Lo que resta de la vida, novela por entregas/18

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Es muy temprano. Pongo la pava para calentar el agua para el mate. Luego me doy vuelta y encuentro sobre la mesa de la cocina tres papeles con anotaciones de mi madre. Con letra grande, y en mayúsculas, ha anotado las tareas que hoy no quiere olvidarse de llevar a cabo.

Una gran solución.

Un método que decido copiar apenas regrese a Buenos Aires.

Me propongo firmemente, mientras tomo el primer mate de la mañana, pegar un cartel gigante sobre alguna de las paredes de mi cocina. Un cartel que diga: llevarle el perfume a mamá.

Salgo a escribir al jardín. Diego todavía duerme y aunque ya amaneció hace rato, el cielo está oscuro. Muy oscuro. De inmediato, me asalta el recuerdo de mi padre. Una frase que repetía cuando el cielo se ponía tan negro como ahora hacia el lado del río Arrecifes.

La lluvia siempre viene de aquel lado, avisaba.

Y se me ocurre que quizá la muerte también venga casi siempre del mismo lado. Del lado de la soledad. Del lado de la ausencia de ganas de vida. Del lado de la oscuridad.

No siempre, claro.

Podía fallar, a veces, el pronóstico de lluvia de mi padre.

La tortuga se despierta y entonces me apuro a darle su ración de pepino mañanero antes de que se levante Inés. Se la alcanzo con toda la ilusión de que ese gesto la haga recapacitar acerca de su molesta costumbre de morderme el talón. Aunque, por las dudas, igual haya tomado la precaución de apoyar mis pies a unos quince centímetros del piso en el momento de volver a sentarme.

Anoche, mientras cenábamos, mi madre me habló de Diego. Me dijo que la tortuga es una compañía, que es muy simpática, que la sigue cuando anda por el jardín, que camina muy rápido, que se queda cerca y deja que ella le acaricie la cabeza. Pero también me dijo que no es lo mismo que un perro, que pasa demasiadas horas durmiendo, que no es cariñosa y que sería incapaz de defenderla si un ladrón entrara en su casa.

Todo eso me dijo.

Y muchas cosas más que ahora no recuerdo.

Diego está tirado cerca de mis pies. Esperando su oportunidad para morderme. Y se me ocurre que anoche, mientras cenábamos, Inés, a su manera, me habló de los caparazones. Del caparazón de la tortuga, aquello que no le permite ser un perro. Una necesidad que la especie se ha inventado para defenderse de otros animales. Y también del suyo, del caparazón que se le ha ido formando a ella a partir de los años y de las carencias físicas y de la epidemia de muertes a su alrededor. Un caparazón no deseado, el de mi madre. Puesto ahí por la vejez.

Las limitaciones como aviso del límite final. Ver menos, oír menos, caminar con muchas dificultades, olvidarse de casi todo. Y aburrirse de la vida, en algún sentido.

Aburrirse de lo escaso de la vida cuando queda ya tan cerca de la muerte.

Quizá la soledad, en la vejez, sea la manera humana de prepararse para la soledad final. Para la muerte. Una introspección imprescindible, casi obligatoria. Menos vista, menos oído y menos contacto con el afuera del caparazón.

Inés aparece de repente frente a la mesa en la que escribo. Me saluda. Después se acerca y me da un beso. Entonces le cuento que ya le di su ración de pepino a Diego. Ella sonríe. Y enseguida me informa que, antes de volverme a Buenos Aires, la tengo que acompañar a comprar una aspiradora. Una que sea liviana y fácil de manejar; que necesita limpiar las ventanas y las persianas, que con el plumero no consigue sacar todo el polvo. Le contesto que sí, que por supuesto, que apenas termine de desayunar y esté lista, me avise y vamos, que mejor hacerlo antes de que llueva.

Me encantó su aparición en el jardín.

Iluminó la oscuridad del cielo.

Sé que tiene un buen día. Y sé que la soledad y la depresión y los muertos queridos, esta mañana son bastante menos importantes que sus ganas de limpiar las ventanas.

Si bien es cierto que no creo que haya vida después de la muerte. Ni para mi madre ni para mí ni para nadie, también es cierto que, a pesar de todos los pesares, habrá vida mientras quede algo de ganas de vida.

El negocio en donde comprar la aspiradora no queda lejos. Está cerca de la plaza. Mi madre camina muy lento, mirando dónde apoya cada paso y ayudándose con un bastón. Le digo que si prefiere puede tomarse de mi brazo. Pero no acepta. Y su argumento me parece muy válido: si empiezo a colgarme de tu brazo, el día que necesite salir sola, ya no podré hacerlo.

Inés está enteramente viva, hoy.

Tanto que, después de comprar el aparato, me pide que demos una vuelta a la plaza, que está muy linda, que quiere ver cómo están los jacarandaes, que si no me pesa la caja, por supuesto.

La caja no me pesa.

Y damos una vuelta entera a la plaza esquivando las chauchas que han caído de los árboles y mirando que el cielo se pone cada vez más oscuro.

Va a llover, dice mi madre justo antes de entrar en la casa. Y agrega, señalando con el bastón hacia el oeste, que mi padre repetía que la lluvia siempre venía de aquel lado.

Me río.

No le cuento que esta mañana, más temprano, me acordé de lo mismo. Le digo, en cambio, que a veces mi padre se equivocaba. Y entonces, la que no puede parar de reírse es ella.

El tiempo cuenta igual para todos. Pero estoy convencido de que no es tan así. En mi caso, estos últimos años han pasado bastante más rápido que los anteriores. Y eso me obliga. A que cada día importe, a cuidarme de no perderlo.

A mi madre le ocurre lo mismo. Se enoja cuando le explico que hay que cargar la batería de la aspiradora.

Son demasiadas horas, me dice.

Tantas horas que entonces va a tener que esperar hasta mañana para poder limpiar el polvo de las ventanas.

Diego continúa esperando, debajo de mis pies, su oportunidad para morderme. Le sobra el tiempo. Tiene apenas once o doce años de edad. Sobrevivirá a mi madre. Y me sobrevivirá.

No tiene ningún apuro.

Puede esperar todo el día a que yo me distraiga un segundo y baje los pies para acariciarme el talón de la única manera que puede hacerlo.

Yo, como cualquier tortuga, también supe de la dificultad de abrazar o de acariciar. Ni mi padre ni mi abuelo mantenían algún tipo de contacto físico cariñoso conmigo. Los hombres no se tocaban entre hombres. Y me llevó demasiado tiempo desaprender esa carencia. El tiempo que medió entre mi nacimiento y el nacimiento de mi hijo.

También tuve que aprender a visitar los cementerios.

No iba.

Me negaba.

Ni siquiera fui el día que enterraron a Lía o el día que enterraron a granmamá. Recién me estrené con mi padre, hace diecisiete años. Sin embargo, al igual que con los abrazos, ahora visitar los cementerios me parece la cosa más natural del mundo.

Dos aprendizajes necesarios.

La vida y la muerte.

La vida es tiempo, solo tiempo. El tiempo de los abrazos y de las caricias. Un tiempo para aprovechar. Un reloj que puede detenerse en el momento menos pensado. La muerte es un espacio. Solo un espacio que hay que acostumbrarse a recorrer mientras abrazamos o acariciamos.

Mi madre se sienta a mi lado, en el jardín. Toma a Diego con sus dos manos y lo sube a su regazo. Le acaricia la cabeza con su dedo índice, le habla, pero la tortuga solo quiere bajarse.

Entonces, vuelve a dejarlo en el piso.

Y vuelve a quejarse, como anoche, de que Diego no sea un perro.

Inés no para de hablar. A dos metros de distancia de donde estoy escribiendo. Ayer le leí algunas páginas en las que ella o su padre aparecían. No me comentó nada en el momento. Pero después, a la noche, cuando volvíamos de cenar en La puerta roja, me dijo que la gente que leyera eso que estaba escribiendo iba a pensar que ella era una vieja muy molesta, una vieja pesada.

Me reí.

Me reí mucho.

Le respondí todavía entre risas que nunca se sabe lo que lee la gente cuando lee, que la lectura es uno de los grandes misterios de la humanidad. Y enseguida le di un beso ruidoso y continuamos el camino abrazados. Ahora, mientras sigue hablando sin parar aunque no la escuche, se me ocurre que también los hijos, en algún lugar de nuestros cuerpos, escondemos la ilusión de que nuestras madres jamás van a morir.

Inés se levanta de la silla. Le cuesta un gran esfuerzo ponerse de pie. Y se enoja consigo misma. Con su vejez. Pero apenas lo logra, me avisa que va a la cocina a preparar una ensalada, que tengo que comer algo, que no puedo volverme a Buenos Aires con el estómago vacío.

El cielo, a nuestro alrededor, está cada vez más oscuro.

Hay una argucia, evidentemente, detrás de la decisión de comprar una bóveda para almacenar mis restos en mil novecientos siete. La trampa de mi bisabuelo fue intuir que yo iba a querer quedarme ahí para siempre. No por la enormidad y la belleza del edificio. Tampoco por el ángel instalado sobre su cúpula ni por el primerísimo lugar que ocupa en el cementerio que me pertenece.

El engaño de mi bisabuelo fue otro.

Más oscuro.

El pícaro de Emilio, casi sin conocerme, murió cuando yo apenas había cumplido seis años de edad, sabía que, llegado el momento y puesto a elegir, iba a preferir compartir la eternidad con un puñado de mujeres que amé a lo largo de mi vida.

Lidya, granmamá, Lía.

Y mi madre, antes o después.

Mujeres que, salvo Lía, nacieron con otros apellidos, con los apellidos de otros hombres no tan astutos como mi bisabuelo.

Inés me avisa que la ensalada ya está lista. Le pido que me espere unos minutos, le explico que quiero terminar de escribir antes de comer. Me dice que está bien, pero que me apure, que está vieja, que necesita dormir la siesta.

El viento acá afuera es cada vez más fuerte.

Y, tímidamente, ha comenzado a llover.

Muy a pesar de las constantes quejas de mi madre y de las inconstantes quejas mías, la vejez no deja de ser un premio. Un rato más de vida antes de los cementerios. Un rato que nos va a permitir, tanto a ella y como a mí, compartir una ensalada mientras no para de llover.

El cementerio que me pertenece también tiene que ver con haber escuchado a mi padre repetir hasta el hartazgo que la lluvia siempre viene de aquel lado. Y aunque su pronóstico a veces podía fallar, esta vez se cumple. Me voy a ir del pueblo en medio de una tormenta todavía más majestuosa que la bóveda familiar.

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