Messi, Fort y el hincha Pelotas (por Gabriel Stringhini)

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angelmessi 

Juan Pelotas pertenece hace más de cuarenta años a la original fauna conocida como “hincha”, que adorna al más bello y popular de los deportes. El fútbol ¿Cuál otro?.
Si nuestro amigo Juan hubiera nacido en Inglaterra sería un hooligan, en Italia se identificaría con los tifossi, de ser español pasaría por un ultra y en Brasil, sin duda, se transformaría en un torcedor. Pero Pelotas es, como no podía de ser otra forma, argentino. Y como tal, tiene algunas particularidades.

Juancito (así lo llama todavía su madre) se enfervoriza con un equipo en particular. No vamos a decir cual, porque es lo menos importante.
Pelotas llora cuando su equipo gana. Y también cuando su equipo pierde. A veces, también cuando su equipo empata, ¿por qué no?
Cuando los partidos estaban codificados no podía pagar el abono mensual y los escuchaba por radio. Y aunque no veía lo que estaba pasando, puteaba a los referís porque, siempre, los muy guachos, se empecinaban en joderle la vida a él cobrando en contra de su equipo.

Ahora que lo puede ver en directo por tele y sin pagar nada, sigue puteando porque no le gusta ni el relator ni el comentarista y…porque Cristina es una yegua montonera… ¡qué carajo!. El, claro, lo votó a Menem, y lo votaría de nuevo a Carlitos, si no fuera porque los gorilas se aliaron con los zurdos, los judíos y los negros de mierda, otra vez, para cagarle la vida. Igual que los referís, que encima se visten de negro!

Cuando va a la cancha (algo que puede hacer pocas veces al año desde que, en los noventa, cerró la fábrica de alpargatas en la que trabajó durante veinte años porque las importadas de Malasia salían más baratas) entra con la barra de su equipo. Dos de los dientes que le faltan los perdió en los molinetes cuando se estaban colando al clásico, y él exhibe orgullosos los huecos en su sonrisa. Una vez, incluso, hasta pudo ver un gol antes de que el jefe de la brava le pegara en la cabeza para que se diera vuelta. Porque todo hincha que se precia de tal no tiene que ver el partido, le tiene que dar la espalda al verde césped mirando el cemento y saltar con movimientos simiescos mientras agita el brazo cortito y, claro, insulta a toda la familia –parientes lejanos incluidos- de los jugadores propios y ajenos. Salvo a los que pagaron la cuota a los capos de la barra.

El infla
El origen de la palabra hincha surgió en Montevideo, Uruguay, en los albores del siglo XX. Prudencio Miguel Reyes, talabartero de profesión, había sido contratado por el Club Nacional de Football para encargarse de las labores que hoy en día son cumplidas por los utileros. Se ocupaba entre otras cosas, de inflar con aire (hinchar) las pelotas de juego (también llamadas balón o esférico) antes de cada partido (por aquellas épocas aún no existían máquinas para hacerlo).


Reyes, además, alentaba a su equipo con estentóreas arengas y gritos que sobresalían por encima de los de los demás fanáticos.
Los comentarios de la gente no se hicieron esperar: “¡Mirá cómo grita el hincha!”, decían refiriéndose al utilero, por su tarea de “hinchar” los balones de juego. Y así fue como poco a poco el término se fue aplicando a todo aquél que durante los encuentros alentaba fogosamente a sus favoritos, cruzó rápidamente el Río de la Plata y llegó a Argentina para luego extenderse al resto del mundo llamando hinchadas a las barras.

Si en lugar de decir “¡Mirá como grita el hincha!”, la expresión uruguaya hubiera sido “¡Mirá como grita el infla!”, hoy la historia sería diferente. Pero no.

Zurdito pusilánime
Juan Pelotas, digno sucesor de Prudencio Reyes, también mira los partidos de la selección argentina, aunque no le genere la misma adrenalina que los de su equipo. Eso de compartir pasión con gente de otras hinchadas no le apetece demasiado, pero se la banca.


En los últimos tiempos se entusiasmó porque, por supuesto, él es bilardista. Cuando supo que el Narigón iba a acompañar al Diego, como en el 86, pensó: “Ahora si. Se terminó toda esa sanata de que hay que jugar lindo y vamos a ganar como sea. Pum para arriba como dice el Cabezón (cuervo, ortiba, cornudo) y que el marica de Cappa (zurdo, pa’ colmo) se la coma”.
Una parte de sus expectativas se cumplió. Se terminó eso de jugar lindo. Pero la Selección no ganaba.
Entonces, Johny Balls entro en duda: ¿Quién tiene la culpa? ¡Porque alguien tiene que tener la culpa! Diego no puede ser. Es Dios y está apenas por debajo de la vieja y Carlitos (Menem, no Gardel que, para Pelotas, era puto). El Narigón tampoco, por supuesto. El tiene en claro cómo hay que ganar. Tiene que haber alguien, un infiltrado de los judíos y los zurdos. Zurdo… ¡Entonces, tiene que ser Messi!.

Claro! Cómo no se dio cuenta antes!!!. Messi no grita como poseído en el himno. No llora cuando mete un gol. No critica a los brasileños. No se besa la camiseta. ¡Es un vendepatrias! Y encima juega en el equipucho gallego ese de maricas con el técnico que tiene el verso del juego colectivo y el toquecito tiki taka.
Messi es un infiltrado de los gallegos. No hay dudas. Lo hacen con el único objetivo de arruinarle la vida al pobre hincha Pelotas.
Juan hace lo que hay que hacer en estos casos. Llama a Radio 10 y lo denuncia al Negro Oro, para que la patria futbolera lo sepa y, los que puedan pagar la entrada del próximo partido de la selección armen una gran campaña de escupitajos contra el agente enemigo disfrazado, encima, con la camiseta 10. ¿Como Diego no se da cuenta?

Cambio: entra Fort
Es la tarde del 21 de Diciembre, y Juan Pelotas entró en colapso después de que le dieron el premio de mejor jugador del mundo al vendepatrias. Eso lo demuestra todo: Blatter está al frente de la conspiración sionista de los comunistas que no quieren que la Selección gane el próximo mundial.


Tan poderosa es la conjura que están metidos los periodistas de todo el mundo encuestados por France Football (¡encima le dieron el récord histórico de votos, por favor!), los técnicos de todas las selecciones y los capitanes de todos los equipos que votaron para la FIFA, la misma que le cortó las piernas al Diego poniéndole la efedrina en el pis. Y vaya a saber qué pensaban los árabes esos que tenían cartelitos con su nombre y lo ovacionaban cuando le arruinó el partido a Estudiantes con esa mariconada del pechito. Dicho sea de paso lo hizo a propósito porque eran argentinos, y contra los únicos que juega bien es contra los argentinos. “¿Qué dirían los ancestros de Carlitos si estuvieran vivos y vieran a sus compatriotas?” se pregunta Pelotas. “Que eran sirios… bueno es lo mismo, son todos turcos!” remata. Hasta los chinos, que son unos vivos bárbaros (si hasta te venden hamburguesas de gato en las carnicerías de los supermercados y no te das cuenta) le vieron no se qué al maldito gurka.
“Lo que es seguro es que no es argentino. No puede serlo. Si ni siquiera boquea cuando le dan los premios” reflexiona Juan, el hincha, mientras le paga la ristra de chorizos al carnicero. “¡Sabés lo que diría el Diego en su lugar! Que la chupen, que la mamen, que la soben, que la masquen!!! Jua jua jua! Qué maestro el Diego. El único que se le parece un poco es Ricky Fort. Ese tendría que ser el 10 de la selección, no el buchón ese de Messi” remata, ante el aplauso emocionado de los presentes, que elevan su plegaria al cielo para que el heredero del imperio chocolatero abandone Miami y se dedique al viril deporte del balompié.

Por Gabriel Stringhini (www.notisanpedro.blogspot.com)

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