Los techos – por Hugo Pezzini

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No falta mucho tiempo para que cierren los negocios.

Los empleados ya guardaron la mercadería que había quedado sobre los mostradores. Después bajarán las persianas, si es que los comercios de sus patrones las tienen, o cerrarán con llave la puerta o puertas de entrada a esos locales. Entonces partirán hacia los cafés, al Hotel de las Naciones o a cenar en sus casas con sus esposas e hijos, si fuera el caso de que son casados y padres.

Se cierne sobre el atardecer la «hora pico» en Baradero.

En general, a esa altura me gusta estar ya sobre los techos. Así que me apronto a iniciar mi escalada y viaje subsiguiente.

A esa edad de mi vida no me pregunto ni me explico por qué razón me comporto de tal modo que cualquiera en su sano juicio me identificaría como un vándalo. Para mí es algo tan natural como la masturbación clandestina de todo adolescente. Verás.

La hora pico se hace propicia para estas aventuras porque, de todos los instantes del día, es en éste cuando puedo sentirme seguro de que papá y mamá se hallan ambos en la joyería. Siempre este es el momento crucial que me brinda la oportunidad de subir a los techos sin que una voz progenitora me detenga. Mis viejos le tienen terror a las alturas y consideran inconcebible la violación de cualquier límite territorial privado. Yo en el futuro seré paracaidista.

  Mientras se completa el cierre diario del negocio, mamá “entra” las operaciones de la jornada, escribiéndolas en los libros de contabilidad de la joyería, mientras papá hace la caja. Mamá trabaja inclinada sobre los enormes libracos; escribe las cifras y nombres de clientes con su lapicera de mojar de pluma cucharita y tinta Pelikan azul. Yo hubiera preferido que usase tinta china –negra— Pelikan, que me gusta mucho más; pero bueno: sobre gustos no hay nada escrito. Y es de escribir que aquí se trata. Papá cuenta la guita que saca de la registradora y la divide en fajos de cifras completas; los separa por billetes de cada valor y los ata en totales exactos con una gomita. Escribe esos totales en el dorso de la cinta impresa de la caja que ha registrado todas las operaciones de día. Al fin, todo esto irá al cofre fuerte que se halla al costado de la mesa de trabajo de la relojería. Y al día siguiente, al banco. Al Provincia o al Nación. A este proceso de cierre del negocio de cada noche lo tengo recontrabién: sé cuánto tiempo demora (mucho), como sé también qué harán mis viejos a continuación.

Ni bien acaben con todo este asunto de cifras y ventas a crédito, cuotas pagas, etc., encenderán las luces de las vidrieras y se retirarán a la enorme cocina, la habitación más lejana allá en las profundidades de nuestra vivienda. Entiendo que cuando yo era bebé ésta era un galpón con piso de tierra y techo de tejas. Ahora las tejas fueron reemplazadas por el hormigón armado que constituye el piso de la segunda terraza. Ya el piso de la cocina es de azulejos ocre y azul oscuro, intercalados. La pared de la cocina donde se apoya la larga mesada de mármol funciona como medianera entre ésta primera y —del otro lado— los antiguos calabozos de la municipalidad. Aún se conservan las rejas originales en las pequeñas ventanas de cada una de las puertas de madera de estas celdas; las tres mazmorras municipales, hoy en desuso. Las conozco bien porque he estado allí: he invadido la intendencia en más de uno de esos atardeceres, después de haberme descolgado al corralón municipal desde los techos vecinos —a esas horas nocturnas todo este gigantesco ámbito ya vacío, desierto, cerrado y oscurecido por las sombras del fin del crepúsculo.

Soy un vándalo techista, un trespasser. Un invasor.

Vuelvo a la cocina. La actividad doméstica de mis viejos después del cierre —mientras seguramente ya ando saltando de tejado de chapas de cinc a techo alquitranado— es la cotidiana: Mamá, de mortero de madera en mano, martilla los bifes sobre la tabla de cortar carne, que después hará en la plancha de hierro fundido. Sentado a la mesa de la cocina, papá ya ha encendido la radio y escucha el Glostora tango club; mientras, a su lado, sobre la flamante superficie de fórmica de ese mueble que reemplazó el antiguo de madera, tal vez mi hermana Pupi haga los deberes. Extraño la antigua mesa de madera sobre la cual mamá amasaba las empanadas formataba los ñoquis sobre el tenedor. Uno a uno partían rápido los ñoquis desde el tenedor en plano inclinado: rodaban hacia la mesa enharinada como los chicos que los domingos se deslizaban desde el tobogán hasta el gran cajón de arena en los juegos del boulevard, allá al borde de las barrancas de la Laguna de San Pedro, de frente hacia el Paraná. Creo que ya desde chico yo era anti-modernista; nunca entendí esa mesa de tapa de fórmica color rosa viejo.

Pero cuando toda la actividad hogareña se ha restringido a la cocina, hace ya muchos minutos que he salido al patio, subido la estrecha escalera que conduce a la primera terraza —para alcanzar la segunda por el pasadizo curvo que une a ambas terrazas. Debo dirigirme hasta el rincón extremo de está última, donde a lo alto se halla el tanque que provee el agua caliente de la cocina.

Ambas terrazas componen un falso jardín de macetas de barro pintadas de rojo donde crecen los malvones, helechos y cactus de mamá. No es raro que yo ande por ahí sufriendo, con las yermas de mis dedos inflamadas por las espinas invisibles de esos cactus que llevo clavadas bien profundamente bajo mi piel. Ni tampoco es raro que acabe teniendo que pedirle socorro a papá, quien en su mesa de trabajo de relojero las detectará con su lupa monóculo y las extraerá una a una con esas pinzas de puntas agudas como agujas, que él llama ‘las bruselas’.

Me asomaré desde la segunda terraza por última vez hacia el patio para asegurarme de que mis viejos no me verán subirme a los techos, de que ningún miembro de mi familia ha salido al patio (una de las puertas lo conecta directamente con la cocina) — de hecho, de que aún se hallan en el negocio. Una vez cerciorado de la ausencia de estos testigos inconvenientes, vuelvo hacia el tanque para alzarme hacia el primer tapial.

Como te acabo de explicar: en el vértice posterior derecho de dicha segunda terraza se halla instalado el tanque del agua. Se apoya a la medianera que nos separa del corralón de la municipalidad. El tanque se se eleva a unos dos metros y medio de altura del piso, o tal vez más; descansa sobre dos rieles transversales de hierro cuyos extremos fueron embutidos en la pared misma. Dije que es el tanque de agua caliente de la cocina porque el caño de metal que se curva al salir del mismo conduce el agua hasta el calefón a gas fijado sobre la pileta de la mesada de mármol. El tanque tiene un segundo caño de un metal más rígido y de mayor diámetro por el que entra el agua al tanque desde la provisión general de agua corriente del pueblo. No lo explico mejor porque nunca jamás entendí cómo funciona este sistema de circulación hidráulica. Sólo sé que los caños son ideales para darme el impulso inicial para comenzar a escalar hacia los techos.

En fin; es a este primer caño inferior al que me aferro después de un salto, como si fuera un gimnasta de suelo que utiliza esa barra para hacer sus piruetas. No me cuesta ningún esfuerzo elevarme en una flexión de brazos que alzan mi cintura hasta ese primer tubo. Entonces, con mi mano de zurdo alcanzo el segundo, el curvo de hierro —mucho más grueso— y por medio de una segunda flexión ya estoy a la altura de la tapa del tanque. No piso en la misma sino que en el borde, porque sé que mi peso la podría quebrar. En vez de eso, me desplazo hacia un costado y apoyo las palmas de ambas manos sobre los ladrillos del tope de mi primer tapial del día.

Ya estoy en marcha.

Una vez ahí, mis opciones son varias: como un equilibrista en la cuerda floja, puedo caminar a lo largo del tapial hacia la izquierda. Así alcanzo el “techito”, de mi vecino y amigo, el Polito Capitanelli, más allá y más atrás de la terraza de sus tíos Cacho Iglesias y su esposa, Nelly Allegrini. Pero no penetro en esa propiedad al llegar al techito. Lo cruzo en puntas de pie, tratando de transformarme por unos segundos en una sombra Ninja, para que sus perros Chiquito y Betún no alerten con sus ladridos de mi presencia ahí. Nelly y Cacho seguramente miran la telenovela del canal 13 mientras pican fiambres y quesos y toman vasos de tinto El Zaragozano con un corto chorro de soda y un par de cubitos de hielo —como los he visto hacerlo muchas veces mientras Polito y yo jugábamos bajo sus miradas.

Paso bien por esa parte de mi trayecto de hoy: Los dos perros no detectan al Ninja silencioso y eficiente; así alcanzo los techos de la casa y carpintería de Mito Airaldi y los frentes que dan a la calle Santa María de Oro, ya casi opuesto al Bazar Willi de Aldo y Micha Willi, en la vereda contraria, cruzando la calle. Desde el techo amplio y alto de los Airaldi, puedo divisar el frente del Cine Suiza, las mesas de afuera del café de la esquina, y allá a lo lejos —ya casi sobre el cercano horizonte nocturno— la estatua sobre el techo de chapas de cinc del Círculo Italiano: una silueta femenina cuya simbología me escapa hasta la actualidad. ¿Sera Italia? Me distraigo por unos minutos espiando la gente que pasa bajo mis ojos por ambas veredas y prosigo mi camino. Salto hacia el techo de la peluquería de la Negra Ramírez y su enorme casona anexa de ladrillo visto y vereda de tierra con ganchos para atar los caballos. Y de allí, hacia mi local de destino: el Molino Iberia, la tahona de los abuelos del Marciano Rodríguez.

Este enorme terreno y edificación, una vez desocupado y vacío —es decir al fin de cada día cuando los Rodríguez ya han cerrado y emigrado hacia su solar familiar de la calle también llamada Rodríguez—, es uno de mis paraísos lúdicos. Desciendo de modo clandestino por el galpón del fondo y me interno por el terreno semi abandonado entre los yuyos crecidos a la altura y la violencia de lo natural. Puedo adentrarme en la molienda para oler el gluten, ver las máquinas que muelen el trigo para hacer polenta y las bolsas de granos variados —mijo, maíz, alpiste— que se apilan en parvas. Allí corro y salto de una parva a otra pretendiendo que son montañas.

Me quedaré jugando en ese lugar hasta que presienta que ha pasado el tiempo suficiente y debo emprender el regreso por el mismo camino de mi arribo, antes de que en casa se empiecen a preguntar dónde anda Huguito a estas horas de la noche. Eso puede suceder en cualquier momento una vez que termine Cuatro hombres para Eva y la atención de la mente colectiva hogareña retorne de la novela al ámbito familiar.

Puede también que en otro día cualquiera opte por deslizarme en vez hacia los tapiales y techos que se alzan hacia mi derecha. Desde y por la medianera en esa dirección desde esta azotea, puedo equilibrarme por detrás de nuestra piecita del fondo, esa que separa la primera de la segunda terraza, y después bajar por la pared un piso hasta el techo de los baños de las oficinas de Agua y Energía. Y de allí, un salto más hacia el patio de esa institución. Esta es una opción masoquista que me aterroriza. El movimiento y horarios de esa empresa es muy inestable; siempre existe la posibilidad de algún rezagado silencioso aún se halle en el local y me sorprenda invadiendo esa propiedad privada, cuando aterrice después de haber saltado a tierra firme.

Pero, no. Como siempre, ésta constituye una aventura fútil: pruebo los tres picaportes de las tres puertas que dan a ese patio abierto del que acabo de tomar posesión. Por enésima vez compruebo que el temible y cascarrabias Viejo Huber —el gerente— antes de partir una vez más se ha cerciorado de que todas estas vías de acceso están cerradas con doble vuelta de llave. A pesar de todas estas frustraciones continuas, no pierdo las esperanzas de que algún día alguien al fin se descuide y yo pueda invadir esas oficinas, hasta ahora vírgenes de mi presencia. O entonces sueño fantasías en las que he dominado a la perfección la técnica de los maleantes cerrajeros, esos que en las películas violan dispositivos de seguridad en menos de un minuto.

Después de que Agua y Energía me defraudase una vez más hace algunos días,  hoy mi única otra opción, dado donde estoy (sobre el techito del baño de esa empresa), es volver a ascender y seguir mi camino en la dirección que he decidido para esa aventura. Por lo tanto, no me detendré tampoco en la terraza o los techos de la tienda La Flor del Día, del Turco Jaime Mizrahi —a pesar que estos últimos se ciernen sobre la esquina de San Martín y Oro, en consecuencia desde allí podría observar el movimiento del Hotel de las Naciones y, por supuesto, de buena parte de la plaza, además de todo el tráfico de la intersección.

Desde los techos de La Flor del Día puedo divertirme «quemando» a algunos de los muchachones que fuman y charlan en el umbral de las dos entradas al hotel y en los otros umbrales que existen bajo las ventanas. Con voz impostada —tan de adulto como soy capaz— desde mi puesto de francotirador grito el nombre de la víctima elegida. El tipo «se quema», porque embaucado y confundido mira en todas las direcciones, tratando de identificar a quién lo está llamado con tamaña e imperiosa voz. Jamás se le ocurrirá mirar hacia arriba, más allá de las cornisas y los parapetos de las edificaciones circundantes.

Tampoco me distraeré hoy repitiendo ese jueguito inocente.

Ya he hecho cosas impensables, irresponsables y dañinas. Una vez, por ejemplo, trepé hasta esa esquina con un arma colgando en bandolera, en diagonal y a mis espaldas. Desde la ochava y los altos de La Flor del Día con mi rifle de aire comprimido Maheli 5.5mm reventé la lámpara de gas de mercurio de esa intersección de Santa María de Oro y San Martín. Décadas más tarde, es decir, no hace muchos meses, por medio de un posting en Facebook un conocido me hizo saber de las consecuencias de mi travesura. La policía llegó a la puerta del Hotel de las Naciones, los detuvo a él y a sus amigotes y los condujo a la comisaría, acusándolos de ese delito que yo había cometido desde las sombras y al abrigo de los tapiales.

Un verdadero vándalo: irresponsable, despiadado, serial y clandestino.

Tal vez debido al hastío que la rutina repetitiva y monótona del pueblo le causa a este pendejo hiperactivo —a mí—, hoy he planeado una alteración radical a mis travesuras, algo un poco más original.  

Para cumplir este objetivo, en este fin del anochecer baraderense debo alcanzar el punto más alto de la manzana: el campanario del reloj de la Intendencia Municipal de Baradero. Antes de que lo olvide y dicho sea con horror: debo confesar que de un tiro certero del mismo Maheli que efectué desde mi terraza —algo imperdonable— de ese campanario cierta vez desplomé una pobre paloma que allí descansaba. Como descargo aseguro que por aquellos años que los pibes cazasen pajaritos por pura diversión era algo totalmente aceptable. Aún así y por otro lado (tengo que reconocerlo), sé muy bien que las palomas pertenecen a una categoría simbólica y práctica totalmente diferente. Aún cuando aquí los neoyorkinos las llamen «ratas con alas» (rats with wings).

Volviendo a la cúspide de la municipalidad: estoy familiarizado con cómo suenan todos los ‘toques’ del martillo de hierro que golpea la campana del reloj-campanario. Sé cómo suena cuando indica cada hora “en punto”, y cómo codifica los golpes de cada una de las otras tres intersecciones entre hora y hora: el primer cuarto, la media hora y los tres cuartos. Es una especie de código Morse expresado por los tañidos del badajo de hierro contra la campana de bronce.

Lo más simple es el toque de las horas completas: El toque de cada hora exacta y completa se inicia con una especie de arpegio-prólogo (ésta es una llamada de atención previa para que todo aquel que se encuentre a una distancia auditiva conveniente se entere de que la hora está a punto de ser ‘dada y preste atención a lo que sigue). Inmediatamente después del arpegio, el badajo tañe el número exacto de campanadas que marcan el total de horas del día ya transcurridas. Por ejemplo: a las tres, toca el arpegio preludial seguido de tres golpes; a las cuatro, el mismo arpegio seguido de cuatro golpes; a las cinco, ese arpegio llamador una vez más, seguido de cinco golpes, et cetera, y así va.

Todo el pueblo conoce el lenguaje del reloj, y también el del campanario de la iglesia de Santiago Apóstol—incluidas sus tres llamadas a misa, la hora del Ángelus, la novena de la Virgen María, etc., porque estos tañidos han estado sonando de modo idéntico, sin alteración alguna, desde que esos dos sistemas de campanas fueron instalados hace inúmeros años.

En Chile, si quieren expresar algo que nosotros colocaríamos como “super-adolescente”, dicen “harto adolescente”. Entonces, en otro contexto digo yo ahora:

Harto adolescente o adolescente harto, hoy he decidido alterar ese esquema centenario de tañidos de la campana. Para ese fin, debo estar posicionado y oculto detrás del campanario cuando el reloj inicie el arpegio preliminar a la llamada de las ocho horas de la noche. Observá en la foto ilustrativa de arriba de este texto, la campana del reloj, arriba de toda esa construcción, coronándola. Allá estaré yo.

El problema más serio para llegar al campanario es que antes de alcanzar el primero de los tres cuerpos de edificio que compone la municipalidad, debo equilibrarme por un tapial cuyo ancho es de tan solo un ladrillo en forma longitudinal después de otro. Lleva desde el techo de Agua y Energía hasta el primer techo de la Municipalidad. Lo camino sintiendo mis piernas flojas, medio tembleque y tambaleante, pero con total concentración e ignorancia de mi propia mortalidad. Es una caminata pavorosa y orgiástica al mismo tiempo. Viajo hacia el pedimento municipal en un estado de éxtasis dionisíaco tan intenso como durante una procesión de las Bacantes: al borde de la muerte pero —como digo— ignorante de mi propia condición mortal.

A continuación y ya en terreno seguro, con pies y manos firmes asciendo por recovecos y peldaños naturales internos hasta que al fin alcanzo el pedimento de que alberga el reloj. Me inclino hasta el acápite izquierdo y me apodero del badajo del campanario. Ensayo con la mano el movimiento debido: empujo el badajo hasta que éste entra en contacto con la campana. Así compruebo que es posible, que todo funcionará. El badajo es dócil y no hay resistencia: puedo operarlo a mi antojo.

Con mi Carusita enciendo un Particulares sin filtro y apoyo mi espalda contra la parte dorsal del pedimento. Estoy escondido y dispuesto a esperar los minutos que faltan hasta que el reloj dé las ocho.

Mi tarea es simple: cuando el badajo complete el arpegio prologal y descerraje los ocho tañidos subsiguientes que indican la hora exacta y en punto, con mi mano obligaré al badajo a continuar golpeando contra la campana veintidós veces más y en el mismo ritmo.

Cuando yo acabe mi tarea, el reloj de la Intendencia Municipal habrá anunciado a todo el pueblo que son las treinta horas de la noche en Baradero.  Algo para mí tan bizarro y mágico como las dos lunas que —en la novela «1Q84» de Haruki Murakami— en un cierto día inesperado se alzan sobre el horizonte de Tokio al atardecer.

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New York City, sábado 28 de marzo de 2021

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1 COMENTARIO

  1. como siempre el relato de diez la foto de la municipalidad pura nostalgia de un tiempo q no volverá mas

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