Leyendas del viejo Baradero

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El Ombú de los aparecidos

Por Blanca Raggio de Asprella

 

El día gris invitaba a las historias y el frío retenía a ancianos y niños dentro de la casa, solamente los adultos salían a cumplir con el trabajo diario.

Anita busco refugio junto a la abuela y le pidió que le contase una leyenda de fantasmas, pues desde hacia tiempo declaraba haberlos sentido caminar por muy cerca suyo, correr por los techos y por la huerta.

La abuela explicole que no hay que confundir fantasmas con ratones y que los ruidos oídos eran evidencia de la existencia de gran cantidad de roedores, pero igual en su bolsa inagotable de leyendas, había varias donde los protagonistas eran… ¡fantasmas!

“El rancho estaba allí, junto a los dos ombúes, a la vera del camino que une a “La Paloma” (1) con “El Tropezón de Areco” (2). Estaba hecho como todos, de tientos y “chorizos” (3), constaba de dos ambientes: una amplia cocina, con fogón y una pieza, un corredor o galería con rumbo noroeste que impedía que los aguaceros lo castigasen con rigor…

Allí vivía Don Juan Martínez, su mujer Petrona y sus dos gurisas: Domitila y Paula. Vida de pobre la suya, con algún conchabo, a las perdidas. Los pocos patacones que podía ver se le iban en algunas mercaderías que el “gringo” de “La Paloma” vendía como en botica y en las precarias pilchas de las mujeres que llenaban el rancho…

La vida esperaba debajo de los ombúes, hasta la tarde aquella en que la extraña fiebre tumbó a la “patrona” en su mísero catre. De nada valieron los remedios caseros, que ella, aun consciente, hacía preparar a las chicas…

Don Juan, ante el peligro de esa enfermedad, que se agigantaba, pensó que lo mejor era ir en busca de Ña Clemencia, la curandera, que vivía a otro lado del arroyo.

Ensilló apurado el oscuro y salio apresurado, sin despedirse de su mujer, yéndose con el alma transida de pena. Su mujer ya ni lo conocía y las gurisas estaban allí calladitas…

Al galope se acerco al arroyo crecido y trato de vadearlo por el paso acostumbrado, pero en medio de la correntada sintió un mareo que lo hizo agarrarse fuerte de la clina del oscuro, luego su cuerpo sintió el agua refrescante… y ¡nada mas!. A la mañana siguiente, un arriero encontró al oscuro en la otra orilla mirando fijamente la correntada.

Entre tanto, Domitila y Paula, victima ya de aquel extraño mal, no hacían mas que ir y venir del rancho a los ombúes, esperando ver la polvareda que anunciara la llegada del padre, de la Ña Clementina, de… alguien…

Recién, al otro día el arriero acertó pasar, comprobando la magnitud de la tragedia: la madre muerta, Domitila muy  cerca, apenas aleteaba un halito de vida… Paula caída junto a las raíces de los ombúes, alcanzole a balbucear: “Tata no llega”… Luego el silencio… El viejo criollo se santiguó y sintió miedo… un miedo espantoso, imposible de dominar y montando rápidamente, partió sin volver la vista atrás….

¿Cuánto tiempo quedaron los cuerpos insepultos? ¿Quién puede decirlo?

Tiempo después se supo, que al pasar, a los atardeceres por los ombúes, no se sabe precisar que espanta a los caballos…

Muchos afirman haber visto las sombras de Paula y Domitila, vacilantes, adelantarse y tomar las bridas de los caballos, en su intento de solicitar auxilio, un auxilio que nunca llegara a su larga agonía…

Por mi parte, puedo decirte Anita que yo pase por ese camino en un atardecer, en contra de mi voluntad, porque se nos había hecho tarde esperando una cierta cantidad de carne que hacía falta para la chacra de mi abuelo. ¡No tenía otro camino que volver a casa!

Ya cerca de los ombúes (el rancho ya no existía) preste atención y quise pasar ligero. Yo manejaba el sulky, a mi lado iba mi hermana pequeña. ¡Mis ojos nada vieron! Pero la rosilla (5) – trotadora como ella sola – a pesar del castigo del látigo, se tiraba contra el alambrado, mirando con las orejas muy paradas “los ombúes” ¡Poco faltó para que volcara el sulky! El animal se espantaba de algo que solo sus ojos podían ver… ¡Con terror, atravesamos los metros que comprendían los dos ombúes, instantes que parecieron horas! Luego, la rosilla comenzó a galopar, como enloquecida. ¡Se había desbocado! Recuerdo que me afirme a las riendas con todas mis fuerzas… ¡MI hermanita tomada de mis ropas sollozaba! ¡No recuerdo que paso! Cuando volví en mi, estaba en el pescante, tomada desesperadamente de las riendas, el sulky estaba detenido. ¡La rosilla, bañada en sudor, temblaba!

Nunca mas volví a pasar por el camino de los “dos ombúes”, ni volveré a hacerlo!

 

 

 

 

 

(1)   “La Paloma” paraje ubicado muy cerca del puente de la “Cañada Honda”

(2)   Paraje denominado “El Tropezón” de Areco, para diferenciarlo del otro “Tropezón” cercano a Baradero.

(3)   Se denominaba así a una mezcla consistente en pajas y barro, debidamente trabajado y pisoteado por caballos que se ponía horcajadas sobre los tientos.

(4)   Juan Martínez, su acta de defunción consta en el Archivo Parroquial: “ahogado” en la Cañada Honda.

(5)   La nombrábamos a la yegua por el color de su pelo.

 

 

Foto: Tapa del libro: “Leyendas del viejo Baradero”.

Autora: Blanca Raggio Asprella.

Selección y transcripción: Antonella Misenti 

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