secuestro de Beatriz, da una idea de lo que sintió aquellos días de pánico: “Diana de mi alma, de mi vida, no encuentro la forma ni el coraje de decirte todo lo que estoy pasando porque este caos no tiene explicación”. Había descubierto que la seguían y se sentía culpable del secuestro de su hija Beatriz. “Mi terror ahora es convertirme en delatora de mis otras hijas”, escribió. En otro pasaje le cuenta que ha visitado el cuartel de Campo de Mayo, un centro de detención ilegal: “Te juro que entrar en esa zona es espantoso. Realmente estamos en guerra”. Unos días antes se había producido una masacre en un destacamento policial tras el estallido de una bomba. El tono de la carta es premonitorio: “El odio hará que nos matemos los unos a los otros, y mis hijas no se van a salvar de este horror”. Después intenta arropar a su hija con palabras más tiernas: “Trata de imaginar la necesidad ya delirante que tengo de estar con alguna de ustedes, de poder hablar, de consolarnos, de querernos más que nunca, de unirnos, de protegernos”. Dos días después de iniciar esta carta fue citada en la comisaría policial de su barrio. El jefe del destacamento le explicó que su hija Beatriz había sido encontrada muerta junto a otros cuatro jóvenes que tenían entre 17 y 19 años en un descampado. El ejército les había informado de que se había producido un enfrentamiento armado. La orden eran enterrarlos como NN (no nombre), pero el comisario decidió entregar los cuerpos a sus familias. Fue un cuñado de Elsa quien identificó a la muchacha. Sería el único cuerpo que recuperaría de toda su familia y decidió darle “cristiana sepultura”.

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Elsa siguió escribiendo a su hija Diana después de encontrar el cadáver de Beatriz. En la carta derrama todo su dolor: “Tengo la sensación de que todas han muerto, que mis nietitos son un sueño, que yo ya no soy yo. En nuestra casa se gestó la novela de ciencia ficción más terrible que jamás cerebro alguno pudo crear: la destrucción de toda una familia de forma sistemática. ¡Que Dios se apiade de nosotros”. La carta acababa con una súplica: “Por favor, hijita querida, no dejes de escribirme, que nunca tengas que preguntar dónde está tu hijo, que es más horrible que la muerte”.

Diana fue secuestrada el 7 de agosto de 1976 en San Miguel de Tucumán junto a su hijo Fernando, que tenía un año. Estaba embarazada de seis meses. Con 23 años fue llevada a Campo de Mayo, donde dio a luz antes de desaparecer para siempre. Fernando fue trasladado a la casa cuna de la ciudad y entregado como NN. Después de varios intentos frustrados, los abuelos paternos consiguieron recuperar al menor. Raúl Araldi, su pareja y padre de sus hijos, fue asesinado en 1977. Un sobreviviente vio su cadáver en la jefatura de la policía de Tucumán, pero su cuerpo tampoco fue encontrado.

El famoso guionista fue detenido el 27 de abril de 1977 y trasladado a diferentes centros clandestinos. Varios sobrevivientes lo vieron en El Vesubio, Campo de Marte y Sheraton, tres campos de exterminio. Al parecer le exigieron que escribiera el guión para una historieta promocional del régimen militar, pero él se negó.

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Amnistía Internacional y algunos amigos influyentes lanzaron campañas en Europa para conseguir su liberación. El prisionero hizo llegar una carta a su esposa en la que le contaba que estaba a la espera de que legalizasen su detención y lo llevasen a una prisión.

Pero la tragedia de los Oesterherld no concluyó con la detención del patriarca. Los grupos operativos de la dictadura siguieron rastreando al resto de su familia hasta que localizaron el 14 de diciembre de 1977 la casa donde Estela, la mayor de las hijas del guionista, de 25 años, se escondía con su pareja, Raúl Mórtola, y su hijo Martín, de tres años y medio. Allí detuvieron a otra pareja a cuyo cargo estaba el pequeño y esperaron el regreso de Estela y Raúl para acribillarlos a balazos. Al día siguiente, un escueto informe en los diarios daba cuenta de un enfrentamiento armado y de la muerte de ambos.

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Lo más sorprendente es que el niño fue trasladado a la cárcel donde se encontraba detenido su abuelo Héctor y fue este el que dio la dirección de Elsa al jefe del operativo para que se lo llevasen a su abuela. Al parecer, el militar sentía gran admiración por el guionista y decidió proceder por su cuenta y riesgo.

En condiciones normales, el niño hubiese sido entregado a un hospicio, y su rastro se hubiese perdido a partir de una adopción ilegal, como ocurrió con otros 500 niños y bebés arrancados a sus madres antes de asesinarlas y hacerlas desaparecer. Los militares contaron a Elsa que su marido se encontraba físicamente bien, pero con el ánimo muy bajo. Aceptaron llevarle una carta suya. Fue la última noticia que tuvo de Héctor hasta que años después un informante anónimo le dijo que posiblemente había sido fusilado en Mercedes en los primeros meses de 1978. El sobreviviente Juan Carlos Scarpatti se topó con él en Campo de Mayo a finales de 1977 o principios de 1978. “Lo vi golpeado y angustiado y le pregunté qué le pasaba. Me dijo que le habían mostrado las fotos de sus cuatro hijas muertas.” Estela tuvo tiempo horas antes de morir acribillada de enviar una carta a su madre en la que le explicaba que Marina, la más joven de las cuatro hermanas, que tenía 20 años, hacía un mes que “ya no está con nosotros”. Elsa piensa que pudo ser secuestrada en noviembre de 1977. Después supo que su hija estaba embarazada de ocho meses y medio antes de desaparecer. Jamás consiguió más indicios sobre su suerte. Ni siquiera presentó un hábeas corpus porque “me parecía una payasada”.

Pensó muchas veces en suicidarse. Se había convertido en “una persona mutilada”, sin proyectos, ilusiones, expectativas. Sus nietos vivos, especialmente Martín, que se quedó con ella, le obligaron a desechar esa opción. Aunque “muchas veces me pregunté si valía la pena seguir viviendo y sufriendo”.

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Un familiar consiguió que un coronel le entregase “piadosamente” los certificados de defunción de su hija Estela y su yerno Raúl Mórtola  para que pudiese tramitar la tutoría legal de su nieto Martín, pero nunca logró saber dónde fueron enterrados. Elsa se centró en la crianza de su nieto recuperado y le inculcó el rechazo frontal a la violencia. “Convertí toda mi locura y desesperación en la fuerza necesaria para educar a Martín”, añade. Los años adolescentes fueron los más difíciles. A Martín le fue muy difícil aceptar a unos padres que prefirieron morir antes que salvar a la familia.

Elsa afirma que le gustaría encontrar a sus nietos desaparecidos, pero reconoce que esa posibilidad le da miedo. “La identidad es imposible de negar. Deben conocer su historia verdadera aunque les duela. Pero temo un rechazo frontal como ha ocurrido en algunos casos de nietos encontrados. No aguantaría un desgarramiento más. Me he vuelto más cobarde.”

“La palabra es el instrumento más valioso”

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“Estamos en un momento que podríamos definir en la frontera de cómo se adquiere el conocimiento”, dijo la Presidenta, que se refirió también al cambio de paradigma que significó Malvinas, cuando la Argentina comprendió “que su lugar es América latina”.

Por Silvina Friera– La página inédita de esta Buchmesse se escribió con un acontecimiento único por donde se lo mire. Más de 1500 editores, escritores, agentes y libreros del mundo fueron testigos de una escena memorable, fuera de protocolo. “Aquí hay un martillo blanco. ¿Se supone que tengo que pegarle a alguien o que alguien va a dejar inaugurada la feria?”, preguntó Cristina Fernández con un humor que ablandó hasta al más parco de los alemanes. La Presidenta invitó a un sorprendido Gottfried Honnefelder, presidente de la Asociación Alemana de Editores y Libreros, a inaugurar juntos la 62ª edición de la Feria del Libro de Frankfurt, con la Argentina como invitada de honor. Pero antes de golpear el martillo blanco, Fernández eligió homenajear a los más de 70 escritores argentinos de la delegación a través de Elsa Oesterheld, la viuda del autor de El Eternauta, que desapareció durante la última dictadura militar. “Elsa representa a todos los argentinos que sufrieron durante uno de los momentos más trágicos que nos han tocado vivir”, dijo. Elsa se acercó despacio, temblequeando de la emoción, hasta el escenario y se fundió en un intenso abrazo con la Presidenta. “Esto es el renacer de una vida que resignifica muchísimas vidas que hemos perdido. Yo que creí que estaba muerta, también vuelvo a tener esperanza”, admitió Elsa. Nada más, nada menos. Cientos de terminales sensibles recibieron el cimbronazo que generó la voz de esa pequeña mujer resistente.

La cintura oratoria de la Presidenta dejó boquiabierto al auditorio, acostumbrado a la lectura de discursos pesados como la tarde frankfurtiana, con su humedad que apretaba y servía bostezos en bandeja, antes de que las empanadas y el vino devolvieran el alma al cuerpo de más de uno. Siempre atenta a las palabras de quienes la antecedieron –además de Honnefelder, hubo discursos más o menos atinados del director de la Feria, el lungo Juergen Boos; la alcaldesa de Frankfurt, Petra Roth; y Griselda Gambaro, entre otros–, Fernández interpeló dilemas bosquejados por otros. Cantó truco y retruco, en algunos casos, con respeto. “Me pareció muy inteligente la intervención del titular de la Unión de libreros alemanes (por Honnefelder), en cuanto a descreer de profecías apocalípticas en torno del futuro del libro –coincidió la Presidenta–. Creo que mientras exista la palabra como instrumento más valioso para poder comunicar nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestras percepciones, el libro, la literatura, los autores, no van a terminar.”

El dilema –para Fernández– significa aceptar “que estamos en un momento que podríamos definir en la frontera de cómo se adquiere el conocimiento”. “En esta etapa la red, la Internet, opera algo parecido a la democratización del conocimiento y de la información”, subrayó y disparó un interrogante: cómo conciliar el libro con las nuevas tecnologías. La Presidenta se mostró partidaria de “una adecuada legislación” que proteja los derechos de propiedad intelectual que cada autor, que cada editor, tiene sobre su obra, sobre su impresión. “Necesitamos desde la educación y desde la industria de la impresión esa amalgama entre los nuevos métodos, los nuevos instrumentos, y los derechos que les asisten a escritores, a impresores, y la responsabilidad de los políticos a través de sus poderes legislativos, el Judicial, y por supuesto de quienes tenemos responsabilidad desde los ejecutivos –asumió Fernández–. Por eso creo que plantearse el apocalipsis es absurdo. Estamos simplemente ante una nueva era. Las cosas han cambiado. Y cuando uno no es tan importante para cambiar la época, tiene que ser lo suficientemente inteligente para interpretar el cambio y poder utilizarlo en beneficio de la sociedad.”

De las palabras del titular de la Feria, Juergen Boos, Fernández reconoció que le gustó mucho que dijera que la Argentina ha presentado sus 200 años de historia sin maquillaje. “Acá la única que ha venido maquillada es la Presidenta –bromeó–. Argentina no se maquilla ni se maquillará.” Fue el ministro de Relaciones Asuntos Exteriores de Alemania, Guido Westerwelle, quien se refirió al cliché de una Argentina europea. “Durante la guerra de Malvinas los argentinos encontramos nuestro verdadero lugar en el mundo: América del Sur, América latina. Esa es nuestra casa y eso somos los argentinos: mestizaje puro, como toda América latina. Si uno mira las culturas en el mundo, lo más nuevo y original es América latina”, precisó Fernández. En consonancia con lo postulado por Griselda Gambaro, la Presidenta agregó: “La literatura argentina nunca fue neutral. Yo tampoco fui neutral ni lo pienso ser –aclaró–; para neutrales están los suizos. Como decía mi abuelo, los argentinos tomamos siempre posición. Es una broma, ¡por favor!, con el mayor de los respetos. La abuela del ex presidente Kirchner es suiza; que no se entienda como una ofensa”.

Sin pan y sin trabajo, 1894. Ese es el título de una pintura “fantástica” de Ernesto de la Cárcova que rememoró la Presidenta en sintonía con la desmitificación del relato del Centenario. “En esa magnífica pintura hay un obrero con el puño cerrado y que con mucha desesperación mira hacia afuera, como esperando que haya el pan –describió el cuadro–. La Argentina era muy rica, pero había muchos argentinos que vivían en la más extrema miseria.” Al auditorio le anticipó que se verá en el pabellón “una Argentina vibrante, en movimiento, que nunca se resignó ni aun en los peores momentos”. Fernández adoptó un matiz respecto de la postura de Gambaro. “Yo me resisto a la idea de la derrota permanente; por eso ella es escritora y yo soy militante política –comparó–. Tal vez por eso nunca me resigné a que no sea posible cambiar la condición humana, terminar con guerras y conflictos étnicos y religiosos. El mundo siempre se mira desde algún lado, aun cuando se crea que no se mira desde ningún lugar.”

La escritora y dramaturga se refirió a la relación literatura y poder, “más estrecha de lo que se cree, con vínculos que, aun en democracia, muchas veces han sido conflictivos”. La autora de Ganarse la muerte recordó una frase de Graham Greene: “El escritor estará siempre, en un momento u otro, en conflicto con la autoridad, más o menos como el santo está generalmente en conflicto con la jerarquía de su iglesia”. La cita fue intervenida por la cosecha de Gambaro. “Así debe ser –afirmó– por razones de sano distanciamiento en la preservación del espíritu crítico, de la disidencia como estado de alerta”, aunque también advirtió que no hay que confundir “la disidencia –trabajo del pensamiento– con la estéril rutina del antagonismo sistemático.” Si la literatura imagina, la narradora y dramaturga subrayó que “también los políticos podrían imaginar audazmente”. Gambaro les exigió “atreverse como aquellos grandes escritores que inventaron la realidad del poema o la novela, a imaginar otra realidad posible que no sea ésta, la de los incesantes conflictos”. “Si bien algunos gobernantes, sobre todo en América latina, trabajan con propuestas más equitativas –ponderó–, no basta imaginar con límites sin forzar las circunstancias. Los cambios son siempre lentos mientras los sufrimientos son inmediatos.”

La Feria tiene su propio metabolismo de consumo; se mantiene por la fuerza invisible de la inercia. Por sus venas circulan los negocios. Pero ese sistema de mantenimiento muta de país a país. La Buchmesse se pintó con la bandera china, la edición pasada; ahora cambia de piel por medio de gestos naturalizados del cuerpo y adopta la celeste y blanca. Y mañana –en ese mañana del próximo año– será islandesa, con su crisis económica símil 2001 argentino y su encargado de “hadas y duendes”, para certificar el ritual de su bienvenida elasticidad. Aunque este espacio de dimensiones imposibles de abarcar aceite una imagen todopoderosa –como si fuera el magnate con mayúsculas, el Bill Gates de la industria editorial–, no descuida los aspectos sensibles de la vida cultural y política en los que desemboca la condición de “invitado de honor”, como si se deslizara por la misma cinta del mercado de la oportunidad –de vender y cazar derechos– a la pasión por la literatura. Y en esta zona desplazada de la pasión no se puede prescindir del escritor. A pesar de que se repita que su posición es y será secundaria. Juergen Boos y su gente saben cómo articular el funcionamiento completo de la escena, más allá de un choque –más o menos perceptible– de tempos con los agasajados en esta ocasión y su “cultura en movimiento”.

Historia : Fuente: http://www.magazinedigital.com

Noticia feria del Libro de Frankfurt: www.pagina12.com

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